jueves, 30 de mayo de 2013

El paganismo en el Imperio Romano (IV)

Francisco Javier Bernad Morales

La radical incompatibilidad entre un paganismo inmanentista y un monoteísmo trascendente queda con lo anterior suficientemente expuesta. Sin embargo, nada se ha dicho acerca de las razones que pudieron impulsar a tantas personas a abandonar los dioses de sus antepasados para adherirse a una nueva religión. Nos asalta de inmediato una primera consideración señalada en repetidas ocasiones: el paganismo, al contrario del monoteísmo judío o cristiano, no ofrece ninguna esperanza escatológica. Sus ritos fortalecen la cohesión de la comunidad y tienen un carácter propiciatorio, pues con ellos se pretende conseguir que las fuerzas de la naturaleza actúen de manera favorable, asegurando la fertilidad tanto de los seres humanos, como de la tierra, y la estabilidad política que haga posible la prosperidad. El individuo queda totalmente subsumido dentro  de la comunidad, ya sea esta la familia, la polis o el imperio; que es la única que se relaciona realmente con la divinidad. Por el contrario, el monoteísmo, sin desechar los rasgos comunitarios, ya que el culto solo tiene sentido dentro de la sinagoga o de la iglesia, es decir, de la asamblea, llama a una relación personal con un Dios que asimismo es persona y que, al revelarse de manera gratuita, ofrece una salvación que no consiste simplemente en la perpetuación del cuerpo político, sino que se dirige también a cada uno de los fieles. Todo esto es cierto, pero no parece suficiente, para explicar la desafección a la religión naturalista. Si tenemos en cuenta que esta persistió con fuerza durante siglos en las zonas rurales de las que solo muy lentamente fue desarraigada, e incluso que algunos de sus elementos informan múltiples supersticiones que aún forman parte de la religiosidad popular; no parece descabellado afirmar que el punto más débil del paganismo se encontró en la fragilidad de la construcción ideológica edificada sobre la religión política.

Hemos de considerar que la pax romana, esto es, la estabilidad traída por la conquista y sobre la que se alzó el culto imperial, encubría una situación de dominación de la que se beneficiaba no solo Roma, sino también las diversas élites locales aliadas con aquella; y que justificaba una profunda injusticia social, de la que la esclavitud es el aspecto más popularmente conocido, aunque no el único[1]. De hecho, jamás existió esa paz universal que permitía cerrar el templo de Jano. Las zonas con importante población judía, sobre todo Judea y Galilea, vivieron en una situación de permanente inestabilidad en que, pese al colaboracionismo de las autoridades saduceas, se sucedían actos de resistencia que, si hubiéramos de calificarlos con arreglo a las categorías de nuestra época, habríamos de considerar lucha de guerrillas, por más que en los textos antiguos  prorromanos sean tachados invariablemente de bandolerismo[2]. Eso, cuando no se llegaba a situaciones de guerra abierta como las señaladas en entregas anteriores.

El hecho de que sean las más conocidas, no significa que las revueltas judías fueran las únicas. Entre otras, podemos recordar la encabezada por Julio Civil en Germania en el año 69 d. C. Era este un bátavo que había combatido en las tropas auxiliares romanas y que aprovechó la inestabilidad subsiguiente a las sublevaciones contra Nerón para intentar liberar los territorios situados en la margen izquierda del Rin. Este año marca un punto crítico en el desarrollo de la ideología imperial. Ya en el 68 se inicia la fracasada sublevación de Vindex, seguida de manera inmediata por la triunfante de Galba, quien, tras entrar en Roma a la cabeza de sus legiones, cae poco después asesinado por los partidarios de Otón, que a su vez es derrotado por los de Vitelio. Pero el poder de este último será efímero, ya que pronto las tropas de Vespasiano controlan la situación. No se trata ya de combates periféricos desarrollados en tierras fronterizas, sino de que los ejércitos romanos se enfrentan entre sí en Italia e incluso en el interior de la ciudad, reviviendo una situación a la que Augusto parecía haber puesto fin. ¿Dónde queda el ser divino garante de la paz y de la estabilidad, bajo cuyo benévolo mandato ha renacido la Edad de Oro? La inseguridad no amenaza tan solo a los pueblos sometidos o a la plebe romana. Uno tras otro, los momentáneos vencedores depuran el Senado en un vano intento de desarticular toda oposición. Nadie, ni siquiera los más poderosos (ya Calígula y Nerón, entre otros, habían condenado a muerte y confiscado las propiedades de senadores poco adictos), puede estar tranquilo. Obviamente, la pax no es más que un deseo, una imploración a unos dioses que parecen desentenderse del destino de los mortales.





[1] ÁLVAREZ CINEIRA, David, Pablo y el Imperio Romano, Sígueme, Salamanca, 2009, p. 26.
[2] Recordemos que Barrabás (en arameo Hijo del Padre) ostenta un título mesiánico, por lo que no hemos considerarlo como un simple delincuente, sino como un zelote, esto es, un opositor violento a la dominación romana.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Señor, escúchame

San Agustín

“Señor, que nos purificas y dispones para la vida eterna, escúchame.
Te amo solo a Ti, te busco y te sigo, tuyo quiero ser. Manda y ordena lo que quieras, pero limpia mis oídos para que escuchen tu voz; sana y abre mis ojos para que descubran tus indicaciones. Aparta de mí toda ignorancia para que reconozca tus caminos. Dime a dónde debo dirigir la mirada para verte a Ti, y así poder cumplir tus mandatos. Recibe, Señor, a un fugitivo que huye de las cosas terrenas; esas cosas que me retuvieron cuando aún no te pertenecía y vivía lejos de Ti.

Ahora comprendo la necesidad de volver a tu casa. Ábreme la puerta, porque estoy llamando. Enséñame el camino, porque quiero llegar hasta Ti. Sólo tengo voluntad: Sé que lo caduco y transitorio debe despreciarse para ir en pos de lo seguro y eterno. Hago sólo esto, Padre, porque esto sólo sé y todavía no conozco la senda que lleva hasta Ti. Enséñamela Tú y dame fuerzas para reconocerla. Si con la fe llegan a Ti los que te buscan, dame fe; si con la virtud, dame virtud; si con la ciencia, dame ciencia. Acrecienta en mí la fe,
acrecienta la esperanza, acrecienta la caridad.

Voy de regreso a Ti. Y a Ti  me vuelvo para pedirte los medios que me permitan acercarme a Ti. Si Tú me abandonas, la muerte caerá sobre mí. Pero Tú no abandonas a nadie que no te abandone. Eres el Sumo Bien, y nadie te busca debidamente sin hallarte. Y te buscó debidamente el que
Tú quisiste que así te buscara.

Padre, que yo te busque sin caer en el error. Que, al buscarte a Ti, nadie me salga al paso en vez de Ti. Sal a mi encuentro, pues mi único deseo es poseerte. Y, si hay en mí algún apetito superfluo, elimínalo Tú para que pueda alcanzarte...

Pido a tu clemencia que me convierta plenamente a Ti y destierre de mí todas las repugnancias que a ello se opongan y mientras llevo sobre mí la carga de mi cuerpo, haz que sea pacífico, tranquilo y prudente y amigo, perfecto conocedor y amante de tu sabiduría, digno de habitación y habitador de tu reino. AMÉN"

Soliloquios, 1, 5_6.

martes, 28 de mayo de 2013

La resurrección de Cristo

Presentamos una obra del compositor ruso Serguéi Rajmáninov (1873-1943).

domingo, 26 de mayo de 2013

Debate sobre la Trinidad entre San Agustín y el obispo arriano Maximino

Hoy, Domingo de la Santísima Trinidad, recogemos un fragmento de las actas del debate que enfrentó en la ciudad de Hipona a San Agustín con el obispo arriano Maximino. Consideramos que el texto es suficientemente esclarecedor sobre las diferencias doctrinales entre ambos. Quien esté interesado en conocer el documento completo, puede leerlo en 

Maximino: Si el Espíritu Santo ilumina, o enseña, o instruye, todo lo ha recibido de Cristo, porque por Cristo todo fue hecho y sin él nada se hizo 16. Cristo afirma que todo esto lo ha recibido de su progenitor, y que vive por el Padre, y que toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre 17. Y así, la cabeza de todo varón es Cristo y la cabeza de la mujer, el varón; pero la cabeza de Cristo, Dios 18. Y el Espíritu Santo está sometido al Hijo, y el Hijo está sometido al Padre, como queridísimo, y obediente, y bueno, engendrado por el bueno, pues el Padre no engendró un ser opuesto a él, sino que engendró tal ser, que clama: Yo hago siempre lo que agrada al Padre 19.

11. Agustín: Si también Cristo ilumina por el Espíritu Santo y el Espíritu Santo ilumina por Cristo, se sigue que ambos tienen idéntico poder. Léeme el texto en el que se diga que el Espíritu Santo está sometido a Cristo, como acabas de sostener. Respecto a lo que afirmas: que el Señor ha dicho del Espíritu Santo, recibirá de lo mío; ten en cuenta que fue dicho, porque lo ha recibido él del Padre, y todo lo que es del Padre, sin duda es también del Hijo. Pues cuando el Hijo dijo esto, añadió: Por eso dije recibirá de lo mío; porque todo lo que tiene el Padre es mío 20.

Por consiguiente, respóndeme a lo que te pregunté y prueba con testimonios que el Espíritu Santo está sometido a Cristo. Antes bien, leemos lo contrario, ya que él mismo dice: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para evangelizar a los pobres 21. Si dijo que el Espíritu Santo estaba sobre él, ¿cómo tú afirmas que el Espíritu Santo está sometido a Cristo? Cristo dijo que el Espíritu Santo estaba sobre él, no porque estuviera sobre el Verbo, que es Dios, sino porque estaba sobre el hombre, pues el Verbo se hizo carne. En donde está escrito el Verbo se hizo carne 22 se ha de entender que el Verbo se hizo hombre. Así, toda carne verá la salvación de Dios 23 equivale a decir todo hombre; y por la ley no se justificará toda carne 24 significa todo hombre. Luego, porque el Verbo se hizo carne, y se humilló a sí mismo, tomando la forma de siervo 25, precisamente por esa forma de siervo dijo el Espíritu del Señor está sobre mí. En consecuencia, tienen idéntico poder, son una sola sustancia, la misma divinidad.
Por tanto, aunque adoremos a la Trinidad, pues el Padre no es el Hijo, ni el Hijo es el Padre, ni el Espíritu Santo es el Padre o el Hijo, sin embargo adoramos a un solo Dios, porque la misma unión inefable y sublime de la Trinidad indica un solo Dios y un solo Señor. Por eso se dijo: Escucha, Israel: el Señor, tu Dios, es un solo Señor 26. Decís que el Padre es Señor y que el Padre es Dios; decís que Cristo es Señor y que Cristo es Dios. Os pregunto si los dos son a la vez uno, y respondéis que son dos dioses. Sólo os falta que les construyáis templos e ídolos.

Maximino: Los estudiosos de la religión nunca se dedican a calumniar. Pediste testimonios para que te mostrara con ellos la fe que profeso. Y tú confiesas idénticos e iguales a los tres al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Además, habiendo profesado que los tres son iguales, vuelves sobre ello. Es verdad que aduces el testimonio de las Divinas Letras, pero éste no se refiere a la igualdad, sino a la unicidad del Dios omnipotente, que es el único autor de todo.

Luego porque me precedes por la edad y eres superior en autoridad, antes presenta y demuestra con testimonios que los tres son iguales, los tres omnipotentes, los tres invisibles, los tres incomprensibles; y sólo después nos veremos obligados a aceptarlo, basados en esos testimonios. Pero si no pudieras dar razón de ello con la Sagrada Escritura, lógicamente me atendré a todo lo que antes he dicho: que sólo el Padre tiene la vida sin recibirla de otro; que el Hijo, lo cual he profesado, ha recibido la vida del Padre; y lo que dije del Espíritu Santo. También puedo ofrecerte cuantos testimonios desees.

12. Agustín: Lo que yo pretendía que te dignaras decir no lo has dicho: con qué testimonios pruebas que el Espíritu Santo está sometido a Cristo. De todas maneras, responderé a lo que me has propuesto. No decimos tres omnipotentes, como no decimos tres dioses. Pero si se nos pregunta sobre cada uno en particular: el Padre ¿es Dios?, respondemos: es Dios; el Hijo ¿es Dios?, respondemos: es Dios. el Espíritu Santo ¿es Dios?, respondemos: es Dios. Mas cuando se nos pregunta sobre los tres, si ellos son Dios, recurrimos a la Divina Escritura, que dice: Escucha, Israel: el Señor, tu Dios, es un solo Señor. Y basados en este divino mandato, hemos aprendido que la misma Trinidad es un solo Dios. Así, si se indaga sobre cada uno: el Padre ¿es omnipotente?, respondemos: es omnipotente; el Hijo ¿es omnipotente?, tampoco negamos que sea omnipotente. Sin embargo, no afirmamos que sean tres omnipotentes, como no afirmamos que sean tres dioses; sino, como los tres son simultáneamente un solo Dios, así los tres son a la vez un solo omnipotente y un solo Dios invisible: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Luego sin razón crees que nos encontramos limitados por el número, cuando el poder de la divinidad supera también la razón del número. Pues si las almas de muchos hombres, recibido el Espíritu Santo y en cierto modo fundidas por el fuego de la caridad, formaron una sola alma, de la que dice el Apóstol: tenían un solo corazón y una sola alma 27, de tantos corazones, de tantos miles de corazones la caridad del Espirita Santo hizo un solo corazón; de tantos miles de almas dijo el Espíritu Santo que eran una sola alma, pues él las hizo una sola alma; ¿no diremos con mayor razón que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, siempre unidos entre sí y de un modo inseparable por la caridad inefable, son un solo Dios?

sábado, 25 de mayo de 2013

Oración a la Santísima Trinidad

Presentamos hoy esta oración, llena de misticismo, sobre el misterio de Dios, uno y trino. Su autora es Isabel de la Trinidad,  carmelita francesa del siglo XIX, beatificada por Juan Pablo II el 25 de noviembre de 1984.

Beata Sor Isabel de la Trinidad
Beata Isabel de la Trinidad

¡Oh Dios mío, Trinidad adorable, ayúdame a olvidarme
por entero para establecerme en ti!
¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Siento mi
impotencia y te pido que me revistas de ti mismo, que
identifiques mi alma con todos lo movimientos de tu
alma; que me sustituyas, para que mi vida no sea más
que una irradiación de tu propia vida. Ven a mí como
adorador, como reparador y como salvador...
¡Oh fuego consumidor, Espíritu de amor! Ven a mí, para
que se haga en mi alma una como encarnación del Verbo;
que yo sea para él una humanidad sobreañadida en la que
él renueve todo su misterio.
Y tú, ¡oh Padre!, inclínate sobre tu criatura; no veas
en ella más que a tu amado en el que has puesto todas
tus complacencias.
¡Oh mis tres, mi todo, mi dicha, soledad infinita,
inmensidad en que me pierdo! Me entrego a vos como
una presa; sepultaos en mi para que yo me sepulte en
vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el
abismo de vuestras grandezas.
Amén.

viernes, 24 de mayo de 2013

Homenaje a Georges Moustaki

Ayer, 23 de mayo, nos dejó Georges Moustaki. Rogamos a los creyentes una oración por su alma y a todos los seres humanos, unos instantes de recogimiento y que mantengan encendida en la memoria la llama de su recuerdo.

jueves, 23 de mayo de 2013

El paganismo en el Imperio Romano (3)

Francisco Javier Bernad Morales

Paganismo y monoteísmo constituyen dos cosmovisiones inconciliables. En nuestros oídos aún resuenan las severas advertencias de los profetas de Israel contra la religión naturalista cananea, y el enfrentamiento de Elías con los sacerdotes de Baal. Más adelante, cuando bajo los seléucidas se hizo notar la presencia griega, el conflicto se hizo inevitable y culminó con la liberación del país por los hijos de Matatías. Sin embargo, el triunfo político no detuvo el proceso de helenización, ante el que intentaron mantener un difícil equilibrio, en definitiva fracasado, los monarcas asmoneos y herodianos. Las repetidas rebeliones contra el poder romano no son más que una manifestación de la profunda hostilidad entre judíos y gentiles, entre monoteístas y paganos. Hubo, claro está, judíos helenizantes que intentaban asimilar los logros de la cultura griega sin renunciar por ello a su religión, del mismo modo que tampoco faltaron gentiles atraídos por la superioridad religiosa y ética del judaísmo[1]; pero en ningún modo fue esa la actitud dominante. Es significativo que los dos mayores enfrentamientos, los que desembocaron en la destrucción del Templo y en la transformación de Jerusalén en la ciudad helénica de Aelia Capitolina, se produjeran durante el mandato de dos de los emperadores más profundamente helenizados: Nerón y Adriano.

Frente a lo que una visión simplista induce a pensar, el enfrentamiento no se produjo tan solo en la tierra de Israel, sino también en ciudades griegas con una notable población judía.  La embajada de Filón ante Calígula tuvo como objeto solicitar la protección del emperador, tras un pogromo en Alejandría (38 d. C.).  Hemos de recordar, asimismo, que poco después los judíos fueron expulsados de Roma por el emperador Claudio[2].  Por otro lado, autores como Apión y Tácito manifiestan hacia el judaísmo una incomprensión henchida de desprecio.

Tanto para los judíos como para los cristianos la apoteosis del emperador, esto es, su equiparación a los seres divinos y el culto que se le prestaba eran inaceptables. El judaísmo no se oponía a que en el Templo se ofrecieran sacrificios por el emperador, al modo en que los cristianos oramos a menudo para que el Señor ilumine a los gobernantes. Eso en nada contradice la concepción monoteísta de la trascendencia divina; pero otra cosa es que se les erija un altar o que su estatua presida el Templo. Ahí entramos de lleno en lo que siempre hemos considerado idolatría. Imaginemos que en nuestras iglesias, el crucifijo fuera sustituido por la efigie del jefe del Estado, o que simplemente compartiera con ella su lugar y que en el momento de la Consagración el sacerdote invocara su nombre. De aceptarlo, incurriríamos en un execrable sacrilegio y dejaríamos de merecer el apelativo de cristianos. Por la misma razón, los judíos no podían tolerar sacrificios que no fueran dirigidos al único Señor.




[1] Entre los primeros es preciso mencionar a Filón de Alejandría y a Flavio Josefo; entre los segundos, a los temerosos de Dios o conversos de puerta.
[2] “Hizo expulsar de Roma a los judíos, que, excitados por un tal Cresto, provocaban turbulencias.” SUETONIO, Los doce césares, Tiberio Claudio Druso, XXV. A menudo se ha identificado a Cresto con Cristo y de ahí se ha deducido que la causa de la expulsión fueron los enfrentamientos entre judíos y cristianos, pero, salvo la similitud del nombre, ninguna prueba respalda esa hipótesis.

domingo, 19 de mayo de 2013

Creí y por eso hablé

Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

Mensaje de los obispos de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar con motivo del "día de la acción católica y del apostolado seglar" en la solemnidad de Pentecostés, 19 de mayo de 2013.

La solemne celebración de Pentecostés nos invita a profesar nuestra fe en la presencia y en la acción del Espíritu Santo, que el Señor Jesús había prometido a sus discípulos, y a invocar su efusión sobre la Iglesia y sobre el mundo entero. La presencia del Espíritu Santo es la que nos ayuda a comprender todo lo trasmitido por el Señor (cf. Jn 14, 26); y su testimonio, que ilumina nuestra fe, nos convierte en testigos de la Palabra y de la Resurrección de Jesús (cf. Jn 15, 26-27). La vivencia de esta fiesta nos hace poner nuestra confianza en la acción de la tercera persona de la Trinidad e implorar su venida: «Ven Espíritu Santo»,  para que aumente nuestra fe y nos sintamos fortalecidos para trasmitir el Evangelio.

El versículo de la Escritura que acompaña al lema de este año, «Creí y por eso hablé» (2 Cor 4, 13), propuesto por san Pablo a la comunidad de Corinto, nos muestra que la acción evangelizadora del Apóstol de las gentes está presidida por lo que él mismo llama «espíritu de fe». Es esa fe la que le lleva a hablar. Podríamos decir que el dinamismo de la fe desemboca en el anuncio de lo creído. El valor y la fuerza de la predicación está en proporción a la intensidad de nuestra fe. Desde el principio la Iglesia sabe que este es el camino para evangelizar, que creamos en  el Hijo de Dios.

Renovar nuestra fe en Jesucristo. Esta idea está en el propósito de Benedicto XVI al convocar el Año de la fe, en el cincuenta aniversario de la inauguración del concilio Vaticano II: «El Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo». Esta conversión a Cristo se convierte en la condición inicial e indispensable para poder poner en marcha el proceso evangelizador que el mundo de hoy necesita. Conversión a la que todos los fieles estamos llamados. Una conversión real, que conlleva un cambio de vida y un mayor afán evangelizador. La Iglesia, y los creyentes que a ella pertenecen, transmiten lo que viven. No se puede transmitir aquello en lo cual no se cree y no se vive. No se puede transmitir el Evangelio sin saber lo que significa “estar” con Jesús, vivir en el Espíritu de Jesús la experiencia del Padre. No hay fruto si no se está unido a la vid. No hay pesca si faenamos solos toda la noche, sin la presencia a nuestro lado del Resucitado.

Benedicto XVI centra muy bien esta cuestión esencial: «Quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no solo los contenidos de la fe, sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios». En el fondo se trata de caer en la cuenta de que es importante conocer mejor lo que creemos, pero que es fundamental el fortalecimiento del acto de fe en Dios, y en Cristo, por el que realmente creemos lo que ellos nos han revelado. Porque, antes que el conocimiento de cosas y misterios,  la fe es decidirse a estar con el Señor para vivir en Él y dejarse trasformar por la gracia que actúa hasta lo más íntimo.
Esa trasformación engendra la misión. «Con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rom 10, 10). «Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público (…)»
La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso».

En este día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar os animamos a recuperar un texto de la exhortación apostólica postsinodal, Christifideles laici, de la que se cumplirán 25 años el próximo mes de diciembre:

«Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea (la nueva evangelización) de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud».

En estos momentos de crisis social, económica y de fe por los que está atravesando nuestro país, en los que las posibles respuestas parecen insuficientes, desde la esperanza cristiana es bueno recordar que existe un lazo indisoluble entre la fe y la caridad. Igual que no debe existir una fractura entre nuestra fe y nuestra vida, tampoco podemos caer en la tentación de pensar que fe y caridad están separadas o que de algún modo una se opone a la otra. Es mucho el sufrimiento que nos golpea y que, por desgracia, en muchas ocasiones se ceba con los más débiles y marginados, con los que nos sentimos especialmente solidarios y cercanos. Pero el compromiso activo de los católicos con los más necesitados, surge siempre de una fe que se trasforma en amor, cuyo fruto es el servicio a los más pobres, en feliz expresión de la beata Teresa de Calcuta. No puede ser de otra manera: la fe nos hace acoger el mandamiento nuevo de Jesús; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13 13-17).

Queremos, en comunión con todos los obispos, dar gracias a Dios, en este día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, por tantos queridos fieles laicos que con gran empeño estáis renovando vuestra alegría de creer y recuperando el entusiasmo de trasmitir la fe, y que estáis estrechamente comprometidos entregando vuestras personas y recursos a favor de los más necesitados. Seguro que vuestra solicitud, generosidad y entrega a favor de la Iglesia y de todos los hombres se verá recompensada con la fecundidad de vuestro apostolado.

Elevamos nuestra oración al Espíritu Santo en esta solemnidad de Pentecostés, para que llene de su gracia a toda la Iglesia, a la Acción Católica, a nuestros Movimientos del Apostolado Seglar y a todos los bautizados, para que «impulsados por la celebración del Año de la fe, todos juntos, pastores y fieles, nos esforzaremos por responder fielmente a la misión de siempre: llevar a Jesucristo al hombre, y conducir al hombre al encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, realmente presente en la Iglesia y contemporáneo en cada hombre».

X Carlos Osoro Sierra, Arzobispo de Valencia. Presidente

X Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares. Vicepresidente

X Carlos Manuel Escribano Subías, Obispo de Teruel y Albarracín

X Antonio Algora Hernando, Obispo de Ciudad Real

X Atilano Rodríguez Martínez. Obispo de Sigüenza-Guadalajara

X José Ignacio Munilla Aguirre, Obispo de San Sebastián

X Xavier Novell Gomà, Obispo de Solsona

X Esteban Escudero Torres, Obispo de Palencia

X José Mazuelos Pérez, Obispo de Jerez de la Frontera

X Ángel Rubio Castro, Obispo de Segovia

X Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

X Mario Iceta Gavicagogeascoa, Obispo de Bilbao

X Gerardo Melgar Viciosa, Obispo de Osma-Soria

X Francesc Pardo Artigas, Obispo de Girona


viernes, 17 de mayo de 2013

Ven, Espíritu de Dios

El paganismo en el Imperio Romano (2)

Francisco Javier Bernad Morales

Por contra, el monoteísmo establece una radical distinción entre el Creador y las criaturas, de tal modo que aquel deviene inasible e indefinible. Toda afirmación sobre él, incluidas las que siguen, no tiene más que carácter metafórico, pues el intelecto y el lenguaje humanos son limitados y no pueden dar cuenta del Señor. Únicamente sugieren de manera torpe su grandeza. Cuando predicamos su existencia, hemos de entender que nos referimos al Ser en plenitud, no a un ser contingente, acotado en el tiempo y el espacio. Su existir no es, al contrario del nuestro, un devenir, sino que se identifica con el ser. No puede propiamente tener nombre, ya que nada hay semejante a él de lo que deba distinguirse.  Es el abismo insondable, el Ein Sof de la Cábala.

Pero este ser absolutamente trascendente, no está, sin embargo, separado del mundo. No es un espíritu impasible ajeno a nuestro sufrimiento; tampoco el gran relojero que imaginaron los deístas de la Ilustración, ese demiurgo que pone en marcha la naturaleza y se desentiende de ella. Por el contrario, se trata de un ente personal, que por su propio impulso se revela a los seres humanos. Es el que hace la promesa a Abraham, el que libera a Israel de la esclavitud en Egipto y establece con él una alianza, el que entrega la Torá. También, para nosotros, los cristianos, el que asume la naturaleza humana y carga sobre sí el peso de nuestros pecados. El que por nuestra salvación muere en la cruz y el que para guiarnos desciende en Pentecostés. 

Es difícil precisar hasta qué punto las nociones apuntadas estaban presentes en los primeros conversos. Algunas son, qué duda cabe, interpretaciones teológicas o místicas relativamente tardías. Eso no significa, sin embargo, que no estuvieran implícitas desde el principio, ni desmiente la idea de que el paso del paganismo al monoteísmo supusiera para las relaciones entre los seres humanos y la divinidad, lo que mucho después y aplicado a otros ámbitos, hemos dado en llamar una revolución copernicana

jueves, 16 de mayo de 2013

Pentecostés

Benedicto XVI

Homilía pronunciada el domingo 27 de mayo de 2012 en la Basílica Vaticana


Queridos hermanos y hermanas alegra celebrar con vosotros esta santa misa, animada hoy también por el coro de la Academia de Santa Cecilia y por la orquesta juvenil —a la que doy las gracias— en la solemnidad de Pentecostés. Este misterio constituye el bautismo de la Iglesia; es un acontecimiento que le dio, por decirlo así, la forma inicial y el impulso para su misión. Y esta «forma» y este «impulso» siempre son válidos, siempre son actuales, y se renuevan de modo especial mediante las acciones litúrgicas. Esta mañana quiero reflexionar sobre un aspecto esencial del misterio de Pentecostés, que en nuestros días conserva toda su importancia. Pentecostés es la fiesta de la unión, de la comprensión y de la comunión humana. Todos podemos constatar cómo en nuestro mundo, aunque estemos cada vez más cercanos los unos a los otros gracias al desarrollo de los medios de comunicación, y las distancias geográficas parecen desaparecer, la comprensión y la comunión entre las personas a menudo es superficial y difícil. Persisten desequilibrios que con frecuencia llevan a conflictos; el diálogo entre las generaciones es cada vez más complicado y a veces prevalece la contraposición; asistimos a sucesos diarios en los que nos parece que los hombres se están volviendo más agresivos y huraños; comprenderse parece demasiado arduo y se prefiere buscar el propio yo, los propios intereses. En esta situación, ¿podemos verdaderamente encontrar y vivir la unidad que tanto necesitamos?

La narración de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura (cf. Hch 2, 1-11), contiene en el fondo uno de los grandes cuadros que encontramos al inicio del Antiguo Testamento: la antigua historia de la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11, 1-9). Pero, ¿qué es Babel? Es la descripción de un reino en el que los hombres alcanzaron tanto poder que pensaron que ya no necesitaban hacer referencia a un Dios lejano, y que eran tan fuertes que podían construir por sí mismos un camino que llevara al cielo para abrir sus puertas y ocupar el lugar de Dios. Pero precisamente en esta situación sucede algo extraño y singular. Mientras los hombres estaban trabajando juntos para construir la torre, improvisamente se dieron cuenta de que estaban construyendo unos contra otros. Mientras intentaban ser como Dios, corrían el peligro de ya no ser ni siquiera hombres, porque habían perdido un elemento fundamental de las personas humanas: la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y de actuar juntos.
Este relato bíblico contiene una verdad perenne; lo podemos ver a lo largo de la historia, y también en nuestro mundo. Con el progreso de la ciencia y de la técnica hemos alcanzado el poder de dominar las fuerzas de la naturaleza, de manipular los elementos, de fabricar seres vivos, llegando casi al ser humano mismo. En esta situación, orar a Dios parece algo superado, inútil, porque nosotros mismos podemos construir y realizar todo lo que queremos. Pero no caemos en la cuenta de que estamos reviviendo la misma experiencia de Babel. Es verdad que hemos multiplicado las posibilidades de comunicar, de tener informaciones, de transmitir noticias, pero ¿podemos decir que ha crecido la capacidad de entendernos o quizá, paradójicamente, cada vez nos entendemos menos? ¿No parece insinuarse entre los hombres un sentido de desconfianza, de sospecha, de temor recíproco, hasta llegar a ser peligrosos los unos para los otros? Volvemos, por tanto, a la pregunta inicial: ¿puede haber verdaderamente unidad, concordia? Y ¿cómo?
Encontramos la respuesta en la Sagrada Escritura: sólo puede existir la unidad con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, una capacidad nueva de comunicar. Esto es lo que sucedió en Pentecostés. Esa mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo bajó sobre los discípulos reunidos, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar. El miedo desapareció, el corazón sintió una fuerza nueva, las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión.
Pero veamos el Evangelio de hoy, en el que Jesús afirma: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena» (Jn 16, 13). Aquí Jesús, hablando del Espíritu Santo, nos explica qué es la Iglesia y cómo debe vivir para ser lo que debe ser, para ser el lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad; nos dice que actuar como cristianos significa no estar encerrados en el propio «yo», sino orientarse hacia el todo; significa acoger en nosotros mismos a toda la Iglesia o, mejor dicho, dejar interiormente que ella nos acoja. Entonces, cuando yo hablo, pienso y actúo como cristiano, no lo hago encerrándome en mi yo, sino que lo hago siempre en el todo y a partir del todo: así el Espíritu Santo, Espíritu de unidad y de verdad, puede seguir resonando en el corazón y en la mente de los hombres, impulsándolos a encontrarse y a aceptarse mutuamente. El Espíritu, precisamente por el hecho de que actúa así, nos introduce en toda la verdad, que es Jesús; nos guía a profundizar en ella, a comprenderla: nosotros no crecemos en el conocimiento encerrándonos en nuestro yo, sino sólo volviéndonos capaces de escuchar y de compartir, sólo en el «nosotros» de la Iglesia, con una actitud de profunda humildad interior. Así resulta más claro por qué Babel es Babel y Pentecostés es Pentecostés. Donde los hombres quieren ocupar el lugar de Dios, sólo pueden ponerse los unos contra los otros. En cambio, donde se sitúan en la verdad del Señor, se abren a la acción de su Espíritu, que los sostiene y los une.
La contraposición entre Babel y Pentecostés aparece también en la segunda lectura, donde el Apóstol dice: «Caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne» (Ga 5, 16). San Pablo nos explica que nuestra vida personal está marcada por un conflicto interior, por una división, entre los impulsos que provienen de la carne y los que proceden del Espíritu; y nosotros no podemos seguirlos todos. Efectivamente, no podemos ser al mismo tiempo egoístas y generosos, seguir la tendencia a dominar sobre los demás y experimentar la alegría del servicio desinteresado. Siempre debemos elegir cuál impulso seguir y sólo lo podemos hacer de modo auténtico con la ayuda del Espíritu de Cristo. San Pablo —como hemos escuchado— enumera las obras de la carne: son los pecados de egoísmo y de violencia, como enemistad, discordia, celos, disensiones; son pensamientos y acciones que no permiten vivir de modo verdaderamente humano y cristiano, en el amor. Es una dirección que lleva a perder la propia vida. En cambio, el Espíritu Santo nos guía hacia las alturas de Dios, para que podamos vivir ya en esta tierra el germen de una vida divina que está en nosotros. De hecho, san Pablo afirma: «El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz» (Ga 5, 22). Notemos cómo el Apóstol usa el plural para describir las obras de la carne, que provocan la dispersión del ser humano, mientras que usa el singular para definir la acción del Espíritu; habla de «fruto», precisamente como a la dispersión de Babel se opone la unidad de Pentecostés.
Queridos amigos, debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y por esto debemos pedir al Espíritu que nos ilumine y nos guíe a vencer la fascinación de seguir nuestras verdades, y a acoger la verdad de Cristo transmitida en la Iglesia. El relato de Pentecostés en el Evangelio de san Lucas nos dice que Jesús, antes de subir al cielo, pidió a los Apóstoles que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo a la espera del acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14). Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia también hoy reza: «Veni Sancte Spiritus!», «¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!». Amén.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Benedicamus Domino, Deo gracias

El Codex Calixtinus es un manuscrito iluminado del siglo XII, conservado en la catedral de Santiago de Compostela, que contiene sermones, textos litúrgicos y piezas musicales. Su robo en julio de 2011 y posterior recuperación un año después, lo hicieron presente durante un tiempo en los medios de comunicación.
Hoy ofrecemos algunos de sus himnos.

martes, 14 de mayo de 2013

Renovación del complejo parroquial

Fray José Souto (agustino)

Un fraternal saludo agustiniano:

Este comunicado ofrece información sobre las obras de reforma que la Orden Agustina va a realizar en el complejo parroquial. También, sobre las inconvenientes y las limitaciones que estas nos imponen en la pastoral y en la vida parroquial, en los próximos meses.

Obras en la parroquia: Después de seis años de haberlo solicitado, nuestros superiores han aprobado la actuación sobre la casa, el templo y los sótanos del complejo parroquial

La construcción de la parroquia comenzó hace ya más de treinta y cinco años. Fue motivada por la petición que el Cardenal Tarancón hizo a los agustinos. Nos invitó a que nos hiciéramos cargo de una parroquia en la periferia de Madrid, zona muy deficitaria, en aquel momento, en servicios y locales parroquiales. Eran los tiempos de la inmigración del campo a la ciudad y del desarrollo acelerado de las poblaciones del gran Madrid. Muchos sectores no tenían atención religiosa.

Los agustinos filipinos no contábamos entonces con ninguna parroquia en Madrid y pocas en España. Nuestro centro de apostolado radicaba en Filipinas y en Latinoamérica. Asumimos la invitación del Cardenal con la conciencia clara de que la Iglesia lo necesitaba y algo podríamos hacer. Se aceptó el compromiso de levantar una parroquia en algún lugar de la periferia. Lugar que, andando el tiempo, resultó ser la Consolación que hoy conocemos.

Tras los trámites, muchas vicisitudes y dificultades, la Orden afrontó la construcción del Centro Parroquial. Eran tiempos malos y los materiales de construcción empleados no fueron de buena calidad. Eso lo notamos hoy.

Deterioro y nuevas exigencias: Los años no han pasado en vano, antes bien, han dejado la huella del tiempo. El Complejo Parroquial se ha deteriorado, presenta daños estructurales, los materiales han envejecido… Además, el paso del tiempo ha creado nuevas necesidades y falta adecuación en algunos aspectos.

La decisión de las obras de reforma la tomaron nuestros superiores a petición de esta comunidad agustiniana de Móstoles que, tras una evaluación pormenorizada de la estructura y los servicios actuales pidió la actuación en todo el Complejo Parroquial.

Tenemos problemas con los pisos que están hundidos. Los tejados que hay que cambiar por imperativo legal y por su insuficiente aislamiento. Los sistemas de agua, calefacción y luz están al borde del colapso. La calefacción resulta costosa y poco eficiente, por sus largos recorridos y el deficiente aislamiento. Las ventanas son auténticos coladeros de aire. Los tejados y cubiertas, de una simple uralita y escayola, aumentan los costos del aire acondicionado y de la calefacción. La distribución de ambientes es mejorable. Además, los tiempos cambian y requieren nuevas infraestructuras y equipamiento adecuado.

Responsable de la reforma: El complejo parroquial es de la Orden Agustina, administrado por la Provincia de Filipinas. Los sacerdotes al servicio de la Parroquia somos todos agustinos y hemos elaborado el listado de necesidades y mejoras que presentamos a los superiores para su toma de decisión. Un arquitecto ha estado trabajando en los planos que ya están completados. La autorización para las obras corresponde a la Orden que nos lo ha comunicado hace unos meses. Los superiores han seleccionado la empresa constructora. La licencia Municipal  se ha demorado más de lo previsto por imponderables en la tramitación.

Financiamiento de la obra: Esta Comunidad Agustina de Móstoles no tiene medios para afrontar la obra. Los seis religiosos al servicio de la pastoral parroquial nos dedicamos a tiempo completo a esta labor, compaginada por los más jóvenes con el estudio. Sólo tres tenemos derecho a recibir una consideración económica a modo de remuneración. Hay además un ingreso por pensión no contributiva. Nuestros haberes no alcanzan la categoría de mileuristas. Es notorio que no tenemos capacidad para afrontar los costos de la obra. Pero, existe en nuestras normas un Fondo Común entre todas las casas que será el que corra con los gastos de la reforma.

Cronograma de actuaciones: En principio, las obras afectarán a la casa (mayo-junio), a la iglesia (julio-agosto) y al sótano (septiembre). Esperamos que estén concluidas a final de septiembre.

Consecuencias e inconvenientes: La parroquia es un servicio que no se puede suspender. Atención pastoral, liturgia, convivencia, servicios varios, especialmente el de Cáritas, tienen que seguir en pie superando las inevitables limitaciones e inconvenientes, respetando el ritmo de las obras y las necesidades básicas.

Las prioridades, durante este período, serán:

1.- Salvaguardar las necesidades básicas de la parroquia: misas, despachos, bautismos… Otras actividades no tan esenciales han finalizado o están a punto de terminar.

2.- Salvaguardar Cáritas, los alimentos; no así el ropero que quizá tenga que cerrar algunos días.

3.- Acomodarse al ritmo de las obras y a las limitaciones que suponen en ambientes, ruidos, inconvenientes varios…

4.- Tener en cuenta la limitación de personal (sacerdotes) que permanezcan en la parroquia. De momento, tres, pero en el futuro, dos y algunos días, uno…

Es obvio que las actividades tendrán que recortarse en algunos aspectos. De momento no tenemos capilla, las misas y actividades litúrgicas, incluso las visitas personales para orar, se realizarán, hasta julio, en la iglesia. Cuando esté en reforma, bajaremos al sótano.

Invitación: Afrontemos con buen ánimo estos inconvenientes y limitaciones. La meta es mejorar la infraestructura y tener en el futuro un servicio de la parroquia más dinámico. Es necesario y merece la pena.