domingo, 30 de septiembre de 2012

Corazón peregrino


San Agustín

“Dame un corazón que ama y comprenderá lo que digo. Dame un corazón que anhela, un corazón hambriento que se siente peregrino y sediento en este desierto que es la vida, un corazón que suspire por la fuente de la patria eterna, y comprenderá lo que digo. Ciertamente que si hablo a un corazón árido, no podrá entenderme”.

Comentario al evangelio de San Juan, homilía 26, 4

sábado, 29 de septiembre de 2012

Responsabilidad ante las víctimas


Francisco Javier Bernad Morales

Ya me he referido en otras ocasiones a la magnífica novela de Vasili Grossman, Vida y destino. En ella, la batalla de Stalingrado constituye el eje sobre el que se articula un magnífico despliegue de personajes, que luchan, aman, mueren o sobreviven, enfrentándose y adaptándose a la cotidiana presencia del horror; no solo del ligado de modo inevitable a toda guerra, sino aún más, al del totalitarismo, al de la aniquilación de la conciencia por el miedo y la desconfianza. Las reacciones son múltiples y no siempre excluyentes: heroísmo, abyección, rebeldía... Pero hay una que me ha llamado poderosamente la atención: la de Ikónnikov-Morzh, el prisionero ruso a quien sus compañeros del campo consideran poco menos que un loco extraviado por la mística tolstoiana. Nada mejor que copiar sus palabras cuando descubre que lo que los presos están construyendo para los alemanes son cámaras de gas:

"-Sí, eso es lo que dice Míjail Sidorovich, pero yo no quiero la absolución de mis pecados. No digas que son culpables los que te obligan, que tú eres un esclavo, y que no eres culpable porque no eres libre. ¡Yo soy libre! Soy yo el que está construyendo un Vernichtungslager, yo el que responde ante la gente que morirá en las cámaras de gas. Yo puedo decir: ¡No! ¿Qué poder puede prohibírmelo si encuentro dentro de mí la fuerza para no tener miedo a la muerte?"

Frente al viejo comunista Mijaíl Sídorovich, ocupado en organizar dentro del campo una red de resistencia, pero que no se siente concernido por el trabajo forzado que realiza, Ikónnikov alza el grito de una libertad íntima, ante la que el totalitarismo es enteramente impotente. Entre la vida y la libertad, elige esta última y con ella la dignidad. Se niega a fingir que no es responsable ante las víctimas, pues sabe que estas son seres humanos que tienen rostros y sentimientos y que frente a su mirada no cabe escudarse en una obediencia debida o impuesta. Ejerce así la rebeldía suprema de rechazar una orden impía. Se niega a ser esclavo, pues su conciencia no puede aceptar la participación en una obra inicua. Aún en el Lager es libre, pues mantiene la voluntad de decidir su destino. Sabe que así se condena a morir, pero también que hay males mucho peores que la muerte.

Al obrar así, Ikónnikov nos interroga a todos. Nos fuerza a mirar en nuestro interior y a examinar nuestra conciencia en una dolorosa introspección en la que a menudo no encontraremos más que las mil y una excusas con las que intentamos justificar lo que no es otra cosa que cobardía. Pero el cobarde, nos recuerda, ahondando en nuestra miseria, no es inocente. Queda siempre la posibilidad de rechazar la infamia, de negarse a ser esclavo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Isangos para Pluspetrol

P. Manuel Berjón
P. Miguel Ángel Cadenas

Érase una vez un río Marañón donde la gente habitaba sin más preocupación que tener su casa, ir a cazar, pescar, hacer fiestas y cuidarse de los enemigos, tanto internos como externos, que no era poca cosa. Con el tiempo se fueron organizando fundos en torno a los cuales se agrupaban algunas familias. El lugar se denominaba Saramuro. Allá por los años 70 del siglo pasado llegó la fiebre del petróleo.

 Interludio 1

"Esta es la danza del petrolero, 
del hombre rey, del oro negro”. 

La danza del petrolero, 
Los Wemblers, Iquitos.

Pareció bien a las autoridades nacionales que justo en ese fundo, por ser más alto y menos propenso a la inundación, se construyeran los tanques de almacenamiento de petróleo del oleoducto nor-peruano. La decisión estaba tomada (en aquella época no se vislumbraba el reclamar el derecho a consulta) y se hace lo posible para desalojar (esa es la palabra) a la población. Evidentemente, interés nacional. Se compraron los terrenos a las familias lugareñas, incluso a los que no quisieron vender, y se les desplazó. Hay formas sutiles de desalojo. La gente que se fue aguas arriba fundó lo que hoy denominamos la comunidad nativa kukama de San José de Saramuro, los que quedaron tuvieron que desplazarse abajo donde fundaron otra comunidad a la que llamaron Nuevo Lima, pero que en trámites burocráticos con el Ministerio de Educación terminó imponiéndoles el nombre Saramurillo, formando la actual comunidad nativa kukama.

Una vez realizada la separación la parte de abajo seguía perteneciendo a la comunidad de San José de Saramuro: una misma comunidad con dos sedes. Las autoridades moraban en San José de Saramuro. Allí asistían los niños al colegio y allí acudían los varones a las obras comunales. Llegó un momento en que pensaron formar una comunidad aparte: suponía mucho esfuerzo que los niños acudieran todos los días a la escuela y tener que colaborar en las obras comunales en Saramuro. Los funcionarios de la PNP (Policía Nacional del Perú) y Petroperú destacados en San José de Saramuro, en aquella época, aprobaban la idea de la separación de comunidades.

Presenciamos un pueblo dividido en dos por la actividad petrolera. San José de Saramuro siempre gozó de “un acuerdo” por el cual la comunidad se compromete a cultivar las instalaciones petroleras a cambio de luz y agua potable. Poco a poco San José de Saramuro ha ido creciendo y las dificultades con las petroleras también han aumentado. Son los comerciantes quienes más energía consumen. Una situación delicada que es manejada con cautela por los petroleros para dividir a la población. Es un juego de intereses donde lo más importante es restar y dividir (nunca sumar y menos multiplicar). No se hablan de derechos indígenas, ni de derechos de servidumbre…, ni nada que tenga que ver con la justicia indígena. Existen otros episodios, prolijos de narrar, que siempre tienen como perdedor a la comunidad nativa, fuertemente cuestionada por el “juez de paz” local. Situación delicada que aprovechan las petroleras en su servicio.

Saramurillo nunca se ha beneficiado de estos acuerdos de la comunidad de San José de Saramuro con las petroleras, pese a que en la banda de la comunidad de Saramurillo está el oleoducto que lleva a los pozos del Yananacu y cuyo territorio necesitan para hacer chacra, pescar, cazar y otras actividades de subsistencia. Y pese a que las chatas acoderan a escasos metros de la comunidad, con la incomodidad que ocasiona, a la que están tan acostumbrados los comuneros que ni lo perciben: siempre ha sido así.

fFotoFoto: © Parroquia Santa Rita de Castilla


En los últimos años se ha producido un mayor reclamo, todavía pequeño, de la comunidad hacia las petroleras (los funcionarios del Estado continúan izando la bandera, sin saber dónde están las comunidades). Pluspetrol llegó a la zona con el cambio de milenio y heredó ya una situación injusta que no pretende remediar, sino perpetuar. Ni que decir tiene que las petroleras juegan con “si se portan bien les damos un trabajito” (de vez en cuando contratan a alguna persona). Saramurillo ha aprendido que para conseguir algo hay que protestar. Así han logrado hace pocos años tener agua potable de la base (petrolera). En 2011, hartos de una situación de dependencia y no ser escuchados, pensaron en solicitar a la Pluspetrol apoyo en forma de combustible para su generador de luz y algunas cosas más. Un día las autoridades de la comunidad fueron a la base para entrevistarse con el “ingeniero”. Pero el tal “ingeniero” no les recibió.

Interludio 2

“…y qué decir del manager, audaz y decidido, 
que no me recibió, 
que siempre estaba reunido. 
Hoy moviendo la cola, se acercó como un perro, 
a pedir que le diéramos vela en este entierro, 
y yo le dije: no. No, no, no, no, no. 
Ya está marchita, la margarita, 
que en el pasado he desojado yo…” 

El joven aprendiz de pintor, Joaquín Sabina.

Cansados de esperar regresaron al pueblo y en asamblea los que estaban en la comunidad decidieron tomar acciones. Fueron, con toda la población que estaba en ese momento en la comunidad, incluidos los niños del colegio, y se presentaron en la base. Desplazaron un bote de la base a la comunidad y una embarcación de la banda a la comunidad. No hubo violencia, se cuidaron mucho de evitar toda violencia. Cuando el operador de la embarcación se percató que querían llevarla a la comunidad terminó sus tareas, a lo que amablemente accedió la comunidad, y él mismo, por mandato de la comunidad nativa de Saramurillo, trasladó la embarcación (chimbar el río que se dice, vamos).

A últimas horas de la tarde llegó un “ingeniero” de la Pluspetrol (empresa que no les había recibido) y “negociaron” una salida a la situación. El “ingeniero” quería terminar pronto porque se avecinaba la noche. El acuerdo consistió en pactar la entrega de dos cilindros de petróleo mensuales y hacer mantenimiento del generador de luz de la comunidad a cuenta de la Pluspetrol. Acuerdo que se está cumpliendo de forma satisfactoria para la comunidad. Observado desde la ciudad pudiera parecer una reivindicación pequeña, hasta irrisoria. Percibido desde Saramurillo era la primera vez que negociaban y salían ganando. El valor de un cilindro de petróleo no es únicamente su valor económico, es la posibilidad de tener luz cuando la comunidad lo considere oportuno, y eso en plena selva excede con mucho su valor monetario. Lo dicho, la comunidad se sintió vencedora en esta desigual batalla pacífica.

Pasó el tiempo, todos se habían olvidado del tema y disfrutaban del petróleo conseguido hasta que llegó una citación de la PNP de Maypuco a más de 20 comuneros. Maypuco está a unas 3 horas en peque peque. Y ser citados en la PNP no es ninguna broma. “Nosotros no somos delincuentes, sólo llevamos a cabo la decisión que tomamos en la comunidad y evitamos toda violencia”. En resumen, a la tercera citación todos habían ido a declarar a la PNP de Maypuco (gasto de tiempo, gasolina, alimentación… no es poca cosa en la selva).

Pero no quedó todo ahí. Pluspetrol había interpuesto una denuncia por hurto agravado y coacción en contra de más de esta veintena de comuneros. Por eso la PNP de Maypuco les había citado. A través de una petición del presidente comunal de la comunidad indígena de Saramurillo a esta Parroquia nos contactamos con el CAAAP y la Comisión de Derechos Humanos del Vicariato de Iquitos para ver su situación legal. Una vez comprobada la denuncia visitamos la comunidad de Saramurillo con un abogado para recoger la información oportuna y agilizar su defensa.

Foto: © Parroquia Santa Rita de Castilla

Siguiendo los pasos procesales adecuados el Fiscal de Nauta desestima la denuncia por infundada. Desestimación que la Pluspetrol apeló y estamos a la espera de dictamen. Felicitamos al fiscal de Nauta por esta primera decisión que ha tomado y confiamos en que la Fiscalía la mantendrá, por ser de justicia.

Tal vez estarán pensando que trasladar una embarcación a otro lugar por orden de una comunidad es violencia, en eso estamos de acuerdo. Pero no entendemos cómo la Fiscalía es la única interviniente por parte del Estado. Sí les corresponde; pero, antes que a ellos, les corresponde a otros organismos del Estado que parecen mudos y sordos. Parecen, porque sentimos que se han inclinado hacia las petroleras, y por eso guardan silencio hacia la población. ¿No tiene derecho una población desplazada a una compensación económica? ¿No tienen derecho de servidumbre por utilización de su territorio? ¿No tienen derecho las comunidades nativas a que se apliquen las leyes indígenas internacionales vigentes en Perú? ¿No tienen los pueblos indígenas derechos inalienables sobre sus territorios?

Interludio 3

“Los animales hacen su fiesta. Están todos invitados. No quieren invitar al sapo y al lagarto porque son bocones. Y tampoco al tigre porque es mal borracho. El sapo consigue introducirse, porque es metido. Comienza la fiesta. El sapo hace chiquita su boquita. Pobrecito, lagartito, su boquita chiquita. Pasa el sapo, pero no puede pasar el lagarto. El tigre toma sus tragos y está volviendo borracho, gritando, queriendo pelear. El isango [ácaro] se hace otra persona y empieza a cantar. Dice el tigre: ‘hoy le atrapo a este borracho y le como’. Pero el tigre no ve a nadie. Otra vez le canta. Al final sube el isango por su pata y está en su oreja. Le grita al tigre y el tigre se asusta. Y no le ha visto al isango”. 

Narración kukama.

Foto: © Parroquia Santa Rita de Castilla

Érase una vez… la Pluspetrol que hostiliza a la comunidad nativa kukama de Saramurillo. Érase una vez, como en los cuentos, solo que en esta oportunidad el príncipe prefiere continuar presentándose de sapo. Y el isango…

P. Miguel Ángel Cadenas 
Parroquia Santa Rita de Castilla 
Río Marañón

P. Manuel Berjón
Parroquia Santa Rita de Castilla 
Río Marañón

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Frases de San Agustín

Escenas del Quijote


Francisco Javier Bernad Morales

Se aproxima la noche. Unos humildes cabreros comparten su cena con Don Quijote y Sancho. Tasajo de cabra, queso y bellotas, y,  para alegrar el ánimo, un cuerno de vino que sin tregua pasa de uno a otro. El caballero es feliz. No lo fuera tanto si le agasajaran reyes o príncipes con las viandas más escogidas. Saciado el apetito, habla con voz pausada y clara a sus rústicos compañeros que no osan interrumpirle. El amable convite de los que apenas nada tienen ha traído a su memoria viejas lecturas que ahora refiere en obsequio de sus anfitriones. Hubo un tiempo en que no existían las dos palabras de tuyo y mío, en que los hombres todo lo poseían en común y no habían de preocuparse del mañana, pues la tierra generosa proveía a todas sus necesidades. Reinaba entonces la inocencia y no existían agravios ni rencillas. Pero aquellos felices siglos concluyeron y hoy por doquier imperan la ambición y la malicia. Por eso fue necesario instituir la caballería andante: para proteger a los débiles de las crueles asechanzas de los poderosos, para amparar a viudas y doncellas amenazadas siempre por el engaño y la lascivia y, en fin, para restablecer la justicia.

Embobados y suspensos escucharon la arenga los cabreros. Quizá nunca antes oyeran hablar así, o quizá las palabras del hidalgo les recodaran algún sermón en que el cura evocara la vida en el Paraíso antes del pecado original. Es posible que en sus sencillos y generosos corazones brotara una sincera simpatía por los anhelos de Don Quijote. Algo es cierto. Les sonara el discurso extraño o familiar, muy lejos anduvieron de escarnecer al autor; al contrario, uno de ellos entonó, acompañado por el rabel, una canción para deleitarle. Así, durante unas horas al comienzo de la noche, en unas míseras chozas perdidas en el monte volvió a existir la Edad de Oro.

Ha pasado el tiempo y Don Quijote es un caballero famoso más por sus locuras que por sus hazañas. Unos ociosos duques le toman como bufón u hombre de placer, o, por mejor decir, como simple hazmerreír. En una de sus burlas discurren hacer a Sancho gobernador de una pretendida ínsula Barataria. A solas en su estancia, el caballero alecciona al escudero sobre el modo de conducirse en su nueva posición. Nada hay de arrebatado o de quimérico en sus palabras. Ninguna mención a la Edad de Oro o a la andante caballería. Acomodado a las circunstancias, expone Don Quijote un breviario de sabiduría práctica, unas reglas fáciles de entender, pero harto complicadas de seguir, siempre con la justicia como norte y la modestia como báculo. No se trata de que Sancho altere la vida o las instituciones de la ínsula, de que introduzca nuevas leyes, sino de que en todo momento se comporte como un gobernador honrado y digno, justo sin severidad, antes bien inclinado a la misericordia. Y Sancho, consciente de las responsabilidades que va a contraer, vacila y está a punto de renunciar. Su amo no le anima, no le pinta un camino sencillo, sino que le hace ver sus limitaciones, eso sí, siempre en buen tono, mostrándoselas como manchas cuya limpieza, si no fácil, es siempre posible. En el momento más hermoso dice el escudero: “más me quiero ir Sancho al cielo, que gobernador al infierno”. Don Quijote, emocionado, abandona toda reserva: “por solas estas últimas razones que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas”.

Retorna Don Quijote a su aldea derrotado por el caballero de la Blanca Luna. Un año de reposo le ha impuesto el vencedor con la piadosa esperanza de que el descanso le alivie la mente de desvaríos. Mas ya durante el camino, la fantasía de nuestro hidalgo esboza una nueva locura. Apartado por fuerza del ejercicio de la caballería imagina crear junto a sus vecinos y amigos una suerte de cofradía de pastores y pasar el tiempo en componer y entonar endechas y canciones. Sueña de nuevo la Edad de Oro no como mítico recuerdo de un tiempo perdido, sino como horizonte posible de una Arcadia poética.

Edad de Oro, Arcadia, mitos clásicos que fingen un tiempo en que los seres humanos fueron felices, en que no tuvieron que preocuparse del sustento ni de emular a sus vecinos, en que cada uno podía mirar confiado a todos los demás, sin temor a asechanzas o traiciones. También el bíblico Jardín del Edén, el Paraíso del que irremisiblemente nos sentimos expulsados, pero que siempre añoramos, que una y otra vez nos esforzamos en construir sobre la tierra. Muere finalmente Don Quijote con la razón recuperada. Consciente de su locura abomina de fantasías caballerescas y pastoriles y así, reconciliado consigo mismo, entrega el alma envuelto en el afecto de los suyos. Dichosa muerte que evoca la de otro caballero, la del maestre Don Rodrigo. En el instante supremo, desechadas las vanas quimeras que nublan el entendimiento, el hidalgo no está solo, le conforta el amor de sus parientes y amigos.

Muchos otros antes y después de Don Quijote han sentido la nostalgia de una perdida Edad de Oro y han fabulado sobre la manera de recuperarla, pero a menudo les ha faltado ese fondo de bondad que en nuestro héroe cautiva y enternece, también ese destello de buen sentido que acota los extravíos de la locura.  Esa luz cuyo resplandor, en ocasiones oculto bajo el delirio caballeresco, se muestra en toda su pureza cuando Don Quijote cree a Sancho llamado a gobernar a otros seres humanos. El hidalgo puede tomar por gigantes a los molinos de viento o entablar feroz combate con unos odres de vino,  pero, al contrario que muchos cuerdos, sabe que el mundo real está poblado por personas, por individuos de carne y hueso, quizá en ocasiones egoístas o hasta depravados, pero también a menudo generosos y compasivos. Don Quijote no cree en la Edad de Oro, por más que fantasee sobre ella, pues aunque haya perdido la razón, su corazón es noble y le dice que Utopía, por más que se nos pinte con colores seductores, se asemeja no al Jardín del Edén, sino al lecho de Procusto.

No faltan, en cambio, quienes se han creído capacitados para diseñar la sociedad perfecta. Algunos, muy pocos, lo han hecho con el genio literario y filosófico de Platón o de Moro, otros, como Campanella, de forma más pesada o más pedante; unos y otros han mutilado a los hombres y a las mujeres para encajarlos en su comunidad ideal. Nada grave ocurre mientras el filósofo se limita a plasmar sus ideas en libros más o menos voluminosos, más o menos amenos. Unos estudiosos le rebaten y otros le apoyan, y al cabo del tiempo su obra puede engendrar numerosa descendencia, pero los seres humanos, ajenos a tales lucubraciones continúan viviendo y muriendo, amando y odiando en este imperfecto mundo. Utopía solo revela su siniestra faz cuando alcanza el poder un iluminado, no un loco inofensivo y en realidad apacible como Don Quijote, sino un auténtico demente, un ser convencido de que cualquier sacrificio  es válido si se encamina a edificar la sociedad perfecta soñada por los filósofos. Cuando para nuestra desdicha ocurre esto, Teseo suele estar ocupado o distraído y sólo acude cuando el hedor de los cadáveres se le hace insoportable.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Reencuentro con la fe

Carmen Sáez Gutiérrez

BORGHESE, ALESSANDRA. Con ojos nuevos. Un viaje a la fe. Ed. Rialp. Madrid 2006, 14,5x21,5, 172 pp.
Alessandra Borghese pertenece a una de las más ilustres familias de la aristocracia romana y en este libro nos ofrece un valioso testimonio de vida: su conversión a la fe católica tras años separada de ella. En un primer momento, nos presenta una autobiografía en la que describe su infancia en el seno de una familia aristocrática, el primer trauma de su vida a los dieciséis años ─el suicidio de un amigo íntimo─, su marcha a Nueva York después de finalizar la carrera y su experiencia en el mundo financiero, su matrimonio y posterior divorcio de un rico armador griego, su regreso a Italia en el que lleva a cabo múltiples iniciativas artísticas y culturales y sobre todo la influencia de grandes amigos como Gloria von Thurn und Taxis o Leonardo Mondadori que son determinantes en su retorno a la fe. Posteriormente, expone con gran sinceridad el significado que ha tenido para ella el reencuentro con Dios y el deseo de comunicar esta nueva situación a quienes la rodean y al resto de la humanidad. Manifiesta su experiencia de fe y argumenta a favor de la moral católica, que lejos de reprimir considera como eje central la dignidad del hombre. Se trata de una obra escrita con razón y sentimiento que profundiza en los pilares básicos de la religión católica. La lectura es amena y agradable a la vez que provoca la reflexión en muchos de los temas expuestos, lo que hace replantearse la propia vida a la luz de la fe, pues todos estamos en proceso permanente de conversión.  

sábado, 22 de septiembre de 2012

Un destino trágico


Francisco Javier Bernad Morales

A menudo los occidentales parecemos olvidar que la deposición de Rómulo Augústulo por Odoacro en el año 476, no marca el final del Imperio Romano, sino tan solo de la pars occidentalis. Constantinopla, la nueva Roma, se mantuvo aún a lo largo de casi mil años, hasta que a su vez cayó ante el avance turco. Obviamente, en un tiempo tan dilatado fueron muchas las transformaciones que experimentó. Entre ellas, una progresiva helenización, que la alejó paulatinamente de unos orígenes que, sin embargo, nunca llegó a olvidar. La incomprensión y desconfianza mutua entre el imperio Oriental, al que conocemos como Bizantino, y los reinos surgidos en occidente para los que Roma se erigió en centro espiritual, no hizo sino aumentar, produciendo entre otras consecuencias la ruptura de la Iglesia. Constantinopla se convierte en el núcleo de la rica Cristiandad Ortodoxa, desde donde parten las misiones que evangelizarán a los rusos, a los búlgaros, a los serbios y a muchos otros pueblos.
En esta larga historia no faltan, como es natural, los períodos de crisis en que todo parece derrumbarse, pero con  ellos alternan, hasta el hundimiento final, otros de renovado vigor, en que el Imperio adquiere nueva cohesión y se muestra capaz de reorganizarse para hacer frente a sus enemigos. Uno de los momentos cruciales se produce en el siglo VII durante el reinado del emperador Heraclio, quien tras frenar el caos y la descomposición, hubo de ver como todo lo conseguido por medio de un ímprobo y valeroso esfuerzo, parecía de nuevo venirse abajo.
Explicaremos ahora brevemente las circunstancias que condujeron a Heraclio al poder y los problemas a que hubo de enfrentarse.
En el año 602, el ejército, descontento con la política rigurosa y austera del emperador Mauricio, se sublevó bajo el mando de Focas, un oficial de no muy alta graduación. Las tropas ocuparon la capital, apoyadas al parecer por la facción verde del hipódromo[1],  y Mauricio y sus cinco hijos fueron asesinados. Comenzó así el reinado de Focas, caracterizado por actuaciones brutales y por la incapacidad para afrontar los ataques exteriores. El emperador sasánida Cosroes II se erigió en vengador de Mauricio y sus ejércitos invadieron Asia Menor, llegando a tomar la ciudad de Calcedonia; en tanto que por la desguarnecida frontera del Danubio se infiltraban tribus eslavas y, lo que resultó mucho más peligroso, los ávaros, un pueblo de lengua turca procedente de Asia Central.
Ante el desmoronamiento generalizado, el exarca de Cartago se sublevó y envió a Constantinopla una flota mandada por su hijo Heraclio, quien se apoderó de la capital sin apenas oposición y fue coronado emperador (610). La situación era desesperada, pues Cosroes se negó a reconocer a Heraclio y continuó la ofensiva en tanto que los ávaros se aproximaban a Constantinopla.  Sucesivamente cayeron en poder de los persas Antioquía, Damasco, Tarso y, lo más doloroso, Jerusalén (614), donde estos se apoderaron de la reliquia de la Vera Cruz, que trasladaron Ctesifonte, su capital. No concluyeron aquí los reveses. En el 619, también Egipto fue conquistado por Cosroes.
El Imperio parecía abocado a un inminente final, pero Heraclio estaba decidido a continuar la lucha. Contó para ello con la inestimable colaboración del patriarca Sergio. En lugar de intentar recuperar el territorio perdido, inició una marcha por las regiones montañosas de Armenia con intención de atacar el corazón del imperio enemigo. En el 626, mientras el emperador intentaba consolidar su posición en aquellas lejanas regiones, Constantinopla hubo de sufrir el ataque conjunto de ávaros y sasánidas. Ante ello, Heraclio decidió continuar su avance y delegar la defensa de la capital en el patriarca Sergio, quien consiguió galvanizar a la población en un ambiente de gran exaltación religiosa. Un año después, Heraclio alcanzó una victoria aplastante en Mesopotamia, de resultas de la cual, Cosroes fue depuesto y ejecutado por su propio hijo. Los sasánidas hubieron de devolver todas las provincias conquistadas y reconocer la soberanía bizantina en Armenia, así como restituir la Vera Cruz. Por su parte, los ávaros, rechazados ante Constantinopla, se retiraron hacia la llanura de Panonia. En el 630, tras tan larga lucha Heraclio retornaba triunfante a su capital.
El emperador era consciente de que la desafección de los monofisitas había facilitado las conquistas persas en Siria. Por tal motivo, de acuerdo con el patriarca Sergio, intentó dar con una fórmula teológica de compromiso que pudiera ser aceptada tanto por ellos como por los ortodoxos calcedonios.  Surgió así el monotelismo, doctrina según la cual en Cristo hay dos naturalezas, pero una sola voluntad divino-humana. Contra lo esperado a nadie satisfizo la solución: los monofisitas la rechazaron por insuficiente, en tanto que los calcedonios la consideraron herética. Por otra parte, el desarrollo de los acontecimientos hizo pronto superfluo todo intento de aproximación.
En efecto, absortos en su enfrentamiento a muerte, ni bizantinos ni sasánidas habían reparado en las profundas transformaciones que en tanto experimentaba Arabia, un territorio considerado marginal. Desde el 630 comienzan a producirse escaramuzas de escasa importancia entre los ejércitos imperiales y las avanzadillas musulmanas en Siria y el Négev. Son solo el preludio de la gran batalla de Yarmuk (634), en que los bizantinos caen completamente derrotados. En muy poco tiempo, todos los territorios reconquistados por Heraclio a los sasánidas se pierden, ahora de manera definitiva. Sus habitantes estaban exhaustos tras tantos años de guerra y por los elevados impuestos exigidos para financiarla. Tanto la población monofisita como los judíos, cuyo bautismo forzoso había decretado el emperador, acogieron con alivio a los nuevos dominadores. El Imperio Sasánida, también vencido, fue totalmente conquistado.
Bizancio sobrevivió, pero reducido a los Balcanes y Asia Menor, más algunas posesiones en Italia. La adopción por Heraclio del título helénico de basileus, en lugar de los romanos de augusto o césar, así como el abandono del latín en la documentación oficial testimonian esta primera gran transformación. A ella se une la reforma administrativa culminada por sus sucesores, dirigida a unir en las provincias las autoridades civil y militar, y a crear asentamientos de soldados-campesinos preparados para una lucha defensiva.
En su vida privada, Heraclio también hubo de hacer frente a graves conflictos. Tras enviudar de Eudocia, su primera esposa, contrajo con su sobrina Martina un matrimonio considerado incestuoso por gran número de monjes y al que se opuso incluso el patriarca Sergio. A su muerte (640) dispuso que le sucedieran en el trono, gobernando conjuntamente, su primogénito Constancio, nacido de Eudocia, y Heracleonas, hijo de Martina. La pronta muerte del primero, hizo que corriera el rumor de que Martina le había envenenado, lo que ocasionó una revuelta. Heracleonas fue depuesto y sufrió la mutilación de la nariz, en tanto que a su madre le cortaron la lengua.




[1] En Constantinopla existía una gran afición a las carreras del hipódromo. Había en ellas dos equipos principales conocidos como “azules” y “verdes”, por los colores con que vestían sus aurigas. La rivalidad no era solo deportiva, pues mientras los seguidores de los azules eran mayoritariamente ortodoxos, los verdes se identificaban con los monofisitas. Los altercados entre unos y otros eran muy frecuentes y a menudo sangrientos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Oración

Raoul Follereau

Señor, enseñadnos a no amarnos a nosotros mismos,
a no contentarnos con amar a los nuestros, con amar a los que amamos.
Señor, enseñadnos a pensar sólo en los demás,
a amar, primeramente, a los que no son amados.

Señor, concédenos la gracia de descubrir
que a cada minuto de nuestra existencia,
de nuestra vida dichosa y por Vos protegida,
hay millones de seres humanos, que son hijos vuestros,
que mueren de hambre y no merecen morir de hambre;
que mueren de frío y no merecen morir de frío…

Señor, compadeceos de todos los pobres del mundo.
Compadeceos de los leprosos, que tienden hacia vuestra
Misericordia sus manos sin dedos, sus brazos sin manos…
Y perdonadnos, por haberlos abandonado durante tanto tiempo
por un tiempo vergonzoso.
Señor, no permitáis mas que seamos felices a solas.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Declaración de Cáritas (LXIX Asamblea General)

…La actual coyuntura está consolidando estructuras de injusticia y de sufrimiento, donde los ciudadanos con mayor desventaja social son los grandes olvidados del sistema y soportan las consecuencias de una crisis que ha agudizado otra crisis (de modelo de desarrollo) anterior, que existía ya en tiempos de bonanza económica, y que está disparando la desigualdad y expulsando a muchas personas a los márgenes de la sociedad.
Por ello, desde Cáritas queremos optar por acciones auténticamente significativas, que activen la solidaridad entre personas, comunidades y pueblos, y que sirvan para denunciar las situaciones  de opresión y de sufrimiento a las que nos acercamos cada día.
Nos encontramos ante un modelo social tiranizado por lo económico, ante el que es necesario promover sin demoras un cambio de paradigma y un nuevo marco de convivencia que redefina las prioridades básicas de la sociedad ante el poder de los mercados, tal y como señala Benedicto XVI en “Caritas in Veritate”…

El Escorial, 24 de junio de 2012

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Padre Nuestro mozárabe


Cuando los musulmanes conquistaron el reino visigodo permitieron que los cristianos, al igual que los judíos, mantuvieran su religión, si bien en la condición de dimmíes, esto es de minoría protegida sujeta al pago de un impuesto especial. En Al-Andalus, en los primeros tiempos constituyeron la mayoría de la población, aunque pronto se iniciaron las conversiones al islam. De esta manera, los hispanorromanos e hispanovisigodos se dividieron rápidamente en dos grupos: los muladíes, que adoptaron la religión de los conquistadores, y los mozárabes, fieles al cristianismo. Andando el tiempo, al endurecerse el trato que recibían fueron muchos los mozárabes que emigraron a los reinos y condados cristianos del norte. Llevaban consigo una cultura peculiar que en lo religioso se manifestaba en la pervivencia de la liturgia visigótica y en lo político en el anhelo de recuperar las tierras ocupadas por los musulmanes.

Su influencia declinó a partir del reinado de Alfonso VI de León y de Castilla, cuando los monarcas decidieron estrechar los lazos con los reinos europeos y con el papado, para lo cual favorecieron el asentamiento de monjes cluniacenses y cistercienses y la adopción de la liturgia romana.



martes, 18 de septiembre de 2012

Maestro de humildad

San Agustín

“Para curar la causa de todos los males que es la soberbia, el Hijo de Dios ha bajado y se ha hecho humilde ¿Por qué te haces soberbio, hombre, si Dios se ha humillado por ti? Tal vez te avergüences de imitar a un hombre humilde; imita, entonces, a Dios humilde. El Hijo de Dios ha tomado forma humana y se ha hecho humilde; a ti se te ordena ser humilde, no convertirte de hombre en animal. Él, Dios se ha hecho hombre. Tú, hombre, reconócete como tal porque toda tu humildad consiste en reconocer que eres un hombre.(….) He venido humilde –dice el Señor-, he venido a enseñar la humildad, he venido como maestro de humildad. Quien viene a mí queda incorporado a mí; quien viene a mí se hace humilde; quien está unido a mí será humilde porque no hace su propia voluntad sino la de Dios”.
Comentario al Evangelio de san Juan 25, 16


lunes, 17 de septiembre de 2012

El asombro ante la Creación

Francisco Javier Bernad Morales

Imre Kertész en un discurso pronunciado en 1995, recogido junto a otros en un volumen de título deliberadamente brutal (Un instante de silencio en el paredón, Barcelona, Herder, 2002), señalaba con melancolía, como en el siglo XX la humanidad entró en nueva época y que los tiempos antiguos, al igual que la juventud, jamás retornarán. El escritor, superviviente de Auschwitz, lamentaba la pérdida de una actitud humana a la que se refería como de “asombro ante la Creación”, un pasmo ante la existencia del mundo, cuya desaparición habría arrastrado consigo la del respeto, la devoción, la alegría y el amor por la vida. No faltará quien arguya, quizá con razón, que se trata de una visión extremadamente pesimista, derivada quizá de una vivencia personal y, por tanto, carente de objetividad. Incluso podría aducir en contra de Kertész, el testimonio de otro superviviente, el psiquiatra Viktor Frankl, quien cuenta como en una ocasión, tanto él como sus compañeros de barracón se sintieron embargados por la hermosura de una puesta de sol (El hombre en busca de sentido, Barcelona, Herder, 2004). En las terribles condiciones del Lager, unos internos a quienes se había relegado a la categoría de subhumanos y cuya vida, mantenida en los límites de la estricta subsistencia, podía finalizar a la menor muestra de flaqueza en una cámara de gas, mantenían la capacidad de apreciar la belleza y deleitarse en su contemplación. Si miramos un poco hacia atrás, podremos recordar que Frankl, aún tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, tuvo la oportunidad de escapar del horror. Disponía de un visado para viajar a los Estados Unidos, pero, tras angustiosas dudas, decidió no utilizarlo, ya que no podía llevar consigo a sus padres. No era un iluso. Sabía que no los salvaría y que él mismo, con toda probabilidad, correría su misma suerte. Pese a todo, escogió permanecer a su lado el mayor tiempo posible. El Decálogo dice: “Honrarás a tu padre y a tu madre.”
¿Es posible que ya no nos estremezca una noche estrellada o que hayamos dejado de maravillarnos ante la capacidad humana para inventar recursos? Sin duda no es así. Se trata, al igual que la compasión ante el sufrimiento, de emociones profundamente arraigadas en el fondo de nuestra alma. Y sin embargo, Kertész tiene razón y Frankl no solo no le contradice, sino que confirma su aserto. Hemos asistido en nuestro tiempo a una radical desvalorización de la vida. Desde que el Estado se atribuyó la potestad de decidir quiénes tienen derecho a la existencia y utilizó las modernas técnicas de organización y de producción industrial para fabricar cadáveres, ya nada ha vuelto a ser como antes. La derrota del nazismo y el posterior hundimiento del comunismo no han conducido a un rearme moral de la sociedad. Antes al contrario, se ha extendido un sentimiento de desánimo, de apatía. Se diría que el horror es tan fuerte que no podemos soportarlo y que, en consecuencia, solo aspiramos a ignorar el sufrimiento que acecha a nuestras vidas. Se ha adueñado así de las conciencias un suave y adormecedor hedonismo, que nos impide plantar cara a las realidades de la existencia. Antes los enfermos morían en casa rodeados de familiares y amigos. Ahora, por lo general, lo hacen en la fría sala de un hospital, conectados a complejos aparatos y con el conocimiento perdido. No se me entienda mal. No estoy contra la medicina moderna, pero hay algo que se nos ha hurtado en el cambio, algo que las generaciones anteriores tenían siempre presente: el momento de la muerte. Puede parecer paradójico, pero solo quien siente su cercanía tiene plena conciencia del valor de la vida. Solo cuando somos conscientes de la fragilidad de la existencia, de lo harto improbable que resulta el hecho de que nos encontremos en este momento en el mundo, somos capaces de percibir la grandeza de la Creación y de admirarnos ante ella. Del reconocimiento de nuestra miseria surge el impulso que nos lleva a formular las grandes preguntas metafísicas y éticas; pues solo quien teme perder la vida y, no obstante sabe que esta solo es auténtica cuando se une indisolublemente a la dignidad y, por tanto, está dispuesto a sacrificarla, la valora verdaderamente. Juan Pablo II, al exhibir públicamente su dolor y su decadencia física, causó a no pocos un no siempre disimulado desagrado, y no faltaron voces, a menudo ajenas a la Iglesia Católica, que, so capa de una falsa piedad, le exhortaban a la abdicación. Les hubiera gustado que el anciano ocultara sus padecimientos en el reducido espacio privado, pues su presencia venía a recordar todo lo que inútilmente nos esforzamos en olvidar, y nos obligaba a mirar de frente a nuestro destino. En esta época de imágenes, el Pontífice osaba encarnar la del sufrimiento humano, y elegía convertirse en heroico testigo de Jesús crucificado. Como Viktor Frankl y sus compañeros de barracón que, hambrientos y extenuados, aún tenían fuerzas para admirar la hermosura del crepúsculo, Juan Pablo II nos mostraba en su fragilidad la grandeza del Creador. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Envío de catequistas


Carmen Sáez Gutiérrez

Ayer sábado tuvo lugar en nuestra parroquia la ceremonia de envío de catequistas de niños, jóvenes y adultos, oficiada por el obispo titular de nuestra diócesis, D. Joaquín María López de Andújar como responsable de la comunidad cristiana.
Previamente a la Eucaristía presidida por D. Joaquín,  el joven párroco del Álamo y arcipreste de Navalcarnero D. Manuel de Castro, licenciado, además, en Derecho Canónico y Teología Dogmática, pronunció una conferencia acerca del significado del envío en tanto que como vocación catequética no parte de una iniciativa individual y privada, sino que por el contrario es una llamada a lo más íntimo de nuestro ser por parte del Señor, quien nos ofrece la misión desde el propio seno de la Iglesia. Así, habló a los catequistas como transmisores de la Palabra de Dios y por tanto de la exigencia de acometer esta misión con honradez, sin contaminaciones que desvirtúen el auténtico significado del mensaje. También reconoció la dificultad del momento que atraviesa la catequesis por la escasa colaboración de algunas familias, pero,  no obstante, alentó a continuar sembrando la semilla de la fe, pues aunque en apariencia pueda parecer que el contenido no penetra en un primer momento en los catecúmenos, más tarde sí  puede observarse el brote de buenos frutos.
Posteriormente, D. Joaquín concelebró con los sacerdotes asistentes. La liturgia introdujo elementos nuevos y plenos de significado: la transmisión de la luz del obispo a todos los presentes a través de las velas, acto que recordaba sin duda  a la ceremonia pascual y el beso de cada uno de los catequistas a los Evangelios como gesto de aceptación de la Palabra en su totalidad, sin obviar ninguno de los contenidos por pequeños que sean.
La homilía la inició D. Joaquín dando gracias al Señor por concedernos la Gracia de poder celebrar el envío en la fiesta de la Virgen Dolorosa, la madre piadosa que a los pies de la cruz se hizo partícipe de la Redención. En la plática nos exhortó diciendo que el Señor nos llama para ser testigos de su amor e instrumentos para  comunicar sus misterios en comunión con la Iglesia; puente para poner a los niños, jóvenes o adultos en relación con Él, lo que constituye el mayor acto de caridad del cristiano: ayudar al hombre a encontrarse con Dios, pues no hay mayor pobreza que vivir de espaldas a Él. Abordó también un tema lleno de interés en nuestros días, pues el hombre parece haberse olvidado de sus limitaciones, de la presencia del mal en sus actos. Así, habló del pecado como el no reconocimiento, la desconfianza de la paternidad de Dios, y de la infinita misericordia del Dios que se hace hombre para ayudar al hombre a salir del pecado, esto es, volver a confiar en Él. Es a través de la cruz como el pecado es destruido y Cristo devuelve al hombre su filiación divina. Y es junto a la cruz donde la Virgen nos abre su corazón para encontrarnos con Dios. María está en la comunidad cristiana y los apóstoles ven en ella a Jesús. La catequesis es un misterio maternal pues a través de ella la Iglesia transmite vida. Por ello María junto a la cruz debe ser nuestro modelo, como ella tenemos que estar abiertos a la Palabra, ser para todos el rostro de Jesús.
Después de la Eucaristía se celebró un ágape fraterno en los salones parroquiales. El P. José M.ª que actúo como anfitrión tuvo que multiplicarse, pues acto seguido tenía bautizos en la Iglesia. ¡Bendito sea Dios!

sábado, 15 de septiembre de 2012

Virgen de los Dolores

En el día de la Virgen de los Dolores, advocaión mariana conocida también como Virgen de las Angustias o Virgen de la Caridad, presentamos una bella versión del canto Salve Regina interpretada por el coro monástico de la Abadía de Notre-Dame Fontgombault.

viernes, 14 de septiembre de 2012

En la cruz está la vida

Santa Teresa de Jesús

En la cruz está la vida 
y el consuelo, 
y ella sola es el camino 
para el cielo. 

En la cruz está "el Señor 
de cielo y tierra", 
y el gozar de mucha paz, 
aunque haya guerra. 
Todos los males destierra 
en este suelo, 
y ella sola es el camino 
para el cielo. 

De la cruz dice la Esposa 
a su Querido 
que es una "palma preciosa" 
donde ha subido, 
y su fruto le ha sabido 
a Dios del cielo, 
y ella sola es el camino 
para el cielo. 

Es una "oliva preciosa" 
la santa cruz 
que con su aceite nos unta 
y nos da luz. 
Alma mía, toma la cruz 
con gran consuelo, 
que ella sola es el camino 
para el cielo. 

Es la cruz el "árbol verde 
y deseado" 
de la Esposa, que a su sombra 
se ha sentado 
para gozar de su Amado, 
el Rey del cielo, 
y ella sola es el camino 
para el cielo. 

El alma que a Dios está 
toda rendida, 
y muy de veras del mundo 
desasida, 
la cruz le es "árbol de vida" 
y de consuelo, 
y un camino deleitoso 
para el cielo. 

Después que se puso en cruz 
el Salvador, 
en la cruz está "la gloria 
y el honor", 
y en el padecer dolor 
vida y consuelo, 
y el camino más seguro 
para el cielo.


jueves, 13 de septiembre de 2012

El camino de Tamanrasset


Carmen Sáez Gutiérrez         


CHATELARD, A. Carlos de Foucauld. El camino de Tamanrasset. Ed. San Pablo Madrid  2003, 14,5x22, 338 pp.

Antoine Chatelard, Hermanito de Jesús, narra la apasionante vida de Carlos de Foucauld de una forma original, a través de la correspondencia entre éste y su director espiritual, el padre Huvelin, fundamentalmente, si bien también se sirve del testimonio de  cartas con otras personas como su prima María de Bondy.
Después de una educación en el seno de una familia católica sucede un periodo de increencia que culmina con la conversión tras el contacto con gente apegada a Dios en el norte de África, cuando estaba en el ejército.          
El descubrimiento de Jesús lleva a Carlos de Foucauld a entrar en un monasterio de la Trapa, vivir en la más absoluta pobreza en Tierra Santa para seguir la vida de Jesús de Nazaret,  redactar la Regla de la congregación de los Hermanos del Sagrado Corazón en el Norte de África y dedicarse con empeño a la evangelización de los tuaregs.
La vida oculta y solitaria de monje la comparte con la de misionero que predica con el silencio, viviendo en obediencia y pobreza, dando limosnas a aquellos que más lo necesitan y liberando hombres de la esclavitud.
A través de la lectura sosegada de la obra se descubre el talante de Carlos de Foucauld que irradia felicidad, bondad extrema y humilde mansedumbre. Es un hombre que elige vivir para Dios, sin ningún otro objetivo, lo que implica dejar lo que más ama: su familia y su posición, distanciarse para acercarse a Dios.
El libro tiene el valor testimonial de un hombre entregado a la oración y a la contemplación, a quien le cuesta salir de su clausura  y cuando lo hace es para ayudar a los demás sin pretender convencer sino es a través de su ejemplo. Sobrecoge la gran fuerza interior de Carlos de Foucauld que es trasmitida con claridad y entusiasmo.

A la visión


Consuelo Pons Lafuente

Intuyo que tus ojos me ven
con una mirada
diferente a la mía,
y no sé cómo me sientes.

Me gustaría saber
si la percepción de la belleza,
tiene el mismo significado
que para mí.

Quisiera encontrarme
en tu mundo,
para conocerlo como es
y poder vivirlo contigo.

Mi curiosidad me lleva
a indagar la vivencia
que nos separa,
entre la oscuridad y la claridad.

Tal vez,
el telón que separa
al actor del espectador
es como el párpado al cerrarse
que impide nuestra visión.

Dime cómo son las noches y los días
para ver la diferencia con los míos.
Pues yo también tengo un firmamento y una tierra
que no me permitan profundizar.

No obstante: nuestro corazón
late con el mismo tono,
el mismo ritmo
y, amando con semejante intensidad.


miércoles, 12 de septiembre de 2012

Todo por la Revolución


Francisco Javier Bernad Morales

Generación Mao (Barcelona, Planeta, 2009), escrito por Xinran, constituye un testimonio estremecedor del espejismo totalitario. Al modo de Los que susurran, de Orlando Figes, la obra se construye a partir de una serie de entrevistas; en este caso, no con supervivientes del Gulag, sino con veteranos que vivieron las grandes transformaciones de la China del siglo XX. Son relatos diversos, aunque podríamos aislar algunos rasgos compartidos. Llama sobre todo la atención, la dificultad, casi imposibilidad, que estos ancianos encuentran para comunicar a sus hijos y nietos aquello que han vivido. De no ser por Xinran, que les obliga a bucear en el recuerdo, su memoria se desvanecería y pronto un heroísmo y un sufrimiento que forman parte de la base de nuestro mundo caerían en un absoluto olvido. Son vidas obviamente distintas, pero unidas conforman un poliedro en el que se encierran las ilusiones, espejismos y atrocidades del siglo XX. No es hoy mi intención entrar en un análisis pormenorizado del libro. Me limitaré a llamar la atención sobre una de las historias tan trágicas como entrañables que contiene. La de quienes, según la propia autora, constituyen un matrimonio distinguido: el señor y la señora You.

Hablemos primero de él. Estudiante aventajado de Física opta, a instancias del Partido, por la Geofísica, y marcha a completar su formación a Moscú. Son los años inmediatamente posteriores al triunfo de la Revolución y las relaciones sinosoviéticas aún son buenas. Al regreso le esperan importantes puestos como encargado de las prospecciones petrolíferas en diversas regiones a cual más inhóspita. Es un hombre tenaz e inagotable, hasta el punto de que recibe el título de Héroe del trabajo, algo que supone un magnífico premio: la colección de las obras completas de Mao. Su vida es dura. Se aloja en barracones o tiendas de campaña y, pese a su prestigio y a su capacidad, apenas obtiene la ración de alimentos necesaria para mantener la vida. El único combustible son boñigas de vaca. Y, sin embargo, You es un privilegiado, un cuadro dirigente del Partido, un científico famoso, no uno de esos miserables condenados a la rehabilitación mediante el trabajo.

Ocupémonos ahora de su esposa. Apenas adolescente, marcha a cientos de kilómetros del hogar para proseguir los estudios y luego se alista voluntariamente en un destacamento de prospección petrolífera. No juzga necesario visitar a sus padres para despedirse o siquiera informarlos de su decisión. Allá, en el lejano Xian, conocerá a quien pronto será su marido. Las costumbres han cambiado y el matrimonio ya no se concierta en la infancia mediante acuerdo entre las familias. Los activistas solo precisan la autorización del Partido. Aún casados, los esposos duermen separados: él en el pabellón de los hombres; ella en el de las mujeres. Hay una habitación que durante unas horas pueden compartir tras solicitarlo y esperar a que les llegue el turno. Así los You engendran a tres hijos, que son enviados rápidamente junto a los abuelos, pues las tareas revolucionarias les impiden ocuparse de ellos.

Y, sin embargo, se diría que son felices. Se han entregado en cuerpo y alma a la revolución y no precisan otra recompensa. Pero un día el señor You se convierte repentinamente en sospechoso: ha estudiado en la Unión Soviética y posee un receptor de radio. Los Guardias Rojos lo acosan como contrarrevolucionario. Pierde sus puestos de responsabilidad y se ve obligado a trabajar como mecánico. A sus hijos, que viven a miles de kilómetros y a los que apenas conoce, se les prohíbe la asistencia a la escuela. Luego, tras la muerte de Mao, vendrá la rehabilitación. De nuevo, los cargos importantes. Ahora incluso el dinero. Pero una barrera infranqueable se alza entre los You y sus hijos. Esos niños a quienes ignoraron, absorbidos como estaban en la edificación del mundo socialista; esas criaturas confiadas al sacrificio de unos abuelos silenciosos, a las que imaginarios pecados de sus padres privaron del acceso a la educación. En su vejez, los You sienten un inmenso remordimiento. Saben ahora que entre la Revolución y los hijos se equivocaron al elegir y entienden que causaron un mal que ya no pueden remediar.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Participación en la Eucaristía


Carmen Sáez Gutiérrez

ÁLVAREZ TEJERINA, ERNESTINA Y PEDRO. Te ruego que me dispenses. Los ausentes del banquete eucarístico. Ed. Narcea, Madrid 2006, 13,5 x 21, 137 pp.

Los autores del libro, ella, religiosa benedictina y doctora en Medicina y Cirugía, y él licenciado en Derecho, nos ofrecen una reflexión acerca de las diferentes formas de rechazar la invitación que Dios nos hace para participar del banquete eucarístico. Para ello, nos presentan diversos personajes de la Biblia, que de una u otra forma se abstienen de responder con generosidad a la llamada del Señor, entre ellos podemos señalar al “exorcista no cristiano”, “el guardián de los sacerdotes judíos” o “los chiquillos insatisfechos”. Ellos forman parte del inconsciente colectivo y nosotros en algún momento de nuestra vida podemos identificarnos y actuar como ellos, alejándonos de la Voluntad del Padre. Al tiempo, se presentan las distintas partes de la Eucaristía en que es posible remediar cada una de las actitudes negadoras, así el saludo y preparación de la Eucaristía, la Palabra, la Acción de gracias y el envío son momentos clave que nos ayudan a recapacitar e iniciar un camino de conversión.
La lectura de la obra nos permite aproximarnos más al conocimiento y comprensión de nosotros mismos y a la aceptación de una vida cristiana que nos lleve a seguir plenamente a Jesús, como Él nos sugiere en nuestra vocación.
El planteamiento del libro es sencillo y nos invita a la meditación sobre nuestro modo de actuar en el diálogo con Dios. La lectura es agradable y despierta interés pues nos llega a lo más profundo de nuestro existir.



domingo, 9 de septiembre de 2012

Donatismo


Francisco Javier Bernad Morales

En contra de una idea ampliamente extendida, durante los primeros siglos de nuestra era, las persecuciones contra los cristianos, al principio considerados una secta judía, fueron a menudo de ámbito local e intermitentes, separadas por largos períodos de tolerancia. Solo cuando la nueva religión penetró profundamente en la sociedad romana, algunos emperadores intentaron enérgicamente erradicarla. El siglo III fue el período más difícil para la Iglesia. Tras el asesinato de Alejandro Severo (235) se inició un período de unos cincuenta años al que los historiadores han dado el nombre de anarquía militar, durante el que se sucedieron veintiséis emperadores. Durante este tiempo, las legiones se sublevaban repetidamente y, sin tener en cuenta al senado ni al resto de las instituciones, investían a sus mandos con la púrpura imperial. Las guerras civiles se sucedían en un marco dominado por las crisis de subsistencias y por graves epidemias, en tanto que los bárbaros presionaban cada vez con mayor fuerza en las fronteras. La población, expuesta al hambre, la guerra y la peste, reaccionó en dos maneras opuestas. Unos, desengañados de la ideología imperial y del paganismo, se refugiaron en religiones que, como el cristianismo o el mitraísmo, ofrecían una promesa  escatológica de salvación y predicaban una regeneración moral; otros, en cambio, achacaron los problemas al abandono de los cultos tradicionales por lo que intentaron restablecerlos. Hubo incluso un emperador, Filipo el Árabe (244-249), que fue tenido por algunos como cristiano, aunque probablemente se limitó a mostrar una amplia tolerancia. Su muerte en combate contra Decio, proclamado emperador por el ejército del Danubio, dio paso a una sangrienta persecución. Siguieron otras, entre las cuales la más sistemática y cruenta, pero también la última, fue la de Diocleciano (emperador entre el 284 y el 305).

Aunque los mártires fueron muy numerosos, debemos entender que abundaron también los cristianos que no tuvieron el valor de dar la vida por sus creencias. Unos, incluidos presbíteros y obispos, llegaron a entregar los libros sagrados y a sacrificar a los dioses y al emperador; otros, simplemente, a través de familiares o amigos, se procuraron certificados (libelli) de haberlo hecho. Se enfrentó entonces la Iglesia al problema  de cómo actuar frente a quienes habían flaqueado. En las provincias de África y Numidia (grosso modo Argelia y Túnez) donde existía ya una tradición de inflexibilidad ante los pecadores, que se había manifestado en la herejía montanista a la que llegó a adherirse Tertuliano; Donato, obispo de Cartago, sostuvo que solo los sacerdotes de conducta intachable podían administrar los sacramentos y que quienes habían cedido en la persecución quedaban excluidos de la Iglesia. Negaba así el sacramento de la reconciliación. Frente a él, la Gran Iglesia afirmó no solo que los pecados pueden ser perdonados, sino también que los sacramentos tienen valor objetivo por lo que su eficacia no depende de la virtud de los ministros. Con todo, el donatismo se mantuvo fuerte y llegó a organizarse como una iglesia paralela a la que se enfrentó con firmeza San Agustín. Los más extremistas llegaron a constituir grupos armados, los circumcelliones, que hostigaban no solo a los católicos (intentaron asesinar a San Posidio), sino a las autoridades imperiales.

El donatismo se manifiesta no solo como un movimiento herético, sino también como una fuerza de resistencia frente a la dominación romana. Parece significativo que las regiones en que las diversas herejías (nestorianismo, monofisismo, donatismo, arrianismo) habían arraigado con más fuerza fueron las que más rápidamente sucumbieron ante el avance islámico del siglo VII. Obligados a elegir entre el rigor del gobernante ortodoxo y la tolerancia del califa musulmán, lógicamente poco interesado en las querellas teológicas cristianas, prefirieron al segundo.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Oración a la Natividad de María

Lope de Vega

Hoy nace una clara estrella
tan divina y celestial,
que con ser estrella, es tal,
que el mismo sol nace della.
De Ana y de Joaquín oriente
de aquesta estrella divina
sale su luz clara y dina
de ser pura eternamente:
el Alba más clara y bella
no le puede ser igual,
que con ser estrella, es tal,
que el mismo sol nace della.
No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
 porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca luna:
nace en el suelo tan bella, y
con luz tan celestial;
que con ser estrella, es tal,
que del mismo sol nace della.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Antígona


Francisco Javier Bernad Morales

Antígona es, ante todo, un recuerdo de la infancia, de aquellas veladas en que, tras la cena, nuestro padre nos relataba las historias de un mundo ideal poblado por dioses y por héroes. Su voz se modulaba de tal manera, ora tranquila como un anchuroso remanso, ora, cual impetuoso torrente, entrecortada, que a su compás mi ánimo pasaba del sosiego a la exaltación. Mi imaginación desbordada acudía entonces al encuentro de Héctor, Aquiles, Ulises, Diómedes y los dos Áyax, y se batía junto a ellos ante los muros de Ilión. Pero aún más que estas belicosas fantasías, me impresionaba el triste destino del linaje de Layo. Ahora, endurecido por los años, me cuesta rememorar la angustia y la compasión que entonces me embargaban ante el relato de la suerte de Antígona. Sensaciones en todo caso similares a las que en mí suscitaban los sacrificios de Ifigenia y de la  hija de Jefté.

Pronto, cuando leí la tragedia de Sófocles, me impresionó el primer estásimo, ese que comienza: “Muchas cosas asombrosas existen y, con todo, nada más asombroso que el hombre”; y continúa cantando la capacidad humana para dominar la naturaleza, antes de concluir de una manera inquietante: “Poseyendo una habilidad superior a lo que se puede uno imaginar, la destreza para ingeniar recursos, la encamina unas veces al mal, otras veces al bien.”

Antígona, aún más que Edipo o Electra, ha fascinado a estudiosos y poetas. De ella se han ocupado, entre otros, Hegel, Hölderlin, Anouilh o Steiner. Pero, ¿qué hay en ella para que tras más de dos milenios, aún desafíe  a la razón y conmueva a la sensibilidad? Cada época o cada lector ha dado su propia respuesta y ha reelaborado el mito en un proceso nunca finalizado. El gesto de Antígona, al dar sepultura ritual a su hermano Polinices, en contra de la orden de Creonte, manifiesta el conflicto entre las obligaciones familiares y las leyes, entre el oikos (el ámbito familiar) y la poleis (el espacio público) y consiguientemente, para la sociedad patriarcal tradicional, entre lo femenino y lo masculino.

Creonte intenta zanjar el conflicto fratricida que ha llevado a la muerte a Eteocles y a Polínices, de una manera política. En su visión, el segundo, independientemente de la verdad de su agravio, ha incurrido en un crimen al dirigir contra la ciudad a un ejército extranjero. Por eso, su alma no merece el descanso que alcanzaría si su cuerpo fuera sepultado. A Antígona, por su parte, tampoco le importan las razones que aquel pudiera tener  para proceder así, pues los principios que rigen sus actos son anteriores o externos a la política. Los dos muertos son sus hermanos y con eso basta para que ambos merezcan honras fúnebres. No cabe, como pretende Creonte, dárselas tan solo a uno de ellos. Ya en un episodio anterior, recogido en la tragedia Edipo en Colono, Antígona había dado muestras de su piedad filial al acompañar a su padre ciego en el destierro. Ahora, desafía a Creonte y elige arriesgar la vida antes que omitir un deber fraterno. Ante los razonamientos con que el rey intenta explicarle que un hermano murió asaltando la ciudad y el otro defendiéndola, por lo cual merecen distinto tratamiento, ella opone un rotundo: “Mi persona no está hecha para compartir el odio, sino el amor.”

En nuestros días, Antígona aún representa el coraje de aquellos que consideran la justicia más importante que la ley y, ante órdenes impías, deciden seguir la propia conciencia en lugar de escudarse cobardemente en la obediencia debida.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Virgen India

Para este día en que celebramos Nuestra Señora de Guadalupe, hemos seleccionado una bonita canción interpretada por Jorge Cafrune y Marito: Virgen India


martes, 4 de septiembre de 2012

Beata Teresa de Calcuta (1910-1997)



Bautizada con el nombre de Gonxa Agnes, toma el nombre de Teresa al ingresar a los 18 años en el Instituto de la Bienaventurada Virgen María, conocido como Hermanas de Loreto en Irlanda. De origen albanés, pasa la mayor parte de su vida en Calcuta (India). Inició su vocación religiosa al servicio de la educación de niñas en el colegio de St. Mary de Calcuta, convirtiéndose en directora del centro a los 34 años de edad. Tras una etapa de reflexión sobre la vida de los menos favorecidos de la sociedad, siente de nuevo una llamada que la lleva a fundar las Misioneras de la Caridad dedicadas al servicio de los más pobres entre los pobres. Su inmensa labor a favor de los enfermos, marginados, pobres… fue reconocida internacionalmente. En 1979 recibió el Premio Nobel de la Paz y  fue beatificada por el Papa Juan Pablo II en 2002, cinco años después de su muerte.
El día 5 de septiembre en la Iglesia la recordamos  con cariño y los católicos nos miramos en ella para dar testimonio de nuestra fe en Cristo resucitado.
A continuación presentamos un vídeo que juzgamos interesante, pues ella misma expresa en voz alta sus reflexiones.


Nuestra Señora de la Consolación


Carmen Sáez Gutiérrez

Hoy la familia agustiniana celebra la festividad de N.ª S.ª de la Consolación, María, la mujer sencilla que, cumpliendo la voluntad del Padre, nos acerca al auténtico consuelo: Jesús; la Madre acogedora de quienes sufren dolor, de los pobres, de los marginados y de todos nosotros, que encontramos el sentido a la existencia en Cristo Resucitado.
En la letanía invocamos a María como consuelo de los afligidos para expresar la devoción a la Madre que aleja la tristeza de la soledad y reconforta a todos quienes precisamos de su apoyo.
Según la tradición, Santa Mónica, madre de San Agustín se encontró en sueños con la Virgen María. Esta le ofreció consuelo por el dolor que Mónica sufría al ver a su hijo ajeno a la práctica de la fe cristiana y anticipándole la conversión de Agustín, le mostró una correa. Por ello la advocación mariana es Nuestra Señora de la Consolación o de la Correa y es muy venerada por los frailes agustinos.
N.ª S.ª de la Consolación es también la patrona de nuestra parroquia y por ello hoy 4 de septiembre, día de su celebración en la Iglesia, tenemos un recuerdo especial y nos encomendamos a ella como mediadora para que interceda por todos nosotros ante el Padre y atienda las necesidades que presentamos en nuestra oración, especialmente en estos momentos las de aquellas familias que padecen en mayor medida la crudeza de la crisis económica.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Oración a San Agustín compuesta por Juan Pablo II


¡Oh gran Agustín,
nuestro padre y maestro!,
conocedor de los luminosos caminos de Dios,
y también de las tortuosas
sendas de los hombres,
admiramos las maravillas que la gracia divina
obró en ti, convirtiéndote en testigo apasionado
de la verdad y del bien,
al servicio de los hermanos.

Al inicio de un nuevo milenio,
marcado por la cruz de Cristo,
enséñanos a leer la historia
a la luz de la Providencia divina,
que guía los acontecimientos
hacia el encuentro definitivo con el Padre.

Oriéntanos hacia metas de paz,
alimentando en nuestro corazón
tu mismo anhelo por aquellos valores
sobre los que es posible construir,
con la fuerza que viene de Dios,
la "ciudad" a medida del hombre.

La profunda doctrina
que con estudio amoroso y paciente
sacaste de los manantiales
siempre vivos de la Escritura
ilumine a los que hoy sufren la tentación
de espejismos alienantes.

Obtén para ellos la valentía
de emprender el camino
hacia el "hombre interior",
en el que los espera
el único que puede dar paz
a nuestro corazón inquieto.
Muchos de nuestros contemporáneos
parecen haber perdido
la esperanza de poder encontrar,
entre las numerosas ideologías opuestas,
la verdad, de la que, a pesar de todo,
sienten una profunda nostalgia
en lo más íntimo de su ser.

Enséñales a no dejar nunca de buscarla
con la certeza de que, al final,
su esfuerzo obtendrá como premio
el encuentro, que los saciará,
con la Verdad suprema,
fuente de toda verdad creada.

Por último, ¡oh san Agustín!,
transmítenos también a nosotros una chispa
de aquel ardiente amor a la Iglesia,
la Catholica madre de los santos,
que sostuvo y animó
los trabajos de tu largo ministerio.

Haz que, caminando juntos
bajo la guía de los pastores legítimos,
lleguemos a la gloria de la patria celestial
donde, con todos los bienaventurados,
podremos unirnos al cántico nuevo
del aleluya sin fin. Amén. 

domingo, 2 de septiembre de 2012

Fiestas de la Virgen

Hoy iniciamos la semana en que festejaremos a nuestra patrona, Nuestra Señora de la Consolación. La festividad es el día 4, sin embargo la solemnidad tendrá lugar el domingo siguiente, de manera que el triduo mariano se iniciará los días 5, 6 y 7, la Bajada de la Virgen y la ofrenda floral tendrán lugar el sábado día 8, y, finalmente, el domingo a las 20:00 h. celebraremos la misa solemne y compartiremos nuestras viandas en un ágape fraterno. Para destacar la importancia de María en nuestra fe, hemos seleccionado un fragmento de la Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis de Benedicto XVI al episcopado, al clero, a las personas consagradas y a los fieles laicos sobre la Eucaristía fuente y culmen de la vida y misión de la Iglesia, en la que reflexiona sobre la Madre de Dios y la celebración eucarística.

La relación entre la Eucaristía y cada sacramento, y el significado escatológico de los santos Misterios, ofrecen en su conjunto el perfil de la vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto espiritual, ofrenda de sí misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos nosotros estamos todavía en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra esperanza, esto no quita que se pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que todo lo que Dios nos ha dado encuentra realización perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para nosotros un signo de esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo, nos indica la meta escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace preguntar ya desde ahora. En María Santísima vemos también perfectamente realizado el modo sacramental con que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura humana. María de Nazaret, desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como la persona cuya libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios. Su Inmaculada Concepción se manifiesta claramente en la docilidad incondicional a la Palabra divina. La fe obediente es la forma que asume su vida en cada instante ante la acción de Dios. La Virgen, siempre a la escucha, vive en plena sintonía con la voluntad divina; conserva en su corazón las palabras que le vienen de Dios y, formando con ellas como un mosaico, aprende a comprenderlas más a fondo (cf. Lc 2,19.51). María es la gran creyente que, llena de confianza, se pone en las manos de Dios, abandonándose a su voluntad [102]. Este misterio se intensifica hasta llegar a la total implicación en la misión redentora de Jesús. Como afirmó el Concilio Vaticano II, «la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25), sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu hijo» [103]. Desde la Anunciación hasta la Cruz, María es aquella que acoge la Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el silencio de la muerte. Finalmente, ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo entregado, ya exánime, de Aquél que de verdad ha amado a los suyos «hasta el extremo» (Jn 13,1). Por esto, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los Padres sinodales han afirmado que « María inaugura la participación de la Iglesia en el sacrificio del Redentor» [104]. Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvación. María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía. 
Notas
[102] Cf. Homilía (8 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 15-16. 
[103] Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 58.
[104] Propositio 4.