domingo, 30 de marzo de 2014

Las uvas de la ira (I)

Francisco Javier Bernad Morales        

Quizá parezca fuera de lugar que a estas alturas me ocupe de una novela publicada en 1939. Sin embargo, si algo caracteriza a los clásicos es una extraña capacidad para hablar a los seres humanos más allá del tiempo y de la sociedad concreta en que a estos les ha sido dado vivir. Y no cabe duda de que la obra de Steinbeck no solo conmueve, sino que también suscita reflexiones de plena actualidad.

Situémonos en los tiempos de la Gran Depresión. En los estados de las llanuras, al oeste del Misisipi, la situación se ve agravada por una sequía persistente acompañada de grandes tormentas de polvo. Es el fenómeno conocido como Dust Bowl, relacionado con perturbaciones en la circulación general atmosférica, originadas por alteraciones en la temperatura del Pacífico. Si sus efectos fueron catastróficos no se debió, sin embargo, a un mero desastre natural, sino a la manera en que este se vio agravado por la actuación humana. En primer lugar, los agricultores habían privado a la tierra de su protectora vegetación natural, sustituida por cultivos de algodón, lo que posibilitó que el viento levantara su capa superficial, arrastrando inmensas nubes de polvo.

Tormenta de polvo en Texas (1935). NOAA George E. Marsh Album, theb1365, Historic C&GS Collection

Después, años consecutivos de malas cosechas empobrecieron a los campesinos, quienes para subsistir se vieron obligados a solicitar créditos a los bancos. Dado que casi ninguno pudo devolverlos, pronto perdieron la propiedad de sus tierras, aunque las continuaron trabajando en calidad de arrendatarios. Pero esa situación fue transitoria. Los nuevos dueños comprendieron que no era rentable mantener ese sistema de explotación, cuando un solo hombre con un tractor podía realizar el trabajo de decenas de familias. Cientos de miles de personas se vieron obligadas a abandonar su lugar de residencia tras malvender sus escasas pertenencias. Eran gentes duras. Los de más edad incluso habían disputado la tierra a los indios. Cualquiera, sin inmutarse, habría descerrajado un tiro a quien hubiera intentado apoderarse de una mínima parcela de lo que consideraba suyo. Sin embargo, ante el anónimo poder de los bancos, se encontraban totalmente inermes. No se enfrentaban a alguien con quien pudieran luchar cara a cara, sino con un ente abstracto, un ser impersonal del que tan solo eran visibles empleados sin capacidad de decisión. Sentían que los engañaban, que los desposeían, pero carecían de instrumentos con que defenderse. Un rifle ahuyenta a un puma o a un coyote, es eficaz contra un intruso, puede librarnos de un merodeador, de un posible agresor, pero resulta inútil contra esos banqueros misteriosos a quienes nadie ha visto. Impotentes, con forzada resignación cargaban lo imprescindible en un camión decrépito y hacinados emprendían el largo camino de California. 

En este marco se inscribe la peripecia de la familia Joad. Expulsados de sus tierras, inician el éxodo en busca de la Tierra Prometida. Ningún Moisés les guía. Solo unos folletos de propaganda, que hablan de un lugar en el que si no mana leche y miel, abunda el trabajo, en el que un clima paradisíaco hace que fructifiquen los naranjos y en el que los propietarios de las tierras esperan ansiosos la llegada de jornaleros, pues las cosechas son tan grandes que apenas es posible recogerlas. 

sábado, 29 de marzo de 2014

La misión en el corazón del pueblo

Papa Francisco

La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar, no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera del alma, el docente del alma, el político del alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo.

Evangelii Gaudium. Cap V, 273

miércoles, 26 de marzo de 2014

En toda la Iglesia es el tiempo de la misericordia.

Papa Francisco

Ésta fue una intuición del beato Juan Pablo II. Él tuvo el «olfato» de que éste era el tiempo de la misericordia. Pensemos en la beatificación y canonización de sor Faustina Kowalska; luego introdujo la fiesta de la Divina Misericordia. Despacito fue avanzando, siguió adelante con esto.
En la homilía para la canonización, que tuvo lugar en el año 2000, Juan Pablo II destacó que el mensaje de Jesucristo a sor Faustina se sitúa temporalmente entre las dos guerras mundiales y está muy vinculado a la historia del siglo XX. Y mirando al futuro dijo: «¿Qué nos depararán los próximos años? ¿Cómo será el futuro del hombre en la tierra? No podemos saberlo. Sin embargo, es cierto que, además de los nuevos progresos, no faltarán, por desgracia, experiencias dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina, que el Señor quiso volver a entregar al mundo mediante el carisma de sor Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio». Está claro. Aquí es explícito, en el año 2000, pero es algo que en su corazón maduraba desde hacía tiempo. En su oración tuvo esta intuición.
Hoy olvidamos todo con demasiada rapidez, incluso el Magisterio de la Iglesia. En parte es inevitable, pero los grandes contenidos, las grandes intuiciones y los legados dejados al Pueblo de Dios no podemos olvidarlos. Y el de la divina misericordia es uno de ellos. Es un legado que él nos ha dado, pero que viene de lo alto. Nos corresponde a nosotros, como ministros de la Iglesia, mantener vivo este mensaje, sobre todo en la predicación y en los gestos, en los signos, en las opciones pastorales, por ejemplo la opción de restituir prioridad al sacramento de la Reconciliación, y al mismo tiempo a las obras de misericordia. Reconciliar, poner paz mediante el Sacramento, y también con las palabras, y con las obras de misericordia.

Encuentro del Santo Padre Francisco con los sacerdotes de la diócesis de Roma. Jueves 6 de marzo de 2014

martes, 25 de marzo de 2014

Soneto a Cristo crucificado

Ximena Gray interpeta este hermoso soneto renacentista de autor desconocido.

lunes, 24 de marzo de 2014

Oración por las Vocaciones sacerdotales (Diócesis de Getafe)

Señor y Dios nuestro, que has prometido dar a tu pueblo "pastores según tu corazón", te pido que bendigas a mi diócesis de Getafe con la vida y el ministerio de muchos sacerdotes santos.
En comunión con mis hermanos y en sintonía con toda la Iglesia, te presento esta petición consciente de la urgente necesidad que tenemos de estos sacerdotes y poniendo toda mi confianza en tu inquebrantable fidelidad. Extiende tu mirada compasiva sobre nuestras parroquias, nuestras familias, nuestras comunidades y nuestros ambientes y, conmovido por nuestra indigencia, concédenos en abundancia pastores buenos que prolonguen entre nosotros el sacerdocio de tu Hijo.
Tú sabes que los necesitamos para que nos anuncien tu Palabra, nos santifiquen con los sacramentos  nos conduzcan hacia Ti. Tú conoces también el deseo ardiente de tu Hijo Jesucristo de seguir ofreciéndose por todos los hombres y de hacerles llegar, de manera personal y eficaz, su amor redentor.
Junto con esta súplica, te presento la ofrenda de mi vida, para que dispongas de mí según tu voluntad. Me ofrezco en total disponibilidad a todo lo que quieras pedirme, para que el mundo sea evangelizado y Tú seas glorificado ahora y por los siglos de los siglos. Amén

sábado, 22 de marzo de 2014

Miguel Servet

Francisco Javier Bernad Morales

El 27 de septiembre de 1553 fallecía en Ginebra, condenado a la hoguera el médico español Miguel Servet. Un fatal encadenamiento de circunstancias, entre las que no cabe descartar cierta ingenuidad lindante con la más grande de las irresponsabilidades, le había arrastrado a aquella ciudad en la que Calvino ejercía un magisterio implacable. Pero antes de centrarnos en el desenlace de esta trágica historia, retrocedamos en el tiempo para así entender el desastroso final.

No conocemos con seguridad la fecha de nacimiento de Servet, aunque sí sabemos que debe situarse entre 1509 y 1511. Algo similar ocurre con su lugar de nacimiento, pues aunque la opinión generalizada lo sitúa en Villanueva de Sigena, no falta quien señala como su patria a la villa navarra de Tudela. Sabemos que por parte de madre la familia era judeoconversa y que Miguel dominó pronto el latín, el griego y el hebreo.  En Toulouse, donde cursó estudios de Derecho, entró por primera vez en contacto con la Reforma y después, al servicio de fray Juan de Quintana, viajó por Alemania e Italia. En 1531, cuando contaba pues alrededor de veinte años, publica su primera obra notable con un significativo título: De Trinitatis Erroribus. En ella aparece lo sustancial de sus ideas, pues en lo sucesivo no haría sino completarlas y enriquecerlas con diversas matizaciones. De una lectura atenta de la Escritura, ha concluido que en ella no hay nada que justifique la doctrina de la Trinidad. No niega la divinidad de Cristo, pero sí la preexistencia del Hijo. Aquel habría sido, aunque concebido milagrosamente, un hombre a quien el Padre, esto es, el Dios creador, habría hecho participar en su divinidad. Es una fase en que su posición parece guardar parentesco con el arrianismo. En cuanto al Espíritu Santo, para él se trata de algo así como una inspiración o actuación de Dios en el mundo, quizá similar a la Sejiná del judaísmo. En suma, más allá de sutiles distingos teológicos, lo que Servet afirma es la unidad radical de Dios, frente a la cual la doctrina cristiana admitida tanto por católicos como por protestantes, se le antoja como un triteísmo, esto es, una creencia en tres dioses.

Debido al escándalo producido por esta primera obra a la cual siguen otras dos de menor entidad, Servet cambia su nombre por el de Miguel de Villanueva. Con esta nueva identidad se instala en París, donde mantiene un primer contacto con Calvino. En 1535 publica una edición anotada de la Geografía de Ptolomeo y dos años después inicia en La Sorbona los estudios de Medicina. Gracias a ellos en 1541 Pierre Palmer, obispo de Vienne, lo tomará como médico personal. Es entonces cuando se entrega a la redacción de Christianismi Restitutio, la obra que finalmente habrá de costarle la vida. En ella profundiza en las concepciones anteriores sobre la Trinidad y formula una idea panteísta de la divinidad, según la cual todo lo existente participa de la esencia divina. Toca aquí un punto delicado en el que más adelante tropezarán también Giordano Bruno y Baruch Spinoza. Tanto el judaísmo como el cristianismo afirman la trascendencia divina, esto es, la distinción entre Dios y las criaturas. Sin embargo, ambos sostienen que el Señor no es el relojero de los deístas, que tras haber creado el mundo se desentiende de él, sino que actúa en la historia, guiando en alguna manera el destino de los seres humanos. Digamos que la divinidad, si bien trascendente, en cierto sentido también es inmanente. Servet acentúa este último aspecto hasta el punto de olvidar el primero. Incidentalmente en este libro incluye una descripción de la circulación pulmonar de la sangre.

Servet envió su trabajo a Calvino a fin de que le diera su opinión, ante lo que aquel respondió que leyera su obra Institutio religionis Christianae, que el español le devolvió con unas severas críticas anotadas en los márgenes. A raíz de este hecho, un ciudadano ginebrino escribió a Vienne denunciando que Miguel de Villanueva no era otro que el conocido hereje Miguel Servet. Dadas las circunstancias, parece indudable que el delator seguía instrucciones de Calvino, quien de esta manera intentaba que la Inquisición católica terminara con Servet. Este fue efectivamente arrestado y sometido a proceso, pero las condiciones de su prisión resultaron tan suaves, debido posiblemente a la intervención del obispo a quien había servido fielmente como médico, que no le resultó difícil escapar.

Es entonces cuando de manera que se antoja inconcebible, Servet quien según parece se dirige a Italia, decide pasar por Ginebra. No solo eso, sino que asiste a un sermón de Calvino, quien lo reconoce y utiliza su influencia para hacer que sea arrestado. Sigue un proceso en que el reformador ginebrino no actúa directamente como acusador, sino que se escuda en sus sirvientes. Tras una consulta con los dirigentes de la Reforma en otros cantones protestantes, Miguel Servet es condenado a morir en la hoguera.

Esta triste historia no puede concluir sin un recuerdo hacia uno de los pocos reformadores que condenó la ejecución de Miguel Servet. Refiriéndose a ella Sebastíán Catellio (1515-1563), quien no compartía las ideas del español, escribió: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre.” Contra libellum Calvini.

Jesús y la Samaritana

Juan Pablo II

Díjole la mujer: Señor, dame de esa agua para que no sienta más sed" (Jn 4, 15). La petición de la samaritana a Jesús manifiesta, en su significado más profundo, la necesidad insaciable y el deseo inagotable del hombre. Efectivamente, cada uno de los hombres digno de este nombre se da cuenta inevitablemente de una incapacidad congénita para responder al deseo de verdad, de bien y de belleza que brota de lo profundo de su ser. El hombre tiene necesidad de Otro; vive, lo sepa o no, en espera de Otro, que redima su innata incapacidad de saciar las esperas y esperanzas.
¿Cómo podrá encontrarse con Él? Para este encuentro resolutivo es condición indispensable que el hombre tome conciencia de la sed existencial que lo aflige y de su impotencia radical para apagar su ardor. El camino para llegar a esta toma de conciencia es, para el hombre de hoy como para el de todos los tiempos, la reflexión sobre la propia existencia.
¿Cómo definir esta experiencia humana profunda que indica al hombre el camino de la auténtica comprensión de sí mismo? Es el cotejo continuo entre el yo y su destino. La verdadera experiencia humana tiene lugar solamente en la apertura genuina a la realidad.
¿Cuáles son las características de tal experiencia, gracias a la cual el hombre puede afrontar con decisión y seriedad la tarea del "conócete a ti mismo", sin perderse a lo largo del camino de esa búsqueda? Dos son las condiciones fundamentales que debe respetar.
Ante todo, deberá aceptar apasionadamente el complejo de exigencias, necesidades y deseos que caracterizan su yo. En segundo lugar, debe abrirse a un encuentro objetivo con toda la realidad.
¡Qué difícil resulta para el hombre en el mundo de hoy arribar a la playa segura de la experiencia genuina de sí, en la que puede entrever el verdadero sentido de su destino! Está continuamente asechado por el riesgo de ceder a los errores de perspectiva que, haciéndole olvidar su naturaleza de "ser" hecho a imagen de Dios, le dejan luego en la más desoladora de las desesperaciones o, lo que es peor aún, en el cinismo más inexpugnable.
A la luz de estas reflexiones, qué liberadora aparece la frase que pronunció la samaritana: "Señor..., dame de esa agua para que no sienta más sed"... Realmente vale para todo hombre, más aún, mirándolo bien, es una profunda descripción de su misma naturaleza.
En efecto, el hombre que afronta seriamente sus problemas y observa con ojos limpios su experiencia según los criterios que hemos expuesto, se descubre más o menos conscientemente como un ser a la vez lleno de necesidades, para las que no sabe encontrar respuesta, y traspasado por un deseo, por una sed de realización de sí mismo, que no es capaz él solo de satisfacer.
El hombre se descubre así colocado por su misma naturaleza en actitud de espera de Otro que complete su deficiencia. En todo momento impregna su existencia una inquietud, como sugiere Agustín al comienzo de sus Confesiones: "Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti" (Confesiones 1, 1).
Cristo es quien lo salva. Sólo Él puede sacarlo de esta situación en que se encuentra, colmando la sed existencial que le atormenta.

Audiencia general del miércoles, 12 de octubre de 1983

viernes, 21 de marzo de 2014

La educación de Czeslaw Milosz

Czeslaw Milosz, premio Nobel de Literatura en 1980, nos ha dejado unas interesantes reflexiones sobre su educación en la Polonia de entreguerras. Extraigo uno de sus párrafos.

El catolicismo polaco, aunque haya penetrado profundamente en los espíritus y provocado en los rusos un odio enfermizo por el Vaticano, permaneció ante todo aferrado a la liturgia. En esta, la tradición bíblica es débil y la extensión de la Revelación en el tiempo está mal estudiada, lo que casi  no permite juzgar las formas exteriores en su evolución. Hamster [uno de sus profesores] no nos daba acceso al Antiguo Testamento, porque a él le parecía contraproducente. Sin embargo, si hubiera dedicado a leer y comentar el libro de Job, por ejemplo, la mitad de las horas dedicadas por el humanista [otro profesor] a un solo poema de Horacio, hubiéramos sacado más provecho de ello que de sus breves narraciones sobre los profetas, en las cuales solo le interesaban las prefiguraciones de Cristo. Podría habernos inducido a admirar el respeto por el misterio, que anula el significado de cualquier nombre. Podría habernos mostrado también que el judaísmo, en oposición a las otras religiones de la Antigüedad y a sus visiones cíclicas del universo, concebía la Creación de manera dinámica, como un intercambio de preguntas y respuestas siempre en movimiento y que el cristianismo había heredado esta particularidad. Nos hubiera vacunado así contra  la comprobación de que existe no solo una esencia, sino un devenir de las cosas humanas: dicho de otra manera, nos habría acostumbrado a la Historia. Pero le faltaba imaginación y se protegía, debido a su rigidez, contra la presión del mundo contemporáneo.

MILOSZ, Czeslaw, Otra Europa, Barcelona, Tusquets, 1981, p. 96-97.

martes, 18 de marzo de 2014

Angosta es la casa de mi alma

San Agustín

Angosta es la casa de mi alma para que vengas a ella: sea ensanchada por ti. Ruinosa está: repárala. Hay en ella cosas que ofenden tus ojos: lo confieso y lo sé; pero ¿quién la limpiará o a quién otro clamaré fuera de ti: De los pecados ocultos líbrame, Señor, y de los ajenos perdona  a tu siervo? Creo, por eso hablo. Tú lo sabes, Señor. ¿Acaso no he confesado ante ti mis delitos contra mí, ¡oh Dios mío!, y tú has remitido la impiedad de mi corazón? No quiero contender en juicio contigo, que eres la Verdad, y no quiero engañarme a mí mismo, para que no se engañe a sí misma mi iniquidad. No quiero contender en juicio contigo, porque si miras a las iniquidades, Señor, ¿quién, Señor, subsistirá?


Confesiones, I, Cap. V, 6

lunes, 17 de marzo de 2014

Bartolomé de Carranza

Francisco Javier Bernad Morales

De manera insólita por tratarse del más alto dignatario de la iglesia española, durante la noche del 23 de agosto de 1559, oficiales de la Inquisición arrestaron en Torrelaguna al arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza. Era este un fraile dominico que ocupaba la sede hacía pocos meses. Anteriormente, había desempeñado un papel relevante en la primera fase del concilio de Trento y, como colaborador del cardenal Reginald Pole, en la restauración del catolicismo en Inglaterra durante el reinado de María Tudor. Pero ni su posición ni sus brillantes servicios bastaron para ponerla al abrigo de la persecución. Contaba Carranza con importantes enemigos, entre ellos el también dominico Melchor Cano, con quien había sostenido una rivalidad que arrancaba ya de los tiempos de estudiante. Más tarde, ya ambos como profesores en el colegio de San Gregorio de Valladolid, la enemistad se había enconado. Contaba asimismo con la animosidad del Inquisidor General, Fernando de Valdés, resentido porque sus esperanzas de ocupar el arzobispado de Toledo se habían visto defraudadas.

En estas circunstancias, Carranza había publicado unos Comentarios sobre el catecismo cristiano.  Aunque el arzobispo de Granada y los obispos de Almería y de León, a quienes el autor había pedido opinión sobre el contenido de la obra, no hallaron en ella censurable; antes al contrario, la consideraron provechosa, al igual que numerosos dominicos; Melchor Cano la sometió a un examen riguroso, del que concluyó que era un libro dañoso para los cristianos, por presentar en lengua vulgar cuestiones dificultosas y porque contiene disputas con los luteranos y proposiciones heréticas[1]. El primer reproche se dirige, pues, al hecho de haber difundido en castellano problemas teológicos complejos, que podían inducir a los fieles a plantearse preguntas a las que de otra manera hubieran permanecido ajenos. Algo similar ocurre con la referencia a los luteranos: hablar de sus doctrinas, opina Cano, implica darlas a conocer. Dado que sus libros están prohibidos y no circulan por el país, mejor sería silenciarlas por completo. Hay, por último, puntos en que las propias ideas de Carranza, en particular las relativas a la justificación, se aproximan a las de Lutero.

En el curso de las investigaciones, se analizarían también las palabras de consuelo dirigidas por Carranza a Carlos V en su lecho de muerte, en las que también los inquisidores apreciaron cercanía al luteranismo. El arzobispo fue trasladado a Valladolid, donde permaneció preso de la Inquisición. Se inició así un procedimiento enrevesado y largo, en que la estrategia de defensa de Carranza pasó por recusar al Inquisidor General Valdés, por enemistad manifiesta, lo que causó aún mayores dilaciones. En tanto, reanudadas en 1562 las sesiones del Concilio de Trento, este pidió al Papa Pío IV que la causa fuera remitida a Roma, algo a lo que Felipe II se negó rotundamente. Por su parte, el Concilio aprobó los Comentarios al catecismo rechazados por la Inquisición española.

En septiembre de 1563, el fiscal presentó una primera acusación, entre cuyos cargos figuraban el haber sostenido ideas luteranas sobre la justificación, haber afirmado que no debía rezarse a la Virgen y a los santos, haber menospreciado las ceremonias de la Iglesia y haber mantenido trato con herejes. Ya en 1566, el Papa San Pío V exigió que Carranza fuera enviado a Roma y que se apartara a Valdés del cargo de Inquisidor General. Como quiera que Felipe II no se mostrara muy dispuesto a acatar esas disposiciones, amenazó con excomulgarle y poner sus reinos en entredicho, esto es, prohibir que en ellos se administrasen los sacramentos y se diese sepultura cristiana. Dada la gravedad de la sanción, el rey no vio otra salida que ceder. Carranza llegó a Civita Vecchia el 25 de mayo de 1567.

Aunque los comentarios de Carranza se vendían libremente en Roma, el proceso siguió su curso en medio de dilaciones provocadas por los agentes de Felipe II. Aún no había concluido al fallecimiento del pontífice en mayo de 1572. Finalmente, su sucesor Gregorio XIII dictó sentencia el 14 de abril de 1576. En ella se consideraba al arzobispo de Toledo “vehementemente sospechoso de herejía” y se le condenaba a abjurar de algunas proposiciones y a permanecer cinco años en el convento dominico de Orvieto con una pensión mensual de 1.000 escudos de oro. El 2 de mayo fallecía Carranza, a los setenta y dos años de edad, tras haber pasado diecisiete en prisión. El propio Gregorio XIII redactó el epitafio puesto sobre su tumba:

Bartolomé Carranza, navarro, dominico, Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, varón ilustre por su linaje, por su vida, por su doctrina, por su predicación y por sus limosnas; de ánimo modesto en los acontecimientos prósperos y ecuánime en los adversos[2]

Parece oportuno señalar que durante todo ese tiempo no se le había reemplazado en el arzobispado de Toledo, con lo que las rentas de la diócesis habían engrosado el erario real.




[1] MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles, Madrid, BAC, 1956, vol. II, p. 26
[2] http://www.dominicos.org/grandes-figuras/personajes/bartolome-de-carranza

domingo, 16 de marzo de 2014

Escuchadle

Benedicto XVI

«Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra mucho (…) que este encuentro tenga lugar el segundo domingo de Cuaresma, que se caracteriza por el Evangelio de la Transfiguración de Jesús (…). El evangelista Mateo nos ha narrado lo que aconteció cuando Jesús subió a un monte alto llevando consigo a tres de sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Mientras estaban en lo alto del monte ellos solos, el rostro de Jesús se volvió resplandeciente, al igual que sus vestidos. Es lo que llamamos “La Transfiguración”: un misterio luminoso, confortante. ¿Cuál es su significado?
La Transfiguración es una revelación de la persona de Jesús, de su realidad profunda. De hecho, los testigos oculares de ese acontecimiento, es decir, los tres Apóstoles, quedaron cubiertos por una nube, también ella luminosa –que en la Biblia anuncia siempre la presencia de Dios– y oyeron una voz que decía: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadle” (Mt 17, 5). Con este acontecimiento los discípulos se preparan para el misterio pascual de Jesús: para superar la terrible prueba de la pasión y también para comprender bien el hecho luminoso de la resurrección.
El relato habla también de Moisés y Elías, que se aparecieron y conversaban con Jesús. Efectivamente, este episodio guarda relación con otras dos revelaciones divinas. Moisés había subido al monte Sinaí, y allí había tenido la revelación de Dios. Había pedido ver su gloria, pero Dios le había respondido que no lo vería cara a cara, sino solo de espaldas (cf Ex 33, 18-23). De modo análogo, también Elías tuvo una revelación de Dios en el monte: una manifestación más íntima, no con una tempestad, ni con un terremoto o con el fuego, sino con una brisa ligera (cf 1R 19, 11-13).
A diferencia de estos dos episodios, en la Transfiguración no es Jesús quien tiene la revelación de Dios, sino que es precisamente en él en quien Dios se revela y quien revela su rostro a los Apóstoles. Así pues, quien quiera conocer a Dios, debe contemplar el rostro de Jesús, su rostro transfigurado: Jesús es la perfecta revelación de la santidad y de la misericordia del Padre. Además, recordemos que en el monte Sinaí Moisés tuvo también la revelación de la voluntad de Dios: los diez Mandamientos. E igualmente en el monte Elías recibió de Dios la revelación divina de una misión por realizar. Jesús, en cambio, no recibe la revelación de lo que deberá realizar: ya lo conoce. Más bien son los Apóstoles quienes oyen, en la nube, la voz de Dios que ordena: “Escuchadle”.
La voluntad de Dios se revela plenamente en la persona de Jesús. Quien quiera vivir según la voluntad de Dios, debe seguir a Jesús, escucharle, acoger sus palabras y, con la ayuda del Espíritu Santo, profundizarlas. Esta es la primera invitación que deseo haceros, queridos amigos, con gran afecto: creced en el conocimiento y en el amor a Cristo, como individuos y como comunidad parroquial; encontradle en la Eucaristía, en la escucha de su Palabra, en la oración, en la caridad (…).
Queridos amigos de san Corbiniano, el Señor Jesús, que llevó a los Apóstoles al monte a orar y les manifestó su gloria, hoy nos ha invitado a nosotros a esta nueva iglesia: aquí podemos escucharlo, aquí podemos reconocer su presencia al partir el Pan eucarístico, y de este modo llegar a ser Iglesia viva, templo del Espíritu Santo, signo del amor de Dios en el mundo. Volved a vuestras casas con el corazón lleno de gratitud y de alegría, porque formáis parte de este gran edificio espiritual que es la Iglesia.
A la Virgen María encomendamos nuestro camino cuaresmal, así como el de toda la Iglesia. Que la Virgen, que siguió a su Hijo Jesús hasta la cruz, nos ayude a ser discípulos fieles de Cristo, para poder participar juntamente con ella en la alegría de la Pascua. Amén».

Benedicto XVI, Homilía en la nueva parroquia de San Corbiniano, en el Infernetto 20-3-2011


sábado, 15 de marzo de 2014

Más allá de los cielos

Himno ortodoxo ruso interpretado por los monjes del monasterio Solovski.

jueves, 13 de marzo de 2014

Letanía

Thomas Merton

Enséñame cómo se va a ese país
que está más allá de toda palabra
y de todo nombre.
Enséñame a orar a este lado de la frontera,
aquí donde se encuentran estos bosques.
Necesito que tú me guíes.
Necesito que tú muevas mi corazón.
Necesito que mi alma se purifique
por medio de tu oración.
Necesito que robustezcas mi voluntad.
Necesito que salves y transformes el mundo.
Te necesito a ti para todos cuantos sufren,
para todos cuantos padecen prisión,
peligro o tribulación.
Te necesito para todos cuantos han enloquecido.
Necesito que tus manos sanadoras
no dejen de actuar en mi vida.
Necesito que hagas de mí,
como hiciste de tu Hijo,
un sanador, un consolador, un salvador.
Necesito que des nombre a los muertos.
Necesito que ayudes a los moribundos a cruzar el río.
Te necesito para mí, tanto si vivo como si muero.

Es preciso. Amén.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Convertíos

San Clemente I

Fijemos con atención nuestra mirada en la sangre de Cristo, y reconozcamos cuán preciosa ha sido a los ojos de Dios, su Padre, pues, derramada por nuestra salvación, alcanzó la gracia de la penitencia para todo el mundo.
Recorramos todos los tiempos, y aprenderemos cómo el Señor, de generación en generación, concedió un tiempo de penitencia a los que deseaban convertirse a él. Noé predicó la penitencia, y los que lo escucharon se salvaron. Jonás anunció a los ninivitas la destrucción de su ciudad, y ellos, arrepentidos de sus pecados, pidieron perdón a Dios y, a fuerza de súplicas, alcanzaron la indulgencia, a pesar de no ser del pueblo elegido.
De la penitencia hablaron, inspirados por el Espíritu Santo, los que fueron ministros de la gracia de Dios. Y el mismo Señor de todas las cosas habló también, con juramento, de la penitencia diciendo: Por mi vida —oráculo del Señor—, juro que no quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta; y añade aquella hermosa sentencia: Cesad de obrar mal, casa de Israel. Di a los hijos de mi pueblo «Aunque vuestros pecados lleguen hasta el cielo, aunque sean como púrpura y rojos como escarlata, si os convertís a mi de todo corazón y decís: "Padre", os escucharé como a mi pueblo santo».
Queriendo, pues, el Señor que todos los que él ama tengan parte en la penitencia, lo confirmó así con su omnipotente voluntad.
Obedezcamos, por tanto, a su magnífico y glorioso designio, e, implorando con súplicas su misericordia y benignidad, recurramos a su benevolencia y convirtámonos, dejadas a un lado las vanas obras, las contiendas y la envidia, que conduce a la muerte.
Seamos, pues, humildes, hermanos, y, deponiendo toda jactancia, ostentación e insensatez, y los arrebatos de la ira, cumplamos lo que está escrito, pues lo dice el Espíritu Santo: No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza; el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, para buscarle a él y practicar el derecho y la justicia; especialmente si tenemos presentes las palabras del Señor Jesús, aquellas que pronunció para enseñarnos la benignidad y la longanimidad.
Dijo, en efecto: Sed misericordiosos, y alcanzaréis misericordia; perdonad, y se os perdonará; como vosotros fijáis, así se os hará a vosotros; dad, y se os dará; no juzguéis, y no os juzgarán; como usaréis la benignidad, así la usarán con vosotros; la medida que uséis la usarán con vosotros.
Que estos mandamientos y estos preceptos nos comuniquen firmeza para poder caminar, con toda humildad, en la obediencia a sus santos consejos. Pues dice la Escritura santa: En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.

Como quiera, pues, que hemos participado de tantos, tan grandes y tan ilustres hechos, emprendamos otra vez la carrera hacia la meta de paz que nos fue anunciada desde el principio y fijemos nuestra mirada en el Padre y Creador del universo, acogiéndonos a los magníficos y sobreabundantes dones y beneficios de su paz.

De la carta de san Clemente I, papa, a los Corintios


lunes, 10 de marzo de 2014

Juan Luis Vives (1492-1540)

Francisco Javier Bernad Morales

El valenciano Juan Luis Vives ocupa entre los humanistas del sigo XVI un lugar destacado, equiparable a los de Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro o Guillaume Budé, con quienes mantuvo estrecha amistad. Es un lamentable testimonio de las miserias de la época que nuestro país se viera privado de uno de sus más brillantes hijos. Nacido en una acaudalada familia de comerciantes criptojudíos, inició sus estudios en la universidad de Valencia, pero en 1509 su padre, con muy buen sentido como mostrarían los hechos posteriores, decidió enviarlo a París, donde los continuó en La Sorbona. Nunca retornó a España. Su vida transcurrió a partir de entonces entre Francia, los Países Bajos e Inglaterra. Podríamos decir, por más que la expresión se antoje anacrónica, que pertenece, con Juan de Valdés, a esa casta de intelectuales exiliados en que tan dolorosamente pródiga ha sido nuestra historia. Preceptor desde 1517 de Guillermo de Croy, quien pocos meses después, con tan solo veinte años, sería nombrado arzobispo de Toledo, trabajó arduamente, por sugerencia de Erasmo, en una edición comentada de De civitate Dei, de San Agustín. El destino parecía sonreírle, pero la repentina muerte de su pupilo, que pese a su cargo no había visitado España, como consecuencia de una caída de caballo (1521), le dejó sin una fuente estable de ingresos. Una situación que se vio aliviada gracias al rey de Inglaterra Enrique VIII, quien le concedió una pensión como muestra de gratitud por haberle dedicado el trabajo sobre De civitate Dei.

Al año siguiente le llega una oferta de la universidad de Alcalá para que ocupe la cátedra vacante por la muerte de Antonio de Nebrija, pero, tras algunas dudas, termina por rechazarla. En su lugar, en 1523 ocupará una plaza en Oxford, donde mantendrá excelentes relaciones con Tomás Moro y el cardenal Wosley. En la primavera de 1524 vuelve temporalmente a Brujas, para contraer matrimonio con Margarita Valdaura, hija de una familia judeoconversa. Pese  los honores recibidos del rey, no se encuentra cómodo en Inglaterra. En sus cartas se queja del clima y de la comida. Pronto le llega además la noticia de que su padre ha sido ejecutado en la hoguera como judaizante. Obviamente, si en algún momento había experimentado la tentación de volver a España, ya nunca volvió a plantearse esa posibilidad.

Durante algún tiempo alterna la residencia en Inglaterra con largas estancias en Brujas, donde permanece su esposa, hasta que en 1529 abandona Oxford definitivamente. Para entonces había estallado el asunto del divorcio de Enrique VIII. Requerida su opinión, Vives se había mostrado contrario a los deseos del rey, aunque había aconsejado prudencia a Catalina, de tal manera que se había malquistado con ambos. Siguen unos años tranquilos en Brujas, en los que unos iniciales apuros económicos se ven pronto superados gracias a la generosa ayuda del rey de Portugal Juan III, a quien había dedicado dos obras: De tradendis disciplinis y De corruptis atribus. Aún en 1531 escribe a Enrique VIII instándole a reconsiderar su posición en vista del daño causado tanto a su esposa como a la Iglesia, pero nada puede hacerse ya al respecto. Con dolor recibirá en julio de 1535 la noticia de la ejecución de su amigo Tomás Moro, quien se había negado a jurar el Acta de Supremacía, por la que el soberano se convertía en jefe de la iglesia de Inglaterra. Es un tiempo de fértil actividad, durante el cual realiza frecuentes visitas a Lovaina, en cuya universidad es muy respetado, y publica numerosos libros, entre ellos De disciplinis y De ratione dicendi, que le valen dádivas de Carlos V y del arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique. En 1537 se establece en Breda, como preceptor de doña Mencía de Mendoza, esposa de Enrique de Nassau, pero cuando esta enviuda al año siguiente y regresa a España, rehúsa acompañarla y retorna definitivamente a Brujas, donde fallecerá dos años después. El día de su muerte fue de luto en la ciudad, que lo despidió como hacía con sus hijos más ilustres, corriendo el ayuntamiento con los gastos del funeral. El humanista holandés Andreas Schott le dedicó este epitafio:

Vives, aeternum vivet tua fama superstes,
nam volitas, Vives, per ora virum.
Copia magna quidem Desidierumque Batavi
plene nunquam explens alveus amnis fluit[1].


José  Jiménez Delgado recoge cincuenta y una obra de Vives, que clasifica en filosóficas, didácticas y pedagógicas, literarias y filológicas, ascéticas y teológicas, y diversas. En la actualidad las más recordadas son las que se ocupan de la educación y del auxilio a los pobres. A ellas hay que añadir una copiosa correspondencia en la que se cartea con Erasmo, Moro, Budé, Juan de Vergara, Enrique VIII, Adriano VI, Carlos V y muchos otros personajes.


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[1] Recogido por José Jiménez Delgado en su edición de las cartas de Vives. VIVES, Juan Luis, Epistolario, Madrid, Editora Nacional, 1978, p. 68.

domingo, 9 de marzo de 2014

Mensaje del Papa Francisco sobre la Cuaresma

Papa Francisco

Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)

 Queridos hermanos y hermanas:

 Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?
 La gracia de Cristo
 Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).
 La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo— «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).
 ¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).
 Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.
 Nuestro testimonio
 Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.
 A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.
 No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.
El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.
Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

 Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.

sábado, 8 de marzo de 2014

jueves, 6 de marzo de 2014

El verdadero misionero es el santo

Juan Pablo II

La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad. Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad: « La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia ».
La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión. Esta ha sido la ferviente voluntad del Concilio al desear, « con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia, iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura ». La espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la santidad.
El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos. No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo « anhelo de santidad » entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana, particularmente entre aquellos que son los colaboradores más íntimos de los misioneros.
Pensemos, queridos hermanos y hermanas, en el empuje misionero de las primeras comunidades cristianas. A pesar de la escasez de medios de transporte y de comunicación de entonces, el anuncio evangélico llegó en breve tiempo a los confines del mundo.Y se trataba de la religión de un hombre muerto en cruz, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles » (1 Cor 1, 23). En la base de este dinamismo misionero estaba la santidad de los primeros cristianos y de las primeras comunidades.
Me dirijo, por tanto, a los bautizados de las comunidades jóvenes y de las Iglesias jóvenes. Hoy sois vosotros la esperanza de nuestra Iglesia, que tiene dos mil años: siendo jóvenes en la fe, debéis ser como los primeros cristianos e irradiar entusiasmo y valentía, con generosa entrega a Dios y al prójimo; en una palabra, debéis tomar el camino de la santidad. Sólo de esta manera podréis ser signos de Dios en el mundo y revivir en vuestros países la epopeya misionera de la Iglesia primitiva. Y seréis también fermento de espíritu misionero para las Iglesias más antiguas.
Por su parte, los misioneros reflexionen sobre el deber de ser santos, que el don de la vocación les pide, renovando constantemente su espíritu y actualizando también su formación doctrinal y pastoral. El misionero ha de ser un « contemplativo en acción ». El halla respuesta a los problemas a la luz de la Palabra de Dios y con la oración personal y comunitaria. El contacto con los representantes de las tradiciones espirituales no cristianas, en particular, las de Asia, me ha corroborado que el futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación. El misionero, sino es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble. El misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder decir como los Apóstoles: « Lo que contemplamos ... acerca de la Palabra de vida ..., os lo anunciamos » (1 Jn 1, 1-3).
El misionero es el hombre de las Bienaventuranzas. Jesús instruye a los Doce, antes de mandarlos a evangelizar, indicándoles los caminos de la misión: pobreza, mansedumbre, aceptación de los sufrimientos y persecuciones, deseo de justicia y de paz, caridad; es decir, les indica precisamente las Bienaventuranzas, practicadas en la vida apostólica (cf. Mt 5, 1-12). Viviendo las Bienaventuranzas el misionero experimenta y demuestra concretamente que el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. En un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la « Buena Nueva » ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza.


 Redemptoris Missio, cap. VII, 90, 91

miércoles, 5 de marzo de 2014

Juan de Vergara

Francisco Javier Bernad Morales

Nacido en Toledo, en una familia judeoconversa, sobre la que, al decir de Menéndez Pelayo “la naturaleza había repartido largamente sus dones”[1], Juan de Vergara fue sucesivamente secretario del cardenal Cisneros y del arzobispo Alfonso de Fonseca, y participó en la elaboración de la Biblia Políglota Complutense. Su primer contacto directo con Erasmo se produjo en Lovaina en 1520 y no parece haber sido excesivamente cordial. El humanista holandés se hallaba entonces enfrascado en una agria polémica con Diego López Zúñiga y con Edward Lee, y esperaba que Vergara le proporcionara un escrito del primero. Este, sin embargo, lo había olvidado en España, lo que fue percibido como un gesto de mala voluntad. Coincide además el momento con la publicación de la bula Exsurge domine y la quema de libros de Lutero por Johann Eck. En esas circunstancias, Erasmo que había defendido una solución dialogada del conflicto, siente que su posición se torna insegura, lo que aumenta su susceptibilidad. Los campos comienzan a definirse con nitidez y todos esperan de él que tome partido, algo que no está dispuesto a hacer. Pronto desaparecen, con todo, los recelos iniciales y entre Erasmo y Vergara se inicia una duradera amistad, cuyo desarrollo podemos seguir por medio de la correspondencia intercambiada entre ambos en los años siguientes.

Por aquel entonces, el erasmismo, del que Juan de Vergara se constituye en una de las figuras más destacadas, cuenta con el favor de la corte y de destacados eclesiásticos, entre ellos el inquisidor general, Alonso Manrique, y el arzobispo de Toledo, Alfonso de Fonseca. Pero tiene también numerosos enemigos, que consiguen, tras la condena de las obras de Erasmo por la Sorbona, que se convoque  una junta de teólogos para examinarlas. Las reuniones se desarrollan en Valladolid durante1527 y avanzan sin que se llegue a ninguna conclusión, pues, como indica Vergara, los partidarios y detractores de Erasmo se reparten casi exactamente mitad y mitad. Finalmente, Manrique, ante el surgimiento de una epidemia en la ciudad, aplaza sine die las reuniones.

El simple hecho de que no hubiera condena, constituía un triunfo erasmista. Sin embargo, como pronto se reveló este era extremadamente frágil. A partir de 1530, la Inquisición comienza a recibir denuncias contra Vergara. En unas se le acusa de luteranismo y en otras, mejor informadas, de sostener posiciones sobre las indulgencias, los ayunos o el rezo a los santos similares a las de Erasmo, condenadas por la Sorbona. Por el momento, no se actúa contra él, pero sin que lo perciba se le somete a una estrecha vigilancia. Un exceso de confianza complicará su situación. Hacía tres años que su hermanastro Bernardino Tovar permanecía preso de la Inquisición toledana, sometido a un proceso por herejía. Durante este tiempo, Vergara había puesto el mayor empeño en ayudarle, sugiriéndole estrategias de defensa que le hacía llegar de forma clandestina mediante tinta simpática. Pero el ardid es descubierto en la Semana Santa de 1533, lo que motivó su detención a finales de abril de 1533, aprovechando un momento en que Fonseca, el arzobispo de Toledo, se encuentra ausente en Barcelona.  En un primer momento, Vergara aún confía en que la protección de este y sus buenas relaciones con el Inquisidor General lo mantendrán a salvo, por lo que recurre al Consejo Supremo de la Inquisición. Sin embargo, Manrique, que en 1527 se había mostrado favorable a Erasmo, se limita a ordenar que no se le someta a malos tratos, pero deja el proceso en manos de los inquisidores de Toledo. Lo que sigue es una pesadilla que se prolonga hasta 1537, año en que recupera la libertad, después de haber abjurado en el auto de fe de 21 de diciembre de 1535. Su carrera y su vida están destrozadas, pero puede afirmarse que ha sido un privilegiado, pues se le ha ahorrado el tormento, habitual en los interrogatorios inquisitoriales.





[1] MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino. Historia de los heterodoxos españoles. Madrid. BAC. 1956, I, 794. Al respecto, menciona que no solo Juan, sino también sus hermanos Francisco e Isabel destacaron por su conocimiento de las lenguas latina y griega.

martes, 4 de marzo de 2014

Una breve conversación con la hidrovía al fondo

P. Manolo Berjón
P. Miguel Ángel Cadenas

Para Tami

“Para entender lo que está pasando, es necesario tomar al pie de la letra la idea de Walter Benjamin, según el cual el capitalismo es, realmente, una religión, y la más feroz, implacable e irracional religión que jamás existió, porque no conoce ni redención ni tregua. Ella celebra un culto ininterrupto cuya liturgia es el trabajo y cuyo objeto es el dinero. Dios no murió, se tornó Dinero. El Banco –con sus funcionarios grises y especialistas– asumió el lugar de la Iglesia y de sus sacerdotes y, gobernando el crédito (incluso el crédito de los Estados, que dócilmente abdicaron de su soberanía), manipula y administra la fe –la escasa, incierta confianza– que nuestro tiempo todavía trae consigo. Además de eso, al hecho de que el capitalismo sea hoy una religión, nada lo muestra mejor que el título de un gran diario nacional (italiano) de hace algunos días atrás: “salvar el euro a cualquier precio”. Así es, “salvar” es un término religioso, pero ¿qué significa “a cualquier precio”? ¿Hasta el precio de “sacrificar” vidas humanas? Sólo en una perspectiva religiosa (o mejor, pseudo-religiosa) pueden ser hechas afirmaciones tan evidentemente absurdas e inhumanas”.
Entrevista con Giorgio AGAMBEN, Dios no murió, se transformó en dinero.

El Estado peruano ha desarrollado las “bases del concurso y el cuarto proyecto de contrato publicados” sobre la Hidrovía Amazónica, uno de cuyos ramales transcurre por el río Marañón. De momento no se ha consultado a los pueblos indígenas afectados. Habrá que esperar que el poder judicial admita a trámite una demanda constitucional interpuesta por este asunto y dirima después sobre la misma. Por mientras, funcionarios del Estado mantienen conversaciones, a diverso nivel, con la organización indígena ACODECOSPAT por este asunto, aunque dejando claro que el poder judicial se pronuncie sobre el derecho de consulta. Lo cierto es que el 5 de mayo de 2014 Proinversión adjudicará el proyecto Hidrovía Amazónica, con una inversión aproximada de US $ 74 millones y un plazo de concesión de 20 años. Así están las cosas.

Los indígenas se oponen al desarrollo, se escucha de vez en cuando. No están en los tiempos actuales, viven atrasados. Bueno, dicen de Albert Einstein que de joven tenía bastante dificultad de aprendizaje. Eso le llevó a jugar mucho tiempo con la misma pelota, cuando ya sus compañeros estaban en otra. Este “síndrome de Einstein” apela al tiempo, dedicar tiempo a las cosas, no apresurarse. Esto lo hace “inactual”. Pero es precisamente esta “inactualidad” la que proporcionó un genio de la talla de Einstein. Paciencia. Da la impresión que en esto de la hidrovía se corre demasiado, sin paciencia con los indígenas, ni con la naturaleza. Es esta “inactualidad” la que nos sirve para aclarar que las prisas no acarrean ningún avance. Lo que puede ser visto como un retroceso, ni avanzan, ni quieren avanzar, puede ser considerado como un gran salto. Ya sabemos que el capital tiene prisa, pero hay deudas históricas que pagar y posibilidades de un desarrollo “otro”. El manejo del tiempo en este asunto, como en todos, es fundamental. Los tiempos del capital no son los tiempos de los indígenas y no percibir esta asimetría nos llevará a imponer una visión sobre la otra. Y está claro: el capital quiere imponerse, como nueva religión.


Un segundo concepto clave que queremos aportar hoy es el “sufrimiento”. Preguntar quién sufre es una pregunta religiosa. Cómo acompañar a los que sufren. Cómo hacer más liviano el sufrimiento. Cómo hacer todo lo posible por desenmascarar a los que infligen sufrimientos innecesarios, en ocasiones en nombre de esa nueva religión llamada capital, es una tarea primordial para toda teología que se precie. Este tema ha sido acuñado como “memoria passionis”, memoria de la pasión, memoria del sufrimiento. Ante la víctima la única respuesta posible es la curación y, en la medida de lo posible, evitar la causa del sufrimiento. Pero no acaba todo ahí, comienza la inquietante pregunta de Job: ¿por qué? ¿Qué hacer con el ‘sufrimiento acumulado’? ¿Qué hacer con el sufrimiento de los vencidos? ¿Qué hacer con el sufrimiento de ‘los otros’? Los cristianos, por si fuera poco, nos enfrentamos al Misterio: ‘sufrir a Dios’, ‘sufrir delante de Dios’, ‘sufrir en la presencia de Dios’. Esto es diferente del sacrificio del que nos habla Agamben. ¿Cómo explicar este proyecto de Hidrovía Amazónica a las familias cuyos familiares, no estando ahogados, viven dentro del río? ¿Cómo explicarlo a familiares cuyos parientes se han ahogado?
© Parroquia Santa Rita de Castilla 2010.

Un último dato. Dice J. B. Metz que cuando se viene de Baviera (zona tradicionalmente católica alemana) se viene de muy lejos. Recogiendo esta provocación podemos añadir nosotros que viniendo de la vieja Castilla (región del centro de España) se viene de muy lejos, pero cuando se vive con pueblos indígenas amazónicos la distancia es aún mayor: son culturas milenarias. Y es esta “inactualidad” la que nos da que pensar. Desechar lo “inactual” puede echar por la borda al mismo Einstein.

No queremos extendernos más por hoy. Una amiga nos regaló una entrevista de Giorgio AGAMBEN, “porque sé que les gusta”. Y acertó, nos gusta y aprendemos de él. Como reciprocidad señalamos un autor que nos ha influido y del que, en esta ocasión, reseñamos la “inactualidad” y la “memoria passionis”: Juan Bautista METZ, un teólogo que nos da que pensar. No es el único. Si lo traemos a colación es porque tanto Agamben como Metz son especialistas en Walter BENJAMIN, el pensador judío que está detrás de ambos, que cargan con él en su espalda.

Y terminamos con un interrogante en los labios. No se trata de leer a los teóricos europeos para pensar a los pueblos indígenas. Al contrario, se trata de interrogar a los pensadores con las preguntas surgidas del mundo indígena, para retorcerlos (Viveiros de Castro). Pero eso será en otra ocasión.


P. Miguel Ángel Cadenas      
P. Manolo Berjón
Parroquia Santa Rita de Castilla                                                                             
Río Marañón

lunes, 3 de marzo de 2014

Imágenes del tifón Haiyan en Filipinas

Continúa en la parroquia durante esta semana la recaudación de fondos para enviar ayuda a nuestros hermanos de Filipinas. Con este motivo presentamos un vídeo con imágenes devastadoras del ciclón.


domingo, 2 de marzo de 2014

Amor a Dios y amor al prójimo

Juan de Valdés

Reproducimos hoy parte del comentario de Juan de Valdés a Mateo 22, 37-40, en el Diálogo de doctrina cristiana, una de las obras capitales del erasmismo español. Se trata de un libro conocido por medio de un solo ejemplar editado en Alcalá de Henares en 1529. Durante algún tiempo se atribuyó a su hermano Alfonso, pero Marcel Bataillon demostró de manera inequívoca que era obra de Juan.

Estos dos mandamientos son tan conexos [el amor a Dios y el amor al prójimo] y unidos, que es imposible que se guarde el uno sin el otro, porque el que ama a Dios, conoce que la voluntad de Dios es que ame a su prójimo, y como su deseo no sea otro sino agradar a Dios, luego ama a su prójimo, y ni más ni menos cumple toda la ley de Dios. Verdaderamente no sé cómo no tienen empacho unos hombres que, sin mostrar en toda su vida señal de este amor, por no sé qué ceremonias y devociones que ellos se inventan, se tienen por más que cristianos, y lo que más es de notar, y aun de llorar en los tales, es que al que ven que no toma y adora sus frías y vanas devociones, aunque este tal claramente viva conforme a la ley de Dios, no le tienen por cristiano.


VALDÉS, Juan de, Diálogo de doctrina cristiana, Madrid, Editora Nacional, 1979, p. 67.

sábado, 1 de marzo de 2014

El amor siempre será necesario

Benedicto XVI

La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano. Y sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales. Esto significa que la construcción de un orden social y estatal justo, mediante el cual se da a cada uno lo que le corresponde, es una tarea fundamental que debe afrontar de nuevo cada generación. Tratándose de un quehacer político, esto no puede ser un cometido inmediato de la Iglesia. Pero, como al mismo tiempo es una tarea humana primaria, la Iglesia tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables.
La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien.
b) El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo.[20] El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido —cualquier ser humano— necesita: una entrañable atención personal. Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio. La Iglesia es una de estas fuerzas vivas: en ella late el dinamismo del amor suscitado por el Espíritu de Cristo. Este amor no brinda a los hombres sólo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, un ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material. La afirmación según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de caridad, esconde una concepción materialista del hombre: el prejuicio de que el hombre vive « sólo de pan » (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3), una concepción que humilla al hombre e ignora precisamente lo que es más específicamente humano.

Deus caritas est, Cap. II, 28