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21 abril 2014

Los alumbrados (I)

Francisco Javier Bernad Morales

Con los nombres de alumbrados o dejados se conoce a diversos grupos cristianos que en la Castilla del siglo XVI se orientaron hacia una devoción íntima de carácter místico. Hay que reseñar que en gran parte procedían de familias judeoconversas[1] y que entre ellos fue muy destacada la presencia de mujeres. No se les puede considerar una secta, ya que, por un lado, no se detecta unidad doctrinal, aunque sí amplias coincidencias, y, por otro, falta toda estructura organizativa. Son núcleos dispersos que se reúnen en torno a un dirigente espiritual, a menudo una beata, quien les guía en el camino del recogimiento. Es este un proceso en el que los sentidos se orientan hacia el interior y la mente se vacía de todo pensamiento, hasta llegar a un estado de quietud en que el alma se siente penetrada por el amor de Dios. A partir de ahí, el devoto debe simplemente abandonarse y dejar que Dios obre en él. Ese es el único camino de salvación. En consecuencia, se rechazan las formas externas de devoción, tales como procesiones, culto a las imágenes, oración vocal o penitencia. Por su parte, las buenas obras no constituyen un mérito de quien las realiza, sino que son el fruto de ese actuar de Dios.

Estas ideas de los alumbrados presentan puntos de contacto con el erasmismo y el luteranismo, aunque parece poco probable que se pueda establecer una filiación directa. Más bien parece que unos y otros beben en la fuente común de la devotio moderna y alcanzan conclusiones en ciertos aspectos similares.

Hacia 1520, momento en que la Inquisición comienza a recibir denuncias contra ellos, su presencia es notoria en Guadalajara y en Escalona. En ambos lugares forman grupos muy ligados a familias de la más alta nobleza castellana: en el primero, los Mendoza, duques del Infantado, y en el segundo, los Pacheco, marqueses de Villena. Se reúnen a menudo en sus palacios donde gozan de apoyo y protección, pero no acaban aquí sus relaciones con la aristocracia. También don Fadrique Enríquez, Almirante de Castilla, siente fascinación por las formas íntimas de piedad preconizadas por los alumbrados. Estos asimismo están presentes en Valladolid, donde Francisca Hernández ejerce una suerte de magisterio sobre algunos clérigos jóvenes, entre ellos Bernardino Tovar, hermano de Juan de Vergara[2]. Isabel de la Cruz, religiosa de la tercera orden franciscana, goza por su parte de una gran influencia en Guadalajara, donde pronto destaca entre sus seguidoras María Cazalla, hermana del obispo sufragáneo de Ávila.



[1] Señala Bataillon que todos los alumbrados cuyos orígenes son conocidos, de los que ofrece una larga lista, pertenecían a familias conversas. BATAILLON, Marcel, El erasmismo en España, Madrid, FCE, 1983, p. 180. Entre los citados en este artículo y el que seguirá, ese era el caso de los Cazalla, de Isabel de la Cruz, de Bernardino Tovar y de Ruiz de Alcaraz.
[2] En un artículo anterior me ocupé del erasmista Juan de Vergara y del papel que en su apresamiento tuvo el empeño puesto en defender a su medio hermano Bernardino Tovar, procesado por la Inquisición. 

17 marzo 2014

Bartolomé de Carranza

Francisco Javier Bernad Morales

De manera insólita por tratarse del más alto dignatario de la iglesia española, durante la noche del 23 de agosto de 1559, oficiales de la Inquisición arrestaron en Torrelaguna al arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza. Era este un fraile dominico que ocupaba la sede hacía pocos meses. Anteriormente, había desempeñado un papel relevante en la primera fase del concilio de Trento y, como colaborador del cardenal Reginald Pole, en la restauración del catolicismo en Inglaterra durante el reinado de María Tudor. Pero ni su posición ni sus brillantes servicios bastaron para ponerla al abrigo de la persecución. Contaba Carranza con importantes enemigos, entre ellos el también dominico Melchor Cano, con quien había sostenido una rivalidad que arrancaba ya de los tiempos de estudiante. Más tarde, ya ambos como profesores en el colegio de San Gregorio de Valladolid, la enemistad se había enconado. Contaba asimismo con la animosidad del Inquisidor General, Fernando de Valdés, resentido porque sus esperanzas de ocupar el arzobispado de Toledo se habían visto defraudadas.

En estas circunstancias, Carranza había publicado unos Comentarios sobre el catecismo cristiano.  Aunque el arzobispo de Granada y los obispos de Almería y de León, a quienes el autor había pedido opinión sobre el contenido de la obra, no hallaron en ella censurable; antes al contrario, la consideraron provechosa, al igual que numerosos dominicos; Melchor Cano la sometió a un examen riguroso, del que concluyó que era un libro dañoso para los cristianos, por presentar en lengua vulgar cuestiones dificultosas y porque contiene disputas con los luteranos y proposiciones heréticas[1]. El primer reproche se dirige, pues, al hecho de haber difundido en castellano problemas teológicos complejos, que podían inducir a los fieles a plantearse preguntas a las que de otra manera hubieran permanecido ajenos. Algo similar ocurre con la referencia a los luteranos: hablar de sus doctrinas, opina Cano, implica darlas a conocer. Dado que sus libros están prohibidos y no circulan por el país, mejor sería silenciarlas por completo. Hay, por último, puntos en que las propias ideas de Carranza, en particular las relativas a la justificación, se aproximan a las de Lutero.

En el curso de las investigaciones, se analizarían también las palabras de consuelo dirigidas por Carranza a Carlos V en su lecho de muerte, en las que también los inquisidores apreciaron cercanía al luteranismo. El arzobispo fue trasladado a Valladolid, donde permaneció preso de la Inquisición. Se inició así un procedimiento enrevesado y largo, en que la estrategia de defensa de Carranza pasó por recusar al Inquisidor General Valdés, por enemistad manifiesta, lo que causó aún mayores dilaciones. En tanto, reanudadas en 1562 las sesiones del Concilio de Trento, este pidió al Papa Pío IV que la causa fuera remitida a Roma, algo a lo que Felipe II se negó rotundamente. Por su parte, el Concilio aprobó los Comentarios al catecismo rechazados por la Inquisición española.

En septiembre de 1563, el fiscal presentó una primera acusación, entre cuyos cargos figuraban el haber sostenido ideas luteranas sobre la justificación, haber afirmado que no debía rezarse a la Virgen y a los santos, haber menospreciado las ceremonias de la Iglesia y haber mantenido trato con herejes. Ya en 1566, el Papa San Pío V exigió que Carranza fuera enviado a Roma y que se apartara a Valdés del cargo de Inquisidor General. Como quiera que Felipe II no se mostrara muy dispuesto a acatar esas disposiciones, amenazó con excomulgarle y poner sus reinos en entredicho, esto es, prohibir que en ellos se administrasen los sacramentos y se diese sepultura cristiana. Dada la gravedad de la sanción, el rey no vio otra salida que ceder. Carranza llegó a Civita Vecchia el 25 de mayo de 1567.

Aunque los comentarios de Carranza se vendían libremente en Roma, el proceso siguió su curso en medio de dilaciones provocadas por los agentes de Felipe II. Aún no había concluido al fallecimiento del pontífice en mayo de 1572. Finalmente, su sucesor Gregorio XIII dictó sentencia el 14 de abril de 1576. En ella se consideraba al arzobispo de Toledo “vehementemente sospechoso de herejía” y se le condenaba a abjurar de algunas proposiciones y a permanecer cinco años en el convento dominico de Orvieto con una pensión mensual de 1.000 escudos de oro. El 2 de mayo fallecía Carranza, a los setenta y dos años de edad, tras haber pasado diecisiete en prisión. El propio Gregorio XIII redactó el epitafio puesto sobre su tumba:

Bartolomé Carranza, navarro, dominico, Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, varón ilustre por su linaje, por su vida, por su doctrina, por su predicación y por sus limosnas; de ánimo modesto en los acontecimientos prósperos y ecuánime en los adversos[2]

Parece oportuno señalar que durante todo ese tiempo no se le había reemplazado en el arzobispado de Toledo, con lo que las rentas de la diócesis habían engrosado el erario real.




[1] MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles, Madrid, BAC, 1956, vol. II, p. 26
[2] http://www.dominicos.org/grandes-figuras/personajes/bartolome-de-carranza

24 febrero 2014

Juan de Valdés

Francisco Javier Bernad Morales

Recientemente me he ocupado de Alfonso de Valdés. Trataré ahora de su hermano, posiblemente gemelo, Juan. Como quizá el lector recuerde, nacieron en Cuenca en el seno de una familia judeoconversa. Aunque no está suficientemente documentado, algunos indicios sugieren que pudieron estudiar en la universidad de Alcalá de Henares. Sea de esto lo que fuere, ambos dominaban con soltura las lenguas clásicas y, al menos Juan, el hebreo, pues de este idioma tradujo los Salmos al castellano. En 1529 publicó en Alcalá de Henares el Diálogo de doctrina cristiana, una obra breve, en realidad un catecismo, en que expone de manera ordenada los fundamentos de la fe. Se trata de un libro concebido a la manera humanista, al que sirve como pretexto la ignorancia mostrada por un sacerdote al enseñar a los niños la doctrina cristiana. Un religioso, a fin de corregirle le pide que le acompañe a visitar al arzobispo de Granada, quien en reposada conversación ilumina todos los aspectos que el sacerdote no había llegado a comprender. Naturalmente, el arzobispo expresa las opiniones de Juan de Valdés, fuertemente influidas por Erasmo de Rotterdam. Se defiende aquí una religiosidad profunda e íntima, poco dada a demostraciones exteriores. Pero se va más allá, toda vez que frente a interpretaciones morales laxistas extendidas en la época, que interpretaban muchas palabras del Evangelio como una serie de consejos, cuyo seguimiento solo quedaba al alcance de los “perfectos”, para Valdés son realmente mandatos que deben esforzarse en guardar todos los cristianos[1]. Algo similar a lo sostenido por Erasmo en el Enchiridion.  Hay un aspecto, sin embargo, en que Valdés se aparta de su maestro para aproximarse a las posiciones luteranas. Hay en él un profundo sentimiento del pecado y de la incapacidad humana para obrar el bien. Un bien al que solo puede ser obra de la gracia:

…conocemos por experiencia cómo nosotros por nuestra propia naturaleza no podemos hacer cosa perfectamente buena, y que por el favor de Jesucristo podamos hacer y cumplir todo lo que conocemos ser bueno[2].

El Diálogo fue pronto denunciado ante la Inquisición y aunque los amigos erasmistas de Valdés, entonces muy influyentes,  lo arroparon y el asunto no tuvo mayores consecuencias, aquel decidió prudentemente alejarse de España. En 1531 se encontraba en Roma y algo después en Nápoles donde residió el resto de su vida. Allí se rodeó de un grupo de discípulos entre los que figuraban dos damas cultas y distinguidas, Giulia Gonzaga y Vittoria Colonna, así como el capuchino Bernardino Ochino, que posteriormente huiría a Ginebra, y  Pietro Carnesecchi, quemado como hereje en Roma en 1567. Para ellos escribió breves tratados teológicos, que circularon manuscritos, algunos de los cuales, como el Alfabeto cristiano, traducidos al italiano, se publicaron tras su muerte, ocurrida en 1541. En estas obras, la aproximación a Lutero es más evidente que en el Diálogo de doctrina cristiana, por lo que Juan de Valdés fue incluido inequívocamente como protestante en la Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo, al contrario que su hermano Alfonso, que aparece calificado de erasmista.

También para este círculo de seguidores escribió el Diálogo de la lengua, lleno de atinadas observaciones acerca de léxico, gramática o fonética, destinadas a poner al alcance de los italianos un castellano culto y sencillo.





[1] BATAILLON, Marcel, El erasmismo y España, México, FCE, 1983, p. 349.
[2] VALDÉS, Juan de, Diálogo de doctrina cristiana. Madrid, Editora Nacional, 1979, p. 62.

17 febrero 2014

Diálogo de las cosas ocurridas en Roma

Francisco Javier Bernad Morales

El Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, conocido también como Diálogo de Lactancio y un arcediano, es una obra escrita por Alfonso de Valdés en 1527, con motivo del saqueo de Roma y la prisión del papa Clemente VII, por las tropas del emperador Carlos V. Los hechos se habían iniciado el 5 de mayo, cuando las fuerzas imperiales, integradas por españoles, alemanes e italianos, a las órdenes del duque de Borbón, muerto en los primeros enfrentamientos, tomaron la ciudad por asalto, obligando al papa a refugiarse en el castillo de Sant’Angelo. Los soldados, a quienes se debían dos meses de paga, se lanzaron sobre las riquezas no solo de los particulares, sino también de las iglesias y los palacios de los cardenales, incluso de aquellos que se habían mantenido fieles al emperador. Durante varios días, Roma permaneció sometida a un terror anárquico en que al expolio se unieron violaciones, asesinatos y toda suerte de atrocidades. El ejército del emperador católico, al contrario que los visigodos de Alarico, no vaciló en profanar los lugares más santos.

En este contexto escribe Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas del emperador, el diálogo que nos ocupa, con el propósito de hacer recaer sobre el papa toda la responsabilidad por lo ocurrido y, a la vez, mostrar que Roma, a causa de sus vicios y pecados, se había hecho acreedora al castigo divino. Son estas las ideas que Lactancio, trasunto de Valdés, expone en Valladolid a su viejo amigo el arcediano del Viso, recién llegado desde Roma y aún horrorizado por lo vivido.

A los reproches del arcediano contra Carlos V, opone Lactancio el hecho de que ha sido Clemente VII el iniciador de las hostilidades, al urdir una alianza antiimperial, llegando incluso a eximir al rey de Francia, Francisco I, del cumplimiento de los juramentos hechos en el tratado de Madrid. Así, el papa, que debería ser un ejemplo de virtud para los cristianos, se había lanzado a la guerra para ampliar sus dominios territoriales. Preferible hubiera sido que renunciara al señorío temporal para atender mejor a los asuntos espirituales. En cuanto a las atrocidades cometidas por los imperiales, no las disculpa, pero sí recuerda que otras similares o peores habían sido perpetradas poco antes por el ejército papal en tierras de los Colonna. No se trata de responder a las críticas con el  manido recurso del “y tú más” a que nos tienen acostumbrados los políticos y los medios de comunicación actuales, sino de constatar que una vez desencadenado el conflicto bélico, la crueldad se sigue de manera irremediable, por lo que la culpa corresponde al agresor, en este caso el papa.

Toda esta primera parte del diálogo constituye un ataque radical y sistemático a la actuación de Clemente VII, pero la segunda va mucho más allá. No se trata ya de mostrar los errores cometidos por una persona concreta, sino de desvelar el estado de degradación en que ha caído la Iglesia y que la ha hecho merecedora del castigo divino. Frente a la predilección de Cristo por los pobres, insiste Lactancio, los dignatarios eclesiásticos solo persiguen acumular riquezas y darse a una vida disipada. En Roma se venden indulgencias, bulas, cargos y dispensas, convirtiendo los méritos espirituales en objeto de un lucrativo comercio. Nada escapa a la voracidad del papa y de los cardenales. Debido al dinero que producen, se fomenta la veneración de imágenes y reliquias con grave riesgo de que el pueblo incurra en idolatría. Se permite que los santos ocupen en la devoción popular el lugar de los dioses paganos, de tal modo que a muchos fieles, mejor que el nombre de cristianos correspondería el de gentiles. Numerosos sacerdotes viven amancebados, haciendo escarnio del voto de castidad. Mejor sería que se les permitiera casarse, llega a decir, ante el estupor del arcediano.

Pero la crítica aún se endurece más. En vista de que los eclesiásticos no hicieron caso de las advertencias de los profetas, de los evangelistas y de los santos, Dios suscitó a Erasmo de Rotterdam para que denunciara los males de la Iglesia, y como tampoco fue escuchado, envió a Martín Lutero. Tampoco este fue oído, así que finalmente el Señor ha permitido que Roma sea saqueada. La mención de Lutero en este contexto suscita naturalmente la protesta del arcediano, lo que da motivo a Lactancio para afirmar que fue la Iglesia al responder a sus primeras críticas con la excomunión, la que lo empujo a la herejía.

Estamos ante uno los textos capitales del erasmismo español. Una severa crítica a la Iglesia en nombre de una espiritualidad íntima y profunda, alejada de fastos exteriores y de manifestaciones excesivas; también, de un fuerte compromiso con los más necesitados y de una actitud irénica de rechazo a la guerra. Intentaremos ahora acercarnos al autor.

Nacido en Cuenca, posiblemente hacia 1490, hermano quizá gemelo del también humanista Juan de Valdés, ignoramos todo acerca de sus años de formación, excepto que la familia era de origen converso[1] y que su padre fue regidor de la ciudad. Entre 1520 y 1521, gracias a unas cartas dirigidas a Pedro Mártir de Anglería, sabemos que acompaña a la corte imperial en Bruselas, Aquisgrán y Worms. Por entonces cuenta con la protección del gran canciller Mercurino Gattinara, como él ferviente admirador de Erasmo de Rotterdam, y obtiene importantes cargos, entre ellos el de secretario de cartas latinas, que lo sitúan en el entorno inmediato de Carlos V, a cuyo lado permanecerá el resto de su vida. En 1530 asiste a la Dieta de Augsburgo, durante la cual mantiene conversaciones con Melanchthon, favorecidas por el talante conciliador de ambos. Sin embargo, a esas alturas la brecha entre luteranos y católicos era ya demasiado grande como para que pudiera salvarse mediante el sosegado intercambio de opiniones entre dos humanistas bienintencionados y comprensivos. Ambos bandos se encaminaban hacia el triunfo de sus respectivos radicales.

Alfonso de Valdés no llegó a ver la ruina del erasmismo español, pues la muerte le alcanzó en Viena en 1532. Un año más tarde, el encarcelamiento del también descendiente de conversos y admirador de Erasmo, Juan de Vergara, marcó el inicio del fin de lo que no fue sino una breve primavera.





[1] Un tío materno fue quemado en 1491, acusado de judaizar. También el padre y un hermano mayor fueron procesados más adelante por la Inquisición, aunque solo sufrieron penas menores.

12 octubre 2012

Desordenado paseo por el tiempo


Francisco Javier Bernad Morales

Corría el año 1534 y Europa se agitaba en el torbellino de la revolución religiosa. Ya Lutero había desautorizado a los extremistas que, so pretexto de seguir sus pasos reformadores, se lanzaban contra las autoridades temporales, dispuestos a edificar el Reino de Dios sobre la tierra. Vientos de jacquerie soplaban sobre Alemania y avivaban rescoldos de viejas herejías. De nuevo se escuchaba la pregunta nunca contestada: cuando Adán araba y Eva hilaba, ¿dónde estaba el señor? Los príncipes católicos y protestantes olvidaban momentáneamente sus rencillas y se unían para ahogar en sangre la revuelta campesina.

Pero la historia no ha terminado. Münster, una pequeña ciudad de Westfalia, es presa de la exaltación. La muchedumbre sigue con fervor a los predicadores anabaptistas y termina por entregar el poder a uno de ellos, Jan Matthys. Los disidentes, católicos y protestantes, tanto da, son expulsados, y comienza la construcción del Reino de Dios. Se presiente la inmediata venida de Cristo, pero esta solo se producirá si los justos terminan con los malvados. Matthys decreta la propiedad común de todos los bienes y ordena que los libros, excepto la Biblia, sean quemados. Cuando muere en combate contra las tropas del obispo, le sucede su discípulo Jan Bockelson, antiguo sastre de Leiden, quien se proclama a sí mismo rey y profeta, y establece la poligamia. Sus seguidores luchan con ardor, convencidos de ser los únicos justos sobre la tierra y de que pronto dominarán el mundo, pero su valor y su entrega no logran romper el cerco de la ciudad. El Reino de Dios se sumerge más y más en la locura, hasta que finalmente sucumbe en una orgía de muerte y destrucción ante el asalto de católicos y protestantes.

Retrocedamos unos años. Lutero acaba de publicar sus tesis en Wittemberg, pero la tormenta aún no devasta Europa. Las querellas entre príncipes y la amenaza turca proyectan algunas sombras sobre un panorama que, visto con los cosmopolitas ojos de los humanistas, se antoja risueño. Colón ha mostrado a los europeos un mundo ignorado, un nuevo escenario donde cabe toda fantasía. Erasmo y Vives abanderan una pacífica cruzada contra el fanatismo y la superstición. Moro, inspirado en Platón, esboza la sociedad perfecta.

Su obra, titulada Utopía, es un libro breve, elegante y delicioso. Como un exquisito veneno seduce el gusto para mejor oscurecer el discernimiento; como una ponzoña espiritual apela a los buenos sentimientos para justificar la más despiadada tiranía. En la sociedad utópica, el bien de la colectividad se alcanza mediante el sacrificio de los individuos.

Utopía no es el Reino de Dios imaginado por Matthys  y Bockelson. Moro conscientemente la sitúa en un lugar impreciso, quizá fuera del espacio y del tiempo, en el mundo perfecto e inmutable de las ideas. El mismo autor se desdobla: de un lado Moro, es decir, el auténtico, con su verdadero nombre; de otro Rafael Hitlodeo, el viajero que ha vivido en Utopía. El artificio permite al autor mantener la distancia entre lo real y lo ideal. Moro podrá escuchar con interés y hasta apasionamiento la exposición de Hitlodeo y, acto seguido, manifestar sus reservas. Hitlodeo, por su parte, se resistirá a las exhortaciones de Moro para que utilice su sabiduría para mejorar el mundo. No hay puente posible entre lo ideal y lo real, entre Hitlodeo y Moro. Utopía nunca existirá sobre la tierra. Hitlodeo proseguirá sus viajes y describirá Utopía a todo aquel que se muestre dispuesto a escucharle. Moro continuará su labor como consejero del rey. No aspirará en tanto que político a construir esa sociedad perfecta que le ha sido revelada, pero tampoco será un acomodaticio oportunista. Llegado el momento dará una lección de suprema dignidad, al preferir la muerte antes que secundar una decisión que estima injusta. Münster cayó en junio de 1535. A principios de julio, el hacha del verdugo segó la cabeza de Santo Tomás Moro.

Utopía no es Münster. El ensueño de un humanista cultivado, amigo de Erasmo, de Vives y de Budé, elegante latinista, conocedor del griego y admirador de Platón, santo de la iglesia católica, ha de ser por fuerza distinto de la pesadilla mesiánica y milenarista de Matthys y Bockelson. No faltan, sin embargo, puntos de contacto. En Utopía todo es común, incluso las viviendas se asignan por sorteo y por un número limitado de años[1]. No hay poligamia, pero las leyes señalan con claridad el número de miembros de cada familia. El hecho natural de que unas mujeres sean más prolíficas que otras halla fácil remedio mediante la cesión del exceso de hijos[2].

En la sociedad perfecta, según cuenta Hitlodeo, nadie posee nada propio, todos portan ropas sencillas e idénticas, comen siempre juntos y cada cierto tiempo deben dedicarse durante un año a la agricultura[3]. Quizá al lector actual todo esto le suene curiosamente familiar, como si hace poco hubiera visto algo parecido. Se trata, sin embargo, de ideas que ya fueron expuestas por Platón hace unos dos mil cuatrocientos años.

En 1602 el dominico Tommaso Campanella concluye en prisión una nueva visión de Utopía, a la que pone por título La Ciudad del Sol. Poco añade su obra a la de Moro fuera de unas plúmbeas disquisiciones astrológicas y de una curiosa insistencia, una vez más inspirada en Platón, en una estricta regulación de las relaciones sexuales. En la ciudad perfecta de nuestro fraile no existe la familia, sino que unos magistrados, imbuidos, claro está, de una alta sabiduría, determinan qué mujer debe aparearse con qué hombre y en qué momento. Se consiguen así dos objetivos: de una parte, sólo procrearán quienes se hallen en óptimas condiciones para engendrar hijos sanos, robustos y de ingenio despejado; de otra, como ningún hombre sabrá quién es su padre o quién es su hijo, todos se tratarán con tierno amor filial. No se piense, empero, que Campanella es un rígido moralista. Comprende que en ocasiones los varones, aunque por edad u otras circunstancias no se encuentren en el momento adecuado para procrear, sienten determinadas necesidades, cuya falta de satisfacción podría afectar negativamente a su serenidad de espíritu. Para aliviarlas, previa autorización del correspondiente magistrado, copularán con mujeres grávidas o estériles[4].

La última parte del libro la dedica Campanella a rebatir previsibles objeciones. Invoca en su favor la autoridad de Platón y de Moro, así como la de diversos padres de la Iglesia. La Ciudad del Sol, al contrario que Utopía, se presenta como posible. De un lado se proyecta en el pasado como la sociedad anterior a la expulsión del Paraíso; de otro se ofrece como promesa de un futuro por todos deseado.

... diremos que de nuestra parte se encuentra el ejemplo de Tomás Moro, recientemente martirizado, quien escribió su imaginaria República, denominada ‘Utopía’, la cual nos ha servido de ejemplo para las instituciones de la nuestra. Asimismo Platón presentó una idea de República que, aunque no puede íntegramente ponerse en práctica a causa de la corrupción de la naturaleza humana (como dicen los teólogos) muy bien habría podido subsistir en el estado de inocencia[5].

El mito clásico de la Edad de Oro se empareja en la mente del dominico con la narración bíblica del pecado original y de la consiguiente expulsión del Paraíso. Mas la Redención ha hecho posible la existencia de la República ideal:

... su posibilidad se demuestra con la vida de los primeros cristianos, entre los cuales la comunidad de bienes se estableció en tiempos de los Apóstoles[6].

Si no supiéramos que el autor permaneció veintisiete años en la cárcel y que sólo se libró de la pena de muerte gracias al oportuno fingimiento de un ataque de locura, algunos de sus razonamientos nos sorprenderían por lo atrevido:

Afirmo que semejante República es deseada por todos como el siglo de oro. Todos se la piden a Dios al suplicarle que se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo. Si, a pesar de esto, no se practica, debe atribuirse a la malicia de los gobernantes quienes, en vez de someter a sus pueblos al imperio de la razón suprema, los tienen sujetos a ellos mismos. Además el uso y la experiencia demuestran que es posible cuanto hemos dicho, del mismo modo que (según San Juan Crisóstomo) es más natural vivir conforme a la razón que con arreglo al afecto sensual; y virtuosamente, más que viciosamente. Una prueba de esto son los monjes, sobre todo los anabaptistas, que viven en comunidad y, si profesaran los verdaderos dogmas de la fe, aprovecharían más en este género de vida. ¡Pluguiera al Cielo que no fuesen herejes y practicasen la justicia, como nosotros lo hacemos! Serían un ejemplo de su verdad. Mas no sé por qué necedad rechazan lo mejor[7].

Casi con seguridad se puede afirmar que Campanella no se refiere al anabaptismo violento de Matthys y Bockelson, sino a la corriente pacífica inspirada por Menno Simmons y David Joris. En cualquier caso, queda la imagen de un futuro consistente en la recuperación del estado de inocencia, es decir, en la construcción de un paraíso en que la conciencia individual quedaría anulada, anegada por la omnipotencia de lo colectivo; un mundo en el que no sólo no existirían las palabras “tuyo” y “mío”, sino en el que incluso “tú” y “yo” habríamos desaparecido sustituidos por “nosotros”. Da por sentado Campanella que tal futuro es deseado por todos y que además responde a la voluntad de Dios. Solo la maldad de los gobernantes impide la felicidad del género humano. Parece que solo un corto paso le separa de la afirmación de que existe una voluntad colectiva que trasciende y anula las voluntades individuales.




[1]  MORO, Tomás. Utopía.  Madrid. Alianza Editorial. 1984. p. 118
[2]  Ibidem. p. 128.
[3]  Ibidem. p. 114
[4]  CAMPANELLA, Tommaso. La Ciudad del Sol. En Utopías del Renacimiento. México. F.C.E. 1975.
    p. 160-161
[5]  Ibidem. p. 205
[6]  Ibidem. p. 208
[7]  Ibidem. p. 210

31 mayo 2012

Lutero. Comentario al Magnificat


Francisco Javier Bernad Morales

En los meses transcurridos entre noviembre de 1520 y junio de 1521, Lutero traduce el Magnificat al alemán y lo publica acompañado de un extenso comentario, en que, verso por verso intenta desentrañar su significado más profundo. Es un momento crucial en su vida. El 15 de junio de 1520, el papa León X había condenado sus doctrinas mediante la bula Exsurge Domine y el 3 de enero del año siguiente, dado que no había conseguido que se retractara, lo había excomulgado en una nueva bula:  Decet Romanum Pontificem.  Poco después, del  25 de enero al 28 de mayo, se había desarrollado la Dieta de Worms, en la que Lutero había defendido su posición en presencia del Emperador Carlos V y de los príncipes alemanes. Ante la imposibilidad de vencer su firmeza, un edicto del 25 de mayo, prohibió sus obras y lo calificó de hereje, autorizando que cualquiera pudiera darle muerte. A fin de protegerlo, su soberano, el elector de Sajonia Federico el Sabio, decidió fingir un secuestro y ocultarlo en el castillo de Wartbug. En este forzado retiro, mientras toda Alemania se interrogaba por su paradero y muchos temían que hubiera sido asesinado, inició la traducción de la Biblia al alemán.

A continuación reproducimos  el inicio de su comentario al primer verso del Magnificat.

"Mi alma glorifica a Dios, mi Señor
 Estas palabras brotan de un ardor inflamado y de un gozo desbordante, en el que bullen todas sus facultades, toda su vida, y que exulta en su espíritu. Por eso no dice 'yo ensalzo a Dios', sino 'mi alma' como si quisiera expresar, 'mi vida, todos mis sentidos, se ciernen en el amor, alabanza y gozo divinos con tal intensidad que me siento arrastrada a alabar a Dios con fuerza superior a las mías'. Esto es lo que exactamente sucede con quienes han gustado la dulzura y el espíritu de Dios: sienten más de lo que les es posible expresar, puesto que el alabar gozosamente a Dios no es obra humana, sino una pasión alegre, una operación divina inefable, solo cognoscible desde la experiencia personal, como dice David en el Salmo 33: 'Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el hombre que a él se confía'. en primer lugar se habla de gustar, y después viene el ver, por la sencilla razón de que no es posible llegar a este conocimiento sin la experiencia y la sensación peculiares que solo puede alcanzar quien, en lo profundo de su indigencia, confía en Dios de todo corazón. Por este motivo se añade enseguida. `dichoso el hombre que confía en Dios`, porque entonces este hombre experimentará dentro de sí la obra de Dios y de esta forma llegará a esa dulzura sensible y, a través de ella, a la comprensión e inteligencia completas." (El salmo citado suele aparecer como 34 en las ediciones actuales de la Biblia. La diferencia se debe a que en la Septuaginta, seguida por la Vulgata, los salmos 9 y el 10 aparecían unidos, mientras que en el texto masorético están separados).

Para terminar, incluimos la invocación final del comentario:

"…pidamos a Dios que nos conceda la correcta inteligencia de este Magnificat: que no se contente con iluminar y hablar, sino que inflame y viva en el cuerpo y en el alma. Que Cristo nos lo conceda por la intercesión y la voluntad de su querida madre María. Amén."

26 enero 2012

A la huella de Alfonso Garrido

Francisco Javier Bernad Morales

Ya han transcurrido cuatro años desde que Alfonso Garrido nos abandonó para gozar del descanso en presencia del Señor. Le visité junto a Carmen, mi esposa, pocos días antes de su fallecimiento. No tenía ya fuerzas para hablar, pero pudo alzar la mano y bendecirnos, en un gesto que todos los días tengo presente. Se diría que el vacío quiso apoderarse de mi alma, pero recordé entonces y siempre me repito las palabras de San Agustín sobre la muerte y la salvación: Ibi vacabimus, et videbimus; videbimus, et amabimus, amabimus, et laudabimus (De civitate Dei, XXII, 30, 5). Comprendí entonces que debía superar la tristeza, pues él continuaba a mi lado y jamás me abandonaría. Dicen los judíos al dar el pésame: "que su recuerdo sea de bendición". Así es, Alfonso continúa presente en mí, y su memoria me conforta en los momentos difíciles. Escribí en aquel entonces un artículo que hoy quiero recordar:

Un amigo me ha dejado para siempre, en él he perdido a una persona a quien podía confiar las angustias y problemas que me turban el alma, y con quien podía también compartir una botella de buen vino. A menudo hicimos ambas cosas a la vez. Comprendo que a muchos les parezca frívolo que se discuta sobre la Shoá, sobre su sentido o sinsentido, mientras regalamos el cuerpo con uno de los más refinados placeres que nos ha sido otorgado gozar. Quizá tengan razón. Me falta hoy ánimo para enfrentarme a rígidos ascetas. Solo se me ocurre recordarles unas palabras de Imre Kertész: “ha desaparecido el asombro ante la existencia del mundo y con él, de hecho, el respeto, la devoción, la alegría, el amor por la vida.” (Un instante de silencio en el paredón, 41). Pero esos sentimientos, cuya ausencia lamenta, como pérdida irreparable, un superviviente de los Lager, aún existen. Todos los que hemos tratado a Alfonso los conocemos. Recuerdo un día maravilloso en que junto a él, mi esposa y yo recorrimos varios pueblos de la Ribera del Duero. En uno de ellos, en Olivares, hablamos un buen rato con un viejo amigo suyo, un párroco que, solo por amor, por íntima devoción y sin deseo de recompensa, había durante años puesto su empeño en restaurar un maravilloso retablo: una obra humana al cabo, pero, sin duda, también una manifestación del poder del Creador y de su Majestad. De nuevo Kertész (18): “Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz”. Sí, el ser humano construyó los Lager, las fábricas de cadáveres, como los denominó Hannah Arendt, pero también edificó las catedrales y los monasterios, plantó el trigo y la vid. Allí, en Olivares, con Alfonso, el párroco y mi esposa, al contemplar los campos sembrados, al dirigir la vista a los viñedos, sentí la emoción que transmite el Ángelus de Millet. Los seres humanos hemos cometido los más abominables crímenes, pero también Lutero ha escrito el comentario al Magnificat.
En aquellos días me atormentaba la constatación del mal absoluto. Los Lager y el Gulag parecían no dejar resquicio para la esperanza y durante algún tiempo dudé de la superioridad del bien, de su capacidad para imponerse. Pero la realidad estaba allí, a la orilla del Duero, en el corazón de las personas que me acompañaban. Ese era el bien y había triunfado. Al fin, Sanz Briz, Perlasca, Wallenberg y tantos otros, habían sido más poderosos que Hitler; y Sajarov, Havel, Mazowiecki y Juan Pablo II habían vencido a Stalin. Parafraseando al Talmud, diríamos que los justos han salvado el mundo.
Vinieron luego tiempos de aproximación al judaísmo .Hay algo singular en el destino judío que no puede dejarnos indiferentes. La Shoá nos interroga tanto como la Crucifixión. Pero aquel día en Olivares marcó un punto de inflexión. Siguieron meses y años de conversaciones con Alfonso, de libros leídos por su consejo, desde San Agustín a Paul Tillich, y por fin, como fruto de un proceso que visto retrospectivamente no puede por menos que parecerme extraño, debido al papel que en él han desempeñado tantos autores judíos y luteranos, la decisión de reconciliarme con la Iglesia Católica. Sé que sin Alfonso mi vida hubiera sido distinta; quizá me hubiera mantenido en el tibio agnosticismo que me acompañó durante gran parte de la juventud y de la madurez, aunque más probablemente hubiera terminado por adherirme al judaísmo.
Ahora ya no podré pedir consejo a Alfonso, no estará él aquí para orientarme, para aliviar las tribulaciones de mi corazón. Sobre el papel quedan las huellas de las lágrimas, pero yo escribo con el ordenador y su pantalla no puede recoger los rastros físicos de mi dolor. Sé, sin embargo, que algo de Alfonso se ha incorporado a mi vida y que ya formará indisoluble parte de mí. También sé que de alguna manera misteriosa, que escapa a mi comprensión, velará por mí y me protegerá en las pruebas que la vida sin duda me reserva.