domingo, 31 de marzo de 2013

La alegría de la Pascua

San Agustín

Ved qué alegría, hermanos míos; alegría por vuestra asistencia, alegría de cantar salmos e himnos, alegría de recordar la pasión y resurrección de Cristo, alegría de esperar la vida futura. Si el simple esperarla nos causa tanta alegría, ¿qué será el poseerla? Cuando estos días escuchamos el aleluya, ¡cómo se transforma el Espíritu! ¿No es como si gustáramos un algo de aquella ciudad celestial? Si estos días nos producen tanta alegría, ¿qué sucederá aquel en que se nos diga: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino; cuando todos los santos se encuentren reunidos, cuando se encuentren allí quienes no se conocían antes, se reconozcan quienes se conocían; allí donde la compañía será tal que nunca se perderá un amigo ni se temerá un enemigo? Hemos, pues proclamado el Aleluya; es cosa buena y gozosa, llena de alegría, de placer y de suavidad.
Con todo, si estuviéramos diciéndolo siempre, llegaríamos a cansarnos; pero como va asociado a cierta época del año, ¡con qué placer llega, con qué ansia de que vuelva se va! ¿Habrá allí acaso idéntico gozo e idéntico cansancio? No, no lo habrá. Quizá diga alguien: «¿Cómo puede suceder que no engendre cansancio el repetir siempre lo mismo?». Si consigo mostrarte algo en esta vida que nunca llegue a cansar, has de creer que allí todo será así. Se cansa uno de un alimento, de una bebida, de un espectáculo; se cansa uno de esto y de aquello, pero nadie se cansó nunca de la salud. Así, pues, como aquí, en esta carne mortal y frágil, en medio del tedio originado por la pesantez del cuerpo, nunca ha podido darse que alguien se cansara de la salud, de idéntica manera tampoco allí producirá cansancio la caridad, la inmortalidad o la eternidad.

Sermón 299 B,2.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!


sábado, 30 de marzo de 2013

Los hijos de Herodes (1 Arquelao y Filipo)

Francisco Javier Bernad Morales

A la muerte de Herodes el Grande (4 a. C.), su reino, de hecho un protectorado romano, fue repartido entre tres de sus hijos por Augusto. A Arquelao le correspondieron Judea, Samaria e Idumea; a Herodes Antipas, Galilea y Perea, y a Filipo, Traconítide, Gaulanítide, Batanea y Auranítide.  Los destinos de cada uno fueron diversos. Arquelao, a quien su padre había preferido sobre sus hermanos, pues en su testamente le otorgó el título de rey, hubo de enfrentarse a una dura oposición. Ya en el Pésaj del año 4 a. C., recién accedido al poder, una multitud de peregrinos reclamó el castigo de los consejeros de Herodes y la destitución del sumo sacerdote. La intervención de las tropas ocasionó, según Josefo, tres mil muertos[1], pero no por ello cesó la revuelta, que continuó mientras Arquelao visitaba Roma para recibir de manos de Augusto la confirmación en el trono. Los disturbios se extendieron a Galilea, donde fueron arrasadas Séforis y Emaús, en tanto que el propio templo de Jerusalén fue asaltado y saqueado por fuerzas romanas. Josefo transmite la imagen de una situación anárquica en la que diferentes bandas desarrollaban un combate de guerrillas sin que entre ellas existiera ninguna coordinación:

Por aquel entonces Judea estaba llena de ladrones. Cualquiera que pudiera reunir un grupo se constituía en rey[2].

El legado de Siria, Publio Quintilio Varo[3], consiguió restablecer el orden mediante una severísima represión, en el curso de la cual dos mil judíos fueron crucificados[4]. Arquelao, tras regresar a Judea con el título de etnarca, pero no de rey, se casó con Glafira, viuda de su medio hermano Alejandro[5] e hija del rey de Capadocia. Este hecho aumentó su impopularidad, lo que le llevó a endurecer la política represiva. Finalmente, de manera insólita, un grupo de notables judíos y samaritanos actuando conjuntamente envió una embajada a Roma para presentar sus quejas ante Augusto[6]. En respuesta, este depuso a Arquelao y lo desterró a Vienne en la Galia (6 d. C.).

Desde entonces, Judea quedó convertida en provincia romana bajo la administración de un prefecto[7] del orden ecuestre, excepto durante un breve período (41 – 44 d. C.) en que, con el emperador Claudio, reinó Herodes Agripa[8].     

A Filipo le habían correspondido los territorios del norte de Transjordania en los que la población judía no era muy numerosa y donde parece haber gobernado apaciblemente. A su muerte (34 d. C.) la zona fue incorporada a la provincia romana de Siria. Su acción más destacada quizá fuera la edificación de la ciudad de Cesarea (llamada de Filipo para distinguirla de Cesarea Marítima, sede del gobierno romano). En ella sitúa el Evangelio de Mateo las palabras de Jesús:

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia[9].

Mayor relieve, al menos para los cristianos, tiene la figura de Herodes Antipas, a quien dedicaré la siguiente entrega.




[1] JOSEFO, Flavio, Antigüedades de los judíos, XVII, IX, 2
[2] Ibidem, XVII, X, 8
[3] El mismo que en 9 d. C. moriría en el desastre de Teuteburgo derrotado por los germanos.
[4] Ibidem, XVII, X, 10
[5] Uno de los hijos que Herodes había hecho matar. Glafira tenía hijos del matrimonio anterior, por lo que Arquelao no podía invocar el levirato.
[6] Ibidem, XVII, XIII, 2
[7] Desde la vuelta a la administración directa por Roma a la muerte de Herodes Agripa, el gobierno pasó a un procurador, asimismo ecuestre. Es un asunto que no tiene mayor importancia, salvo por el hecho de que Josefo utiliza de manera anacrónica el título de procurador para referirse a los gobernadores de la época de Augusto y Tiberio, entre ellos, a Poncio Pilato, como también hace el Evangelio de Mateo.
[8] Nieto de Herodes el Grande e hijo de Aristóbulo, a quien aquel había hecho matar.
[9] Mt, 16, 18

viernes, 29 de marzo de 2013

Oración al Cristo del Calvario

Gabriela Mistral


En esta tarde, Cristo del Calvario,
Velázquez (Cristo crucificado)
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados
cuando veo los suyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y solo pido no pedirte nada,
Estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.
                                            


jueves, 28 de marzo de 2013

El lazo indisoluble entre fe y caridad

Benedicto XVI

A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.
La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de este, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término “caridad” a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el “servicio de la Palabra”.
Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate, 8).
En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto –indispensable– con lo divino, capaz de hacernos “enamorar del Amor”, para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.
A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: “Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos” (2,8-10).
Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Estas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.

Mensaje para la Cuaresma de 2013. Benedicto XVI





lunes, 25 de marzo de 2013

¿Tienen derecho los niños (muertos)?

P. Miguel Ángel Cadenas
P. Manolo Berjón

Estamos llegando a casa y recibimos una visita. A primera vista notamos algo que no está bien, no se ha sonreído al vernos. Preguntamos. ¿cómo estás? "No tan bien". ¿Qué sucede? "A mi señora le duele la cabeza y tenemos que ir a Iquitos para una revisión de su operación". Llegamos a la sala de nuestra casa y nos sentamos. Comenzamos a conversar y nos desgrana el problema de su mujer. Ya han visitado el Centro de Salud y los doctores le dicen que "tiene que verle el doctor que le operó" a su mujer. Llamamos a Iquitos y nos dicen que el doctor está de vacaciones. No hemos hecho nada, hay que esperar.
Poco a poco nos enteramos que su nietito de nueve meses ha muerto. Le damos el pésame y le decimos: "lo que tiene su señora es pena, por eso le duele la cabeza. Hay que hacer una revisión cuando llegue el doctor, pero tiene pena", "Sí, padre, tiene pena. Hoy está mejor porque el otro día el doctor le recetó unas pastillas y en la mañana el dolía menos su operado".
El bebé tenía nueve meses y vivía con su madre en Shapajilla en casa de los abuelos. La abuela, a la que "le duele su operado", lo tenía en brazos cuando su mamá estaba trabajando, "por eso le ha chocado tanto". El papá del niño trabaja en Lima, "en esas fábricas que hay en Lurín; es un buen sitio porque su casa está cerca y es un lugar muy tranquilo, no como Lima". La mamá con el bebé ha ido a Lima con su esposo. "A dos horas de llegar a Lima se ha muerto el bebé". Ya en Shapajilla tenía problemas de resfrío", nos ha dicho el abuelo ante nuestra pregunta. "Tal vez le ha chocado el aire".
Al niño lo han llevado a la morgue y no le dejaban salir sin pagar. "No tenemos dinero". "Solo nos quedaba derramar lágrimas". "Qué iban a hacer con el niño". "Yo he rezado a Diosito para que se soluciones pero tenían un corazón duro y no querían darnos al bebito para enterrar". La abuela ha derramado muchas lágrimas. "No se podía hacer nada". "No sabía a quién llamar para que nos ayude". "Ya queríamos dejar al niño porque no nos lo quería dar". "Teníamos mucha pena". "Es como un ahogado al que no hemos encontrado el cadáver". "Después de ocho días nos han dado al bebito, sin pagar nada para enterrarle". "Ayer (6/3/13) le hemos enterrado". Yo he rezado en Shapajilla, con todo y pena, pero he tenido que rezarle". Hasta acá un resumen de la conversación que hemos mantenido con Hermógenes, el abuelo del niño.
Ya hemos indicado en otras oportunidades que se está produciendo una fuerte migración de indígenas kukama a Lima al compás del crecimiento económico peruano que se concentra en la costa. Este movimiento plantea preguntas sobre el territorio, sobre las relaciones personales, la familia, el ingreso de plata en hogares donde antes era más difícil, la incapacidad del Estado para, más allá de definir al Perú como multicultural y plurilingüe, dar soluciones prácticas a situaciones concretas que se generan más allá de "los territorios tradicionalmente indígenas".
"Pena" es una palabra que se ha repetido insistentemente en la conversación. pero qué quiere significar. El Diccionario de la lengua española de la Real Academia, en la vigésima segunda edición, define pena como "cuidado, aflicción o sentimiento interior grande" en su segunda acepción. En la tercera acepción lo define como "dolor, tormento o sentimiento corporal". Y la cuarta: "dificultad, trabajo". Para los kukama la pena tiene relación con una cría de animal que se trae del monte para utilizarlo de mascota, muchos de ellos no se acostumbran y prefieren morir "de pena". Cuando un kukama dice que siente pena está indicando que su corazón siente la pena propia de una cría de animal al que le han sacado del monte para llevarlo a una casa que no conoce y donde tiene que aprender nuevos comportamientos, con la particularidad que muchas de estas crías de animales prefieren morir "de pena" antes que acostumbrarse. la pena para los kukama se instala en el corazón.
Hermógenes no podía comprender que haya que pagar por un difunto que está en la morgue. En la comunidad, cuando uno muere, rápidamente se expande la noticia y todos acuden al velorio para acompañar a la familia. Pasando veinticuatro horas se entierra el cadáver tras los ritos propios del caso. Le retienen al niño y hay que pagar, y no permiten que se le dé sepultura, "como un ahogado al que no se le encuentra el cadáver". El territorio del pueblo kukama está vinculado al río, habitan en espacios inundables. Cuando una persona "se ahoga" (no que vive dentro del agua) la mayor desgracia es no encontrar su cadáver. Un dolor tan innecesario solo es posible en funcionarios que no comprenden vivir en un país multicltural (sin entrar en lo "multinatural", como perciben los indígenas amazónicos). La burocracia homogeneizante daña terriblemente el tejido social, he ahí un caso entre otros muchos posibles.

© Parroquia Santa Rita de Castilla - Río Marañón. Velorio

"Quiero hacer una pregunta: ¿no tienen derecho los niños?" Claro, y recordamos los derechos del niño y del adolescente que las Municipalidades y los colegios están enseñando. Y añade: "¿y los niños muertos?". Nos quedamos pensando, y respondemos: claro, derecho a un entierro digno, como gente. "Sí, padre, eso digo yo". La conversación va enrumbándose hacia su final. Se inicia el proceso de despedida y al poco tiempo dice: "ya me han limpiado un poco la cabeza, ya me voy". Se levanta, nos despedimos y se va. Adiós que para un cristiano como nosotros significa. "con Dios, vaya con Dios".
Hay quien opina que para ser razonables hay que entrar en diálogo. No cabe duda que la "comunidad de comunicación" es importante, pero no todos tenemos la misma capacidad, ni estamos en las mismas condiciones. la queja, el lamento, el grito es previo a la argumentación y puede ser la primera expresión del lenguaje. Queja, lamento y grito que los pueblos indígenas utilizan en una conversación no tan ideal en un mundo que no siempre entieden ni les comprende. Queja, lamento y grito, expresiones que aparecen continuamente en los salmos de la Biblia como un lenguaje estrictamente religoso.

P. Miguel Ángel Cadenas
P. Manolo Berjón
Parroquia Santa Rita de Castilla
Río Marañón

domingo, 24 de marzo de 2013

La dinastía asmonea (y III)

Francisco Javier Bernad Morales

El reino judío se vio envuelto de manera forzosa en las guerras civiles romanas. En la que enfrentó a Julio César con Cneo Pompeyo,  Antípatro maniobró de manera muy hábil, pues consiguió que, tras el asesinato en Egipto del segundo (48 a. C.), el vencedor les ratificara en sus puestos, tanto a él como a Hircano II. Tras este éxito nombró a su hijo menor Herodes, gobernador de Galilea, en tanto que el mayor, Fasael, quedaba como prefecto de Jerusalén. Hircano II parece haber sido un hombre de carácter débil, poco dotado para las tareas de gobierno. En otro sentido, era un admirador de la cultura griega, hasta el punto de que la ciudad de Atenas le obsequió  con una corona de oro y erigió una estatua de bronce en su honor[1].

Muerto ya Antípatro por envenenamiento, tanto Herodes como Fasael, tomaron partido por Marco Antonio en su lucha contra Octavio, por lo que aquel los nombró tetrarcas, conservando a Hircano en el puesto de sumo sacerdote (41 a. C.). Poco después, los partos invadieron Judea y capturaron a Fasael, a quien dieron muerte, y a Hircano. En estas circunstancias, Herodes obtuvo de Marco Antonio el título de rey de Judea. Dado que no pertenecía a la familia asmonea, en un intento de legitimar su posición, contrajo matrimonio con Mariamne (38 a. c.), nieta de Hircano II y de Aristóbulo II.

No se sintió, sin embargo, seguro en el trono, por lo que intrigó hasta conseguir que Antonio hiciera matar a Antígono, hijo de Aristóbulo II (37 a. C.).  A lo largo de su reinado, por temor a que conspiraran para arrebatarle la corona, eliminó a los asmoneos supervivientes, entre ellos su suegra, su cuñado (el sumo sacerdote Aristóbulo III), Hircano II, la propia Mariamne (29 a. C.) y dos de los hijos varones que había tenido con esta (el otro había muerto en Roma). Digno émulo de su padre, tras la derrota y muerte de Antonio (30 a. C.) logró que Octavio, en lugar de darle muerte como todos esperaban, le confirmara como rey.

Pese a que restauró y amplió el templo, no consiguió ganarse las simpatías de los judíos, que siempre vieron en él a un idumeo converso, advenedizo y cruel. Además prosiguió una política de helenización como ponen de manifiesto la fundación de la ciudad de Cesarea o la edificación de teatros. Introdujo incluso algunas costumbres romanas repugnantes al judaísmo, tales como juegos en honor de Augusto o ejecutar a los condenados arrojándolos a las fieras en el anfiteatro[2].

A su muerte (4 a. C.)[3], sus territorios, que además de Judea, comprendían Galilea, Samaria, Idumea, Traconítide, Gaulanítide y Perea, fueron divididos por Augusto entre tres de sus hijos, Herodes Antipas, Arquelao y Filipo[4].

Al narrar los acontecimientos del reinado de Herodes, Josefo menciona por primera vez a los esenios, una secta judía que debemos añadir a las de saduceos y fariseos ya citadas en la entrega anterior. Sus doctrinas las resume brevemente más adelante: creen en la inmortalidad del alma y no ofrecen sacrificios en el templo, viven en comunidad, practican el celibato y rechazan la esclavitud[5]. A ellos habría que sumar los zelotes, quizá aparecidos durante el reinado de Arquelao (4 a. C. – 6 d. C.), a quienes caracteriza como próximos a los fariseos, aunque a diferencia de estos se oponían con las armas a la dominación romana, y diversos grupos bautistas, entre los que alcanzaría notoriedad en la tradición cristiana el surgido en torno a Juan, presentado en el Evangelio de Lucas como primo de Jesús. Más adelante me ocuparé de todos ellos con mayor detenimiento. Baste por ahora señalar la amplitud de tendencias que presentaba la religión judía en los tiempos del cambio de era.




[1] JOSEFO, Flavio, Antigüedades de los judíos, XIV, VIII, 5.
[2] Ibídem, XV, VIII, 1
[3] En el siglo VI el monje Dionisio el Exiguo realizó el cálculo que sirve de fundamento a la era cristiana, pero dató erróneamente el reinado de Herodes el Grande. Lo más probable es que Jesús de Nazaret naciera hacia el 7 a. C.
[4] Herodes contrajo matrimonio con diez mujeres que le dieron numerosos hijos. Además de a Aristóbulo y Alejandro, nacidos de Mariamne, hizo matar a otro de ellos, Antípatro. A Arquelao y Herodes Antipas, los tuvo con la samaritana Malthace, en tanto que Filipo nació de Cleopatra de Jerusalén.
[5] Ibidem, XVIII, I, 4.

viernes, 22 de marzo de 2013

Cantiga 166: "Como poden per suas culpas"

Una vez más, la deliciosa ingenuidad de las cantigas de Alfonso X el Sabio.

jueves, 21 de marzo de 2013

Agradecimiento de Cáritas a Benedicto XVI

Cáritas agradece a Benedicto XVI su luminoso magisterio sobre la caridad

Ante la noticia de la renuncia a su ministerio como Obispo de Roma hacha pública el pasado 11 de febrero por el Papa Benedicto XVI, Cáritas Española expresa su profundo agradecimiento al Santo Padre por estos casi ocho años de fructífero Pontificado en el que ha situado la caridad como uno de los ejes de su magisterio.
Si ya en la primera de sus encíclicas, Deus caritas est, Benedicto XVI señala con claridad meridiana el amor de Dios como el corazón mismo de la fe cristiana y la opción fundamentas de la vida del cristiano, en su tercera encíclica, Caritas in veritate, va más allá al exclamar que "el amor _ "caritas"_ es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz".
Esa misma enseñanza, que no ha dejado de expresarse en los distintos espacios donde el Papa ha propuesto su rico magisterio, se ha manifestado de manera específica, en lo que supone para la identidad de la acción de Cáritas, tanto en sus sucesivos Mensajes para la Cuaresma como en los encuentros anuales con los miembros del Pontificio Consejo "Cor Unum", del que forma parte el presidente de Cáritas Española, Rafael Río Sendino.
La Confederación Cáritas en España, al tiempo que comparte el sentimiento de orfandad por esta decisión manifestado por el  cardenal Antonio Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal, acoge también "con reverencia filial" la voluntad del Santo Padre y expresa su confianza plena en la fuerza del Espíritu para que bendiga al futuro Papa y a toda la Iglesia.
El luminoso camino mostrado por Benedicto XVI acerca del ejercicio de la diakonia de la caridad será siempre fuente de inspiración para Cáritas en el desafío ue nos lanza la opción preferencial y evangélica por los pobres, una misión especialmente urgente en esta encrucijada de la historia.
En estos momentos en los que millones de hermanos siguen sufriendo las consecuencias de los injustos sistemas que rigen la economía, la moral, la política y la sociedad, Cáritas agradece la visión y la denuncia clara de todas las injusticias a lo largo del magisterio pontificio de Benedicto XVI, así como su cercanía al sufrimiento de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Cuando la Iglesia afronta una nueva etapa en el gobierno de la barca de Pedro, oramos por el nuevo pontífice, al tiempo que intensificamos nuestros esfuerzos en el trabajo por alcanzar la justicia y la dignidad para todas las personas en la confianza de que la Buena Nueva de Jesucristo alcance a todos, aporte consuelo, luz y esperanza en los momentos de mayor turbación.

Cáritas, nº 544, febrero 2013, año LXII

miércoles, 20 de marzo de 2013

Homilía del Papa Francisco en la misa de Inauguración

Queridos hermanos y hermanas:
Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.
Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. 
Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.
Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).
¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.
¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas.
En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación.
Pero la vocación de custodiar no solo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien.
En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios. Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido.
Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer. Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos.
Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.
Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.
Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.
En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza.
Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.
Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.
Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amén.

martes, 19 de marzo de 2013

La dinastía asmonea (II)

Francisco Javier Bernad Morales

El ascenso de los asmoneos fue posible por la progresiva debilidad de los reinos seléucida y lágida y se vio acompañado por la creciente intervención romana en la zona. Juan Hircano (134-104 a. C.)[1] ensanchó sus dominios al conquistar Galilea, Samaria, donde destruyó el santuario del monte Gerizim, e Idumea, a cuyos habitantes obligó a convertirse al judaísmo. Sus campañas se inspiraban en la ocupación de Canaán tal como aparece relatada en el libro de Josué y con ellas aspiraba a recuperar todos los territorios que habían formado parte del reino de David. Causa, pues, cierta sorpresa que impusiera a sus hijos los nombres griegos de Aristóbulo, Antígono y Alejandro, algo que sugiere un avanzado grado de helenización. Con él comenzó también, según Josefo[2], la persecución de los fariseos y la alianza de la dinastía con los saduceos. Ambas sectas diferían en importantes aspectos, pues mientras que los primeros sostenían que junto a la ley escrita, debía observarse también la oral, transmitida por la tradición, los segundos únicamente admitían aquella. Otro punto de discordia era la resurrección, admitida por los fariseos y rechazada por los saduceos. A los distintos puntos de vista en materia religiosa, se suma la diferente extracción social de ambos grupo: los fariseos, procedentes de ambientes populares, y los saduceos, de familias aristocráticas.

Aristóbulo (104-103 a. C.), hijo de Juan Hircano, fue el primer asmoneo en adoptar el título de rey. Considerado por Josefo admirador de los griegos[3], sin embargo, cuando conquistó Iturea  hizo que sus habitantes se convirtieran al judaísmo. Poco después, una sospecha motivada por una falsa acusación le llevó a asesinar a su hermano Antígono. Muerto de manera prematura, le sucedió el menor de sus hermanos, Alejandro Janeo.

Gobernó este entre el 103 y el 76 a. C. y con él el reino alcanzó su máxima extensión al incorporar Gaulanítide y otras zonas de Transjordania, así como Gaza y un amplio sector de costa al sur del monte Carmelo. Estos éxitos quedan empañados por el conflicto que lo enfrentó con los seguidores de los fariseos. Cuenta Josefo[4] que durante una celebración en el templo con motivo de Sucot (fiesta de los Tabernáculos) en que oficiaba como sumo sacerdote, algunos de los presentes descontentos por la escasa atención que prestaba a la ceremonia, le arrojaron limones. Alejandro, airado, habría ordenado a la guardia reprimir a los alborotadores, causando seis mil víctimas. Obviamente, podemos pensar que la cifra es exagerada como a menudo ocurre con los autores antiguos, pero no cabe duda de la brutalidad de la acción. Esta resalta aún más a la luz de los hechos subsiguientes, ya que fue el inicio de una auténtica guerra civil, en el curso de la cual el monarca se comportó con una crueldad espeluznante:

En un banquete que dio en presencia de todos, con sus concubinas, ordenó que unos ochocientos de ellos [prisioneros judíos partidarios de los fariseos] fueran crucificados y estando todavía vivos hizo degollar frente a ellos a sus esposas e hijos[5].

En su lecho de muerte, causada según Josefo por los excesos con la bebida, entregó el poder a su esposa Salomé Alejandra (76–67 a. C.), en detrimento de sus hijos Hircano y Aristóbulo. La reina, consciente del apoyo popular a los fariseos, se aproximó a ellos, que aprovecharon la situación para pedir el castigo de los autores de las matanzas anteriores. Estos, por su parte, buscaron la protección de Aristóbulo, descontento al haber sido postergado por su madre.  Finalmente, aprovechando que la reina había caído gravemente enferma, se proclamó rey, pero aquella al sentirse morir designó como sucesor a su otro hijo, Hircano, quien había sido anteriormente nombrado sumo sacerdote.

Siguió una guerra entre ambos hermanos, en el curso de la cual los dos solicitaron el reconocimiento de Pompeyo, quien acababa de conquistar Siria. Este, en el 63 a. C., envió a Roma a Aristóbulo II y sus dos hijos, Alejandro y Antígono, y confirmó a Hircano II como sumo sacerdote, con lo que de hecho el reino se convirtió en un protectorado romano. Poco después  (60 a. C.) Aristóbulo y Alejandro, que habían conseguido escapar, fueron asesinados por orden de Pompeyo. Por su parte, el poder de Hircano II, desposeído del título de rey, fue tan solo nominal, pues el mando efectivo quedó en manos del idumeo Antípatro, jefe del ejército y fiel aliado de Roma.




[1] En este y los siguientes, los años entre paréntesis corresponden a los de reinado
[2] JOSEFO, Flavio, Antigüedades de los judíos, XIII, X, 6
[3] Ibidem, XIII, XI, 3
[4] Ibidem, XIII, XIII, 5
[5] Ibidem, XIII, XIV, 2

lunes, 18 de marzo de 2013

Caminar, edificar, confesar


En estas tres lecturas veo que hay algo en común: es el movimiento. En la primera lectura, el movimiento en el camino; en la segunda lectura, el movimiento en la edificación de la Iglesia; en la tercera, en el Evangelio, el movimiento en la confesión. Caminar, edificar, confesar. Caminar. «Casa de Jacob, venid; caminemos a la luz del Señor» (Is 2,5). Ésta es la primera cosa que Dios ha dicho a Abrahán: Camina en mi presencia y sé irreprochable. Caminar: nuestra vida es un camino y cuando nos paramos, algo no funciona. Caminar siempre, en presencia del Señor, a la luz del Señor, intentando vivir con aquella honradez que Dios pedía a Abrahán, en su promesa. Edificar. Edificar la Iglesia. Se habla de piedras: las piedras son consistentes; pero piedras vivas, piedras ungidas por el Espíritu Santo. Edificar la Iglesia, la Esposa de Cristo, sobre la piedra angular que es el mismo Señor. He aquí otro movimiento de nuestra vida: edificar. Tercero, confesar. Podemos caminar cuanto queramos, podemos edificar muchas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, algo no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la Iglesia, Esposa del Señor. Cuando no se camina, se está parado. ¿Qué ocurre cuando no se edifica sobre piedras? Sucede lo que ocurre a los niños en la playa cuando construyen castillos de arena. Todo se viene abajo. No es consistente. Cuando no se confiesa a Jesucristo, me viene a la memoria la frase de Léon Bloy: «Quien no reza al Señor, reza al diablo». Cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad del diablo, la mundanidad del demonio. Caminar, edificar, construir, confesar. Pero la cosa no es tan fácil, porque en el caminar, en el construir, en el confesar, a veces hay temblores, existen movimientos que no son precisamente movimientos del camino: son movimientos que nos hacen retroceder. Este Evangelio prosigue con una situación especial. El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. Quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará.

SANTA MISA CON LOS CARDENALES HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO Capilla Sixtina Jueves 14 de marzo de 2013. http://www.vatican.va/

domingo, 17 de marzo de 2013

La dinastía asmonea (I)

Francisco Javier Bernad Morales

Conocemos con el nombre de asmoneos a los dirigentes judíos que gobernaron Israel en los tiempos que median entre la muerte de Simón, el último de los Macabeos (134 a. C.), y la entronización de Herodes el Grande por Marco Antonio (40 a. c.).  Las Antigüedades de los judíos de Flavio Josefo constituyen la principal fuente historiográfica para el estudio de este período, aunque para sus precedentes, la sublevación contra el intento de helenización forzosa impulsado por el monarca seléucida Antíoco IV Epífanes, disponemos también de los libros I y II de los Macabeos.
Antes de ocuparnos de los acontecimientos de la época y a fin de situarlos de manera correcta, parece conveniente recordar, siquiera sea de manera sucinta, algunos hechos anteriores. Como es sabido, un decreto de Ciro el Grande puso fin al exilio judío en Babilonia (siglo VI a. C.). Fueron muchos los que regresaron y bajo la dirección de Esdras y Nehemías, no sin grandes dificultades, reconstruyeron el templo y las murallas de Jerusalén. Se inicia así un período de relativa tranquilidad en que, bajo una tolerante supervisión persa, Judea goza de una amplia autonomía para organizarse de acuerdo con sus principios religiosos. La conquista de la región por Alejandro Magno (332 a. C.) no alteró la situación de manera sustancial, ya que el nuevo monarca mantuvo la actitud respetuosa de los anteriores dominadores. A su muerte, repartido el Imperio entre sus generales, la tierra de Israel quedó en manos de Seleuco y de sus sucesores, aunque expuesta a las apetencias de los ptolomeos. La intensificación de la presencia helénica puso además a los jóvenes judíos en contacto con hábitos y concepciones culturales que a algunos les resultaron atractivas, hasta el punto de que intentaron adoptarlas. Así, según Josefo, un hijo del sumo sacerdote Onías, que adoptó el nombre de Menelao, buscó refugió junto al rey Antíoco IV Epífanes y le mostró su deseo de seguir el modo de vida griego, al tiempo que solicitaba permiso para construir un gimnasio en Jerusalén[1]. Poco después Antíoco, tras una victoriosa intervención en Egipto a cuyos frutos hubo de renunciar ante las advertencias romanas, entró en Jerusalén donde realizó una gran matanza y se apoderó de cuantiosas riquezas. Dos años más tarde, saqueó de nuevo la ciudad, incluido el templo, que profanó con sacrificios impíos, a la par que hacía quemar los rollos de la Torá y prohibía la circuncisión y el resto de las prácticas judías (167 a. C.). Tras una larga época de tolerancia, se imponía la asimilación, por medio de una persecución de inusitada crueldad[2].
Como reacción se produjo una sublevación encabezada por el sacerdote Matatías y sus hijos. Los rebeldes, bajo el mando de Judas Macabeo iniciaron una campaña guerrillera que les llevó a conquistar Jerusalén, aunque la ciudadela continuó por algún tiempo  en manos griegas. De manera inmediata, se procedió a la purificación del templo, durante la cual el Talmud sitúa el milagro que dio origen a la fiesta de Januca.
Tras la muerte de Judas (160 a. C.), la dirección del movimiento pasó a sus hermanos Jonatán (160-142 a. C.) y Simón (142-134 a. C.), que gobernaron sucesivamente con el título de sumo sacerdote. Con ellos, aumentó la extensión del territorio liberado al tiempo que se emprendía una campaña diplomática que llevó a la firma de un tratado de alianza con Roma.  Finalmente, en el 142 a. C. los seléucidas reconocieron de hecho la independencia de Judea al renunciar a todo intento de cobro de tributos.
Tras el asesinato de Simón por su yerno Ptolomeo, quien de esta forma esperaba reemplazarle en el poder, uno de sus hijos (otros dos habían sido muertos junto a su padre), Juan Hircano, se proclamó sumo sacerdote. Con él se inicia la dinastía asmonea e Israel comienza a adquirir la fisonomía que tendrá al nacimiento de Jesús de Nazaret.




[1] JOSEFO, Flavio, Antigúedades de los judíos, XII, 5. El episodio aparece también narrado en II Macabeos 4, 7 ss., aunque aquí quien hace la petición no es Menelao, sino el sumo sacerdote Jasón. Obsérvese que ambos adoptaron nombres griegos.
[2] I y II de los Macabeos, así como Josefo, que posiblemente los utilizara como fuentes, relatan que colgaban a los niños del cuello de sus padres crucificados y que daban muerte a las madres que habían hecho circuncidar a sus hijos.

viernes, 15 de marzo de 2013

La renuncia del Papa en territorio kukama



P. Miguel Ángel Cadenas
P. Manolo Berjón                                         


“Ustedes saben que los gobernantes de las naciones actúan como dictadores
y los que ocupan cargos abusan de su autoridad.
Pero no será así entre ustedes.
Al contrario, el que entre ustedes quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes,
Y si alguno de ustedes quiere ser el primero entre ustedes, que se haga esclavo de todos”.
(Mt 20, 25-28)


Benedicto XVI ha dado su penúltima lección a los que tienen poder y se apegan a él hasta el último minuto. Hay quienes estando gravemente enfermos se han presentado a las elecciones y las han ganado, aunque ya no han podido jurar su cargo y se han muerto por el camino. Benedicto ha dicho: no. No quiero que otras personas gobiernen la Iglesia en mi nombre mientras yo estoy disminuyendo. Mejor elijan otro papa que les pueda gobernar y yo me dedico a rezar. Gran humildad, enorme valentía y una lección de desapego al poder digna de tener en cuenta. Bien podrían aprender todos esos tiranuelos que en el mundo son, han sido y serán.

Pero no todos opinan así. El poder es para ejercerlo hasta el final. Hay quienes van más lejos todavía y han visto en la renuncia una gran debilidad. Quienes así interpretan entienden la debilidad como algo negativo, no poder. No es la única manera de entender la debilidad. Para los cristianos, Dios se despoja de todo para ser gente como nosotros, adoptando la debilidad: kénosis en griego. Kénosis que termina en la exaltación de Jesús por parte de Dios.


© Parroquia Santa Rita de Castilla – Río Marañón // Grupo de Animadores Cristianos, marzo 2012

En el bajo Marañón los pentecostales han visto en la renuncia del papa debilidad como no poder. Para ellos ‘el papa ha sido vencido por el diablo’. Ya no merece la pena ser católico puesto que el papa ha renunciado, no tiene poder. Lo interesante de este planteamiento, sin fundamento bíblico, es lo que trasluce de pensamiento indígena.

Para los kukama el poder está relacionado con la fuerza y la debilidad es la ‘carencia de fuerza y de poder’. En pueblos tradicionalmente guerreros presentarse como débil implica apuntarse a perdedor. De ahí la importancia de la fuerza. Pero existen otras dos acepciones de debilidad que merecen la pena recogerse. La primera se traduce literalmente como ‘corazón no caliente’ para indicar falta de valentía, coraje. Y la segunda ‘no denso’, ‘no concentrado’, ‘no espeso’, o en positivo, licuado, diluido. Con este trasfondo es fácil imaginar que muchos kukama no entiendan el porqué de una decisión tan evangélica y valiente.

Las batallas que libran los indígenas no son únicamente contra el Estado o contra compañías petroleras, madereras y demás. También incluye una batalla cósmica. El mundo indígena está poblado de espíritus, algunos buenos y otros malos. Asociarse con los buenos espíritus es imprescindible para tener una vida buena. Pero no estamos ajenos a los ataques de los malos espíritus. Esta batalla cósmica la trasladan al cristianismo para, poniendo nombre al mal y al enemigo, luchar contra Satanás, el diablo, el demonio o como queramos denominarlo. En su haber, dándoles sostén, la cosmología bíblica también está poblada de ángeles y demonios. (Una cosmología bíblica que en ocasiones a los occidentales nos deja perplejos). En muchas de las predicaciones kukama pentecostales gran parte del tiempo se dedica al diablo como el enemigo. En ocasiones los católicos también somos catalogados como diablos y el papa es nuestro jefe. Pero en esta oportunidad el papa no es el diablo sino alguien débil que ha sido derrotado, que ha perdido su batalla contra el mal, contra el demonio. O dicho en palabras sencillas: ‘ha sido vencido por el diablo’. Por eso, para estos mismos pentecostales, ya no merece ser católico, son débiles, su papa se ha retirado, ha perdido la batalla contra el mal, contra Satanás.

Es interesante este planteamiento que está elaborado a partir de la experiencia del chamanismo. Un chamán débil fácilmente es vencido, sus seguidores le abandonarán. Le pueden matar o incluso aparcar como si fuera un trasto viejo. Los grandes chamanes, los buenos chamanes, no se retiran, ni capitulan, ni renuncian. Los grandes chamanes kukama no atraviesan la muerte, se van a vivir a las cochas para protegerlas. Un poderoso chamán trabajará con algún heredero al que habrá dejado su poder, mientras él se retira a la cocha. Siempre queda la explicación posible que él se retira y deja a uno en la comunidad con el que va a trabajar.

Benedicto XVI ha pronunciado su penúltima lección, no ha sido comprendida por todos, no solo entre los pueblos indígenas, al interior de la iglesia no ha faltado quien le ha tildado de ‘bajarse de la cruz’, pero nosotros somos de los que pensamos que ha dado un paso trascendental que bien mereciera la pena tenerse en cuenta por tantas personas que se atribuyen el cargo hasta la muerte, a veces por su ineptitud, en ocasiones por su afán desmesurado de poder.


P. Miguel Ángel Cadenas
P. Manolo Berjón                                         
Parroquia Santa Rita de Castilla  
Río Marañón