miércoles, 30 de abril de 2014

Él habita en la Iglesia

San León Magno

No hay duda, amadísimos hermanos, que el Hijo de Dios, habiendo tomado la naturaleza humana, se unió a ella tan íntimamente, que no sólo en aquel hombre que es el primogénito de toda creatura, sino también en todos sus santos, no hay más que un solo y único Cristo; y, del mismo modo que no puede separarse la cabeza de los miembros, así tampoco los miembros pueden separarse de la cabeza.
Aunque no pertenece a la vida presente, sino a la eterna, el que Dios sea todo en todos, sin embargo, ya ahora, él habita de manera inseparable en su templo, que es la Iglesia, tal como prometió él mismo con estas palabras: Mirad, yo estaré siempre con vosotros hasta  el fin del mundo.
Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó con miras a la reconciliación del mundo no sólo lo conocemos por el relato de sus hechos pretéritos, sino que también lo experimentamos por la eficacia de sus obras presentes.
Él mismo, nacido de la Virgen Madre por obra del Espíritu Santo, es quien fecunda con el mismo Espíritu a su Iglesia incontaminada, para que, mediante la regeneración bautismal, una multitud innumerable de hijos sea engendrada para Dios, de los cuales se afirma que traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios.
Es en él mismo en quien es bendecida la posteridad de Abraham por la adopción del mundo entero, y en quien el patriarca se convierte en padre de las naciones, cuando los hijos de la promesa nacen no de la carne, sino de la fe.
Él mismo es quien, sin exceptuar pueblo alguno, constituye, de cuantas naciones hay bajo el cielo, un solo rebaño de ovejas santas, cumpliendo así día tras día lo que antes había prometido: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor.
Aunque dijo a Pedro, en su calidad de jefe: Apacienta mis ovejas, en realidad es él solo, el Señor, quien dirige a todos los pastores en su ministerio; y a los que se acercan a la piedra espiritual él los alimenta con un pasto tan abundante y jugoso, que un número incontable de ovejas, fortalecidas por la abundancia de su amor, están dispuestas a morir por el nombre de su pastor, como él, el buen Pastor, se dignó dar la propia vida por sus ovejas.
Y no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo, por el hecho mismo de su regeneración, participan en sus sufrimientos.
Así es como celebramos de manera adecuada la Pascua del Señor, con ázimos de pureza y de verdad: cuando, rechazando la antigua levadura de maldad, la nueva creatura se embriaga y se alimenta del Señor en persona. La participación del cuerpo y de la sangre del Señor, en efecto, nos convierte en lo mismo que tomamos y hace que llevemos siempre en nosotros, en el espíritu y en la carne, a aquel junto con el cual hemos muerto, bajado al sepulcro y resucitado.

Sermones

martes, 29 de abril de 2014

Telefónica caníbal

Manolo Berjón
Miguel Ángel Cadenas

Santa Rosa de Urarinas es una comunidad kukama situada a orillas del río Marañón, en el distrito de Urarinas, provincia de Loreto. Tiene una población aproximada de 180 habitantes. Ha sido fundado hacia 1960. En un traslado posterior debido al barranco cambió su nombre por el de Flor de Oriente. Su ubicación actual data de 1997 y volvieron a recuperar su nombre tradicional con el preámbulo de nueva: Nueva Santa Rosa de Urarinas. Su colegio de primaria actual se creó en 1998, inicial en 2013 y primero de secundaria, como ampliación de la primaria, en 2014.

El año 2013 Telefónica comienza sus trabajos para conectar Iquitos con Internet de “banda ancha”. Para ello construye diversas torres en el Marañón y Huallaga que conecte Yurimaguas con Iquitos, y permita llevar la señal hasta la ciudad más importante de la selva peruana. De paso los que vivimos en la travesía de estas torres nos vamos a beneficiar de celular e Internet (siempre más lento que en la ciudad, claro está, que para eso están las asimetrías que remarcan diferencias).

Una de esas torres se sitúa en Urarinas. La ubicación de esta comunidad es media hora abajo, en bote, de Nueva Santa Rosa. Pero mientras Santa Rosa está ubicada en el mismo cauce grande (“madre”) del Marañón, Urarinas está situada en un caño (un brazo secundario del río) por haberse formado varias islas. En verano el nivel del río baja y con él se hacen inaccesibles algunos puntos que quedan en los caños. En ocasiones estos caños llegan a cerrarse, no pasa agua por ellos. Razón por la cual el acceso a Urarinas es dificultoso. Este es el motivo por el que Telefónica (o sus empresas satélites, subcontratistas que le dicen) eligen la comunidad de Nueva Santa Rosa de Urarinas como puerto principal donde descargar los materiales que van a utilizar en la torre.

Conversan con las autoridades de la comunidad y les ceden un terreno a cambio de que les den trabajo no cualificado en la obra. Todos contentos. 100 metros más arriba de la comunidad instalan su campamento y depositan los materiales necesarios. Para acarrear los materiales entre las dos comunidades construyen un camino que va por detrás de la comunidad de Nueva Santa Rosa de Urarinas. Un camino construido que atraviesa algunas chacras y purmas (chacras abandonadas para su autoregeneración). La empresa paga por transitar en este espacio. Pero a nuestro parecer precios irrisorios. Quien más ha percibido han sido S/. 600.00 porque el camino atravesaba su chacra. Lo normal es que en purma pagaban entre S/. 250.00 a S/. 300.00. No es que el precio del suelo deba ser como en Washington, Arequipa, Amsterdam o Piura, pero lo cierto es que ahora el terreno por donde transitaba la carretera es muy duro, se ha apelmazado, y no se puede trabajar. Vamos, que los tratos desiguales con las comunidades siempre benefician a los grandes. ¿Es así como acumula su riqueza Telefónica? Sugerimos mirar en la página web de Telefónica sus últimas ganancias publicadas.

Lo que produce risa es que ese camino apenas se llegó a utilizar. Al poco tiempo de concluir semejante vía, “una proeza de ingeniería civil”, se dejó de utilizar, por ser más económica y fácil la vía por el río. En definitiva, causar daño por gusto. A esto contribuyó que se tenía que construir la antena en meses de verano, cuando el río merma. Para eso era necesaria la carretera, puesto que el acceso por agua resultaba oneroso. Sin embargo, la obra se retrasó y dio comienzo cuando el Marañón iniciaba su crecida. Razón por la cual el camino quedó aparcado, el daño ya hecho, y la economía y la razón práctica impuso la vía fluvial como mejor acceso a Urarinas. Es decir, se calculan los gastos y se ve lo que es mejor para la empresa. Lo que le sucede a la comunidad no importa, no interesa, no está en el orden del día. Así se construye una transnacional.

Antena de Telefónica en la comunidad de Urarinas
© Parroquia Santa Rita de Castilla, abril 2014.

Todo iba bien hasta que se terminó el trabajo no cualificado y los varones de Nueva Santa Rosa de Urarinas se quedaron desocupados. Entonces se acordaron que el campamento de la empresa estaba en su comunidad y ya no eran contratados. Decidieron que la empresa les tenía que pagar un precio por ocupar su territorio. Un día le llamaron al “ingeniero” responsable de la obra y le comunicaron que les iban a cobrar un dinero por alquiler de su territorio. La empresa ofreció hasta S/. 8.000.00. La comunidad no estaba conforme, el presidente comunal pedía S/. 10.000.00. Cuando ya prácticamente estaban llegando a un acuerdo, el Teniente Gobernador interviene con una propuesta nueva: necesitamos S/. 15.000.00 para construir aulas para la secundaria. Ese es el precio de nuestro alquiler. El ingeniero llama a sus superiores (por teléfono satelital) y acuerdan el pago. Las cláusulas pueden verlas en la foto adjunta. Hasta que no se resuelva la situación la comunidad custodiará y retendrá los 56 tubos en el campamento de la comunidad.




BREVES ANOTACIONES

  1. La comunidad nativa de Nueva Santa Rosa de Urarinas está reconocida como comunidad indígena kukama.
  1. Si la comunidad no reclama no se le conceden sus derechos. Ya vemos la responsabilidad social. 
  1. Las condiciones de negociación de la comunidad no son equivalentes a las de Telefónica o sus empresas adláteres. Si la comunidad sólo pide trabajo, Telefónica no paga por utilizar el territorio de la comunidad. Se conforman con pagar al que trabaja (¿cuánto?), pero se olvidan de pagar los derechos de territorio de la comunidad. Les vendría bien un reforzamiento vitamínico para su débil cerebro.
  1. En el acta firmada aparece el siguiente rubro: “presentar a Telefónica el perfil y descripción del proyecto con el presupuesto a ejecutar en la obra del colegio secundaria” por parte de la comunidad. Como si la comunidad tuviera un ingeniero civil esperando la orden para hacer este trabajo. De nuevo la responsabilidad social de la empresa queda en entredicho, por mucho que se laven la cara con otros proyectos. “En verdad les digo: siempre que no lo hicieron con uno de estos más pequeños, ustedes dejaron de hacerlo conmigo” (Mt 25, 45).
  1. Felizmente se deslizó otro punto. Hasta que las partes no estén de acuerdo no se levantará acta de cierre. Pero se confía en que pase el tiempo, se enfríe todo y listo. ¿Preferirán perder sus 56 tubos?
Tubos retenidos en la comunidad de Nueva Santa Rosa de Urarinas.
© Parroquia Santa Rita de Castilla, abril 2014.

Los pueblos tupí, como el kukama, tienen como característica principal el canibalismo. Será interesante ver la apropiación de la antena por parte del pueblo kukama a medio plazo. Sin embargo, nos resulta simpático este mimetismo de Telefónica: fagocitar no a sus enemigos (como preconizan los pueblos tupí), sino a los sobrantes, los residuos, los desperdicios.

Nota: nos parece curiosa esta coincidencia de “el desperdicio” (citando a los obispos de Brasil en un documento de 2002), “sobrantes”, “desechos”, “cultura del descarte” en la encíclica del Papa Francisco, y Vidas desperdiciadas, libro de Zygmunt Bauman de 2004.

P. Miguel Ángel Cadenas     
P. Manolo Berjón
Parroquia Santa Rita de Castilla                              
Río Marañón                                                             




lunes, 28 de abril de 2014

Los alumbrados (y II)

Francisco Javier Bernad Morales

Las investigaciones iniciadas en 1519 conducen a que en septiembre de 1525 el inquisidor general Alonso Manrique publique un edicto en el que condena cuarenta y ocho proposiciones de los alumbrados, de algunas de las cuales afirma que tienen sabor luterano. Los procesos de los años siguientes descabezan el movimiento algunos de cuyos miembros, como López de Celaín o  Ruiz de Alcaraz terminan en la hoguera. María Cazalla, tras sufrir tormento, escapa con una pena leve: tras dos años de reclusión, una multa de cien ducados, cantidad, por cierto, bastante elevada para la época; en tanto que Isabel de la Cruz se ve sometida a prisión perpetua. Más adelante, en 1559, el doctor Agustín Cazalla, sobrino de María, que durante algún tiempo había sido capellán de Carlos V, fue condenado a la hoguera[1], acusado de haber creado un conventículo luterano en Valladolid. Igual suerte corrieron tres de sus hermanos, Francisco, Beatriz y Pedro, en tanto que otros dos sufrieron reclusión de por  vida; todos ellos, como seguidores de Agustín. En cuanto a la madre que había traído al mundo tales hijos, sus restos fueron desenterrados y quemados. Incluso la casa familiar fue derribada[2] y el solar sembrado de sal. En un extremo se fijó una inscripción que recordaba para perpetua ignominia que allí se habían reunido los herejes.

Hacia 1576, la Inquisición, por denuncias del dominico Fr. Alonso de la Fuente, inició una actuación contra un foco alumbrado en la localidad extremeña de Llerena. En esta ocasión, los principales acusados fueron ocho clérigos regulares. A diferencia de lo ocurrido cincuenta años atrás en que solo se trató de errores doctrinales, ahora a estos se les unió la tacha de inmoralidad. Al parecer, si hemos de dar crédito a las actas del proceso, los sacerdotes encausados no solo rechazaban los ritos y ceremonias, sino que sostenían que una vez alcanzada la unión del alma con Dios, ya no es posible cometer pecados, por lo que se sentían autorizados a todo tipo de excesos incluidos los sexuales, para los cuales se habrían rodeado de un amplio grupo de beatas a las que seducían mediante sus prédicas acerca de la salvación. Los miembros de este grupo fueron condenados en un auto de fe celebrado en 1579.

Aún en 1624, en Sevilla fue condenado el sacerdote Francisco Méndez, quien dirigía una casa de beatas y atrajo a muchas otras mujeres, incluidas algunas de la nobleza como la marquesa de Tarifa y la condesa de Palma. Un año antes, el inquisidor general Andrés Pacheco había creído necesario publicar un nuevo edicto contra los alumbrados. En él llamaba a la delación de quienes sostuvieran determinadas proposiciones de las que citaré algunas tal como las recoge Menéndez Pelayo[3]:

-Que la oración mental es de precepto divino y que con ella se cumple lo demás.
-Que no se ha de obedecer a prelado, padre ni superior en cuanto mandaren cosa que estorbe la contemplación.
-Que ciertos ardores, temblores y desmayos que padecen son estar en gracia y tener al Espíritu Santo y que los perfectos no tienen necesidad de hacer obras vituosas.
-Que habiendo llegado a cierto punto de perfección, no se deben ver imágenes santas ni oír sermones, ni obliga en tal estado el precepto de oír misa.
-Que es vana la intercesión de los santos.





[1] Agustín Cazalla aceptó retractarse de sus errores, por lo que obtuvo la merced de ser estrangulado antes de que su cuerpo fuera echado a la hoguera.
[2] Menéndez Pelayo recoge la lista de todos los condenados en el auto de fe de Valladolid del 21 de mayo de 1559.  En total son veinticinco, de los cuales, nueve, entre ellos un judaizante, lo fueron a la hoguera. MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles, vol I, p. 1071-1073.
[3] Ibidem. Vol. II, p. 201.

sábado, 26 de abril de 2014

Adsumus

Hoy celebramos en la Iglesia la festividad de San Isidoro de Sevilla. Por este motivo presentamos una de sus más famosas oraciones.

jueves, 24 de abril de 2014

Conversión de San Agustín

En el día de hoy celebramos la festividad de la Conversión de San Agustín en la familia agustiniana. Por este motivo, presentamos una excelente catequesis de Benedicto XVI, publicada en febrero de 2008, sobre la figura del santo de Hipona, en particular sobre su experiencia interior de conversión.

Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:
Con el encuentro de hoy quiero concluir la presentación de la figura de san Agustín. Después de comentar su vida, sus obras, y algunos aspectos de su pensamiento, hoy quiero volver a hablar de su experiencia interior, que hizo de él uno de los más grandes convertidos de la historia cristiana. A esta experiencia dediqué en particular mi reflexión durante la peregrinación que realicé a Pavía, el año pasado, para venerar los restos mortales de este Padre de la Iglesia. De ese modo le expresé el homenaje de toda la Iglesia católica, y al mismo tiempo manifesté mi personal devoción y reconocimiento con respecto a una figura a la que me siento muy unido por el influjo que ha tenido en mi vida de teólogo, de sacerdote y de pastor.
Todavía hoy es posible revivir la historia de san Agustín sobre todo gracias a las Confesiones, escritas para alabanza de Dios, que constituyen el origen de una de las formas literarias más específicas de Occidente, la autobiografía, es decir, la expresión personal de la propia conciencia. Pues bien, cualquiera que se acerque a este extraordinario y fascinante libro, muy leído todavía hoy, fácilmente se da cuenta de que la conversión de san Agustín no fue repentina ni se realizó plenamente desde el inicio, sino que puede definirse más bien como un auténtico camino, que sigue siendo un modelo para cada uno de nosotros.
Ciertamente, este itinerario culminó con la conversión y después con el bautismo, pero no se concluyó en aquella Vigilia pascual del año 387, cuando en Milán el retórico africano fue bautizado por el obispo san Ambrosio. El camino de conversión de san Agustín continuó humildemente hasta el final de su vida, y se puede decir con verdad que sus diferentes etapas —se pueden distinguir fácilmente tres— son una única y gran conversión.
San Agustín buscó apasionadamente la verdad: lo hizo desde el inicio y después durante toda su vida. La primera etapa en su camino de conversión se realizó precisamente en el acercamiento progresivo al cristianismo. En realidad, había recibido de su madre, santa Mónica, a la que siempre estuvo muy unido, una educación cristiana y, a pesar de que en su juventud había llevado una vida desordenada, siempre sintió una profunda atracción por Cristo, habiendo bebido con la leche materna, como él mismo subraya (cf. Confesiones, III, 4, 8), el amor al nombre del Señor.
Pero también la filosofía, sobre todo la platónica, había contribuido a acercarlo más a Cristo, manifestándole la existencia del Logos, la razón creadora. Los libros de los filósofos le indicaban que existe la razón, de la que procede todo el mundo, pero no le decían cómo alcanzar este Logos, que parecía tan lejano. Sólo la lectura de las cartas de san Pablo, en la fe de la Iglesia católica, le reveló plenamente la verdad. San Agustín sintetizó esta experiencia en una de las páginas más famosas de las Confesiones: cuenta que, en el tormento de sus reflexiones, habiéndose retirado a un jardín, escuchó de repente una voz infantil que repetía una cantilena que nunca antes había escuchado: «tolle, lege; tolle, lege», «toma, lee; toma, lee» (VIII, 12, 29). Entonces se acordó de la conversión de san Antonio, padre del monaquismo, y solícitamente volvió a tomar el códice de san Pablo que poco antes tenía en sus manos: lo abrió y la mirada se fijó en el pasaje de la carta a los Romanos donde el Apóstol exhorta a abandonar las obras de la carne y a revestirse de Cristo (Rm13, 13-14).
Había comprendido que esas palabras, en aquel momento, se dirigían personalmente a él, procedían de Dios a través del Apóstol y le indicaban qué debía hacer en ese momento. Así sintió cómo se disipaban las tinieblas de la duda y quedaba libre para entregarse totalmente a Cristo: «Habías convertido a ti mi ser», comenta (Confesiones, VIII, 12, 30). Esta fue la conversión primera y decisiva.
El retórico africano llegó a esta etapa fundamental de su largo camino gracias a su pasión por el hombre y por la verdad, pasión que lo llevó a buscar a Dios, grande e inaccesible. La fe en Cristo le hizo comprender que en realidad Dios no estaba tan lejos como parecía. Se había hecho cercano a nosotros, convirtiéndose en uno de nosotros. En este sentido, la fe en Cristo llevó a cumplimiento la larga búsqueda de san Agustín en el camino de la verdad. Sólo un Dios que se ha hecho «tocable», uno de nosotros, era realmente un Dios al que se podía rezar, por el cual y en el cual se podía vivir.
Es un camino que hay que recorrer con valentía y al mismo tiempo con humildad, abiertos a una purificación permanente, que todos necesitamos siempre. Pero, como hemos dicho, el camino de san Agustín no había concluido con aquella Vigilia pascual del año 387. Al regresar a África, fundó un pequeño monasterio y se retiró a él, junto a unos pocos amigos, para dedicarse a la vida contemplativa y al estudio. Este era el sueño de su vida. Ahora estaba llamado a vivir totalmente para la verdad, con la verdad, en la amistad de Cristo, que es la verdad. Un hermoso sueño que duró tres años, hasta que, contra su voluntad, fue consagrado sacerdote en Hipona y destinado a servir a los fieles. Ciertamente siguió viviendo con Cristo y por Cristo, pero al servicio de todos. Esto le resultaba muy difícil, pero desde el inicio comprendió que sólo podía realmente vivir con Cristo y por Cristo viviendo para los demás, y no simplemente para su contemplación privada.
Así, renunciando a una vida consagrada sólo a la meditación, san Agustín aprendió, a menudo con dificultad, a poner a disposición el fruto de su inteligencia para beneficio de los demás. Aprendió a comunicar su fe a la gente sencilla y a vivir así para ella en aquella ciudad que se convirtió en su ciudad, desempeñando incansablemente una actividad generosa y pesada, que describe con estas palabras en uno de sus bellísimos sermones: «Continuamente predicar, discutir, reprender, edificar, estar a disposición de todos, es una gran carga y un gran peso, una enorme fatiga» (Serm. 339, 4). Pero cargó con este peso, comprendiendo que precisamente así podía estar más cerca de Cristo. Su segunda conversión consistió en comprender que se llega a los demás con sencillez y humildad.
Pero hay una última etapa en el camino de san Agustín, una tercera conversión: la que lo llevó a pedir perdón a Dios cada día de su vida. Al inicio, había pensado que una vez bautizado, en la vida de comunión con Cristo, en los sacramentos, en la celebración de la Eucaristía, iba a llegar a la vida propuesta en el Sermón de la montaña: a la perfección donada en el bautismo y reconfirmada en la Eucaristía. En la última parte de su vida comprendió que no era verdad lo que había dicho en sus primeras predicaciones sobre el Sermón de la montaña: es decir, que nosotros, como cristianos, vivimos ahora permanentemente este ideal. Sólo Cristo mismo realiza verdadera y completamente el Sermón de la montaña. Nosotros siempre tenemos necesidad de ser lavados por Cristo, que nos lava los pies, y de ser renovados por él. Tenemos necesidad de una conversión permanente. Hasta el final necesitamos esta humildad que reconoce que somos pecadores en camino, hasta que el Señor nos da la mano definitivamente y nos introduce en la vida eterna. San Agustín murió con esta última actitud de humildad, vivida día tras día.
Esta actitud de humildad profunda ante el único Señor Jesús lo introdujo en la experiencia de una humildad también intelectual. San Agustín, que es una de las figuras más grandes en la historia del pensamiento, en los últimos años de su vida quiso someter a un lúcido examen crítico sus numerosísimas obras. Surgieron así las Retractationes («Revisiones»), que de este modo introducen su pensamiento teológico, verdaderamente grande, en la fe humilde y santa de aquella a la que llama sencillamente con el nombre de Catholica, es decir, la Iglesia. «He comprendido —escribe precisamente en este originalísimo libro (I, 19, 1-3)— que uno sólo es verdaderamente perfecto y que las palabras del Sermón de la montaña sólo se realizan totalmente en uno solo: en Jesucristo mismo. Toda la Iglesia, por el contrario —todos nosotros, incluidos los Apóstoles—, debemos rezar cada día: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
San Agustín, convertido a Cristo, que es verdad y amor, lo siguió durante toda la vida y se transformó en un modelo para todo ser humano, para todos nosotros, en la búsqueda de Dios. Por eso quise concluir mi peregrinación a Pavía volviendo a entregar espiritualmente a la Iglesia y al mundo, ante la tumba de este gran enamorado de Dios, mi primera encíclica, Deus caritas est, la cual, en efecto, debe mucho, sobre todo en su primera parte, al pensamiento de san Agustín.
También hoy, como en su época, la humanidad necesita conocer y sobre todo vivir esta realidad fundamental: Dios es amor y el encuentro con él es la única respuesta a las inquietudes del corazón humano, un corazón en el que vive la esperanza —quizá todavía oscura e inconsciente en muchos de nuestros contemporáneos—, pero que para nosotros los cristianos abre ya hoy al futuro, hasta el punto de que san Pablo escribió que «en esperanza fuimos salvados» (Rm 8, 24). A la esperanza he dedicado mi segunda encíclica, Spe salvi, la cual también debe mucho a san Agustín y a su encuentro con Dios.

En un escrito sumamente hermoso, san Agustín define la oración como expresión del deseo y afirma que Dios responde ensanchando hacia él nuestro corazón. Por nuestra parte, debemos purificar nuestros deseos y nuestras esperanzas para acoger la dulzura de Dios (cf. In I Ioannis, 4, 6). Sólo ella nos salva, abriéndonos también a los demás. Pidamos, por tanto, para que en nuestra vida se nos conceda cada día seguir el ejemplo de este gran convertido, encontrando como él en cada momento de nuestra vida al Señor Jesús, el único que nos salva, nos purifica y nos da la verdadera alegría, la verdadera vida.

martes, 22 de abril de 2014

El pelo

Manolo Berjón
Miguel Ángel Cadenas

Para Juanita, una niña de trece años a quien le cortaron el pelo,
(contra su voluntad). Es poco probable que Juanita lea este artículo.
 Con cariño y admiración

“Lo primero que hicieron fue cortarme el pelo. No me preguntaron, ni siquiera me dieron tiempo. Me lo dijeron y a continuación me cortaron el pelo”. Esta podría ser una versión de Juanita, con algunas variantes que no vienen al caso. Quienes lo hicieron pensaron que era lo mejor, así está mandado. En un lugar con muchas niñas la higiene personal es muy importante. El corte de pelo, como medida cautelar, evita muchos malos entendidos, además de asegurar que no haya piojos.

Juanita es una niña del río Marañón a quien su madre pretende dar mejores oportunidades en la vida. Para ello ha tenido que ir a la ciudad a comenzar sus estudios de secundaria. Y, sin pretenderlo, ya se encontró con las primeras sorpresas. Ha tenido que renunciar a su pelo, entre otras cosas. Todo podría ser normal si no fuera porque Juanita es una niña kukama, para quien el pelo vehicula significados ligados a la belleza, la sabiduría indígena y las relaciones entre mujeres, entre otros. Pero vayamos por partes.

© Parroquia Santa Rita de Castilla, 2014

Cuentan que la sirena tiene un pelo largo y bonito, que nunca se corta. Dicen de ella que puede cautivar y enamorar a los mejores pescadores y llevarlos a vivir con ella dentro del agua. En su pelo navegan los peces, son sus piojos. Este vínculo estrecho entre pelo de la sirena y piojos es lo que fundamenta la práctica social, como veremos. La sirena es su madre. Los cuida, los alimenta y los va guiando por el camino de la vida (del río). Estamos en el terreno mítico, ese que fundamenta, sostiene y soporta los quehaceres de la vida diaria. Una sirena sin pelo o con el pelo corto deja de ser una sirena, pierde su especificidad.

Es frecuente ver a las mujeres mayores con el pelo largo. Habitualmente lo llevan recogido en forma de moño, pero también lo pueden llevar en forma de cola enroscado como una boa o trenzado de diferentes maneras, colgado sobre su espalda. El pelo es un motivo de orgullo. Siempre lo tienen bien cuidado. Las muchachas, después de bañarse, en horas de la tarde, con el pelo largo y suelto, se pasean por el pueblo siendo admiradas por los chicos y los hombres, y objeto de comentarios del resto de mujeres. Un pelo largo y suelto es la admiración de la población local.

© Parroquia Santa Rita de Castilla, 2014

Para mayor comodidad, durante el día, las niñas, señoritas y señoras enroscan el pelo en diferentes tipos de moños o en forma de cola o coleta. Es tiempo de trabajar. En la tarde, en el momento de pasear, de visitar a los parientes o amigos, de salir a dar una vuelta por el pueblo es cuando se puede disfrutar de diferentes peinados que levantan todo tipo de comentarios.

Si la sirena tiene al pescado como su piojo, las mujeres, sobre todo adultas, pero también madres con sus hijas pequeñas y adolescentes, acostumbran a “buscar piojo” en la cabeza de una mujer pariente o con quien se mantiene relación de vecindad o amistad. No se le “busca piojo” a un extraño. “Buscar piojo” es una forma de relación de familiaridad entre mujeres, de ternura, afecto y cariño. Una oportunidad de aprender unas de otras y un espacio de intimidad donde se cuentan confidencias y las cosas importantes de la vida. Quien imagina este hecho como una falta de higiene está proyectando sobre esta actividad su propia interpretación, y cae presa del etnocentrismo. Encontrar un piojo y comerlo, o al menos masticarlo con los dientes, es la posibilidad de que una mujer le conceda su conocimiento a quien le ha encontrado el piojo. El piojo, por tanto, no es algo negativo, es la posibilidad de adquirir conocimiento de alguien cercano, alguien que me regala algo suyo.

© Parroquia Santa Rita de Castilla, 2014

Cortar el pelo a una niña ataca el sentido de belleza de los pueblos indígenas, no permite identificarse con seres míticos tan importantes como la sirena y corta abruptamente las relaciones sociales de intimidad entre mujeres. Antes de realizar este tipo de prácticas haríamos bien en preguntarnos lo que significa el pelo para la otra persona, normalmente un ser dependiente que tiene que obedecer. ¿Permitiríamos nosotros que interrumpieran (por no decir cortaran) la relación que mantenemos con nuestra cultura?

Es frecuente que la buena intención termine por dañar la relación con otras personas. Puede ocurrir que sea una imposición de los criterios personales sobre aquellos que están bajo nuestra responsabilidad. El poder se ejerce, habitualmente, de forma muy sutil, pero no por eso menos eficaz. Cuando la imposición se hace intolerable el sufrimiento causado es injusto e inmoral. Estos comportamientos, que suelen ser inconscientes, son causa, fuente y origen de resentimiento. En lugar de ayudar a una vida más digna, provocan rechazo. La historia está plagada de estos malos entendidos.

© Parroquia Santa Rita de Castilla, 2014

Una anécdota para concluir. Estábamos en un curso de mujeres, y uno de nosotros se acercó para que le mirasen la cabeza. El asombro y las risas no se hicieron esperar. Una de las mujeres aceptó el reto. Nos hicieron sentar y comenzó a separar el pelo para observar si tenía algún piojo. La expectación era máxima, todas las mujeres se arremolinaron a nuestro lado. Después de unos segundos la mujer separó violentamente mi cabeza con sus manos y exclamó llena de risa: “ni siquiera tiene piojo”. Fue el comentario del día.

NOTA

Una forma lúdica y desenvuelta de luchar contra la discriminación reinante es organizar un concurso de peinados kukama en una ciudad como Nauta, Loreto. Seguro que radio Ucamara estaría deseosa de que alguien colabore con ellos en esta tarea. Se buscan patrocinadores del evento. Darle cobertura, apoyo a través de actrices de renombre, un buen reportaje fotográfico… podría ser una forma muy eficaz de luchar contra esa lacra social denominada racismo. Los pueblos indígenas merecen respeto, admiración, apoyo y diversión. Las risas que causaría sería una forma sutil pero eficaz de levantar la estima social de este pueblo indígena tan vituperado. Un posible eslogan para la campaña podría ser: “Un peinado kukama en tu cabeza”. Ahora que se acerca el aniversario de la ciudad de Nauta sería un tiempo oportuno (kairós). Pero cualquier tiempo puede ser kairós, el tiempo de Dios.

© Parroquia Santa Rita de Castilla, 2014

P. Miguel Ángel Cadenas                                                           
P. Manolo Berjón
Parroquia Santa Rita de Castilla                               
Río Marañón






lunes, 21 de abril de 2014

Los alumbrados (I)

Francisco Javier Bernad Morales

Con los nombres de alumbrados o dejados se conoce a diversos grupos cristianos que en la Castilla del siglo XVI se orientaron hacia una devoción íntima de carácter místico. Hay que reseñar que en gran parte procedían de familias judeoconversas[1] y que entre ellos fue muy destacada la presencia de mujeres. No se les puede considerar una secta, ya que, por un lado, no se detecta unidad doctrinal, aunque sí amplias coincidencias, y, por otro, falta toda estructura organizativa. Son núcleos dispersos que se reúnen en torno a un dirigente espiritual, a menudo una beata, quien les guía en el camino del recogimiento. Es este un proceso en el que los sentidos se orientan hacia el interior y la mente se vacía de todo pensamiento, hasta llegar a un estado de quietud en que el alma se siente penetrada por el amor de Dios. A partir de ahí, el devoto debe simplemente abandonarse y dejar que Dios obre en él. Ese es el único camino de salvación. En consecuencia, se rechazan las formas externas de devoción, tales como procesiones, culto a las imágenes, oración vocal o penitencia. Por su parte, las buenas obras no constituyen un mérito de quien las realiza, sino que son el fruto de ese actuar de Dios.

Estas ideas de los alumbrados presentan puntos de contacto con el erasmismo y el luteranismo, aunque parece poco probable que se pueda establecer una filiación directa. Más bien parece que unos y otros beben en la fuente común de la devotio moderna y alcanzan conclusiones en ciertos aspectos similares.

Hacia 1520, momento en que la Inquisición comienza a recibir denuncias contra ellos, su presencia es notoria en Guadalajara y en Escalona. En ambos lugares forman grupos muy ligados a familias de la más alta nobleza castellana: en el primero, los Mendoza, duques del Infantado, y en el segundo, los Pacheco, marqueses de Villena. Se reúnen a menudo en sus palacios donde gozan de apoyo y protección, pero no acaban aquí sus relaciones con la aristocracia. También don Fadrique Enríquez, Almirante de Castilla, siente fascinación por las formas íntimas de piedad preconizadas por los alumbrados. Estos asimismo están presentes en Valladolid, donde Francisca Hernández ejerce una suerte de magisterio sobre algunos clérigos jóvenes, entre ellos Bernardino Tovar, hermano de Juan de Vergara[2]. Isabel de la Cruz, religiosa de la tercera orden franciscana, goza por su parte de una gran influencia en Guadalajara, donde pronto destaca entre sus seguidoras María Cazalla, hermana del obispo sufragáneo de Ávila.



[1] Señala Bataillon que todos los alumbrados cuyos orígenes son conocidos, de los que ofrece una larga lista, pertenecían a familias conversas. BATAILLON, Marcel, El erasmismo en España, Madrid, FCE, 1983, p. 180. Entre los citados en este artículo y el que seguirá, ese era el caso de los Cazalla, de Isabel de la Cruz, de Bernardino Tovar y de Ruiz de Alcaraz.
[2] En un artículo anterior me ocupé del erasmista Juan de Vergara y del papel que en su apresamiento tuvo el empeño puesto en defender a su medio hermano Bernardino Tovar, procesado por la Inquisición. 

sábado, 19 de abril de 2014

La angustia de una ausencia

Cardenal Ratzinger

Presentamos una meditación del cardenal Ratzinger, escrita en 2006, sobre el silencio de Dios, experimentado el día de Sábado Santo, y la urgencia de un rayo de luz pascual en nuestra vida.

La afirmación de la muerte de Dios resuena, cada vez con más fuerza, a lo largo de nuestra época. En primer lugar aparece en Jean Paul, como una simple pesadilla. Jesús muerto proclama a los muertos desde el techo del mundo que en su viaje al más allá no ha encontrado nada: ningún cielo, ningún dios remunerador, sino sólo la nada infinita, el silencio de un vacío absoluto. Pero se trata simplemente de un sueño molesto, que alejamos suspirando al despertarnos, aunque la angustia sufrida sigue preocupándonos en el fondo del alma, sin deseos de retirarse. Cien años más tarde es Nietzsche quien, con seriedad mortal, anuncia con un estridente grito de espanto: «¡Dios ha muerto! ¡Sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos asesinado!». Cincuenta años después se habla ya del asunto con una serenidad casi académica y se comienza a construir una «teología después de la muerte de Dios», que progresa y anima al hombre a ocupar el puesto abandonado por Dios.
El impresionante misterio del sábado santo, su abismo de silencio, ha adquirido, pues, en nuestra época un tremendo realismo. Porque esto es el sábado santo: el día en que Dios se oculta, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras «descendió a los infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un fanatismo. Ningún Dios ha salvado a este Jesús que se llamaba su hijo. Podemos estar tranquilos; los hombres sensatos, que al principio estaban un poco preocupados por lo que pudiese suceder, llevaban razón.
Sábado santo, día de la sepultura de Dios. ¿No es éste, de forma especialmente trágica, nuestro día? ¿No comienza a convertirse nuestro siglo en un gran sábado santo, en un día de la ausencia de Dios, en el que incluso a los discípulos se les produce un gélido vacío en el corazón y por este motivo se disponen a volver a su casa avergonzados y angustiados, sumidos en la tristeza y la apatía por la falta de esperanza mientras marchan a Emaús, sin advertir que aquél a quien creen muerto se halla entre ellos?
Dios ha muerto y nosotros lo hemos asesinado. ¿Nos hemos dado realmente cuenta de que esta frase está tomada casi literalmente de la tradición cristiana, de que hemos rezado con frecuencia algo parecido en el vía crucis, sin penetrar en la terrible seriedad y en la trágica realidad de lo que decíamos? Lo hemos asesinado cuando lo encerrábamos en el edificio de ideologías y costumbres anticuadas, cuando lo desterrábamos a una piedad irreal y a frases de devocionarios, convirtiéndolo en una pieza de museo arqueológico; lo hemos asesinado con la duplicidad de nuestra vida, que lo oscurece a él mismo, porque, ¿qué puede hacer más discutible en este mundo la idea de Dios que la fe y la caridad tan discutibles de sus creyentes?
La tiniebla divina de este día, de este siglo, que se convierte cada vez más en un sábado santo, habla a nuestras conciencias. Se refiere también a nosotros. Pero, a pesar de todo, tiene en sí algo consolador. Porque la muerte de Dios en Jesucristo es, al mismo tiempo, expresión de su radical solidaridad con nosotros. El misterio más oscuro de la fe es, simultáneamente, la señal más brillante de una esperanza sin fronteras. Todavía más: a través del naufragio del viernes santo, a través del silencio mortal del sábado santo, pudieron comprender los discípulos quién era Jesús realmente y qué significaba verdaderamente su mensaje. Dios debió morir por ellos para poder vivir de verdad en ellos. La imagen que se habían formado de él, en la que intentaban introducirlo, debía ser destrozada para que a través de las ruinas de la casa deshecha pudiesen contemplar el cielo y verlo a él mismo, que sigue siendo la infinita grandeza. Necesitamos las tinieblas de Dios, necesitamos el silencio de Dios para experimentar de nuevo el abismo de su grandeza, el abismo de nuestra nada, que se abriría ante nosotros si él no existiese.
Hay en el evangelio una escena que anticipa de forma admirable el silencio del sábado santo y que, al mismo tiempo, parece como un retrato de nuestro momento histórico. Cristo duerme en un bote, que está a punto de zozobrar asaltado por la tormenta. El profeta Elías había indicado en una ocasión a los sacerdotes de Baal, que clamaban inútilmente a su dios pidiendo un fuego que consumiese los sacrificios, que probablemente su dios estaba dormido y era conveniente gritar con más fuerza para despertarle. ¿Pero no duerme Dios en realidad? La voz del profeta ¿no se refiere, en definitiva, a los creyentes del Dios de Israel que navegan con él en un bote zozobrante? Dios duerme mientras sus cosas están a punto de hundirse: ¿no es ésta la experiencia de nuestra propia vida? ¿No se asemejan la Iglesia y la fe a un pequeño bote que naufraga y que lucha inútilmente contra el viento y las olas mientras Dios está ausente? Los discípulos, desesperados, sacuden al Señor y le gritan que despierte; pero él parece asombrarse y les reprocha su escasa fe. ¿No nos ocurre a nosotros lo mismo? Cuando pase la tormenta reconoceremos qué absurda era nuestra falta de fe.

Y, sin embargo, Señor, no podemos hacer otra cosa que sacudirte a ti, el Dios silencioso y durmiente, y gritarte: ¡despierta! ¿no ves que nos hundimos? Despierta, haz que las tinieblas del sábado santo no sean eternas, envía un rayo de tu luz pascual a nuestros días, ven con nosotros cuando marchemos desesperanzados hacia Emaús, que nuestro corazón arda con tu cercanía. Tú que ocultamente preparaste los caminos de Israel para hacerte al final hombre como nosotros, no nos abandones en la oscuridad, no dejes que tu palabra se diluya en medio de la charlatanería de nuestra época. Señor, ayúdanos, porque sin ti pereceríamos.

viernes, 18 de abril de 2014

Vía Crucis con las familias

El Vía Crucis es una antigua devoción de la Iglesia Católica, consistente en meditar sobre los misterios dolorosos de Cristo, mientras se recorren catorce estaciones, cada una de las cuales se refiere a un episodio de la Pasión. 

Hoy, Viernes Santo, proponemos la lectura de un Vía Crucis destinado especialmente a las familias y elaborado por un miembro de nuestra parroquia. Dada su extensión, no incluimos el texto en esta entrada, sino un enlace a un archivo PDF. 

Vía Crucis con las familias

miércoles, 16 de abril de 2014

Cristo dio su vida por nosotros

San Agustín

El Señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos, amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.
Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Si te sientas a comer en la mesa de un señor, mira con atención lo que te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar con atención lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante. Por esto, al reunimos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.
Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre. Él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vida, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.
Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.

De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan



lunes, 14 de abril de 2014

Hidrovía amazónica. Aproximación desde un mito kukama

P. Manolo Berjón
P. Miguel Ángel Cadenas


El Estado peruano a través de Proinversión está haciendo lo posible por convertir los ríos amazónicos en hidrovías que permitan una ‘mejor navegabilidad’, ¿para quién? Una ciudad como Iquitos está prácticamente incomunicada, a no ser por aire. No llegan carreteras y los viajes en lancha son interminables. Si añadimos que en los estiajes de los ríos algunos tramos se hacen innavegables, tenemos todos los ingredientes para pensar en alternativas y soluciones a estas limitaciones. Comprendiendo estas razones, en este escrito abogamos por tener más paciencia e incluir a las poblaciones indígenas que, pese a afectarles de lleno este tipo de proyectos, no has sido consultadas. Detrás permanece agazapado el proyecto IIRSA (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramenicana), con un fuerte corolario carioca.

Los mitos

Los mitos tienen fuerza, son poderosos. Configuran la realidad y nos orientan en la vida. Nos proporcionan seguridad y pautas de conducta. Son capaces de vertebrar la existencia. Pueden pasar desapercibidos, pero no por eso dejan de influir en nuestra cotidianeidad. En definitiva, la vida humana no es posible sin mitos. Quienes consideran los mitos como ‘verdades a medias’ se ven incapacitados por comprender su potencial. Para ellos son narraciones de pueblos menos desarrollados que pertenecen a un mundo ya superado. Esta es una visión demasiado obtusa. Los mitos expresan verdades que no se pueden enunciar de otra manera, de ahí su importancia. Verdades en lenguaje poético para poder abarcar toda la realidad, no únicamente lo descrito por el cientismo. El mito da qué pensar, engloba la realidad y la expresa narrativamente. Los mitos no son cosa de los otros, los extraños. Occidente también posee sus mitos poderosos. Ahí está la idea de progreso (casi siempre unidireccional), difícil de cuestionar, si uno no desea ser considerado un ejemplar de un mundo ya extinto. La realización personal es otro de los mitos sin el cual ya no podemos comprender nuestra vida. Por poner solo dos ejemplos.

Algunos mitos están consignados en escritura. En el libro del Génesis tenemos mitos de la talla del diluvio o la torre de Babel, por seguir nada más que con dos ejemplos. Son embargo, muchos mitos continúan siendo orales. Se transmiten de generación en generación y poseen un valor cohesionador. Estas narraciones orales convierten al narrador en un actualizador del mito: alguien que: sumergiéndose en la corriente de la tradición, la renueva y amolda a las circunstancias actuales. Por eso no tenemos una única versión, sino tantas como narradores. Cada versión responde a los deseos, aspiraciones, intereses, convenciones sociales… del narrador y su contexto social. Esto no lo hace menos interesante, al contrario, sitúa el mito en el presente. Incluso si el narrador es la misma persona en diferentes períodos de tiempo también se producen reajustes y adaptaciones dependiendo del auditorio y el momento en que se narra. Las narraciones no son ajenas a los aconteceres históricos, están insertas en ellos. No puede ser de otro modo. Es esta elasticidad la que lo convierte en significativo en ese momento, en ese contexto y para ese auditorio.

Vamos a considerar un mito. Uno de esos mitos panamazónicos cuyo poder continúa abarcando la realidad. Los yagua, los urarina y los huaroani, entre otros muchos pueblos amazónicos, consideran a la lupuna (Ceiba pentandra) como un árbol mítico fundamental. Acá nos centraremos en la versión kukama-kukamiria, pueblo del tronco ligüístico tupí-guaraní que habita los cursos bajos de los ríos Huallaga, Marañón y Ucayali (Reserva Nacional Pacaya Samiria), Nanay y parte de las periferias de ciudades como Iquitos, Yurimaguas y Pucallpa. No queremos olvidar la fuerte migración que se está produciendo en los últimos años a Lima, por parte de los jóvenes en busca de trabajos poco cualificados, en pos del boom económico peruano. También existe un pequeño núcleo kukama en Brasil y otro en Colombia. Los estudiosos no se ponen de acuerdo en cuantos a su población. Hay quien estipula una población de 10 000 individuos y quien lo aumenta hasta los 100 000. Los criterios de valoración de unos y otros siempre son ocultados y dispares.

La lupuna es el árbol más grande de la selva. Puede alcanzar los sesenta – setenta metros de altura y su grosor puede sobrepasar los tres metros. Sirve de albergue y alimentación de muchas especies, entre otras el añuje y la carachupa. Su hábitat son los ‘bajiales’. Es conocido por su fuerza y potencia. En la actualidad se utiliza en la industria maderera para elaborar triplay. Esta descripción, con ser precisa y real, no refleja toda la realidad, ni el sentir de los pueblos amazónicos sobre este potente árbol. Un personaje tan importante como el Chullachaqui, dueño de la selva, habita en él. La soga de la lupuna es considerada su hamaca. Algunos chamanes aprenden conocimientos de la lupuna y es considerado un ‘palo brujo’ para hacer daño. Por su tamaño inmenso es tratado como ‘abuelo’.

La lupuna

Para nuestro propósito sirve una versión simplificada del mito. Dice así: una mujer estaba llorando por falta de agua. Junto a ella permanecían la pinsha o tucán y el pájaro carpintero. La pinsha, rival del carpintero, no quiso darle agua porque se veía muy feo. El carpintero, en cambio, quiso hacer feliz a la mujer. Por esta razón comenzó a picar en la cepa de la lupuna. Al derribar a la lupuna brotó agua y se formó el río. El carpintero ya no ha vuelto a ser hombre, se quedó convertido en carpintero. Por eso, en verano, la pinsha sufre y pide agua. Tiene que esperar la lluvia para recoger el agua en la rocopa de la lupuna.

En otras versiones señalan al zorro como compañero del carpintero. Otros anotan que sus raíces son boas. Hay una retroalimentación entre las boas y la lupuna. No falta quien señala que al salir las boas de la lupuna se forma el río. Hay quien apunta que sus hojas se convierten en peces. Existen más detalles y más versiones. Hemos consignado unos pocos pormenores, para nuestro propósito son  suficientes.

Al toparse con un mito, la primera obligación es participar en su narración o escucha. Las demás tareas, por importantes que puedan parecer, son secundarias. No se trata de destripar los mitos, no están construidos para eso. Aunque son portadores de significado también poseen cualidades estéticas entre otras. A nadie en su sano juicio se le ocurre delimitar los componentes químicos de la tela y la pintura de la Gioconda, por importante que sea para su conservación. Ni discutiremos sobre las ondas del sonido al escuchar una música guaraní. Una lectura estrictamente filológica del Popol Vuh tampoco nos dejaría satisfechos, por importante que pueda ser para los lingüistas. La fruición de tales obras es comparada con la satisfacción de escuchar una buena narración de un mito. Y los indígenas amazónicos tienen cualidades más que suficientes para disfrutar y hacer disfrutar del mismo. Pese a todo, nos vemos empujados a señalar algunas someras indicaciones en torno a este mito. Porque el mito da qué pensar.

Sin destripar, pero señalando algunas líneas de lectura

Lo primero que llama la atención en este mito panamazónico, en todas las versiones que nosotros conocemos, es la estrecha relación entre el río y la lupuna. Al derribar el tronco de la lupuna la savia del árbol baja desde las ramas hasta el corte producido en su cepa. La copa de la lupuna mítica vendría a representar las cabeceras de la cuenca del  Amazonas. Desde ahí comienza a bajar el agua hasta llegar al delta, igual que en el corte de la lupuna baja la savia desde las ramas más altas hasta la cepa. En esta imagen las ramas vendrían a ser las quebradas o ríos secundarios y el tronco, el río principal. Es un retrato perfecto de la cuenca del Amazonas.

El mito, en la versión que consignamos, indica que el río responde a varias necesidades básicas. Es interesante percibir una rivalidad entre la pinsha y el carpintero, pero lo que está moviendo la narración es la sed de la señorita, indicando que la función primordial del río es calmar la sed de la joven. El agua no es únicamente H2O. Los componentes químicos son importantes, mas no es esta la función ni la sabiduría del mito. La química no agota la realidad. Para el pueblo kukama el río tiene una función primaria: calmar la sed de la joven. Por tanto, las actividades sobre el río no deben, en ningún caso, impedir que se pueda tomar agua del río. Al día de hoy las poblaciones amazónicas continúan tomado agua del río. No hay otro sistema de agua potable. Aunque no se dice, en el trasfondo aparece el tema del emparejamiento.

Se trasluce la continuidad entre la savia de la lupuna mítica y el agua actual. La savia es considerada la sangre de los árboles: en este caso la lupuna. Pero convienen distinguir los planes. Mientras la lupuna de que hablamos pertenece al mito, el agua forma parte de los tiempos actuales. Hay continuidad entre mito e historia, mas son dos planos diferentes. El mito da origen a la historia, pero los tiempos ya no son los mismos. Con el corte de la lupuna se da por finalizado el tiempo del mito y surge el tiempo histórico, nuestro tiempo. De ahí que el carpintero ya no pueda convertirse en persona. El mito queda en el trasfondo dando consistencia a la historia.

Para comprender esto conviene relatar de manera sucinta cómo se entiende la muerte. Los indígenas no la perciben como una ruptura, sino como una transformación. La muerte forma parte de un continuum que comienza con la enfermedad. De hecho, la palabra kukama umanu significa tanto ‘fiebre’ como ‘muerte’. La última etapa de la enfermedad es la muerte. Esta es una transformación entre la vida aquí en la tierra y la vida del más allá. No se acaba con la vida, sino que se modifica, se transmuta, cambia. A partir de entonces, sus interlocutores ya no serán sus familiares vivos, sino los muertos. Comienza un período de desfamiliarización de los vivos y de refamiliarización con los difuntos. Tiene que abandonar el mundo de los vivos para pasar a comunicarse con los muertos. Aunque ambos mundos están separados, son comunicables a través de los sueños. Lo cierto es que los kukama entienden que con la transformación que supone la muerte, la sangre de la persona se muda en agua. Igual que la sangre de la lupuna, su salvia se transforma en agua con el derribamiento de la lupuna por el carpintero.

Pues bien, el agua del río ha sido previamente sangre de la lupuna. El agua del río, actualmente, no es sangre de la lupuna, es agua. Ha sido sangre de la lupuna, pero en el tiempo mítico. Volvemos a recordar los planos mítico e histórico. La lupuna no está muerta, simplemente se ha transformado dando origen a la cuenca del Amazonas. Los pueblos indígenas no poseen un concepto de ‘creación de la nada’. La idea de creación no es interesante para ellos, es ajena a su pensamiento. Su idea fuerza es la transformación, la metamorfosis, la mutación. Así tenemos que la lupuna mítica se ha transformado en río. No es una lupuna muerta, sino una metamorfosis de la lupuna en río. Un cambio del tiempo del mito al tiempo de la historia, nuestro tiempo. Sin él no nos podemos comprender.

Otro aspecto que nos gustaría resaltar son los peces. En los mitos aparecen como transformaciones de las hojas de los árboles míticos, también de la lupuna. Hay que considerar que el componente más importante en su dieta es el pescado. De esta manera tenemos que los árboles míticos son quienes nos alimentan. Incluso cuando una persona sueña con un familiar difunto y le invita a comer, nunca acepta. Lo que el difunto considera yuca es visto por el soñador como hueso y lo que el difunto ofrece como pescado el soñador lo percibe como hojas de los árboles. Si el soñador prueba la comida que le ofrece el difunto se transformará: dejará de ser una persona viva y pasará a formar parte de los muertos. La comida, o mejor, la comensalidad posee un dispositivo de transformación: dime con quién comes y te diré quién eres.

Quisiéramos reseñar un último aspecto: la lupuna como ‘axis mundi’. Sus raíces enclavadas en la tierra son boas. Ya hemos sugerido que las boas también dan origen al agua. Su copa llega hasta el cielo. De hecho se considera que el cielo está muy cerca de la copa de los árboles. Las partes baja de las casas del cielo topan con la copa de la lupuna. Es este conectar a dos mundos diferentes lo que hace a la lupuna poderosa. Unido a esto conviene reseñar que en la cepa de la lupuna tiene su casa el Chullachaqui, Shapingo o Yashingo, el dueño de los animales. Él cuenta a los animales en el monte, los conoce a cada uno y los cuida. Él es quien acepta el trueque con los indígenas dándoles en la caza lo necesario para que puedan comer. Pero si el cazador se sobrepasa este ser le hará daño y puede enfermar el mismo cazador o su hijo, normalmente su hijo pequeño. Por eso los cazadores acostumbran colocar un cigarro en la cepa de la lupuna pidiendo permiso al Chullachaqui para cazar, para que le entregue alguno de sus animales para alimentar a su familia.
Para concluir quisiéramos señalar que todas las culturas poseen sus mitos. Su principal función es dar sentido, orientar y hacer la vida más fácil. La pura racionalidad, con ser necesaria e ineludible, no basta para proporcionarnos razones para vivir. El bienestar del Perú no puede ni debe ser construido sobre el sufrimiento de los indígenas. Hay deudas históricas que atender. Los indígenas no se oponen al progreso, pero exigen condiciones mínimas para la conservación. Sirvan estas líneas como una humilde contribución para un diálogo más simétrico.


P. Manolo Berjón
P. Miguel Ángel Cadenas

Parroquia Santa Rita de Castilla
Loreto
Río Marañón

domingo, 13 de abril de 2014

Diego Ortiz: Dixit Dominus. Salmo 110 (109)




Diego Ortiz (Toledo, 1510/Nápoles, 1570)

Salmo 109 "Dixit Dominus Domino meo", a 4 alternatim

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha 
y haré de tus enemigos 
estrado de tus pies».

Desde Sión extenderá el Señor 
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, 
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío, 
antes de la aurora».

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: 
«Tú eres sacerdote eterno, 
según el rito de Melquisedec».

El Señor a tu derecha, el día de su ira, 
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente, 
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
y por los siglos de los siglos. Amén.

Obviamente, los tres últimos versos son un añadido.