LOUF, ANDRÉ. Escuela de contemplación. Vivir según el “sentir” de Cristo. Ediciones
Narcea, Madrid 2008, 13x21, 139 pp.
André Louf, prior durante muchos
años en la abadía trapense de “Mont-des-Cats” y actualmente ermitaño, presenta
en este libro una recopilación de textos publicados en distintas revistas,
fruto de algunas de sus intervenciones en diversas asambleas monásticas. En
ellos se hace referencia a la experiencia espiritual de la vida contemplativa y
su dimensión apostólica, así como a la vivencia de comunidad fraterna y
ecuménica, con especial referencia a la oración sentida como alabanza, que bien
puede inspirarse en la Palabra
de Dios y especialmente en los Salmos.
La fecundidad de la vida
monástica ilumina no solo el itinerario del monje sino también la trayectoria que debe seguir el cristiano
que desee encontrar a Dios, en plenitud.
La acción del Espíritu guía la
comunión del hombre con el Padre y el Hijo, y es la vida religiosa, a través
del amor y la experiencia comunitaria el lugar privilegiado para sentir esta
presencia del Espíritu. Si bien hay elementos de esta opción vital tales como
la escucha de la Palabra,
la humildad, el servicio y la reconciliación con los hermanos, que pueden
transferirse a la experiencia de fe de todo cristiano en búsqueda de Dios.
El vínculo de diferentes credos
con la vida monástica es tratado con acierto, ya que ofrece testimonios que
impactan por su credibilidad. La caridad y la humildad son nexos idóneos entre
diferentes religiones.
Es un libro sencillo, que no por
ello deja de tratar los temas en profundidad. Es de lectura obligada tanto para
el religioso como para toda aquella
persona que persiga una profunda relación con Cristo.
A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca
podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales
están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o
una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud
de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe,
subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas
a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado
sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando
que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es
necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.
La existencia cristiana consiste en un continuo subir al
monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la
fuerza que derivan de este, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con
el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los
apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente
vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch
6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera
por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e
integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación
con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf.
Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a
reducir el término “caridad” a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria.
En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente
la evangelización, es decir, el “servicio de la Palabra”.
Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa
hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de
la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la
evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como
escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum
progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo
(cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y
anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el
desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate,
8).
En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor.
Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo
acogemos con fe, recibimos el primer contacto –indispensable– con lo divino,
capaz de hacernos “enamorar del Amor”, para después vivir y crecer en este Amor
y comunicarlo con alegría a los demás.
A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas
palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su
correlación: “Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no
viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para
que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en
orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos”
(2,8-10).
Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de
Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos
de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean
auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Estas no son
principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de
la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es
como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La
cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita
precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada
de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo,
a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las
indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.