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26 enero 2014

El husitismo después de Hus (y V)

Francisco Javier Bernad Morales

Las victorias husitas provocaron que en la Iglesia Católica llegara a plantearse la posibilidad de intentar un acuerdo con los herejes, quienes fueron invitados formalmente a debatir sus posiciones en el concilio de Basilea. No se trataba de que comparecieran ante él en calidad de acusados, como ocurriera veinte años atrás con Jan Hus y Jerónimo de Praga, sino como representantes del reino de Bohemia.  Previamente, en una reunión celebrada en Cheb (mayo de 1432) se abordó la cuestión de la seguridad de la delegación y se planteó la manera de dirimir las discrepancias, llegando a discutirse la posibilidad de un arbitraje. Finalmente esta propuesta no salió adelante y en su lugar se estableció que fueran las prácticas de la iglesia primitiva y la posición de los doctores de la Iglesia, las que se tomaran como guía para resolver los puntos de desacuerdo. En estas condiciones, los husitas,  encabezados por Procopio, pudieron defender ante  el concilio los cuatro artículos de Praga. Las discusiones transcurrieron sin incidentes aunque, como era de esperar, no desembocaron en ningún acuerdo doctrinal, pues ninguna de las partes cedió en sus posiciones. Permitieron, sin embargo, que se establecieran lazos de comunicación entre determinados padres conciliares y algunos miembros de la delegación checa, que, en vista de lo sucedido después, pudieron llevar a los primeros la convicción de que no sería complicado minar la unidad husita. En un encuentro posterior celebrado en Praga, los delegados del concilio estrecharon lazos con el sector más conservador, en especial con nobles y burgueses ricos. Finalmente, se produjo el enfrentamiento abierto entre este y las fuerzas de Procopio, quien fue derrotado y muerto por una coalición de utraquistas y católicos, en la batalla de Lipany (30 de mayo de 1434).


La proclamación en julio de 1436 en presencia del emperador Segismundo, de los Compactata, marcó la integración en la Iglesia Católica de la facción husita moderada. Se trataba de una versión modificada de los cuatro artículos de Praga, por la que se permitía tan solo en Bohemia y Moravia, la comunión de los fieles bajo las dos especies. Quedaba olvidada toda reivindicación social. Subsistieron, sin embargo, núcleos husitas contrarios al compromiso y que, un siglo más tarde, engrosaron las filas de la Reforma.

18 enero 2014

El husitismo después de Hus (IV)

Francisco Javier Bernad Morales

Juan Zizka estableció en Kutna Hora, ciudad que se convirtió en su base de operaciones, una administración en que el gobierno quedaba en manos de cuatro comités, constituidos respectivamente por señores, caballeros, burgueses y trabajadores asalariados. Aunque quedaban muy lejos las aspiraciones revolucionarias de abolir toda jerarquía social, por primera vez se reconocía a estos últimos el derecho de participar de manera activa en la vida política. La medida alarmó a los husitas moderados de Praga, quienes de manera provisional se aliaron con los católicos romanos. De nada les sirvió, pues fueron derrotados en la batalla de Malesov (1423) y Zizka se apoderó de Praga. Con ello, parecía hacerse con el control del país, pero al año siguiente, mientras dirigía una campaña para ocupar Moravia, pereció víctima de la peste. Le sucedieron en el mando comandantes extraordinariamente capacitados desde el punto de vista militar, entre los que destacó pronto el presbítero Procopio el Grande[1]. Se trataba de un hombre cultivado, perteneciente a una acaudalada familia alemana. Había viajado por diversos países europeos e incluso había visitado Jerusalén. En la universidad de Praga había tenido ocasión de escuchar a Juan Hus y sus palabras le había impresionado de tal modo que abandonó lo que parecía presentarse como un brillante porvenir, para hacerse sacerdote y entregarse a la predicación. Terminó por marchar a Tabor y romper todos los lazos con su familia. Allí se mostró como persona afable y conciliadora. Tras la eliminación de los elementos más radicales, posiblemente vinculados como ya se ha señalado con la herejía del Libre Espíritu, una nueva querella había enfrentado a los taboritas con los utraquistas praguenses. En esta ocasión se trataba de la celebración de la misa. Sostenían los primeros que esta debía ser una ceremonia sencilla oficiada en checo y de la que debían estar ausentes tanto los cánticos como las casullas de los sacerdotes. En este contexto, en que desacuerdos de tal naturaleza acababan a menudo en enfrentamiento armado, Procopio se atrevió a oficiar misa en Tabor revestido con los ornamentos litúrgicos, con la finalidad de mostrar a todos la necesidad de abandonar disputas que se le antojaban triviales. No fue este acto simbólico, sin embargo, lo que hizo olvidar temporalmente sus divisiones a los seguidores de Hus, sino un nuevo ataque de los cruzados. Frente a ellos, Procopio alcanzó una victoria que aseguró su posición. En los años siguientes, bajo su dirección, los ejércitos husitas realizaron incursiones en Austria, Silesia y Eslovaquia, derrotando a los señores y difundiendo sus ideas entre los campesinos. En 1429 y 1430 llegaron incluso a ocupar numerosas ciudades de Sajonia y Turingia, incluso Bamberg, sin apenas resistencia. Federico de Hohenzollern, por la paz de Beheimstein, se comprometió a pagar un subsidio anual a Bohemia y a permitir la discusión en Nüremberg de los Artículos de Praga. Tras estos éxitos, Procopio creyó llegado el momento de proponer una negociación. Esta se entabló finalmente en Bratislava. En ella, los husitas propusieron al rey Segismundo que aceptara la comunión bajo las dos especies y los artículos de Praga, lo que este rechazó. A continuación se organizó una nueva cruzada, que resultó igualmente derrotada (1431).





[1] También llamado El Imberbe o El Rapado, pues al contario que el resto de los sacerdotes husitas tenía la costumbre de afeitarse la barba.

04 enero 2014

El husitismo después de Hus (III)

Francisco Javier Bernad Morales

A lo largo de 1421 se desarrolló una alianza entre Zizka y los utraquistas de Praga, encaminada a eliminar a los radicales, que fueron acusados de adamismo. En las predicaciones contra ellos se sostenía que practicaban la desnudez y se entregaban a orgías y toda clase de excesos sexuales. Se trata claramente de una campaña propagandística de difamación, por lo que es difícil discernir si hay en ella algún elemento de verdad. Sí parece que entre los taboritas se encontraban adeptos de la herejía del Libre Espíritu, un grupo panteísta, que negaba el pecado y, en consecuencia, la Encarnación y, por tanto, rechazaba los sacramentos. Habían sido condenados dos siglos atrás, en el IV concilio de Letrán (1215), pero, pese a la persecución, no habían desaparecido.

Zizka, que se había mostrado clemente cuando combatía contra los gentilhombres cruzados, fue implacable contra estos campesinos y artesanos pobres, que, en su opinión, mancillaban el legado de Hus. En abril, hizo morir a setenta y cinco en la hoguera. Idéntica suerte corrieron en octubre otros cuarenta prisioneros. En tanto, los taboritas perdieron a su dirigente más capacitado. Oldrich Vavak, un noble amigo de Zizka, capturó a Martín Huska y aunque este consiguió escapar con intención de refugiarse en Moravia, donde se habían organizado comunidades similares a Tabor, fue apresado de nuevo y quemado vivo tras ser sometido a tormento.

Los radicales perdieron además sus últimas posiciones en Praga, donde después de que Jakoubek de Stribo acusara a Juan de Zeliv de proteger a los adamitas, este fue asesinado junto a nueve de sus colaboradores, por el utraquista moravo Hasek de Vlastejn, quien más adelante se pasaría a los católicos.

Contra lo que cabría esperar, estos enfrentamientos internos no impidieron nuevas victorias sobre los cruzados del rey Segismundo. Zizka había conseguido formar un ejército entusiasta y disciplinado, al que entrenó en nuevas tácticas con las que consiguió neutralizar a la caballería de los señores. A su frente, cuando ya había quedado ciego[1], a principios de 1422, ocupó la ciudad de Kutna Hora.





[1] En junio de 1421, durante el asedio de Rubi, fue herido por una flecha en el ojo izquierdo, mientras que el derecho lo había perdido tiempo atrás. A pesar de ello continuó ejerciendo el mando de las tropas.

30 diciembre 2013

El husitismo después de Hus (II)

Francisco Javier Bernad Morales

Tabor se había convertido en un centro de atracción al que acudían siervos, campesinos, criados y hasta pequeños nobles empobrecidos. Allí, bajo la dirección de clérigos milenaristas encabezados por Martín Huska, se constituyó una sociedad en la que estaba proscrita la propiedad privada y en la que el pueblo elegía a los magistrados encargados de repartir, según las necesidades, los recursos disponibles. También la Iglesia experimentó una notable transformación. En primer lugar, el puesto de obispo se hizo electivo, si bien solo los sacerdotes tenían en este caso derechos electorales; pero pronto las cosas fueron más allá, pues tendió a borrarse la diferencia entre laicos y eclesiásticos, ya que se consideró que la ordenación carecía de importancia frente al hecho de vivir de acuerdo con Cristo[1]. En consecuencia, todos los fieles podían administrar los sacramentos. Ya en la primavera de 1420 este modelo revolucionario de administración se extendió a Pisek y Vodnany. Nicolás de Hus[2], nombrado hetmán (comandante) del ejército taborita, entendía su misión como una guerra santa contra los pecadores, en la que no cabía tomar botín ni hacer prisioneros.

Como es lógico, la nobleza y la burguesía praguense intentaron enseguida marcar distancias con el radicalismo de Tabor. Con este objetivo, ya en 1420, plasmaron su programa por escrito en los llamados cuatro puntos de Praga: libertad de predicación, comunión bajo las dos especies, pobreza de los clérigos y castigo de los pecados públicos por el poder civil. Sin embargo, la actitud del rey Segismundo, quien solo veía en unos y otros a súbditos rebeldes, y del papa Martín V, que llamó a la cruzada contra los herejes, propició una alianza entre los moderados, conocidos como utraquistas, y los revolucionarios taboritas. El 14 de julio, en la colina de Vítkov de Praga, los husitas, mandados por Juan Zizka, alcanzaron la primera victoria sobre los cruzados.

Zizka[3], que pronto se convirtió en un rival de Nicolás de Hus, al contrario que este, no parecía influido por el milenarismo y respetaba la vida de los prisioneros, así como permitía a sus hombres apoderarse del botín en lugar de destruirlo. Llegó incluso a pactar treguas con el enemigo. Tras consolidar su prestigio con una serie de victorias en el sur de Bohemia que le llevaron a ocupar diversas ciudades y castillos, se enfrentó con los sacerdotes taboritas al proponer que se ofreciera el trono al rey de Polonia. La muerte repentina de Nicolás de Hus evitó un choque entre ambos.

Después de la victoria de Praga, los sospechosos de apoyar el catolicismo fueron expulsados de la ciudad, en tanto que sus bienes quedaban confiscados. Sin embargo, estos no pasaron a engrosar una caja común, como era el deseo de los taboritas, sino que aumentaron la riqueza de los dirigentes utraquistas. Con ocasión de la discusión sobre los cuatro puntos, con la finalidad de establecer un programa común, la tensión entre ambos sectores subió de tono, ya que los radicales pretendieron incluir entre los pecados mortales que debían ser castigados por la autoridad civil, los vestidos suntuosos, la embriaguez y los abusos en el comercio. Exigieron, asimismo, que la Ciudad Vieja, donde se hallaba la universidad y dominaban los utraquistas, fuese gobernada según la autoridad de la Biblia. Tras numerosos incidentes, el 22 de agosto, los taboritas abandonaron Praga, frustrados por no haber podido imponer sus concepciones.





[1] MACEK, Joseph, La revolución husita, Madrid, Siglo XXI, 1975, p. 111
[2] No tenía ningún parentesco con Jan Hus.
[3] Miembro de la pequeña nobleza, había participado como mercenario en los enfrentamientos entre distintos bandos señoriales, y luego se había unido al ejército polaco de Ladislao Jagellón en su lucha contra los Caballeros Teutónicos.

27 diciembre 2013

El husitismo después de Hus (I)

Francisco Javier Bernad Morales

Si en algún momento los padres conciliares habían supuesto que con las muertes de Jan Hus y de Jerónimo de Praga se resolvía el problema de la herejía en Bohemia, pronto el curso de los acontecimientos mostró la magnitud de su error. Ya en julio de 1415 un numeroso grupo de nobles mostró públicamente su rechazo a la condena, e incluso se negó a reconocer la autoridad de un papa que, afirmaban, obraba contra la voluntad de Dios. Fue el inicio de un proceso en el que a los asuntos doctrinales se superpusieron rápidamente las aspiraciones de justicia de campesinos y artesanos, y que llegó a desembocar en un movimiento que pretendía no solo la reforma de la Iglesia, sino el establecimiento de un nuevo orden social.

Aunque el husitismo fue fundamentalmente checo[1] y a menudo parece presentar caracteres protonacionalistas, no faltaron en sus filas algunos alemanes. Destacó entre ellos Nicolás de Desde, quien hizo especial hincapié en la necesidad de que la Iglesia retornara a la pobreza evangélica y, en una forma que recuerda al donatismo, sostuvo la invalidez de los sacramentos administrados por sacerdotes pecadores. En los años siguientes, multitud de predicadores difundieron por Bohemia y Moravia las ideas de Hus y de sus seguidores, en un ambiente de creciente exaltación. Si bien muchos de ellos sostenían que solo con el ejemplo de su  humildad y su profunda piedad alcanzarían el triunfo, otros optaron por la violencia y comenzaron a menudear los ataques contra conventos y propiedades eclesiásticas. El aumento de la tensión se vio reforzado por la difusión de ideas milenaristas, posiblemente restos de herejías anteriores. Ante un fin del mundo presentido como inminente y del que solo se salvarían quienes se encontraran en una de las cinco montañas sagradas de Bohemia, rebautizadas con nombres bíblicos, se multiplicaron las peregrinaciones y a partir de ellas se constituyeron comunidades, de las cuales la más famosa fue la del monte Tabor[2]. Sus miembros decidieron que debían participar activamente, terminando con los pecadores, en el hundimiento del viejo orden para acelerar la segunda venida de Cristo. Dado que esta se hizo esperar, los taboritas, nombre con que se conoció a partir de entonces al sector radical del movimiento husita, se vieron obligados a organizarse para asegurar su supervivencia. En Tabor se constituyó una caja común a la que cada uno aportaba sus recursos que luego eran repartidos entre todo el grupo.

El 30 de julio de 1419 se congregó una multitud armada en la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves de la ciudad nueva de Praga, para escuchar un sermón de Juan de Zeliv. Al concluir este, se dirigieron en procesión al ayuntamiento y tras tomarlo al asalto, dieron muerte a siete consejeros municipales arrojándolos por las ventanas. Poco después, el 16 de agosto, fallecía sin descendencia el rey Wenceslao, que había permanecido extrañamente inactivo ante la oleada de agitación. La corona de Bohemia pasaba a su hermano Segismundo de Hungría, señalado por todos como responsable de la muerte de Hus.





[1] Aquí y en lo sucesivo utilizo el término ‘checo’ para referirme conjuntamente a bohemos y moravos.
[2] Tabor es un monte de Galilea en el que Débora hizo concentrarse al ejército de Israel para combatir contra Sísara (Jueces, 4). Tradicionalmente se ha supuesto, aunque los Evangelios no citan su nombre, que en él tuvo lugar la Transfiguración de Jesús.

15 diciembre 2013

Jerónimo de Praga

Francisco Javier Bernad Morales

Jerónimo de Praga (1378-1416) fue un estrecho colaborador y amigo de Jan Hus a quien conoció en la universidad. Hombre muy activo y de temperamento inquieto, tras iniciar sus estudios en la capital bohema, marchó en 1398 a Inglaterra, donde los amplió en la universidad de Oxford. Allí tuvo ocasión de entrar en contacto con las ideas de Wyclif, cuyos tratados llevó en su regreso a Bohemia, donde hasta entonces parece que tan solo habían sido conocidos a través de extractos y comentarios. En años sucesivos visitó las universidades de París, Colonia, Heidelberg y Viena, en las que expuso sus convicciones reformistas. Viajó en 1403 a Jerusalén y en 1413 a Rusia y Lituania. A su regreso a Praga, cuando Hus ya estaba encarcelado en Constanza, propuso a Jakoubek de Stríbo[1] la necesidad de que los laicos comulgaran bajo las dos especies (sub utraque specie). Tras una consulta a Hus, quien manifestó su acuerdo, esta forma de recibir la Eucaristía se convirtió en una seña distintiva del movimiento reformador, por lo que sus seguidores recibieron la denominación de utraquistas.

Deseoso de permanecer junto a su amigo y aún con la esperanza de que este fuera puesto en libertad, marchó a Constanza, pero pronto comprendió que nada podía hacer por ayudarle y que su propia vida estaba en peligro, por lo decidió huir con intención de refugiarse en Bohemia. No logró su propósito, pues el 20 de abril de 1415 fue arrestado en Hirschau y conducido de nuevo a la ciudad suiza en la que permaneció encarcelado a la espera de comparecer ante el concilio, algo que hizo entre el 11 y el 23 de septiembre (Hus había sido quemado el 6 de julio). Tuvo entonces un momento de flaqueza, en el que se retractó de cuanto había defendido y aceptó como justa la condena de Hus. No bastó esto para que obtuviera la libertad, y en prisión se sintió atormentado por los remordimientos, hasta el punto de que solicitó una nueva comparecencia, que le fue concedida en mayo de 1416. En ella de desdijo de sus anteriores declaraciones y afirmó que su mayor pecado había sido renegar de Hus. Condenado como hereje, el 30 de mayo de 1416 fue quemado en la hoguera en el mismo lugar en que había sido muerto su amigo.

Su comportamiento llegó a impresionar a  muchos dignatarios religiosos, que lamentaron su obstinación. Un humanista italiano, Poggio Bracciolini, testigo de sus últimos momentos, sobrecogido por su temple heroico, escribió:

Sócratres bebió la copa del veneno con menos valor que aquel con que Jerónimo aceptó la muerte por el fuego[2].

Las muertes de Jan Hus y de Jerónimo de Praga suscitaron las protestas de una parte de la nobleza checa y de la universidad de Praga, para quienes se trataba de hombres justos y buenos cristianos; en tanto que entre los sectores populares se extendía la admiración por ambos mártires. La herejía, lejos de extinguirse, se convertía en un movimiento imparable, que tres años más tarde estallaría en abierta rebeldía y daría lugar a una larga guerra.





[1] Conocido también como Jacob o Jacobellus de Mies.
[2] Citado en MACEK, Joseph, La revolución husita, Madrid, Siglo XXI, 1975, p. 69.

08 diciembre 2013

Jan Hus

Francisco Javier Bernad Morales

Jan Hus nació hacia 1370 en el seno de una humilde familia bohema, cuya situación económica se agravó debido a la prematura muerte del padre. No obstante, pese a las dificultades, pudo seguir estudios ayudándose con trabajos humildes en la parroquia, y alcanzó a entrar, por caridad, en la universidad de Praga. Ordenado sacerdote en 1400, dos años más tarde era nombrado rector de la universidad y predicador de la iglesia de Belén.

Por entonces, hacía tiempo que había arraigado en Bohemia la idea de que la Iglesia estaba necesitada de una profunda reforma. Milic de Kromerice, fallecido en 1374, había criticado al emperador Carlos IV como encarnación del mal y su discípulo, Matías de Janow, alarmado por el cisma[1], en el que veía una manifestación del poder del Anticristo, había contrapuesto la Iglesia visible en que los pecadores viven mezclados con los verdaderos cristianos, con la invisible, formada por los santos. En este ambiente muy pronto se difundieron las concepciones del inglés Wyclif, que fueron acogidas con entusiasmo por los estudiantes bohemos, enfrentados por entonces con los alemanes.

Hus bebió de las ideas de Wyclif, aunque nunca llegó a aceptarlas en su totalidad. En particular permaneció ajeno a las especulaciones de aquel sobre la Eucaristía. Su interés se centraba en la reforma de las estructuras eclesiásticas y sobre ella predicó en la iglesia de Belén, utilizando el idioma checo, ante un público extremadamente numeroso. En estas circunstancias, el rey Wenceslao IV, por problemas que tenían que ver con su pretensión de ser coronado emperador, decidió reformar la organización de la universidad de Praga, dando a los checos tres votos de un total de cuatro, lo que provocó la emigración de numerosos estudiantes alemanes (1408). El apoyo de Hus a esta medida motivó su primer choque con el arzobispo, quien hasta entonces lo había respaldado.

La situación se agravó cuando en 1412, Juan XXIII[2] hizo predicar en Praga una indulgencia con cuyo producto se pagarían los ejércitos papales que luchaban contra el rey de Nápoles. A Hus le pareció inadmisible que se traficara con los bienes espirituales para sufragar una guerra, por lo que se opuso vigorosamente y algunos de sus oyentes en Belén llegaron a abuchear a los predicadores de la bula. Por este hecho, Wenceslao hizo decapitar a tres estudiantes. En el funeral, Hus pronunció un panegírico y a continuación abandonó Praga para refugiarse en el sur de Bohemia. Enfrentado tanto al poder espiritual como al civil, su popularidad entre los artesanos y comerciantes de las ciudades, los campesinos y algunos sectores de la baja nobleza, era más grande que nunca. Frente a una Iglesia corrompida por las riquezas, esgrimió el ideal de la Iglesia de Cristo, que los fieles podrían alcanzar mediante reformas emanadas de la misma comunidad. Ya antes había predicado sobre lo perjudicial de que los nobles entregaran bienes a la Iglesia; ahora, en un paso más allá, solicitaba al poder temporal que secularizara las posesiones eclesiásticas. Llegó incluso a afirmar que el pecado privaba no solo a los sacerdotes, sino también a los gobernantes laicos del ejercicio de la autoridad y, en consecuencia, que era legítimo para el súbdito oponerse a órdenes injustas.

En el exilio se entregó a la traducción de la Biblia al checo, sin descuidar las tareas de predicador, por las que siempre había mostrado una gran predilección y para las cuales tenía, sin duda, grandes aptitudes. Estas actividades llegaron a alarmar a algunos teólogos, que lo acusaron de herejía ante el concilio de Constanza. Seguro de su inocencia y amparado en un salvoconducto emitido por el rey de Hungría, Segismundo, hermano de Wenceslao, Hus se dirigió a la ciudad suiza con el propósito de convencer a los padres conciliares de la ortodoxia de sus posiciones. No pudo, sin embargo, argumentar como era su intención, ya que no se le dio más opción que retractarse. Consciente de lo que le aguardaba, respondió que de las cuarenta y cinco proposiciones heréticas que se le atribuían solo cuatro eran realmente suyas, y que las demás eran falsedades propaladas por sus enemigos. En cuanto a esas cuatro, estaba dispuesto a abandonarlas si se le convencía de su error. Eso bastó para que el concilio le declarara hereje y lo entregara al brazo secular, encarnado en ese momento en Segismundo de Hungría. Hus afrontó valerosamente su destino y murió en la hoguera el 6 de julio de 1415, pero sus ideas no perecieron con él. Al contrario, sus seguidores se radicalizaron y Bohemia hubo de hacer frente a una cruenta guerra que solo terminó en 1434.

El 17 de noviembre de 1999, el papa Juan Pablo II, en un simposio sobre Jan Hus celebrado en la Universidad Papal de Letrán, pronunció estas palabras:

Hoy, en vísperas del Gran Jubileo, siento el deber de expresar mi profunda pena por la cruel muerte infligida a Jan Hus, y por la consiguiente herida, fuente de conflictos y divisiones, que se abrió de ese modo en la mente y en el corazón del pueblo bohemo. Ya durante mi primera visita a Praga expresé la esperanza de que se dieran pasos decisivos en el camino de la reconciliación y de la verdadera unidad en Cristo. Las heridas de los siglos pasados deben curarse con una nueva mirada en perspectiva y con el establecimiento de relaciones completamente renovadas.





[1] El cisma de Occidente (1378-1417) del que me he ocupado en artículos anteriores.
[2] Considerado antipapa.

17 noviembre 2013

El cisma de Occidente (y IV)

Francisco Javier Bernad Morales

En julio de 1415 renunció Gregorio XII, pero no así Benedicto XIII que, pese a haber quedado totalmente abandonado después de que los reinos ibéricos le retiraran la obediencia (diciembre de 1415), refugiado en Peñíscola, se consideró hasta su muerte (1423) único pontífice legítimo. Ante su obstinación, el 26 de julio de 1417 el concilio procedió a deponerlo. Se abría así, con la sede de Roma vacante, el camino para que el cónclave eligiera un nuevo papa. En tanto llegaba ese momento, la Iglesia quedaba en una situación de interregno, que los padres conciliares consideraron oportuna para emprender una profunda renovación de su gobierno. En este sentido, el 30 de octubre se aprobó el decreto Frequens, que establecía que el concilio se reuniría de nuevo en 1423 y en 1430 y, a partir de entonces, cada diez años.

Tras esto, el cónclave eligió como papa al romano Odón Colonna, quien adoptó el nombre de Martín V. Concluía así la división que había desgarrado a la Iglesia Católica desde  1378, pero además, al menos eso parecía, el pontífice perdía su poder absoluto al erigirse junto a él el concilio como contrapeso. Pronto los hechos mostrarían, sin embargo, lo efímero del nuevo modelo de organización. El papado en los años siguientes recuperó las posiciones perdidas y logró imponer su autoridad frente a las doctrinas conciliaristas en un proceso en el que no faltaron graves enfrentamientos como los producidos durante el concilio de Basilea (1431-1445), que el papa Eugenio IV intentó en vano disolver[1]. Fracasado en este empeño, ordenó el traslado del concilio a Ferrara, algo que según los decretos aprobados en el de Constanza, no estaba facultado para hacer. Se produjo de esta manera una división entre los padres conciliares, pues mientras una minoría acudió a la nueva sede, el resto permaneció en Basilea, donde declaró hereje a Eugenio y eligió a Félix V[2].

Por otro lado, en estos tiempos de crisis de la autoridad pontificia había aparecido un nuevo tipo de herejía, que, en algún sentido, cabría calificar de moderna, pues muchos de sus planteamientos anuncian las doctrinas de Lutero y el resto de los reformadores del siglo XVI. El concilio de Constanza condenó tanto la obra del inglés Wyclif, ya fallecido, como la del bohemo Jan Hus[3].





[1] En diciembre de 1431 promulgó la bula de disolución, pero los reunidos en Basilea se negaron a acatarla y continuaron las sesiones. El 15 de diciembre de 1433 Eugenio IV presionado por el emperador y numerosos reyes cristianos, así como por la desobediencia del concilio, anuló la bula.
[2] Antipapa.
[3] Tras la condena, los huesos de Wyclif fueron exhumados y quemados, así como sus libros. En cuanto a Hus, declarado hereje por el concilio, fue apresado por el emperador Segismundo, quien le había dado un salvoconducto para que acudiera a exponer su doctrina, y ejecutado en la hoguera.

16 febrero 2013

En la renuncia de Benedicto XVI

Francisco Javier Bernad Morales

El Santo Padre nos ha sorprendido con una decisión totalmente desacostumbrada. Son muy pocos los papas que han renunciado a su puesto. El último, Gregorio XII, lo hizo en 1415, en un intento de poner fin al Cisma de Occidente, un conflicto que había desgarrado a la cristiandad católica. Se trataba en aquellos momentos  de devolver la unidad a una iglesia dividida por tres obediencias distintas. Entonces, el concilio de Constanza, el mismo que condenó como hereje a Jan Hus, acordó pedir la renuncia a Juan XXIII, Benedicto XIII (ambos considerados antipapas) y Gregorio XII, el único elegido canónicamente y, por tanto, verdadero papa. Tan solo este aceptó.  Nada tienen que ver  con aquello las circunstancias actuales. Ahora nos encontramos ante un abandono motivado por la debilidad física, que no intelectual, de un hombre de edad avanzada que, tras profunda reflexión, ha llegado al convencimiento de que por el bien de la Iglesia es preciso ceder el puesto. No se trata de una decisión repentina, producto de un momento de desánimo, sino de algo madurado lentamente en el interior de una conciencia entregada a la oración.
No faltan, como es habitual cuando se trata de asuntos relacionados con el Vaticano, quienes hablan de enfrentamientos en la curia, de un papa vencido por un entorno hostil o incluso de oscuras conspiraciones. No debemos los católicos dejarnos seducir por lucubraciones de ignorantes. ¿Acaso no tiene Benedicto XVI una larga experiencia en el Vaticano? ¿No fue el más estrecho colaborador de Juan Pablo II? ¿No era denostado por todos los sedicentes progresistas como un riguroso defensor de una ortodoxia pretendidamente rancia? Se ha comparado su renuncia a la de Celestino V en 1294, pero esta fue la de un ermitaño que, tras tan solo seis meses de pontificado, se reconoce incapaz para el puesto. Joseph Ratizinger, en cambio, llegó al pontificado tras largos años como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ningún parecido, pues, con un eremita supuestamente ingenuo.
Lo llamativo, más allá de lo inesperado del anuncio, es el contraste que su decisión establece con la figura de su antecesor, quien había elegido dar a un mundo que, dominado por el hedonismo, pretende ocultar el sufrimiento y la muerte, el testimonio heroico de su propio padecimiento. Nos hizo así recordar, a menudo a nuestro pesar, cuál es nuestro destino en este mundo, y de ese modo nos obligó a mirar cara a cara a los ancianos y enfermos, y reconocer en ellos a nuestro prójimo. ¿Significa esto que Benedicto XVI critica implícitamente con su renuncia la opción adoptada por Juan Pablo II? No lo estimo así. Ambas posturas, más allá de una apariencia superficial, no son contradictorias, sino complementarias. Karol Wojtyla eligió mostrar públicamente su dolor y su decadencia, convirtiendo sus últimos años de vida en un llamamiento público a una conciencias romas embrutecidas por el afán de gozar del instante, que, incapaces de mirar sin horror el final de vida, prefieren engañarse fingiendo creer que esta ha de durar siempre. Ratzinger ha preferido, en cambio, retirarse a un discreto segundo plano, y entregarse de lleno a la oración y al recogimiento. Su renuncia se convierte en un ejemplo vivo para todos aquellos que disfrutan de posiciones de poder. Si hubiera continuado en el puesto nos habría acostumbrado a la imagen del papa como alguien decrépito a quien sería muy fácil achacarle ignorancia del mundo. Se trata, como antes decía, de dos testimonios que no se oponen, sino que nos muestran facetas distintas del ser humano y que constituyen un supremo ejemplo de dignidad. ¿No se precisa acaso un enorme valor para romper con una tradición firmemente establecida?