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12 agosto 2013

Himno copto: Oo nem nai

La Iglesia Ortodoxa Copta de Egipto, a la que ya nos hemos referido en artículos anteriores, es una de las más antiguas y, según la tradición fue fundada en el siglo I por el Apóstol San Marcos. Aunque faltan pruebas que corroboren esta creencia, sí las hay de que hacia el año 200 el cristianismo estaba ya ampliamente difundido en el país. Se trata de una iglesia monofisita que, por tanto, solo acepta los concilios anteriores al de Calcedonia. Además, mantiene un canon más amplio que el del la Católica, pues incluye el Salmo 151, la Oración de Manasés, y los libros III de Esdras y III de los Macabeos. Un rasgo curioso es que utiliza en la liturgia el idioma copto, evolución directa del hablado en el Egipto de los faraones. Es esta antigua lengua la que podemos escuchar en el himno que hemos seleccionado hoy. 
Por motivos técnicos, no es posible insertar el vídeo por lo que para escucharlo es preciso abrir el enlace:


Recordamos, por último, los difíciles momentos actualmente por nuestros hermanos cristianos en Egipto y otros países del Próximo Oriente. Enviémosles nuestro apoyo con una oración.

02 enero 2013

Sermón de San León Magno en la Natividad del Señor

León I, llamado Magno, fue papa en una época extraordinariamente difícil (440-461). En 452 se reunió en Mantua con Atila, a quien convenció para que no avanzara sobre Roma, pero no pudo evitar que en 455 la ciudad fuera saqueada por los vándalos de Genserico. Durante su pontificado se reunió el Concilio de Calcedonia (451), en el que se definió, frente al monofisismo, el dogma de la doble naturaleza, humana y divina de Cristo.

A continuación, reproducimos uno de sus sermones.

De los sermones de san León Magno, papa (Sermón 1 en la Natividad del Señor, 1-3: PI. 54,190-193).

Reconoce, cristiano, tu dignidad

Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.

 Nadie tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbilo: porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para liberarnos a todos. Alégrese el santo, puesto que se acerca a la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida.

Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, establecidos por los inescrutables y supremos designios divinos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido.


Por eso, cuando nace el Señor, los ángeles cantan jubilosos: Gloria a Dios en el cielo, y anuncian: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Pues están viendo cómo la Jerusalén celestial se construye con gentes de todo el mundo; ¿cómo, pues, no habrá de alegrarse la humildad de los hombres con tan sublime acción de la piedad divina, cuando tanto se entusiasma la sublimidad de los ángeles?

Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados; nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva criatura, una nueva creación.

Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.

Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.

Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo.

02 mayo 2012

El apóstol Felipe y la conversión del ministro etíope


Francisco Javier Bernad Morales

En Hechos (8, 26-40) se narra un curioso acontecimiento que tiene como protagonista al apóstol Felipe. Cuando este, por mandato de un ángel, se dirige al camino que lleva de Jerusalén a Gaza encuentra a un eunuco de la reina Candace de Etiopía que, mientras regresa en su carruaje de adorar al Señor, lee el libro de Isaías. Ambos entablan una conversación durante la cual Felipe le explica que la profecía de Isaías se refiere a Jesús de Nazaret. El episodio concluye con el bautismo del etíope.
El texto es tan significativo por lo que dice de una manera explícita como por lo que da a entender. Pero antes de analizarlo parece conveniente hacer dos precisiones. En primer lugar, el término eunuco no implica necesariamente, aunque tampoco lo excluye, que se trate de un varón castrado, ya que con cierta frecuencia se aplicaba a altos funcionarios como este que, según se afirma, se encargaba del erario real. Debemos recordar que también en la historia de José se califica de eunuco a Putifar (Gn 39, 1). De otro lado, Candace no parece ser un nombre propio, sino un título real etíope como atestiguan fuentes extrabíblicas, entre ellas Estrabón y Plinio el Viejo.
En cualquier caso, nos hallamos ante un personaje importante del reino de Etiopía, judío de religión. Por primera y creo que única vez en el Nuevo Testamento, vemos a alguien de allende las fronteras del imperio Romano. Esto nos impulsa a algunas reflexiones. Quizá, sin ser conscientes de ello, muchos cristianos compartimos aún en gran medida con los antiguos romanos la convicción de que en el exterior  del imperio solo hay bárbaros y que la de Roma es la única historia digna de ese nombre.
Aunque la conversión de un individuo no implique la formación de una comunidad cristiana, es cierto que nuestra religión tiene en Etiopía raíces muy antiguas y que se asienta en gran parte sobre un sustrato judío que ha permanecido vivo hasta nuestros días, cuando entre 1979 y 1991 la mayor parte de los falashas[1] se trasladaron a Israel. Según la tradición etíope, el judaísmo en el país se remontaría a los tiempos en que la reina de Saba visitó al rey Salomón, con quien habría tenido un hijo. Se trata, claro está, de una leyenda, aunque quizá a través de ella nos lleguen ecos de un remoto pasado. Aunque generalmente el legendario reino de Saba no se sitúa en Etiopía, sino en Yemen, debemos tener presente que las relaciones entre ambas riberas del mar Rojo fueron muy intensas ya en la antigüedad. Sean cuales fueren los orígenes del judaísmo etíope y la repercusión del bautismo del funcionario de Candace[2], lo que sí esta atestiguado es que en el siglo IV, el reino de Aksum adoptó el cristianismo y mantuvo desde entonces una estrecha relación con la iglesia de Alejandría.
La iglesia Copta Etíope es monofisita y rechaza, por tanto, las resoluciones del concilio de Calcedonia  (451) y sucesivos. Además, de entre todas las confesiones cristianas, es la que mantiene un canon más amplio de la Escritura, ya que incluye no solo como las iglesias Ortodoxas el Salmo 151, la Oración de Manasés, los libros III y IV de Esdras y III y IV de los Macabeos, sino también el libro de Enoc.



[1] El término falasha es amárico y tiene en esa lengua cierto matiz despectivo. Parece más apropiado referirse a ellos como Beta Israel.
[2] En realidad, el funcionario etíope bautizado por el apóstol Felipe podría proceder del reino de Kush, en Nubia, donde también floreció el cristianismo hasta la conquista islámica.