sábado, 31 de agosto de 2013

viernes, 30 de agosto de 2013

El rey David (5)

Francisco Javier Bernad Morales

Si la historia del ascenso de David está llena de elementos novelescos, la de sus años de madurez rebosa tensión dramática. Pasaremos por alto la narración de sus victorias militares sobre ammonitas, moabitas, idumeos, filisteos y arameos, para centrarnos en los conflictos familiares que ensombrecieron sus últimos años. Todo empieza cuando David se enamora de Betsabé, esposa de Urías el hitita, mientras este se halla lejos, combatiendo a los ammonitas. Cuando el rey se entera de que ella ha quedado embarazada, su primera idea es llamar al marido para hacerle creer que es suyo el niño que ha de nacer. A tal fin, solicita a Joab, general al mando en la campaña y de quien ya hemos hablado a propósito de la muerte de Abner, que con el pretexto de informarle de la suerte de los combates, le envíe a Urías. Sin embargo, cuando tras entrevistarse con David, este le da permiso para ir a su casa con su mujer, el hitita responde:

-El Arca, Israel y Judá moran en tiendas, y Joab, mi señor, y los oficiales de mi señor acampan en campo raso, y ¿voy yo a ir a mi casa a comer y a beber y a dormir con mi mujer? ¡Por mi vida y por vida de tu alma, yo no haré tal cosa! (2 Samuel 11, 11).

Ante esta negativa, David, tras agasajarle, envía a Urías de vuelta al campamento con una carta para Joab. En ella ordena que se situe al hitita en lo más comprometido del combate y que en lo más recio de la lucha, lo abandonen sus compañeros, a fin de que sea muerto por el enemigo. Desaparecido así Urías, David se desposa con Betsabé.

Provoca así el rey, el desagrado de Yahveh, quien le envía al profeta Natán para recriminarle la acción. Este recurre a una hermosa parábola, en la que presenta a un hombre rico dueño de grandes rebaños y a uno pobre que no tiene más que una corderilla. Ocurrió que el rico recibió una visita y no queriendo sacrificar uno de sus animales para el banquete, hizo matar al del pobre. Al escuchar esto, David estalla indignado contra quien ha obrado tan vilmente, pero Natán le hace ver que es así como él mismo se ha comportado:

-¡Tú eres ese hombre! Así ha dicho Yahveh, Dios de Israel: Yo mismo te ungí rey sobre Israel, te salvé de las manos de Saúl y te entregué la casa de tu señor, coloqué en tu seno las mujeres de tu amo e hícete dueño de la casa de Israel y de Judá; y por si fuera poco, te habría agregado tales y cuales cosas. ¿Po qué has menospreciado la palabra de Yahveh, haciendo lo que parece mal a sus ojos? Has hecho perecer a espada a Urías el hitita y a su esposa te has cogido por esposa, asesinándole mediante la espada de los ammonitas. Ahora bien, la espada no se va a apartar de tu casa en castigo de haberme tú menospreciado y haber tomado a la mujer de Urías el hitita para que venga a ser tu mujer” (2 Samuel, 12, 7-10).

Una escena como la aquí relatada, hubiera sido inconcebible en cualquier otra monarquía no ya de la época, sino incluso de tiempos muy posteriores. Ningún sacerdote o profeta de cualquiera de los reinos vencidos por David, habría osado censurar a su rey de una manera tan dura por un crimen, cometido además contra un extranjero. Las exigencias éticas de la religión de Israel superan con mucho las de los cultos naturalistas cananeos. La denuncia de los abusos cometidos por los poderosos no es una excepción, sino un componente esencial de la actividad profética.

La temprana muerte del hijo nacido de Betsabé es solo el inicio de un cúmulo de desgracias, que se desarrollarán en un crescendo trágico en los capítulos siguientes, hasta conformar un cuadro que en nada desmerece de la historia de los Átridas o de las desventuras de la casa de Edipo.

jueves, 29 de agosto de 2013

San Juan Bautista, Precursor del nacimiento y de la muerte de Cristo


De las homilías de san Beda el Venerable, presbítero

El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios, ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad. Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor.

No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.
Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión fuera del Señor.

Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio. Él, que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y brilla»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin.

La muerte –que de todas maneras había de acaecerle por ley natural– era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien dice el Apóstol: A vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Solemnidad de San Agustín

Hoy, la Iglesia conmemora la solemnidad de San Agustín de Hipona, uno de los más grandes pensadores cristianos, ardiente buscador de la verdad. En su recuerdo traemos a nuestro blog la miniserie sobre su vida, dirigida en 2009 por Christian Duguay, y protagonizada por Alessandro Preziosi y Monica Guerritore.



lunes, 26 de agosto de 2013

Solemnidad de Santa Mónica

La Iglesia recuerda hoy a Santa Mónica, la madre que, con la fuerza de la oración y del ejemplo, luchó incansable, sostenida por el amor, hasta que el Señor permitió que viera a su hijo Agustín unido a la fe en Cristo.



Encuentro entre el Papa Francisco y Tawadros II, jefe de la iglesia Copta Egipcia

El encuentro entre el Papa y Tawadros II, jefe de la mayor iglesia cristiana del Próximo Oriente, tuvo lugar el pasado mes de mayo. Hoy, en un tiempo en que nuestros hermanos coptos egipcios afrontan terribles pruebas, queremos recordarla como testimonio del apoyo que siempre prestaremos a las iglesias que, aunque estén separadas de Roma, comparten con nosotros una misma fe.

domingo, 25 de agosto de 2013

La plenitud de la fe cristiana

Papa Francisco

«Abrahán […] saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría» (Jn 8,56). Según estas palabras de Jesús, la fe de Abrahán estaba orientada ya a él; en cierto sentido, era una visión anticipada de su misterio. Así lo entiende san Agustín, al afirmar que los patriarcas se salvaron por la fe, pero no la fe en el Cristo ya venido, sino la fe en el Cristo que había de venir, una fe en tensión hacia el acontecimiento futuro de Jesús. La fe cristiana está centrada en Cristo, es confesar que Jesús es el Señor, y Dios lo ha resucitado de entre los muertos (cf. Rm 10,9). Todas las líneas del Antiguo Testamento convergen en Cristo; él es el «sí» definitivo a todas las promesas, el fundamento de nuestro «amén» último a Dios (cf. 2 Co 1,20). La historia de Jesús es la manifestación plena de la fiabilidad de Dios. Si Israel recordaba las grandes muestras de amor de Dios, que constituían el centro de su confesión y abrían la mirada de su fe, ahora la vida de Jesús se presenta como la intervención definitiva de Dios, la manifestación suprema de su amor por nosotros. La Palabra que Dios nos dirige en Jesús no es una más entre otras, sino su Palabra eterna (cf. Hb 1,1-2). No hay garantía más grande que Dios.

Lumen Fidei, Cap. I, 15

sábado, 24 de agosto de 2013

Oración para combatir la pobreza mundial

United States Conference of Catholic Bishops

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, fuente de todos los dones, ayúdanos a ser corresponsables dignos de tus muchas bendiciones.
Padre, Creador de Abundancia, concédenos generosidad para compartir tus dones y beneficios con nuestros  hermanos y hermanas en toda la Tierra.
Jesús, Príncipe de Paz, que seamos artesanos de la paz que fortalece la justicia y de la justicia que sostiene la paz.
Espíritu de Justicia, que el amor y la igualdad que compartes con el Padre y el Hijo nos inspiren a apoyar políticas justas de comercio que levanten a los pobres.
Padre, Creador del mundo, que seamos buenos corresponsables de las riquezas de la Tierra y respetemos los pueblos de cuyas tierras se extraen los recursos.
Jesús, Señor que alivias nuestras cargas, que nos apiademos de las naciones agobiadas por las deudas y nos comprometamos a buscar su exoneración.
Espíritu Santo, Autor de la Vida, inspíranos a proteger el don de la Creación, y a ayudar a los pobres que más sufren a causa del daño al medio ambiente.
Santísima Trinidad, Comunión de Amor, ayúdanos a amar a todos nuestros prójimos y a los desplazados de sus hogares, acogiendo a los refugiados e inmigrantes y aliviando la pobreza  en otros países.
Padre, por tu Hijo y por el poder del Espíritu Santo, ayúdanos a reconocer tu rostro en todos los afectados por la pobreza mundial y llénanos con el amor y la fortaleza necesaria para combatir sus causas.
Padre, te lo pedimos por Cristo, tu Hijo y nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.
Amén



viernes, 23 de agosto de 2013

Santa Rosa de Lima

"Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús".
                                                                                               Santa Rosa de Lima

En la festividad de Santa Rosa de Lima, primera santa canonizada del nuevo continente, presentamos una película sobre su vida, dirigida por el español José María Elorrieta, en 1961. En ella se ofrece el testimonio de esta terciaria dominica, canonizada por el papa Clemente X en 1671.
Que su ejemplo de estar siempre al lado de los más desfavorecidos, nos sirva de guía espiritual.

jueves, 22 de agosto de 2013

El rey David (4)

Francisco Javier Bernad Morales

En un primer momento, la autoridad de David solo es admitida por Judá, en tanto que el resto de las tribus se mantienen fieles a la casa de Saúl, en la persona de su hijo Isbóset, proclamado rey por Abner, el principal general del monarca fallecido. Siguen tiempos de enfrentamiento en los cuales Abner, a su pesar, da muerte a Asahel, hermano de Joab, el más estrecho colaborador de David. Este suceso desencadena una venganza de sangre pues cuando más adelante, Abner, disgustado con Isbóset, busque un acercamiento a David, Joab lo matará a traición. Sorprendentemente aquel no castigará a su lugarteniente y se limitará a proclamar que no ha tenido nada que ver con el hecho. Nos encontramos así ante un rasgo del carácter de David que quizá ya se hubiera manifestado anteriormente, cuando se negó a dar muerte a Saúl, pese a tenerlo a su merced: una excesiva indulgencia con sus allegados, que en ocasiones raya con la debilidad.

A la defección y muerte de Abner, sigue el asesinato de Isbóset por dos de sus propios jefes militares, quienes pensaban de esta manera obtener el favor de David. Este sin embargo, los califica de hombres malvados que han terminado con la vida de un justo y, en consecuencia, los hace ejecutar. Tras esto, los jefes de las tribus del norte se dirigen a Hebrón, donde mora David, y lo reconocen como rey, con lo que este comienza a gobernar sobre todo el territorio de Israel.

Tras esto, 2 de Samuel narra la conquista de Jerusalén, hasta el momento en poder de los jebuseos, y la victoria sobre los filisteos que, alarmados por el creciente poderío de Israel, se habían unido para combatirlo. Decide entonces David trasladar el Arca de la Alianza a la ciudad recién conquistada y convertida en capital del reino y durante la procesión, él mismo danza en un baile ritual, lo que le vale el reproche de Mikal, la primera de sus esposas, hija de Saúl, quien considera  que se trata de una conducta impropia de su condición. Molesto, el rey responde con inusitada dureza:

-¡Delante de Yahveh saltaba! ¡Vive Yahveh que me escogió con preferencia a tu padre y toda tu familia para hacerme caudillo de su pueblo Israel, que he de danzar en presencia de Yahveh! (2 Samuel, 6, 21).

miércoles, 21 de agosto de 2013

San Pío X

Hoy celebramos la festividad de San Pío X, que ejerció su ministerio papal a principios del siglo pasado. Con este motivo, presentamos una breve reseña biográfica.

martes, 20 de agosto de 2013

Amo porque amo, amo por amar

Hoy, día en que en la Iglesia Católica celebramos la fiesta de San Bernardo, uno de los Padres de la Iglesia, que ofreció su testimonio en el siglo XI, reproducimos uno de sus sermones sobre el Cantar de los Cantares. En él destaca la importancia del amor como fin en sí mismo.

San Bernardo de Claraval


El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.
El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?
Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la criatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.
Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la criatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.


Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense

lunes, 19 de agosto de 2013

Oración por la paz

Papa Pablo VI

Señor, Dios de la paz,
Tú que creaste a los hombres para ser herederos de tu gloria,
Te bendecimos y agradecemos porque nos enviaste a Jesús,
tu Hijo muy amado.
Tú hiciste de Él, en el misterio de su Pascua,
el realizador de nuestra salvación,
la fuente de toda paz, el lazo de toda fraternidad.
Te agradecemos por los deseos,
esfuerzos y realizaciones que tu Espíritu de paz suscitó en nuestros días,
para sustituir el odio por el amor,
la desconfianza por la comprensión,
la indiferencia por la solidaridad.
Abre todavía más nuestro espíritu y nuestro corazón para las exigencias concretas del amor a todos nuestros hermanos, para que seamos,
cada vez más, artífices de la PAZ.
Acuérdate, oh Padre, de todos los que luchan, sufren y mueren
para el nacimiento de un mundo más fraterno.
Que para los hombres de todas las razas y lenguas
venga tu Reino de justicia, paz y amor. Amén.
 

domingo, 18 de agosto de 2013

O sacrum convivium

Traemos de nuevo a nuestras páginas una pieza de canto ambrosiano interpretado por la Schola Gregoriana Mediolanensis, bajo la dirección de Giovanni Vianini.

sábado, 17 de agosto de 2013

El rey David (3)

Francisco Javier Bernad Morales

Ante la hostilidad de Saúl, a David no le queda otra salida que apartarse definitivamente de la corte, convirtiéndose en un proscrito, jefe de un grupo de aventureros que, agobiados por las deudas o perseguidos por otros motivos,  no hallan otra forma de vida que el pillaje. Salvando las circunstancias concretas propias del tiempo y del lugar, podemos imaginarlo en esta etapa de su vida con rasgos similares a los que la tradición atribuye a Robin Hood. Su carrera de bandido se inicia en Nob, donde come los panes consagrados, ofrecidos por el sacerdote Ahimelek, quien asimismo le entrega la espada de Goliat. A continuación, tras una breve estancia entre los filisteos, busca asilo en Moab. En tanto, la persecución de Saúl no cesa. Mientras el rey hace matar a los sacerdotes de Nob, culpables de haber auxiliado a David (1 Samuel, 22), este combate por su cuenta a los filisteos en defensa de las ciudades de Judá, y termina por refugiarse en la montaña y el desierto, donde recibe la visita confortadora de Jonatán, con quien renueva su alianza. Es en estos tiempos de vida errante, cuando en dos ocasiones, David tiene la oportunidad de matar a Saúl y le perdona la vida, por tratarse del ungido del Señor.  Es también en esta época cuando conoce a Abigail, que, tras enviudar de Nabal, se convertirá en la segunda de sus esposas. Por entonces, muere asimismo el profeta Samuel.

Pese a la generosidad con que ha sido tratado por David, Saúl no ceja en el intento de matarle, lo que empuja finalmente a aquel a acogerse a la hospitalidad del rey filisteo de Gat (1 Samuel 27). Como mercenario devastará los territorios de los amalequitas, los guirizitas y los guesuritas, haciendo creer que sus ataques se dirigen contra Judá. De esta manera se gana la confianza del rey de Gat, pero no la de los restantes príncipes filisteos, que, cuando se enfrentan con Israel, exigen que David sea apartado del combate. Este al ser despedido, lo que le permite eludir una situación que había de resultarle engorrosa, se dirige contra los amalequitas, a los que vence, mientras que Saúl y Jonatán mueren, como ya se ha mencionado, abatidos por los filisteos en el monte de Gilboé. De esta manera, el joven pastor, admirado y odiado por Saúl, amado por Jonatán, jefe de una banda de proscritos y mercenario al servicio de los filisteos, está a las puertas de convertirse en un poderoso rey, pero aún habrá de vencer grandes dificultades antes de ser aceptado por las doce tribus de Israel.

jueves, 15 de agosto de 2013

martes, 13 de agosto de 2013

El rey David (2)

Francisco Javier Bernad Morales

La victoria sobre Goliat, le granjea a David la amistad de Jonatán, el hijo de Saúl, aunque también despierta los celos de este (1 Samuel, 18-19)). Durante algún tiempo los sentimientos del rey parecen ambivalentes: si por un lado intenta asesinar a David, por otro le ofrece en matrimonio a una de sus hijas. Primero a Merab y luego, tras entregar esta a otro hombre, faltando a la palabra dada, a Mikal, aunque pone como condición que aquel le entregue antes a modo de dote, los prepucios de cien filisteos. El texto indica que es una argucia con la que pretende conducir a David a la muerte. Sin embargo, el joven cumple sobradamente la exigencia y la boda finalmente se celebra.

Esto no impide que Saúl piense de nuevo en terminar con David, quien se salva gracias a que Jonatán interviene a su favor, recodando al rey los grandes servicios prestados por aquel y su lealtad sin mancha. El arrepentimiento de Saúl no impide que más adelante, ante nuevas victorias de David, conciba de nuevo el deseo de matarle, aunque de nuevo este se salva, ahora gracias a la advertencia de Mikal.

Refugiado en Ramah, junto al profeta Samuel, David escapa de nuevo de las asechanzas de Saúl con la ayuda de Jonatán (1 Samuel, 20), quien se compromete a mantenerle informado de los planes de su padre. Se establece en este momento un pacto formal entre ambos en el que asimismo David se obliga a mantener una actitud benevolente hacia Jonatán y su casa, en el momento en que Yahveh exija cuentas a sus enemigos.

Cuando mucho después mueran Saúl y Jonatán en combate contra los filisteos en la batalla de Gilboé, David mostrará su dolor en una hermosa elegía:

Hijas de Israel, 

llorad a Saúl,

el que os revestía de grana con adornos delicados,

el que ornaba vuestros vestidos con paramentos de oro.

¡Cómo han caído los héroes 
en medio del combate!
¡Jonatán entre tus collados herido de muerte!
Angustia siento por ti,
Jonatán hermano mío,
para mí tan grato.
Era tu amor para mí más preciado
que amor de mujeres.
¡Cómo han caído los héroes y han perecido las armas de guerra! (2 Samuel, 1, 24-27).

La prueba de que no se trata de un sentimiento fingido, fruto de un cálculo político, la hallamos más adelante cuando ya seguro en el trono de Israel, David se interesa por los descendientes de su amigo y al descubrir que aún vive uno de ellos, de nombre Mefiboset, en lugar de darle muerte para evitar que le dispute el poder, lo agasaja y le entrega los bienes que habían pertenecido a Saúl (2 Samuel, 9).

lunes, 12 de agosto de 2013

Himno copto: Oo nem nai

La Iglesia Ortodoxa Copta de Egipto, a la que ya nos hemos referido en artículos anteriores, es una de las más antiguas y, según la tradición fue fundada en el siglo I por el Apóstol San Marcos. Aunque faltan pruebas que corroboren esta creencia, sí las hay de que hacia el año 200 el cristianismo estaba ya ampliamente difundido en el país. Se trata de una iglesia monofisita que, por tanto, solo acepta los concilios anteriores al de Calcedonia. Además, mantiene un canon más amplio que el del la Católica, pues incluye el Salmo 151, la Oración de Manasés, y los libros III de Esdras y III de los Macabeos. Un rasgo curioso es que utiliza en la liturgia el idioma copto, evolución directa del hablado en el Egipto de los faraones. Es esta antigua lengua la que podemos escuchar en el himno que hemos seleccionado hoy. 
Por motivos técnicos, no es posible insertar el vídeo por lo que para escucharlo es preciso abrir el enlace:


Recordamos, por último, los difíciles momentos actualmente por nuestros hermanos cristianos en Egipto y otros países del Próximo Oriente. Enviémosles nuestro apoyo con una oración.

domingo, 11 de agosto de 2013

Oración frente a activismo

Homilía del Papa Francisco pronunciada el pasado 7 de julio  en la Jornada de los seminaristas, novicios, novicias y de todos los que están en el camino vocacional 
http://www.zenit.org
Queridos hermanos y hermanas:
Ya ayer tuve la alegría de encontrarme con ustedes, y hoy nuestra fiesta es todavía mayor porque nos reunimos de nuevo para celebrar la Eucaristía, en el día del Señor. Ustedes son seminaristas, novicios y novicias, jóvenes en el camino vocacional, provenientes de todas las partes del mundo: ¡representan a la juventud de la Iglesia! Si la Iglesia es la Esposa de Cristo, en cierto sentido ustedes constituyen el momento del noviazgo, la primavera de la vocación, la estación del descubrimiento, de la prueba, de la formación. Y es una etapa muy bonita, en la que se ponen las bases para el futuro. ¡Gracias por haber venido!
Hoy la palabra de Dios nos habla de la misión. ¿De dónde nace la misión? La respuesta es sencilla: nace de una llamada que nos hace el Señor, y quien es llamado por Él lo es para ser enviado. Pero, ¿cuál debe ser el estilo del enviado? ¿Cuáles son los puntos de referencia de la misión cristiana? Las lecturas que hemos escuchado nos sugieren tres: la alegría de la consolación, la cruz y la oración.
El primer elemento: la alegría de la consolación. El profeta Isaías se dirige a un pueblo que ha atravesado el periodo oscuro del exilio, ha sufrido una prueba muy dura; pero ahora, para Jerusalén, ha llegado el tiempo de la consolación; la tristeza y el miedo deben dejar paso a la alegría: "Festejad… gozad… alegraos", dice el Profeta (66,10). Es una gran invitación a la alegría. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo? Porque el Señor hará derivar hacia la santa Ciudad y sus habitantes un "torrente" de consolación, de ternura materna: "Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo" (v. 12-13). Todo cristiano, sobre todo nosotros, estamos llamados a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para con todos. Pero sólo podremos ser portadores si nosotros experimentamos antes la alegría de ser consolados por Él, de ser amados por Él. Esto es importante para que nuestra misión sea fecunda: sentir la consolación de Dios y transmitirla. La invitación de Isaías ha de resonar en nuestro corazón: "Consolad, consolad a mi pueblo" (40,1), y convertirse en misión. La gente de hoy tiene necesidad ciertamente de palabras, pero sobre todo tiene necesidad de que demos testimonio de la misericordia, la ternura del Señor, que enardece el corazón, despierta la esperanza, atrae hacia el bien. ¡La alegría de llevar la consolación de Dios!
El segundo punto de referencia de la misión es la cruz de Cristo. San Pablo, escribiendo a los Gálatas, dice: "Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (6,14). Y habla de las "marcas", es decir, de las llagas de Cristo Crucificado, como el cuño, la señal distintiva de su existencia de Apóstol del Evangelio. En su ministerio, Pablo ha experimentado el sufrimiento, la debilidad y la derrota, pero también la alegría y la consolación. He aquí el misterio pascual de Jesús: misterio de muerte y resurrección. Y precisamente haberse dejado conformar con la muerte de Jesús ha hecho a San Pablo participar en su resurrección, en su victoria. En la hora de la oscuridad y de la prueba está ya presente y activa el alba de la luz y de la salvación. ¡El misterio pascual es el corazón palpitante de la misión de la Iglesia! Y si permanecemos dentro de este misterio, estamos a salvo tanto de una visión mundana y triunfalista de la misión, como del desánimo que puede nacer ante las pruebas y los fracasos. La fecundidad del anuncio del Evangelio no procede ni del éxito ni del fracaso según los criterios de valoración humana, sino de conformarse con la lógica de la Cruz de Jesús, que es la lógica del salir de sí mismos y darse, la lógica del amor. Es la Cruz –siempre la Cruz con Cristo-, la que garantiza la fecundidad de nuestra misión. Y desde la Cruz, acto supremo de misericordia y de amor, renacemos como "criatura nueva" (Ga 6,15).ù
Finalmente, el tercer elemento: la oración. En el Evangelio hemos escuchado: "Rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies" (Lc 10,2). Los obreros para la mies no son elegidos mediante campañas publicitarias o llamadas al servicio y a la generosidad, sino que son "elegidos" y "mandados" por Dios. Por eso es importante la oración. La Iglesia, nos ha repetido Benedicto XVI, no es nuestra, sino de Dios; el campo a cultivar es suyo. Así pues, la misión es sobre todo gracia. Y si el apóstol es fruto de la oración, encontrará en ella la luz y la fuerza para su acción. En efecto, nuestra misión pierde su fecundidad, e incluso se apaga, en el mismo momento en que se interrumpe la conexión con la fuente, con el Señor.
Queridos seminaristas, queridas novicias y queridos novicios, queridos jóvenes en el camino vocacional. "La evangelización se hace de rodillas", me decía uno de ustedes el otro día. ¡Sean siempre hombres y mujeres de oración! Sin la relación constante con Dios la misión se convierte en función. El riesgo del activismo, de confiar demasiado en las estructuras, está siempre al acecho. Si miramos a Jesús, vemos que la víspera de cada decisión y acontecimiento importante, se recogía en oración intensa y prolongada. Cultivemos la dimensión contemplativa, incluso en la vorágine de los compromisos más urgentes y acuciantes. Cuanto más les llame la misión a ir a las periferias existenciales, más unido ha de estar su corazón a Cristo, lleno de misericordia y de amor. ¡Aquí reside el secreto de la fecundidad de un discípulo del Señor!
Jesús manda a los suyos sin "talega, ni alforja, ni sandalias" (Lc 10,4). La difusión del Evangelio no está asegurada ni por el número de personas, ni por el prestigio de la institución, ni por la cantidad de recursos disponibles. Lo que cuenta es estar imbuidos del amor de Cristo, dejarse conducir por el Espíritu Santo, e injertar la propia vida en el árbol de la vida, que es la Cruz del Señor.
Queridos amigos y amigas, con gran confianza les pongo bajo la intercesión de María Santísima. Ella es la Madre que nos ayuda a tomar las decisiones definitivas con libertad, sin miedo. Que Ella les ayude a dar testimonio de la alegría de la consolación de Dios, a conformarse con la lógica de amor de la Cruz, a crecer en una unión cada vez más intensa con el Señor. ¡Así su vida será rica y fecunda! Amén.

sábado, 10 de agosto de 2013

El rey David (1)

Francisco Javier Bernad Morales

Recientemente un equipo de arqueólogos israelíes, dirigido por el profesor Yossi Garfinkel, ha anunciado el descubrimiento en Khirbet Qeifaya, a unos treinta kilómetros de Jerusalén, de los restos de una edificación palacial del siglo X a. C. Se trata de un hallazgo de excepcional importancia, pues constituye la prueba arqueológica de la presencia en la zona de un poderoso reino en los tiempos en que, a partir del relato bíblico, se supone que vivió David.

Aunque a grandes rasgos, los episodios principales de la vida de David, tal como aparecen en la Biblia, son sobradamente familiares a cualquier lector cristiano, no está de más recoger, siquiera sea brevemente, lo que de él se nos ha transmitido. Se le menciona como autor de numerosos salmos y el libro 1 de las Crónicas se ocupa de su reinado, pero es en el 1 y 2 de Samuel donde encontramos una narración vívida de sus acciones antes y después de la subida al trono. David se nos presenta aquí como un valeroso guerrero temeroso de Dios, que tras una complicada serie de episodios, conquista el poder y lleva a Israel a una dorada etapa de esplendor. Pero no son las victorias militares ni el engrandecimiento del reino lo que nos seduce, sino el modo en que aparece retratada su personalidad. El ungido por el Señor, cuyo reinado quedará para siempre como un ideal difícilmente alcanzable, es también un amigo leal y un padre indulgente hasta el extremo, incluso un hombre débil, que sucumbe a las pasiones y que para satisfacerlas llega hasta el asesinato. Queda claro que para el narrador es un héroe, pero ante todo un ser humano que, aunque dotado de grandes virtudes, es capaz también de cometer graves pecados.

Su primera aparición se produce en 1 Samuel 16, cuando el Señor, tras haber retirado su favor a Saúl, que ha incumplido sus mandatos en lucha con los amalequitas, ordena al profeta que se dirija a Belén, para ungir a uno de los hijos de Jesé. Contra lo que cabría esperar, el elegido es el más pequeño, que en aquel momento se halla ausente cuidando del rebaño. A partir de este momento se inicia un ascenso plagado de dificultades. En un primer momento, el joven es llamado al servicio de Saúl, convertido en su escudero, a la par que, mediante el tañido del arpa, alivia la melancolía de su rey. El capítulo siguiente, donde se narra su victoria sobre el filisteo Goliat, parece, sin embargo, proceder de una tradición distinta, pues en él David se presenta todavía como un joven pastor que, por mandato de su padre, visita el campamento israelita para llevar alimentos a sus hermanos. Solo antes del enfrentamiento intercambia unas palabras con Saúl, quien le entrega su armadura, de la que el joven se deshace por no estar acostumbrado a ella. Después del combate, conducido de nuevo ante la presencia del rey, este le pregunta por su filiación, lo que refuerza la idea de que no le conocía anteriormente.

viernes, 9 de agosto de 2013

Himno de la Anunciación

De nuevo presentamos un himno del músico ruso Pavel Chesnokov (1877-1944):

miércoles, 7 de agosto de 2013

Llamar a Cristo

San Agustín

Cuando salían de Jericó le seguía una gran multitud. Y he aquí que dos ciegos sentados a la vera del camino, al oír que pasaba Jesús se pusieron a gritar: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! La multitud les regañaba para que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! Jesús se paró los llamó y les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Le respondieron: Señor que se abran nuestros ojos. Jesús, compadecido, les tocó los ojos y al instante comenzaron a ver, y le siguieron (/Mt/20/29-34/Ag).
¿Qué es, hermanos, gritar a Cristo, sino adecuarse a la gracia del Señor con las buenas obras? Digo esto, hermanos, porque no sea que levantemos mucho la voz, mientras enmudecen nuestras costumbres. ¿Quién es el que gritaba a Cristo, para que expulsase su ceguera interior al pasar Él, es decir, al dispensarnos los sacramentos temporales, con los que se nos invita a adquirir los eternos? ¿Quién es el que grita a Cristo? Quien desprecia el mundo, llama a Cristo. Quien desdeña los placeres del siglo, clama a Cristo. Quien dice, no con la lengua, sino con la vida, el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (Gal 6, 14), ése es el que grita a Cristo.
Llama a Cristo quien reparte y da a los pobres, para que su justicia permanezca por los siglos de los siglos (cfr. Sal 101, 9). Quien escucha y no se hace el sordo—vended vuestras bienes y dad limosna; haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el Cielo (Lc 12, 33)— como si oyese el sonido de los pasos de Cristo que pasa, al igual que el ciego, clame por estas cosas, es decir, hágalas realidad. Su voz esté en sus hechos. Comience a despreciar el mundo, a distribuir sus posesiones al necesitado, a tener en nada lo que los hombres aman. Deteste las injurias, no apetezca la venganza, ponga la mejilla al que le hiere, ore por los enemigos; si alguien le quitare lo suyo, no lo exija; si, al contrario, hubiera quitado algo a alguien, devuélvale el cuádruplo.
Una vez que haya comenzado a obrar asé, todos sus parientes, afines y amigos se alborotarán. Quienes aman el mundo se le pondrán en contra: «¿Qué haces, loco? ¡No te excedas!: ¿acaso los demás no son cristianos? Eso es idiotez, locura». Cosas como ésta grita la turba para que los ciegos no clamen. La turba reprendía a los que clamaban, pero no tapaba sus clamores.
Comprendan cómo han de obrar quienes desean ser sanados. También ahora pasa Jesús: los que se hallan a la vera del camino, griten. Tales son los que le honran con los labios, pero su corazón está alejado de Dios (cfr. Is 29, 13). A la vera del camino están aquellos de corazón contrito a quienes dio órdenes el Señor. En efecto, siempre que se nos leen las obras transitorias del Señor, se nos muestra a Jesús que pasa. Porque hasta el fin de los siglos no faltarán ciegos sentados a la vera del camino. Es necesario que levanten su voz.
La muchedumbre que acompañaba al Señor reprendía el clamor de los que buscaban la salud. Hermanos, ¿os dais cuenta de lo que digo? No sé de que modo decirlo, pero tampoco cómo callar. Esto es lo que digo, y abiertamente. Temo a Jesús que pasa y se queda, y no puedo callarlo: los cristianos malos y tibios obstaculizan a los buenos cristianos, a los verdaderamente llenos de celo y deseosos de cumplir los mandamientos de Dios, escritos en el Evangelio. La misma turba que está con el Señor, calla a los que claman; es decir, obstaculiza a los que obran el bien, no sea que con su perseverancia sean curados.
Clamen ellos, no se cansen ni se dejen arrastrar por la autoridad de la masa; no imiten siquiera a los que, cristianos desde antiguo, viven mal y sienten envidia de las buenas obras. No digan: «¡Vivamos como la gran multitud!». ¿Y por qué no como ordena el Evangelio? ¿Por qué quieres vivir conforme a la reprensión de la turba que impide gritar, y no según las huellas de Cristo que pasa? Te insultarán, te vituperarán, te llamarán para que vuelvas atrás. Tú clama hasta que tu grito llegue a oídos de Jesús. Pues quienes perseveraren en obrar lo que ordenó Cristo, sin hacer caso de la muchedumbre que lo prohibe, y no se ensoberbecieren por el hecho de que parecen seguir a Cristo—esto es, por llamarse cristianos—, sino que tuvieren más amor a la luz que Cristo les ha de restituir que temor al estrépito de los que les prohiben; éstos en modo alguno se verán separados: Cristo se detendrá y los sanará (...).
En pocas palabras, para terminar este sermón, hermanos, en aquello que tanto nos toca y nos angustia, ved que es la muchedumbre la que reprende a los ciegos que gritan. Todos los que estáis en medio de la turba y queréis ser sanados, no os asustéis. Muchos son cristianos de nombre e impíos por las obras: que no os aparten de hacer el bien. Gritad en medio de la muchedumbre que os reprende, os llama para que volváis atrás, os insulta y vive perversamente.
Mirad que los malos cristianos no sólo oprimen a los buenos con las palabras, sino también con las malas obras. Un buen cristiano no quiere asistir a los espectáculos: por el mismo hecho de frenar su concupiscencia para no acudir al teatro, ya grita en pos de Cristo, ya clama que le sane: «Otros van —dirá—, pero serán paganos, o judíos». Si los cristianos no fueran a los teatros, habría tan poca gente, que los demás se retirarían llenos de vergüenza. Pero los cristianos corren también hacia allá, llevando su santo nombre a lo que es su perdición. Clama, pues, negándote a ir, reprimiendo en tu corazón la concupiscencia temporal, y manténte en ese clamor fuerte y perseverante ante los oídos del Salvador, para que se detenga y te cure. Clama aun en medio de la muchedumbre, no pierdas la confianza en los oídos del Señor. Aquellos ciegos no gritaron desde el lado en el que no estaba la muchedumbre, para ser oídos desde allí, sin el estorbo de quienes les prohibían. Clamaron en medio de la turba y, no obstante, el Señor les escuchó. Hacedlo así vosotros también, en medio de los pecadores y lujuriosos, en medio de los amantes de las vanidades mundanas. Clamad ahí para que os sane el Señor. No gritéis desde otra parte, no vayáis a los herejes para clamar desde allí. Considerad, hermanos, que en medio de aquella muchedumbre que impedía gritar, allí mismo fueron sanados los que clamaban.

(Sermón 88, 12-13, 17) 


lunes, 5 de agosto de 2013

He recorrido hasta la meta, he mantenido la fe

No conocemos el año de nacimiento de Eusebio de Vercelli, aunque debe situarse en torno al 283. sí conocemos, en cambio, el de su fallecimiento, 371. Siendo obispo intervino en la querella contra los arrianos, favorecidos por Constancio II, hijo de Constantino el Grande. Está actitud desagradó al emperador que lo desterró a Escitópolis, actual Beit She'an en el norte de Israel. A la muerte de Constancio, pudo regresar a Italia, donde continuó la lucha contra el arrianismo e impulsó la vida monástica. Reproducimos una carta escrita durante el exilio.

San Eusebio de Vercelli

De las cartas de san Eusebio de Vercelli, obispo (Carta 2,1, 3-2, 3;10,1-11,1: CCL 9,104-105.109). Liturgia de las Horas, Lectio altera del 2 de agosto, San Eusebio de Vercelli, obispo.

He tenido noticias de vosotros, hermanos muy amados, y he sabido que estáis bien, como era mi deseo, y he tenido de pronto la sensación de que, atravesando la gran distancia que nos separa, me encontraba entre vosotros, igual como sucedió con Habacuc, que fue llevado por un ángel a la presencia de Daniel. Al recibir cada una de vuestras cartas y al leer en ellas vuestras santas disposiciones de ánimo y vuestro amor, las lágrimas se mezclaban con mi gozo y refrenaban mi avidez de leer; y era necesaria esta alternancia de sentimientos, ya que, en su mutuo afán de adelantarse el uno al otro, contribuían a una más plena manifestación de la intensidad de mi amor. Así, ocupado un día tras otro en esta lectura, me imaginaba que estaba hablando con vosotros y me olvidaba de los sufrimientos pasados; así, me sentía inundado de gozo al considerar vuestra fe, vuestro amor y los frutos que de ellos se derivan, a tal punto que, al sentirme tan feliz,era como si de repente no me hallara en el destierro, sino entre vosotros.
Por tanto, hermanos muy amados, me alegro de vuestra fe, me alegro de la salvación, que es consecuencia de esta fe, me alegro del fruto que producís, el cual redunda en provecho no sólo de los que están entre vosotros, sino también de los que viven lejos; y, así como el agricultor se dedica al cultivo del árbol que da fruto y que; por lo tanto, no está destinado a ser talado y echado al fuego, así también yo quiero y deseo emplearme, en cuerpo y alma, en vuestro servicio, con miras a vuestra salvación.
Por lo demás, esta carta he tenido que escribirla a duras penas y como he podido, rogando continuamente a Dios que sujetase por un tiempo a mis guardianes y me hiciese la merced de un diácono que, más que llevaros noticias de mis sufrimientos, os transmitiese mi carta de saludo, tal cual la he escrito. Por todo ello, os ruego encarecidamente que pongáis todo vuestro empeño en mantener la integridad de la fe, en guardar la concordia, en dedicaros a la oración, en acordaros constantemente de mí, para que el Señor se digne dar la libertad a su Iglesia, que en todo el mundo trabaja esforzadamente; y para que yo, que ahora estoy postergado, pueda, una vez liberado, alegrarme con vosotros.
También pido y os ruego, por la misericordia de Dios, que cada uno de vosotros quiera ver en esta carta un saludo personal, ya que las circunstancias me impiden escribiros a cada uno personalmente como solía; por ello, en esta carta, me dirijo a todos vosotros, hermanos y santas hermanas, hijos e hijas, de cualquier sexo y edad, rogándoos que os conforméis con este saludo y que me hagáis el favor de transmitirlo también a los que, aun estando ausentes, se dignan favorecerme con su afecto.

sábado, 3 de agosto de 2013

jueves, 1 de agosto de 2013

Tomad, Señor, y recibid

San Ignacio de Loyola

Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad;
todo mi haber y mi poseer.

Vos me disteis,
a Vos, Señor, lo torno.
Todo es Vuestro:
disponed de ello
según Vuestra Voluntad.

Dadme Vuestro Amor y Gracia,
que éstas me bastan.
Amén.