sábado, 27 de agosto de 2011

Invocación

Para iniciar nuestra andadura queremos repetir la invocación con que San Agustín abre sus Confesiones. Buscamos así su amparo en el camino que emprendemos:

¡Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza! ¡Grande es tu poder y tu sabiduría no tiene medida!
Y pretende alabarte un hombre, pequeña migaja de tu creación. Precisamente un hombre que lleva en torno suyo la mortalidad, que lleva a flor de piel la etiqueta de su pecado y el testimonio de tu resistencia a los soberbios.
A pesar de todo, pretende alabarte un hombre, pequeña migaja de tu creación. Y eres tú mismo quien le estimula a que halle satisfacción alabándote, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.
Dame, Señor, saber y comprender qué es antes: invocarte o alabarte. Qué es antes: conocerte o invocarte. Pero ¿quién puede invocarte si no te conoce? En tal caso, el que no te conoce puede invocar una cosa en vez de otra. ¿No será más bien que el invocarte persigue la finalidad de conocerte? Por otro lado, ¿cómo van a invocar a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo van a creer sin que alguien les predique? Y alabarán al Señor los que le buscan. Los que le buscan le hallarán. haz que te busque, Señor, invocándote y que te invoque creyendo en ti, pues ya me has sido anunciado. Señor, te invoca mi fe, la fe que me diste, la fe que me inspiraste mediante la humanidad de tu Hijo y el ministerio de tu mensajero.

Confesiones (1, 1)