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11 mayo 2020

Sister Marie Keyrouz - Psalms - طوبى لهم

La hermana Marie Keyrouz está dotada con una voz maravillosa. Les invitamos a escucharla en este hermoso salmo.

26 julio 2014

Salmo 135. Canto melquita

Con este salmo cantado en árabe, recordamos a nuestros hermanos cristianos de Irak, Siria y Líbano, a quienes siempre tenemos presentes en nuestras oraciones.

13 abril 2014

Diego Ortiz: Dixit Dominus. Salmo 110 (109)




Diego Ortiz (Toledo, 1510/Nápoles, 1570)

Salmo 109 "Dixit Dominus Domino meo", a 4 alternatim

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha 
y haré de tus enemigos 
estrado de tus pies».

Desde Sión extenderá el Señor 
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, 
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío, 
antes de la aurora».

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: 
«Tú eres sacerdote eterno, 
según el rito de Melquisedec».

El Señor a tu derecha, el día de su ira, 
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente, 
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
y por los siglos de los siglos. Amén.

Obviamente, los tres últimos versos son un añadido.

26 julio 2013

Salmo 135. Monjes de Simono Petra

Los monjes ortodoxos de Simono Petra (Monte Athos) cantan el salmo 135.

13 marzo 2013

No me escondas la luz de tu rostro

San Ambrosio

 Ha resplandecido sobre nosotros la luz de tu rostro

Dice, en efecto: El Dios que dijo: “Brille la luz del seno de la tiniebla” ha brillado en nuestros corazones para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios reflejada en Cristo. Vemos, pues, de qué manera brilla en nosotros la luz de Cristo- Él es, en efecto, el resplandor eterno de las almas, ya que para esto lo envió el Padre al mundo, para que, iluminados por su rostro, podamos esperar las cosas eternas y celestiales, nosotros que antes nos hallábamos impedidos por la oscuridad de este mundo. ¿Y qué digo de Cristo, si el mismo apóstol Pedro dijo a aquel cojo de nacimiento: Míranos? Él miró a Pedro y quedó iluminado con el don de la fe; porque no hubiese sido curado si antes no hubiese creído confiadamente. Si ya el poder de los apóstoles era tan grande, comprendemos por qué Zaqueo, al oír que pasaba el Señor Jesús, subió a un árbol, ya que era pequeño de estatura y la multitud le impedía verlo. Vio a Cristo y encontró la luz, lo vio y él, que antes se apoderaba de lo ajeno, empezó a dar lo que era suyo. ¿Por qué nos escondes tu rostro? , esto es: “Aunque nos escondes tu rostro, Señor, a pesar de todo, ha resplandecido sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor. A pesar de todo, poseemos esta luz en nuestro corazón y brilla en lo íntimo de nuestro ser; porque nadie puede subsistir, si tú le escondes tu rostro”.

                                   (De los comentarios de San Ambrosio, obispo, sobre los salmos. Salmos 43, 89-90)

05 marzo 2013

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo

San Agustín

De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido. Por lo tanto, se invoca desde los confines de la tierra, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. ¿Y quién es ese único hombre que clama desde los confines de la tierra? Los que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra. De manera que quien clama desde los confines de la tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros.
Y ¿qué es lo que pide? Lo que he dicho antes: Dios mío escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra. O sea: Esto que pido, lo pido desde los confines de la tierra, es decir, desde todas partes.
Pero, ¿por qué ha invocado así? Porque tenía el corazón abatido. Con ello da a entender que el Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones.
Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.
Éste que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, a su cuerpo, quiso prefigurarnos también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y ascendió al cielo, a fin de que sus miembros no desesperen de llegar adonde su cabeza los precedió.
De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria.
Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él. Podía haber evitado al diablo; pero, si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado.



28 diciembre 2012

La adoración de los magos

Francisco Javier Bernad Morales

No podía ser de otra manera. Benedicto XVI ha publicado un libro y una bandada de plumíferos se ha cernido sobre él, compitiendo por el titular más escandaloso y, a su limitado entender, más desfavorable para la Iglesia Católica. Estamos acostumbrados a que las palabras del Papa sean sistemáticamente tergiversadas, aunque hemos de reconocer que a menudo esta conducta no está tan solo motivada por el deseo de ridiculizar nuestras creencias, sino también por la ignorancia de quienes reseñan aquello que son incapaces de entender. En esta ocasión, tras el cúmulo de disparates a cuenta de la presencia del buey y de la mula en el pesebre, ya comentados en un artículo de Rafael Aguirre del que nos hicimos eco en esta blog,  los infatigables reporteros han aireado a los cuatro vientos la sensacional noticia de que según el pontífice, los Reyes Magos no venían de Oriente, sino que, pásmense, eran andaluces.

Giotto. La adoración de los magos

Cualquier persona mínimamente familiarizada con la Sagrada Escritura, aún antes de leer el libro entiende que es imposible que el Papa haya escrito tal cosa. Intentemos, pues, aproximarnos a sus palabras reales. Se refieren a un episodio solo narrado en el Evangelio de Mateo: unos magos, cuyo número no se precisa, guiados por una estrella, se presentan ante Herodes y le preguntan por el lugar de nacimiento del rey de los judíos (Mt 2). A partir de este hecho, Benedicto XVI indaga en primer lugar sobre los diferentes significados que la palabra “mago” puede tener en el Evangelio: sacerdotes zoroastrianos, personas dotadas de saberes sobrenaturales y también brujos, como aquel a quien Pablo califica de “hijo del diablo” (Hch 13, 10). Se inclina por la primera acepción, aunque señala que esta debe entenderse en un sentido amplio, referido a personas que independientemente de que pertenecieran o no a la clase sacerdotal, poseían conocimientos filosóficos y religiosos desarrollados en el ambiente de aquella. En conclusión:

… estos hombres son predecesores, precursores de los buscadores de la verdad, propios de todos los tiempos (BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús, Barcelona, Planeta, 2012, p. 101).

La Iglesia, continúa, ha leído esta historia a la luz de Isaías 60 y del Salmo 72, 10, con lo que ha convertido a estos sabios en reyes:

Las naciones caminarán a tu luz, y los reyes al fulgor de tu aurora (Is 60, 3)

Los monarcas de Tarsis y las Islas | ofrecerán tributo (Sal 72, 10).

Es a continuación cuando aparece el párrafo tan aireado. Para evitar confusiones, lo copiaré textualmente:

La promesa contenida en estos textos extiende la proveniencia de estos hombres hasta el Extremo Occidente (Tarsis-Tartesos en España), pero la tradición ha desarrollado ulteriormente este anuncio de la universalidad de los reinos de aquellos soberanos, interpretándolos como reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa (p. 102).

Ha de entenderse que el Papa se  refiere a los textos del Salmo y de Isaías. Los cristianos siempre hemos creído que en Jesús alcanzan su cumplimiento las promesas contenidas en el Antiguo Testamento -el Tanaj judío- ya que él es el Mesías, el Cristo, anunciado por los profetas. De este modo, los magos, independientemente de su procedencia y rango concretos, representan a toda la humanidad, sedienta de verdad y de justicia. Esta concepción universalista ha llevado asimismo a simbolizar en ellos las tres edades del hombre: juventud, madurez y senectud.

Abraham Bloemaert. La adoración de los magos


03 octubre 2012

Va, pensiero

Este coro de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi, con libreto de Temistocle Solera, se inspira en el Salmo 137. En él, los judíos cautivos en Babilonia tras la destrucción del primer Templo, expresan la añoranza por la tierra perdida. Estrenado en 1842, desde el primer momento el público lo interpretó como un canto a la libertad.

Aquí lo interpreta el coro del Metropolitan Opera House de Nueva York.

04 mayo 2012

Mensaje para la 49ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2012

Benedicto XVI

“Las vocaciones, don de la caridad de Dios” (29 de abril de 2012, IV Domingo de Pascua)

Queridos hermanos y hermanas

La XLIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 29 de abril de 2012, cuarto domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: Las vocaciones don de la caridad de Dios.
La fuente de todo don perfecto es Dios Amor –Deus caritas est–: “Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16). La Sagrada Escritura narra la historia de este vínculo originario entre Dios y la humanidad, que precede a la misma creación. San Pablo, escribiendo a los cristianos de la ciudad de Éfeso, eleva un himno de gratitud y alabanza al Padre, el cual con infinita benevolencia dispone a lo largo de los siglos la realización de su plan universal de salvación, que es un designio de amor. En el Hijo Jesús –afirma el Apóstol– “nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor” (Ef 1,4). Somos amados por Dios incluso “antes” de venir a la existencia. Movido exclusivamente por su amor incondicional, él nos “creó de la nada” (cf. 2M 7,28) para llevarnos a la plena comunión con Él.
Lleno de gran estupor ante la obra de la providencia de Dios, el Salmista exclama: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que te cuides de él?” (Sal 8,4-5). La verdad profunda de nuestra existencia está, pues, encerrada en ese sorprendente misterio: toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno (cf. Jr 31,3). El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo. En una célebre página de las Confesiones, San Agustín expresa con gran intensidad su descubrimiento de Dios, suma belleza y amor, un Dios que había estado siempre cerca de él, y al que al final le abrió la mente y el corazón para ser transformado: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti” (X, 27,38). Con estas imágenes, el Santo de Hipona intentaba describir el misterio inefable del encuentro con Dios, con su amor que transforma toda la existencia.
Se trata de un amor sin reservas que nos precede, nos sostiene y nos llama durante el camino de la vida y tiene su raíz en la absoluta gratuidad de Dios. Refiriéndose en concreto al ministerio sacerdotal, mi predecesor, el beato Juan Pablo II, afirmaba que “todo gesto ministerial, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo” (Exhort. ap. Pastores dabo vobis, 25). En efecto, toda vocación específica nace de la iniciativa de Dios; es don de la caridad de Dios. Él es quien da el “primer paso” y no como consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud de la presencia de su mismo amor “derramado en nuestros corazones por el Espíritu” (Rm 5,5).En todo momento, en el origen de la llamada divina está la iniciativa del amor infinito de Dios, que se manifiesta plenamente en Jesucristo. Como escribí en mi primera encíclica Deus caritas est, “de hecho, Dios es visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía” (n. 17).El amor de Dios permanece para siempre, es fiel a sí mismo, a la “palabra dada por mil generaciones” (Sal 105,8). Es preciso por tanto volver a anunciar, especialmente a las nuevas generaciones, la belleza cautivadora de ese amor divino, que precede y acompaña: es el resorte secreto, es la motivación que nunca falla, ni siquiera en las circunstancias más difíciles.Queridos hermanos y hermanas, tenemos que abrir nuestra vida a este amor; cada día Jesucristo nos llama a la perfección del amor del Padre (cf. Mt 5,48). La grandeza de la vida cristiana consiste en efecto en amar “como” lo hace Dios; se trata de un amor que se manifiesta en el don total de sí mismo fiel y fecundo. San Juan de la Cruz, respondiendo a la priora del monasterio de Segovia, apenada por la dramática situación de suspensión en la que se encontraba el santo en aquellos años, la invita a actuar de acuerdo con Dios: “No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor” (Epistolario, 26).En este terreno oblativo, en la apertura al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones. Y bebiendo de este manantial mediante la oración, con el trato frecuente con la Palabra y los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, será posible vivir el amor al prójimo en el que se aprende a descubrir el rostro de Cristo Señor (cf. Mt 25,31-46). Para expresar el vínculo indisoluble que media entre estos “dos amores” –el amor a Dios y el amor al prójimo– que brotan de la misma fuente divina y a ella se orientan, el Papa San Gregorio Magno se sirve del ejemplo de la planta pequeña: “En el terreno de nuestro corazón, [Dios] ha plantado primero la raíz del amor a él y luego se ha desarrollado, como copa, el amor fraterno” (Moralium Libri, sive expositio in Librum B. Job, Lib. VII, cap. 24, 28; PL 75, 780D).Estas dos expresiones del único amor divino han de ser vividas con especial intensidad y pureza de corazón por quienes se han decidido a emprender un camino de discernimiento vocacional en el ministerio sacerdotal y la vida consagrada; constituyen su elemento determinante. En efecto, el amor a Dios, del que los presbíteros y los religiosos se convierten en imágenes visibles –aunque siempre imperfectas– es la motivación de la respuesta a la llamada de especial consagración al Señor a través de la ordenación presbiteral o la profesión de los consejos evangélicos. La fuerza de la respuesta de san Pedro al divino Maestro: “Tú sabes que te quiero” (Jn 21,15), es el secreto de una existencia entregada y vivida en plenitud y, por esto, llena de profunda alegría.La otra expresión concreta del amor, el amor al prójimo, sobre todo hacia los más necesitados y los que sufren, es el impulso decisivo que hace del sacerdote y de la persona consagrada alguien que suscita comunión entre la gente y un sembrador de esperanza. La relación de los consagrados, especialmente del sacerdote, con la comunidad cristiana es vital y llega a ser parte fundamental de su horizonte afectivo. A este respecto, al Santo Cura de Ars le gustaba repetir: “El sacerdote no es sacerdote para sí mismo; lo es para vosotros”(Le curé d’Ars. Sa pensée – Son coeur, Foi Vivante, 1966, p. 100).Queridos Hermanos en el episcopado, queridos presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, catequistas, agentes de pastoral y todos los que os dedicáis a la educación de las nuevas generaciones, os exhorto con viva solicitud a prestar atención a todos los que en las comunidades parroquiales, las asociaciones y los movimientos advierten la manifestación de los signos de una llamada al sacerdocio o a una especial consagración. Es importante que se creen en la Iglesia las condiciones favorables para que puedan aflorar tantos “sí”, en respuesta generosa a la llamada del amor de Dios.Será tarea de la pastoral vocacional ofrecer puntos de orientación para un camino fructífero. Un elemento central debe ser el amor a la Palabra de Dios, a través de una creciente familiaridad con la Sagrada Escritura y una oración personal y comunitaria atenta y constante, para ser capaces de sentir la llamada divina en medio de tantas voces que llenan la vida diaria. Pero, sobre todo, que la Eucaristía sea el “centro vital” de todo camino vocacional: es aquí donde el amor de Dios nos toca en el sacrificio de Cristo, expresión perfecta del amor, y es aquí donde aprendemos una y otra vez a vivir la “gran medida” del amor de Dios. Palabra, oración y Eucaristía son el tesoro precioso para comprender la belleza de una vida totalmente gastada por el Reino.Deseo que las Iglesias locales, en todos sus estamentos, sean un “lugar” de discernimiento atento y de profunda verificación vocacional, ofreciendo a los jóvenes un sabio y vigoroso acompañamiento espiritual. De esta manera, la comunidad cristiana se convierte ella misma en manifestación de la caridad de Dios que custodia en sí toda llamada. Esa dinámica, que responde a las instancias del mandamiento nuevo de Jesús, se puede llevar a cabo de manera elocuente y singular en las familias cristianas, cuyo amor es expresión del amor de Cristo que se entregó a sí mismo por su Iglesia (cf. Ef 5,32). En las familias, “comunidad de vida y de amor” (Gaudium et spes, 48), las nuevas generaciones pueden tener una admirable experiencia de este amor oblativo. Ellas, efectivamente, no sólo son el lugar privilegiado de la formación humana y cristiana, sino que pueden convertirse en “el primer y mejor seminario de la vocación a la vida de consagración al Reino de Dios” (Exhort. ap. Familiaris consortio, 53), haciendo descubrir, precisamente en el seno del hogar, la belleza e importancia del sacerdocio y de la vida consagrada. Los pastores y todos los fieles laicos han de colaborar siempre para que en la Iglesia se multipliquen esas “casas y escuelas de comunión” siguiendo el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret, reflejo armonioso en la tierra de la vida de la Santísima Trinidad.Con estos deseos, imparto de corazón la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles laicos, en particular a los jóvenes que con corazón dócil se ponen a la escucha de la voz de Dios, dispuestos a acogerla con adhesión generosa y fiel.