lunes, 31 de diciembre de 2012

Misterio de Navidad

Patxi Loidi


“Por el gran amor con que Dios nos amó,
envió a su Hijo al mundo
en una condición pecadora como la nuestra”

¡Ay, Dios mío! La tierra entera se estremece
al conocer la condición pecadora
en la que vino al mundo tu Hijo único,
el hijo santísimo del Dios altísimo.
Y las venas del mundo están a punto de reventar
ante un misterio tan incomprensible y tan entrañable.

¡Uno como nosotros!
Y Tú no nos lo recuerdas
justo antes del domingo del bautismo de Jesús,
cuando Él se sumergió hasta el fondo de las aguas pecadoras
como un pobre hombre cualquiera, un pecador más,
sometido a las leyes del pecado del mundo,
impregnado de suciedad y maldad sin tener pecado.

El hombre más solidario de la historia,
como un insolidario más,
un “caín” cualquiera de sus hermanos.
El hombre más piadoso con Dios,
como un impío desconsiderado.
¡Estamos desconcertados!

A la orilla del agua en la que Tú estás metido hasta el cuello,
inclino profundamente mi cabeza y te adoro,
Señor Jesús, mi Señor
Y meto la cabeza; y bebo del agua sucia que ya es tu agua
porque tú estás dentro de ella:
el agua de los pecadores y de los pobres,
que son sucios de cuerpo, y a menudo también de alma,
pero son “el camino de Dios”,
porque Tú estás con ellos
para salvarnos a todos. Amén.

Mar adentro. Plegarias para orar. Ed. Sal Terrae. Santander, 2003.p. 21

domingo, 30 de diciembre de 2012

La familia, escuela de valores

Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y, por tanto, hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos.  Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia, que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntregra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan. Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo. Encuentren en la familia la primera experiencia de una saludable sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia, en fin, se introducen fácilmente en la sociedad civil y en el Pueblo de Dios. Consideren, pues, los padres la importancia que tiene la familia verdaderamente cristiana para la vida y el progreso del mismo Pueblo de Dios.

Declaración “Gravissimum educationis” cap. 3: Los educadores. Vaticano II

sábado, 29 de diciembre de 2012

Los Miserables

Carmen Sáez Gutiérrez


La película recientemente estrenada en nuestros cines y dirigida por Tom Hooper, basada en el musical del mismo nombre y en la obra también homónima del político, poeta y escritor Victor Hugo, nos sitúa en la sociedad francesa de la primera mitad del siglo XIX.
Jean Valjean, convicto de haber robado un trozo de pan para evitar la muerte por hambre de uno de sus sobrinos, cumple una condena a trabajos forzados. Tras diecinueve años obtiene la libertad condicional con la obligación de presentarse ante la justicia cada cierto tiempo, pero cuando sale, encuentra el rechazo de la sociedad allá donde va. Solamente una puerta se le abre, la del obispo Myriel, quien le ofrece comida y cobijo, y, a pesar de que Jean Valjean huye después de robarle la plata; cuando es detenido de nuevo y llevado ante él por el policía Javert, uno de sus antiguos guardianes, el obispo en un gesto de compasión y misericordia, dice haberle regalado la plata y aún le entrega más para ofrecerle así la posibilidad de rehacer su vida, liberándole  de una nueva condena.
Jean Valjean, bajo una identidad falsa, consigue enriquecerse y ascender socialmente, convirtiéndose en alcalde de la ciudad de Montreuil.su-Mer, de la que se hace benefactor y en la que posee la propiedad de una fábrica. Es en este lugar donde trabaja Fantine, una atractiva mujer que, víctima de la envidia de sus compañeras de trabajo, es despedida por el capataz, motivo por el que se ve abocada a la prostitución, como único medio de mantener a su única hija, Cosette, atendida de manera interesada por unos taberneros sin escrúpulos que la someten a todo tipo de humillaciones y maltratos. Fantine, víctima de la brutalidad de sus clientes, cae gravemente enferma. Antes de terminar sus días, un encuentro fortuiro con Jean Valjean permite que este la reconozca como antigua empleada de su fábrica y le prometa  ocuparse de su hija.
El contrapunto de Jean Valjean, un hombre que reconoce sus errores y limitaciones, pero con sensibilidad para amar y disposición para entrar en oración, es Javert, el policía que hace de la ley y su cumplimiento, su religión y  no puede comprender, en su rigidez, la capacidad del hombre para convertirse, para cambiar aunque siempre le acompañe su pasado.
Jean Valjean adopta a Cosette, la cuida y le da el trato que hubiera dado a su propia hija. Lleva con ella una vida acomodada, aunque no exenta  de sobresaltos, a causa de la incansable presecución de Javert .
En París estalla la insurrección de junio de 1832, contra la monarquía de Luis Felipe. Marius, un joven revolucionario de buena familia, se fija en Cosette cuando pasea con su padre por la ciudad y se enamora de ella. La presencia de Javert en los disturbios hace  que este encuentro entre los jóvenes sea breve, pues Valjean se ve obligado a ocultarse, llevando consigo a Cosette. En la distancia y en la dificultad por verse crece el amor entre los jóvenes. Jean Valjean se entera de esta atracción que se da entre los jóvenes por una nota que recibe de un niño del grupo revolucionario que hace de correo y decide acudir a la revuelta para conocer la situación del joven. Jean pasa  a formar parte del grupo , lucha con ellos, y en las escaramuzas se le presenta la oportunidad de matar a Javert, pero le perdona la vida y le facilita la huida. La insurrección es sofocada por las fuerzas gubernamentales y,  en medio de la batalla,  Marius es herido. Jean Valjean escapa cargando con el cuerpo de Marius y consigue salvarle la vida. Cuando el joven se recupera, se casa con Cosette. Son ya los últimos días de Jean Valjean, quien se retira a un convento para vivir su final. Marius, al conocer que ha sido el padre adoptivo de su mujer quien le ha salvado la vida, acude con ella al convento para darle las gracias. Allí, un Jean Valjean ya cansado, muere  abrazando a quienes considera sus hijos.
Javert termina suicidándose, incapaz de afrontar una existencia que le exige abandonar la seguridad de creerse siempre en posesión de la razón y olvidar su primacía en favor de una actitud compasiva que lleve a abrazar el perdón.
La historia deja patentes valores como la justicia, la empatía, el saber ponerse en el lugar del otro y sentir con él, al tiempo que muestra actitudes duras que sitúan la ley y el orden por encima del hombre y su dignidad. La fuerza espiritual de Jean Valjean le permite redimirse a través de la entrega y del sacrificio. La letra de una de las canciones nos recuerda que cuando somos capaces de amar al otro, podemos ver la faz de Dios, y, ciertamente, en los personajes y en el transcurrir de los acontecimientos se siente la presencia de Dios.
Son dos horas y media de película y pudiera hacerse pesada si no fuera por el interés del tema, la plasticidad de la música, que resulta agradable y pegadiza y la increíble interpretación de actores como Hugh Jackman o Anne Hathaway. Tal vez el abuso de técnicas como el zoom sea excesivo y provoque en el espectador la sensación de estar siempre en un primer plano e implicado en los escenarios que, por otra parte, son adecuados. El vestuario está también muy logrado, tanto por el estilismo como por su fidelidad a la época y situación.

viernes, 28 de diciembre de 2012

La adoración de los magos

Francisco Javier Bernad Morales

No podía ser de otra manera. Benedicto XVI ha publicado un libro y una bandada de plumíferos se ha cernido sobre él, compitiendo por el titular más escandaloso y, a su limitado entender, más desfavorable para la Iglesia Católica. Estamos acostumbrados a que las palabras del Papa sean sistemáticamente tergiversadas, aunque hemos de reconocer que a menudo esta conducta no está tan solo motivada por el deseo de ridiculizar nuestras creencias, sino también por la ignorancia de quienes reseñan aquello que son incapaces de entender. En esta ocasión, tras el cúmulo de disparates a cuenta de la presencia del buey y de la mula en el pesebre, ya comentados en un artículo de Rafael Aguirre del que nos hicimos eco en esta blog,  los infatigables reporteros han aireado a los cuatro vientos la sensacional noticia de que según el pontífice, los Reyes Magos no venían de Oriente, sino que, pásmense, eran andaluces.

Giotto. La adoración de los magos

Cualquier persona mínimamente familiarizada con la Sagrada Escritura, aún antes de leer el libro entiende que es imposible que el Papa haya escrito tal cosa. Intentemos, pues, aproximarnos a sus palabras reales. Se refieren a un episodio solo narrado en el Evangelio de Mateo: unos magos, cuyo número no se precisa, guiados por una estrella, se presentan ante Herodes y le preguntan por el lugar de nacimiento del rey de los judíos (Mt 2). A partir de este hecho, Benedicto XVI indaga en primer lugar sobre los diferentes significados que la palabra “mago” puede tener en el Evangelio: sacerdotes zoroastrianos, personas dotadas de saberes sobrenaturales y también brujos, como aquel a quien Pablo califica de “hijo del diablo” (Hch 13, 10). Se inclina por la primera acepción, aunque señala que esta debe entenderse en un sentido amplio, referido a personas que independientemente de que pertenecieran o no a la clase sacerdotal, poseían conocimientos filosóficos y religiosos desarrollados en el ambiente de aquella. En conclusión:

… estos hombres son predecesores, precursores de los buscadores de la verdad, propios de todos los tiempos (BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús, Barcelona, Planeta, 2012, p. 101).

La Iglesia, continúa, ha leído esta historia a la luz de Isaías 60 y del Salmo 72, 10, con lo que ha convertido a estos sabios en reyes:

Las naciones caminarán a tu luz, y los reyes al fulgor de tu aurora (Is 60, 3)

Los monarcas de Tarsis y las Islas | ofrecerán tributo (Sal 72, 10).

Es a continuación cuando aparece el párrafo tan aireado. Para evitar confusiones, lo copiaré textualmente:

La promesa contenida en estos textos extiende la proveniencia de estos hombres hasta el Extremo Occidente (Tarsis-Tartesos en España), pero la tradición ha desarrollado ulteriormente este anuncio de la universalidad de los reinos de aquellos soberanos, interpretándolos como reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa (p. 102).

Ha de entenderse que el Papa se  refiere a los textos del Salmo y de Isaías. Los cristianos siempre hemos creído que en Jesús alcanzan su cumplimiento las promesas contenidas en el Antiguo Testamento -el Tanaj judío- ya que él es el Mesías, el Cristo, anunciado por los profetas. De este modo, los magos, independientemente de su procedencia y rango concretos, representan a toda la humanidad, sedienta de verdad y de justicia. Esta concepción universalista ha llevado asimismo a simbolizar en ellos las tres edades del hombre: juventud, madurez y senectud.

Abraham Bloemaert. La adoración de los magos


jueves, 27 de diciembre de 2012

El amor de Cristo nos apremia

Benedicto XVI

«Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. También hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma San Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo»[12]. El Obispo de Hipona tenía motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios.[13] Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».
            Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.

De la Carta apostólica Porta Fidei. Capítulo 7.


miércoles, 26 de diciembre de 2012

Homilía del Papa Benedicto XVI en la Misa del Gallo de la Nochebuena 2012

Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más, como siempre, la belleza de este Evangelio nos llega al corazón: una belleza que es esplendor de la verdad. Nuevamente nos conmueve que Dios se haya hecho niño, para que podamos amarlo, para que nos atrevamos a amarlo, y, como niño, se pone confiadamente en nuestras manos. Dice algo así: Sé que mi esplendor te asusta, que ante mi grandeza tratas de afianzarte tú mismo. Pues bien, vengo por tanto a ti como niño, para que puedas acogerme y amarme.
Nuevamente me llega al corazón esa palabra del evangelista,  dicha casi de pasada, de que no había lugar para ellos en la posada. Surge inevitablemente la pregunta sobre qué pasaría si María y José llamaran a mi puerta. ¿Habría lugar para ellos? Y después nos percatamos de que esta noticia aparentemente casual de la falta de sitio en la posada, que lleva a la Sagrada Familia al establo, es profundizada en su esencia por el evangelista Juan cuando escribe: «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron» (Jn 1,11). Así que la gran cuestión moral de lo que sucede entre nosotros a propósito de los prófugos, los refugiados, los emigrantes, alcanza un sentido más fundamental aún: ¿Tenemos un puesto para Dios cuando él trata de entrar en nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para él? ¿No es precisamente a Dios mismo al que rechazamos? Y así se comienza porque no tenemos tiempo para Dios. Cuanto más rápidamente nos movemos, cuanto más eficaces son los medios que nos permiten ahorrar tiempo, menos tiempo nos queda disponible. ¿Y Dios? Lo que se refiere a él, nunca parece urgente. Nuestro tiempo ya está completamente ocupado. Pero la cuestión va todavía más a fondo. ¿Tiene Dios realmente un lugar en nuestro pensamiento? La metodología de nuestro pensar está planteada de tal manera que, en el fondo, él no debe existir. Aunque parece llamar a la puerta de nuestro pensamiento, debe ser rechazado con algún razonamiento. Para que se sea considerado serio, el pensamiento debe estar configurado de manera que la «hipótesis Dios» sea superflua. No hay sitio para él. Tampoco hay lugar para él en nuestros sentimientos  y deseos. Nosotros nos queremos a nosotros mismos, queremos las cosas tangibles, la felicidad que se pueda experimentar, el éxito de nuestros proyectos personales y de nuestras intenciones. Estamos completamente «llenos» de nosotros mismos, de modo que ya no queda espacio alguno para Dios. Y, por eso, tampoco queda espacio para los otros, para los niños, los pobres, los extranjeros. A partir de la sencilla palabra sobre la falta de sitio en la posada, podemos darnos cuenta de lo necesaria que es la exhortación de san Pablo: «Transformaos por la renovación de la mente» (Rm 12,2). Pablo habla de renovación, de abrir nuestro intelecto (nous); habla, en general, del modo en que vemos el mundo y nos vemos a nosotros mismos. La conversión que necesitamos debe llegar verdaderamente hasta las profundidades de nuestra relación con la realidad. Roguemos al Señor para que estemos vigilantes ante su presencia, para que oigamos cómo él llama, de manera callada pero insistente a la puerta de nuestro ser y de nuestro querer. Oremos para que se cree en nuestro interior un espacio para él. Y para que, de este modo, podamos reconocerlo también en aquellos a través de los cuales se dirige a nosotros: en los niños, en los que sufren, en los abandonados, los marginados y los pobres de este mundo.
En el relato de la Navidad hay también una segunda palabra sobre la que quisiera reflexionar con vosotros: el himno de alabanza que los ángeles entonan después de mensaje sobre el Salvador recién nacido: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace». Dios es glorioso. Dios es luz pura, esplendor de la verdad y del amor. Él es bueno. Es el verdadero bien, el bien por excelencia. Los ángeles que lo rodean transmiten en primer lugar simplemente la alegría de percibir la gloria de Dios. Su canto es una irradiación de la alegría que los inunda. En sus palabras oímos, por decirlo así, algo de los sonidos melodiosos del cielo. En ellas no se supone ninguna pregunta sobre el porqué, aparece simplemente el hecho de estar llenos de la felicidad que proviene de advertir el puro esplendor de la verdad y del amor de Dios. Queremos dejarnos embargar de esta alegría: existe la verdad. Existe la pura bondad. Existe la luz pura. Dios es bueno y él es el poder supremo por encima de todos los poderes. En esta noche, deberíamos simplemente alegrarnos de este hecho, junto con los ángeles y los pastores.
Con la gloria de Dios en las alturas, se relaciona la paz en la tierra a los hombres.  Donde no se da gloria a Dios, donde se le olvida o incluso se le niega, tampoco hay paz. Hoy, sin embargo, corrientes de pensamiento muy difundidas sostienen lo contrario: la religión, en particular el monoteísmo, sería la causa de la violencia y de las guerras en el mundo; sería preciso liberar antes a la humanidad de la religión para que se estableciera después la paz; el monoteísmo, la fe en el único Dios, sería prepotencia, motivo de intolerancia, puesto que por su naturaleza quisiera imponerse a todos con la pretensión de la única verdad. Es cierto que el monoteísmo ha servido en la historia como pretexto para la intolerancia y la violencia. Es verdad que una religión puede enfermar y llegar así a oponerse a su naturaleza más profunda, cuando el hombre piensa que debe tomar en sus manos la causa de Dios, haciendo así de Dios su propiedad privada. Debemos estar atentos contra esta distorsión de lo sagrado. Si es incontestable un cierto uso indebido de la religión en la historia, no es verdad, sin embargo, que el «no» a Dios restablecería la paz. Si la luz de Dios se apaga, se extingue también la dignidad divina del hombre. Entonces, ya no es la imagen de Dios, que debemos honrar en cada uno, en el débil, el extranjero, el pobre. Entonces ya no somos todos hermanos y hermanas, hijos del único Padre que, a partir del Padre, están relacionados mutuamente. Qué géneros de violencia arrogante aparecen entonces, y cómo el hombre desprecia y aplasta al hombre, lo hemos visto en toda su crueldad el siglo pasado. Sólo cuando la luz de Dios brilla sobre el hombre y en el hombre, sólo cuando cada hombre es querido, conocido y amado por Dios, sólo entonces, por miserable que sea su situación, su dignidad es inviolable. En la Noche Santa, Dios mismo se ha hecho hombre, como había anunciado el profeta Isaías: el niño nacido aquí es «Emmanuel», Dios con nosotros (cf. Is 7,14). Y, en el transcurso de todos estos siglos, no se han dado ciertamente sólo casos de uso indebido de la religión, sino que la fe en ese Dios que se ha hecho hombre ha provocado siempre de nuevo fuerzas de reconciliación y de bondad. En la oscuridad del pecado y de la violencia, esta fe ha insertado un rayo luminoso de paz y de bondad que sigue brillando.
Así pues, Cristo es nuestra paz, y ha anunciado la paz a los de lejos y a los de cerca (cf. Ef 2,14.17). Cómo dejar de implorarlo en esta hora: Sí, Señor, anúncianos también hoy la paz, a los de cerca y a los de lejos. Haz que, también hoy, de las espadas se forjen arados (cf. Is 2,4), que en lugar de armamento para la guerra lleguen ayudas para los que sufren. Ilumina la personas que se creen en el deber aplicar la violencia en tu y a reconocer tu verdadero rostro. Ayúdanos a ser hombres «en los que te complaces», hombres conformes a tu imagen y, así, hombres de paz. Apenas se alejaron los ángeles, los pastores se decían unos a otros: Vamos, pasemos allá, a Belén, y veamos esta palabra que se ha cumplido por nosotros (cf. Lc 2,15). Los pastores se apresuraron en su camino hacia Belén, nos dice el evangelista (cf. 2,16). Una santa curiosidad los impulsaba a ver en un pesebre a este niño, que el ángel había dicho que era el Salvador, el Cristo, el Señor. La gran alegría, a la que el ángel se había referido, había entrado en su corazón y les daba alas. Vayamos allá, a Belén, dice hoy la liturgia de la Iglesia. Trans-eamus traduce la Biblia latina: «atravesar», ir al otro lado, atreverse a dar el paso que va más allá, la «travesía» con la que salimos de nuestros hábitos de pensamiento y de vida, y sobrepasamos el mundo puramente material para llegar a lo esencial, al más allá, hacia el Dios que, por su parte, ha venido acá, hacia nosotros. Pidamos al Señor que nos dé la capacidad de superar nuestros límites, nuestro mundo; que nos ayude a encontrarlo, especialmente en el momento en el que él mismo, en la Sagrada Eucaristía, se pone en nuestras manos y en nuestro corazón. Vayamos allá, a Belén. Con estas palabras que nos decimos unos a otros, al igual que los pastores, no debemos pensar sólo en la gran travesía hacia el Dios vivo, sino también en la ciudad concreta de Belén, en todos los lugares donde el Señor vivió, trabajó y sufrió. Pidamos en esta hora por quienes hoy viven y sufren allí. Oremos para que allí reine la paz. Oremos para que israelíes y palestinos puedan llevar una vida en la paz del único Dios y en libertad. Pidamos también por los países circunstantes, por el Líbano, Siria, Irak, y así sucesivamente, de modo que en ellos se asiente la paz. Que los cristianos en aquellos países donde ha tenido origen nuestra fe puedan conservar su morada; que cristianos y musulmanes construyan juntos sus países en la paz de Dios. Los pastores se apresuraron. Les movía una santa curiosidad y una santa alegría. Tal vez es muy raro entre nosotros que nos apresuremos por las cosas de Dios. Hoy, Dios no forma parte de las realidades urgentes. Las cosas de Dios, así decimos y pensamos, pueden esperar. Y, sin embargo, él es la realidad más importante, el Único que, en definitiva, importa realmente. ¿Por qué no deberíamos también nosotros dejarnos llevar por la curiosidad de ver más de cerca y conocer lo que Dios nos ha dicho? Pidámosle que la santa curiosidad y la santa alegría de los pastores nos inciten también hoy a nosotros, y vayamos pues con alegría allá, a Belén; hacia el Señor que también hoy viene de nuevo entre nosotros. Amén.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Feliz Navidad

Alegraos los justos; es el nacimiento del justificador. Alegraos los débiles y enfermos; es el nacimiento del Salvador. Alegraos los cautivos; es el nacimiento del Redentor (San Agustín, Sermón 184, 2)

Con el deseo de que la Navidad traiga la paz y el amor a todos los corazones, os dedicamos este vídeo que nos ha remitido nuestro amigo Ramón Sala.

domingo, 23 de diciembre de 2012

John Henry Newman y el ecumenismo


Francisco Javier Bernad Morales

John Henry Newman publicó en julio de 1841, cuatro años antes de unirse a la Iglesia Católica, un breve ensayo titulado El juicio privado. En él reflexiona sobre la lectura de la Escritura y concluye que esta debe hacerse bajo la guía de un maestro. Al respecto aduce diversos ejemplos, como el del ministro etíope al que instruye el apóstol Felipe sobre la interpretación de Isaías. Pero su gran preocupación es la relación entre anglicanos y católicos. Vive un momento de incertidumbre y se mente se debate entre dudas. Ambas iglesias son muy similares y no ve razón para abandonar una y seguir otra. La disputa entre ambas no atañe a la doctrina, y Newman la compara a la que enfrentó a San Pablo con San Pedro en Antioquía. Las dos son depositarias de grandes virtudes, pero a su vez las acechan graves peligros: el cisma en el caso anglicano, la idolatría en el católico. Sin embargo, en el momento final se diría que censura con mayor dureza a los anglicanos, a quienes acusa de comportarse de manera arrogante con los seguidores de otras confesiones, en particular con los ortodoxos griegos y los católicos romanos[1]. El texto finaliza con un llamamiento a la unidad de los cristianos:

Todo el que desea la unidad y reza por ella, que busca aumentarla, da testimonio de ella y se comporta cristianamente con los miembros de las Iglesias distintas de la nuestra, que está en amistad con ellas (cumpliendo con su deber para con su propia comunión y para con la verdad), que intenta instruirlas mientras al mismo tiempo se instruye él y su gente, puede muy bien ser considerado -en lo que a él concierne- como alguien que rompe el muro de la división y renueva los antiguos lazos de unión y concordia mediante la fuerza de la caridad. La caridad lo puede todo por nosotros, es a la vez un espíritu de celo y de paz; por caridad protestaremos debidamente contra lo que nuestro juicio privado nos permite condenar en otros; y por caridad está en nuestras propias manos, por mucho que se opongan todos los hombres, restaurar en nuestro círculo la intercomunión de las iglesias.” (Ensayos críticos e históricos, Madrid, Encuentro, 2009, vol 2, p. 296)


[1] Newman, antes de su conversión, consideraba que la Iglesia Anglicana es católica al igual que la Romana

sábado, 22 de diciembre de 2012

La infancia de Jesús según Ratzinger-Benedicto XVI

Rafael Aguirre

Ha sido superficial y sensacionalista la información sobre la aparición del libro de Ratzinger-Benedicto XVI (R-B) La infancia de Jesús, al destacar “que niega la presencia del buey y la mula en el portal de Belén”. En el libro se dice simplemente que “en el evangelio no se habla en este caso de los animales”, lo cual es obvio para cualquiera que haya leído los textos. (En todo caso tendría que ser un asno, no una mula, porque los híbridos de toda clase están prohibidos en las normas de pureza del Levítico). R-B no se preocupa para nada de la verosimilitud de esta tradición y se limita a explicar su origen y sentido. Al escribir este pequeño libro sobre la infancia de Jesús, después de dos volúmenes más amplios sobre su vida y pasión, R-B ha seguido el proceso de los evangelistas. En efecto, el evangelio más antiguo, el de Marcos, no dice nada sobre la infancia. Años más tarde, Mateo y Lucas, que intentaban completar y mejorar la obra de Marcos, añadieron cada uno por su cuenta y con desconocimiento recíproco, un par de capítulos sobre los orígenes de Jesús. Y es que una buena biografía –tal como se entendía en aquel tiempo- tenía que comenzar presentado los ancestros del personaje, sus títulos de honor, las maravillas y dificultades que acompañaron su nacimiento. Para realizar esta tarea los evangelistas apena contaban con datos y recurren a tópicos bien conocidos en la literatura del tiempo, pero lo notable es que los apliquen no a un rey o a un filósofo insigne, sino a un pobre judío fracasado y crucificado.

Como digo las diferencias entre los relatos de la infancia de Mateo y Lucas son muy notables. Coinciden en que sus padres eran José y María, en que su madre concibió virginalmente, en que vivió en Nazaret y nació en Belén, aunque cada evangelista explica este dato de forma diversa. Dice Lucas que José y María tienen que trasladarse desde Nazaret, donde residen, a Belén de donde procede la familia del varón, para empadronarse con motivo de un censo. En cambio, en la versión mateana la familia vive en Belén y allí nace Jesús; acaban recalando en Nazaret tras regresar de Egipto, donde habían huido por la persecución de Herodes. Según el texto griego de Lucas, Jesús y María recurren al albergue común para forasteros de Belén; en el piso superior se acostaban hacinadas las personas, mientras que abajo, en torno al patio, se dejaban las cabalgaduras. Lo que da a entender el texto es que en esta parte inferior, con más intimidad, da a luz María y, por eso, coloca al niño en un pesebre. Como tantas otras cosas, la cueva de Belén es cosa de la religiosidad popular posterior. Sigamos con las diferencias: Lucas no conoce ni la matanza de niños ordenada por Herodes, ni la huída a Egipto; en Mateo quienes adoran al niño son unos magos de oriente guiados por una estrella, mientras en Lucas son unos pastores que reciben un anuncio angélico. Todo esto plantea una serie de problemas críticos.

El libro de R-B es una reflexión teológica y espiritual sobre algunos textos de estos capítulos iniciales Es una obra más breve y de más fácil lectura que los volúmenes precedentes. El libro rezuma experiencia espiritual y una gran familiaridad con la Biblia, que se manifiesta en que explica el sentido de los textos relacionándolos con otros, lo que en teoría lingüística se llama “intertextualidad”. Es un trabajo con una notable carga de subjetividad, porque como R-B ya nos decía en su primer libro expone “su búsqueda personal del rostro del Señor”. No es una lectura ingenua, conoce los problemas, pero no los estudia críticamente, aunque sí se decanta cuando del valor histórico se trata. Benedicto XVI ha aprovechado todos los foros para defender una fe razonable y una razón abierta a la trascendencia. Esta preocupación le lleva a radicar la fe en la historia. En el presente libro R-B se inclina, contra la mayoría de los estudiosos actuales católicos incluidos, por considerar históricos el nacimiento en Belén, la adoración de los magos, la matanza de los niños. Acepta, incluso, la interpretación concordista que ve en la estrella de los magos la confluencia de Saturno y Júpiter, que tuvo lugar el año del nacimiento de Jesús. Los evangelios tienen una voluntad de evocación histórica que la investigación actual reconoce, pero estos capítulos primeros plantean un problema especial: son las tradiciones más tardías, presentan divergencias insuperables, y su género literario consiste en la reelaboración de textos del Antiguo Testamento y tradiciones judías para reinterpretar lo que la fe descubre en Jesús y en el paradójico decurso de su vida. No se puede emitir un juicio sobre la historicidad de estos capítulos sin tener en cuenta estos factores, como hace R-B. Más aún, creo que la defensa de su historicidad va en detrimento de su sentido teológico. Se trata, por supuesto, de cuestiones abiertas y R-B da su opinión, pero reconoce que “cada uno es libre de contradecirle”. El libro, escrito con elegancia y sencillez, puede edificar la fe de los creyentes, pero no resulta apropiado para hacer relevante el evangelio en un público culto y de no estricta vinculación eclesial.

Una observación final. Se hacen en el libro observaciones oportunas para contextualizar el nacimiento de Jesús, pero no se sacan todas las consecuencias. Así se cita la inscripción de Priene del año 9 a.C., en la que se llama a Augusto “salvador” y “evangelio” al anuncio de su nacimiento. Todo indica que los evangelios tienen una intención polémica: el verdadero salvador es Jesús y no el emperador romano. Como el anuncio angélico de la paz conlleva también una carga crítica con la “pax romana”, realizada desde el punto de vista de los “pastores” -campesinos de los pueblos sometidos- que sufrían sus costes. Los tres volúmenes de R-B tienen muchos méritos, pero les falta sensibilidad a los aspectos sociales de la vida y del mensaje de Jesús.

viernes, 21 de diciembre de 2012

jueves, 20 de diciembre de 2012

El arrianismo

Francisco Javier Bernad Morales

Mi primer recuerdo relacionado con el arrianismo se remonta a los tiempos de la niñez y consiste en un grabado que adornaba el libro de Historia de España que estudiábamos en el colegio. En él se representaba la conversión de Recaredo, según -eso lo he sabido después- una pintura de Antonio Muñoz Degrain. No estoy totalmente seguro, pero calculo que yo debía contar por entonces nueve años, pues aún no había iniciado el Bachillerato Elemental. Desconozco los motivos por los que aquella imagen ha permanecido en mi memoria junto con  el texto al que acompañaba, en el que se contaba el martirio de San Hermenegildo y el triunfo final del catolicismo en la persona de su hermano.

Antonio Muñoz Degrain. La conversión de Recaredo

De lo que no me cabe ninguna duda es de que en aquel entonces ignoraba en qué consistía el arrianismo abandonado por el rey visigodo. Solo mucho más adelante, ya en el Bachillerato Superior, en la asignatura de Religión tuve una primera explicación de aquella y otras herejías, tales como monofisismo, monotelismo, nestorianismo, etc. Para entonces ya sabía que los godos y otros pueblos germanos, debido fundamentalmente a la predicación de Ulfilas (311-381?), habían renunciado a las creencias paganas para abrazar esta forma de cristianismo enfrentada a la ortodoxia. El apóstol de los godos no solo había traducido la Biblia a su idioma, sino que para hacerlo había inventado un alfabeto.  Esto hace de él un personaje interesante y, hasta donde nos es dado vislumbrar, enormemente atractivo.

Pero, ¿cuáles eran las doctrinas propagadas por Ulfilas? Ya me he referido en ocasiones anteriores al debate cristológico que agitó los primeros siglos de la Iglesia y en cuyo transcurso se fijó la doctrina ortodoxa de Cristo como una persona con dos naturalezas, humana y divina. Previamente, se había desarrollado una controversia en torno a la definición de la Trinidad y especialmente a la relación entre Padre e Hijo. Arrio (256-336) afirmaba que el Hijo es la primera y más perfecta creación del Padre. No negaba su divinidad, sino que sostenía que esta le había sido conferida, y que no era, por tanto, coeterno con el Padre. Frente a esta posición, Atanasio de Alejandría mantenía la unidad de sustancia entre Padre e Hijo y, por ende, entre las tres personas de la Trinidad. En griego, las diferencias entre arrianos y ortodoxos se plasman en dos palabras parecidas: homoiousios (de similar naturaleza) y homoousios (de la misma naturaleza). Es este el término utilizado en el símbolo aprobado por el Concilio de Nicea (325) y ratificado por el de Constantinopla (381). Así, decimos en el Credo:

Creo en un Solo Señor Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,

por quien todo fue hecho.

El enfrentamiento entre arrianos y ortodoxos fue largo y hubo momentos en que los primeros parecían imponerse al disfrutar del favor de algunos emperadores, pero finalmente, quedó como religión de algunos de los pueblos germanos establecidos en el antiguo territorio imperial.  Frente a ellos, la población de origen romano se mantuvo fiel a la ortodoxia. La conquista de los reinos vándalo (534) y ostrogodo  (553) por los ejércitos de Justiniano, y la conversión del rey visigodo Recaredo (587) marcan el fin de la importancia política y religiosa del arrianismo. 

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Iglesia y ciencia


NICOLAU POUS, Francesc, Iglesia y Ciencia a lo largo de la historia. Ediciones SCIRE, Barcelona, 2003, 13  x 20, 277 pp.

Francisco Javier Bernad Morales

Entre los muchos lugares comunes que integran el bagaje intelectual de lo que pudiéramos llamar lectores semicultos —aquéllos que incluso en caso de que posean un título universitario jamás se han planteado la más ligera duda sobre la validez del pensamiento único progresista— ocupa un lugar destacado la convicción de que la Iglesia Católica ha sido a lo largo de la historia enemiga declarada de la ciencia y, por ende, del progreso. Se trata de una noción que hunde sus raíces en el enciclopedismo y en el positivismo —recordemos las tres etapas comtianas del desarrollo del conocimiento— y que, pese a carecer del más leve apoyo empírico, con una insistencia digna de Goebbels, se ha repetido hasta la saciedad, de tal modo que, como enseñó el gran propagandista nazi, para muchos ha terminado por ser verdadera. A desmentirla viene el libro de Francesc Nicolau Pous. Repasa para ello este sacerdote una larga, aunque no exhaustiva, nómina de eclesiásticos que en todas las épocas han ocupado un lugar destacado en las más variadas ciencias, con particular, y para los tiempos más modernos casi exclusiva, atención a las naturales. El volumen se completa con una reflexión en torno al lugar respectivo de la ciencia y de la fe, que el autor considera como nunca opuestas, toda vez que la primera conduce al conocimiento de la Creación. Otra cuestión es la aplicación de los descubrimientos científicos que, como tarea práctica, precisa de una guía ética a fin de evitar aberraciones incompatibles con la dignidad humana.
            Nos encontramos, por otra parte, ante un libro de agradable lectura, en el que el rigor en la aportación de datos corre parejo con la claridad de la exposición. 

domingo, 16 de diciembre de 2012

Porta fidei (1)

El grupo de animación pastoral agustiniana está promoviendo la lectura en comunidad de la carta apostólica Porta fidei con la que Benedicto XVI abrió el pasado mes de octubre el Año de la fe. Se realizará en tres convocatorias, en tres sábados diferentes. La primera tuvo lugar el pasado día 15 a las 17:45. En ella, distintos miembros del grupo de animación pastoral dieron lectura a los primeros cinco capítulos y, después de sintetizarlos, realizaron comentarios  sobre algunos de sus contenidos.
Insertamos a continuación la presentación utilizada para motivar el diálogo.

La vida en la comunidad política


Así se titula el cuarto capítulo de la Constitución  pastoral Gaudium et spes, aprobada en el Concilio Vaticano II. A continuación reproducimos unos párrafos de su contenido:

Con el desarrollo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el deseo de participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política. En la conciencia de muchos se intensifica el afán por respetar los derechos de las minorías, sin descuidar los deberes de estas para con la comunidad política: además crece por días el respeto hacia los hombres que profesan opinión o religión distintas; al mismo tiempo se establece una mayor colaboración a fin de que todos los ciudadanos, y no solamente algunos privilegiados, puedan hacer uso efectivo de los derechos personales.

Se reprueban también todas las formas políticas, vigentes en ciertas regiones, que obstaculizan la libertad civil o religiosa, multiplican las víctimas de las pasiones y de los crímenes políticos y desvían el ejercicio de la autoridad de la prosecución del bien común, para ponerla al servicio de un grupo o de los propios gobernantes.

La mejor manera de llegar a una política auténticamente humana es fomentar el sentido interior de la justicia, de la benevolencia y del servicio al bien común y robustecer las convicciones fundamentales en lo que toca a la naturaleza verdadera de la comunidad política y al fin, recto ejercicio y límites de los poderes públicos.

(Gaudium et spes, Cap. IV, 73)

viernes, 14 de diciembre de 2012

Concierto de Navidad

Publicamos el concierto de Navidad del año pasado representado por la Coral Polifónica de Alcorcón en la parroquia del Sagrado corazón de la localidad vecina. En el vídeo podemos ver a una de las catequistas de nuestros jóvenes: Nuria Palomo


jueves, 13 de diciembre de 2012

Jesús, el dulce, viene...


Juan Ramón Jiménez

Jesús, el dulce, viene...
Las noches huelen a romero...
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!

Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría...
Mas la celeste melodía
suena fuera...
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma...

¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!

Santa Hildegarda de Bingen

Proclamada por el papa Benedicto XVI, doctora de la Iglesia, en el pasado mes de octubre, Hildegarda de Bingen (1098-1179), fue una mujer excepcional. En un mundo casi por completo masculino, desarrolló una inmensa labor: monja benedictina, fundó el monasterio de Rupertsberg (Alemania), escribió obras teológicas y médicas, compuso piezas musicales, destacó como predicadora e incluso amonestó por carta al emperador Federico I Barbarroja, con ocasión de que este había forzado la elección del antipapa Victor IV.

Presentamos una de sus obras:

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Tiempo de Navidad


Fray José Souto O.S.A. (Párroco de Nuestra Señora de la Consolación. Móstoles)

Estamos de nuevo en vísperas de Navidad. En este Año de la fe, la vida de la comunidad encuentra un motivo renovado para la vivencia tradicional que nos traen estas fechas y para acoger su mensaje de alegría, ilusión y espiritualidad. La solidaridad humana y la fraternidad cristiana encuentran ocasión propicia para la acogida, el compartir, la comunión de ideales y de bienes.

Espiritualidad navideña.
 Dios es nuestro Padre y nos ha amado desde siempre. La encarnación es fruto de ese amor que se convierte en providencia y la constante preocupación por sus hijos. La intervención de Dios en la historia es una constante prueba de que nos ama y está con nosotros y tiene su momento culminante en la Encarnación: “al llegar la plenitud de los tiempos envió a su propio Hijo, nacido de mujer…”

La Navidad, que celebra la Encarnación, es misterio sublime de gracia, donación, cercanía y anonadamiento. Dios asume nuestra condición humana, se abaja para compartir nuestra historia, se hace carne para estar con los hombres en un empeño persistente por salvarnos. Dios ha venido a vivir nuestra vida para enseñarnos su amor, convocarnos a la unidad y a la concordia, a la fraternidad y a la paz.

La piedad cristiana ha teñido de ternura y alegría el misterio de la Natividad y lo ha enriquecido con tradiciones de ternura, fraternidad y reverencia Ha convertido este tiempo de gracia y misterio, en tiempo en fiesta entrañable. Es el tiempo de Navidad.

No temáis: os traigo una gran alegría, para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lucas 2, 10, 12.

Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos lo que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas. Meditándolas en su corazón. Lucas 2, 16-19.

El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros…

martes, 11 de diciembre de 2012

Dios nos ha hablado en Cristo

San Agustín

La principal causa por la cual en la ley antigua eran lícitas las preguntas que se hacían a Dios, y convenía que los profetas y sacerdotes quisiesen visiones y revelaciones de Dios, era porque entonces no estaba aún fundada la fe ni establecida la ley evangélica; y así, era menester que preguntasen a Dios y que él hablase, ahora por palabras, ahora por visiones y revelaciones, ahora en figuras y semejanzas, ahora en otras muchas maneras de significaciones. Porque todo lo que respondía y hablaba y obraba y revelaba eran misterios de nuestra fe y cosas tocantes a ella o enderezadas a ella. Pero ya que está fundada la fe en Cristo y manifiesta la ley evangélica en esta era de gracia, no hay para qué preguntarle de aquella manera, ni para qué él hable ya ni responda como entonces. Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo -que es una Palabra suya, que no tiene otra-, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar. Y éste es el sentido de aquella autoridad, con que san Pablo quiere inducir a los hebreos a que se aparten de aquellos modos primeros y tratos con Dios de la ley de Moisés, y pongan los ojos en Cristo solamente, diciendo: Lo que antiguamente habló Dios en los profetas a nuestros padres de muchos modos y maneras, ahora a la postre, en estos días, nos lo ha hablado en el Hijo, todo de una vez. En lo cual da a entender el Apóstol, que Dios ha quedado ya como mudo, y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en él todo, dándonos el todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación; no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera: "Si te tengo ya hablado todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra cosa que te pueda revelar o responder que sea más que eso, pon los ojos sólo en él; porque en él te lo tengo puesto todo y dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque desde el día que bajé con mi espíritu sobre él en el monte Tabor, diciendo: Éste es mi amado Hijo en que me he complacido; a él oíd, ya alcé yo la mano de todas esas maneras de enseñanzas y respuestas, y se la di a él; oídle a él, porque yo no tengo más fe que revelar, más cosas que manifestar. Que si antes hablaba, era prometiéndoos a Cristo; y si me preguntaban, eran las preguntas encaminadas a la petición y esperanza de Cristo, en que habían de hallar todo bien, como ahora lo da a entender toda la doctrina de los evangelistas y apóstoles."

 De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los Salmos
(Salmo 109, 1-3: CCL, 40, 1601-1603  

domingo, 9 de diciembre de 2012

Adviento

Una voz grita en el desierto


San Juan de la Cruz

Una voz grita en el desierto: "Preparad un camino al Señor, allanad una calzada para nuestro Dios." El profeta declara abiertamente que su vaticinio no ha de realizarse en Jerusalén, sino en el desierto; a saber, que se manifestará la gloria del Señor, y la salvación de Dios llegará a conocimiento de todos los hombres.
Y todo esto, de acuerdo con la historia y a la letra, se cumplió precisamente cuando Juan Bautista predicó el advenimiento salvador de Dios en el desierto del Jordán, donde la salvación de Dios se dejó ver. Pues Cristo y su gloria se pusieron de manifiesto para todos cuando, una vez bautizado, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y se posó sobre él, mientras se oía la voz del Padre que daba testimonio de su Hijo: Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo.
Todo esto se decía porque Dios había de presentarse en el desierto, impracticable e inaccesible desde siempre. Se trataba, en efecto, de todas las gentes privadas del conocimiento de Dios, con las que no pudieron entrar en contacto los justos de Dios y los profetas.
Por este motivo, aquella voz manda preparar un camino para la Palabra de Dios, así como allanar sus obstáculos y asperezas, para que cuando venga nuestro Dios pueda caminar sin dificultad. Preparad un camino al Señor: se trata de la predicación evangélica y de la nueva consolación, con el deseo de que la salvación de Dios llegue a conocimiento de todos los hombres.
Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, ,heraldo de Jerusalén. Estas expresiones de los antiguos profetas encajan muy bien y se refieren con oportunidad a los evangelistas: ellas anuncian el advenimiento de Dios a los hombres, después de haberse hablado de la voz que grita en el desierto. Pues a la profecía de Juan Bautista sigue coherentemente la mención de los evangelistas.
¿Cuál es esta Sión sino aquella misma que antes se llamaba Jerusalén? Y ella misma era aquel monte al que la Escritura se refiere cuando dice: El monte Sión donde pusiste tu morada; y el Apóstol: Os habéis acercado al monte Sión. ¿Acaso de esta forma se estará aludiendo al coro apostólico, escogido de entre el primitivo pueblo de la circuncisión?
Y esta Sión y Jerusalén es la que recibió la salvación de Dios, la misma que a su vez se yergue sublime sobre el monte de Dios, es decir, sobre su Verbo unigénito: a la cual Dios manda que, una vez ascendida la sublime cumbre, anuncie la palabra de salvación. ¿Y quién es el que evangeliza sino el coro apostólico? ¿Y qué es evangelizar? Predicar a todos los hombres, y en primer lugar a las ciudades de Judá, que Cristo ha venido a la tierra.

 9. Del tratado de san Juan de la Cruz, presbítero Subida al monte Carmelo
(Libro 2, cap. 22, núms. 3-4)


viernes, 7 de diciembre de 2012

Caridad y testimonio cristiano


Continuamos con la presentación de documentos del Concilio Vaticano II. En esta ocasión hemos elegido un párrafo del decreto Ad gentes divinitus:

La presencia de los cristianos en los grupos humanos ha de estar animada por la caridad con que nos amó Dios, que quiere que también nosotros nos amemos mutuamente con la misma caridad. En realidad, la caridad cristiana se extiende a todos sin distinción de raza, condición social o religión; no espera lucro o agradecimiento alguno. Porque así como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándole con el mismo movimiento con que Dios lo buscó. Así, pues, como Cristo recorría las ciudades y las aldeas curando todos los males y enfermedades en prueba de la llegada del reino de Dios, así la Iglesia se une por medio de sus hijos a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y los afligidos, y a ellos se consagra gozosa. Participa de su gozos y de sus dolores, conoce las aspiraciones y los enigmas de la vida y sufre con ellos en las angustias de la muerte. A los que buscan la paz desea responderles con espíritu fraterno, ofreciéndoles la paz y la luz que brotan del Evangelio (II, 12).

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Donde ya no hay motivo por el que valga la pena morir, tampoco la vida vale la pena

Recogemos una reflexión de Benedicto XVI, en los tiempos en que aún era cardenal, sobre el sentido del dolor. El texto evoca de manera inmediata la figura de Juan Pablo II en sus últimos años, cuando su otrora vigoroso cuerpo se hallaba aquejado por multitud de achaques que él, lejos de ocultar, exhibía en unas apariciones públicas en las que nos recordaba, frente al adormecimiento producido por el ambiente hedonista en que nos desenvolvemos, la existencia del sufrimiento. Su mera presencia bastaba para mostrarnos esa verdad que jamás queremos oír. La que susurraba un esclavo al oído del general vencedor durante los desfiles triunfales de la antigua Roma: Memento mori (recuerda que has de morir). 

Una visión del mundo que no pueda dar un sentido al dolor, y hacerlo precioso, no sirve en absoluto. Ella fracasa precisamente allí donde aparece la cuestión decisiva de la existencia. Quienes acerca del dolor solo saben decir que hay que combatirlo, nos engañan. Ciertamente, es necesario hacer lo posible para aliviar el dolor de tantos inocentes y para limitar el sufrimiento. Pero una vida humana sin dolor no existe, y quien no es capaz de aceptar el dolor rechaza la única purificación que nos convierte en adultos. En la comunión con Cristo el dolor llega a adquirir su significado pleno, no solo para mí mismo, como proceso de la ablatio en el que Dios retira de mí las escorias que oscurecen su imagen, sino también más allá de mí mismo: él es útil para todo, de manera que todos podamos decir con San Pablo: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24). Thomas Becket, que […] nos ha guiado en la reflexión de estos días, nos alienta ahora a dar un último paso. La vida más allá de nuestra existencia biológica. Donde ya no hay motivo por el que valga la pena morir, tampoco la vida vale la pena. Donde la fe nos ha abierto la mirada y nos ha hecho el corazón más grande, he aquí que adquiere toda su fuerza de iluminación otra frase de San Pablo: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos (Rm 14, 7-8). Cuanto más estemos radicados en la “compañía” con Jesucristo y con todos aquellos que pertenecen a Él, tanto más nuestra vida será sostenida por la confianza irradiante, a la que una vez más alude San Pablo: “Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Ro 8, 38-39). 

RATZINGER, Joseph, Ser cristiano en la era neopagana, Madrid, Encuentro, 1995, p. 27.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Mercadillo solidario 2012



Carmen Sáez Gutiérrez

Otro año más, el grupo  Escuela de Padres  de la parroquia, con su buen hacer, está organizando el Mercadillo solidario que, este año tiene como finalidad la financiación de un proyecto de formación para laicos en la parroquia Nuestra Señora del Carmen, en Cofradía (Cortés),  Honduras. Se trata de ofrecer a los agentes de pastoral el material necesario para cumplir con su misión: anunciar la Buena Nueva a todas las gentes. El responsable de dicho proyecto, que se  plasmaría en la promoción de pequeñas bibliotecas con libros de homielética, liturgia y biblias, y la compra de un equipo informático y audiovisual Data Show, es el P. Francisco F. Robles (OSA). El aval con que cuenta es el entusiasmo y la entrega generosa de los catequistas y delegados de la Palabra.
La parroquia está ubicada en una zona rural con muy pocos recursos y apenas infraestructura. El montante del proyecto asciende a 4.500 $, unos 3.500 € aproximadamente. Probablemente, dada la situación crítica que padecemos actualmente, no nos sea posible la financiación total del proyecto, pero hagamos un esfuerzo extraordinario, pues precisamente es ahora cuando somos más conscientes de la necesidad y de la importancia de la solidaridad para solucionar los problemas.
Podemos colaborar de diversas maneras, bien donando objetos que  tengamos en casa y ya no utilicemos, y puedan resultar útiles para otros, o comprando, los días del mercadillo, algo que nos interese, a un precio testimonial y simbólico, o a través de la aportación de una cantidad en efectivo, acorde con nuestras posibilidades y limitaciones.
Todavía estamos a tiempo de llevar a la parroquia ese collar que ya no nos ponemos o ese peluche que ya no quieren nuestros hijos o esos adornos que nos dificultan ya tanto la limpieza de los muebles. Podemos hacerlo de 17:30 a 20:00 h. Y desde luego hay dos fechas que hemos de tener presentes y recordar: el sábado 15 y el domingo 16 de diciembre, días en que el mercadillo estará abierto en los salones parroquiales.
Entre todos haremos que el proyecto pueda desarrollarse. Nuestra aportación, por pequeña que sea, es imprescindible.
Si queremos más información podemos consultar el siguiente enlace:

  

domingo, 2 de diciembre de 2012

Conversión

Francisco Javier Bernad Morales

Hace pocos días, alguien, quizá de manera poco discreta, me preguntó por qué soy católico. Yo lo acababa de afirmar en el transcurso de una conversación en que dos compañeros habían proclamado su agnosticismo. La charla discurría por cauces apacibles, pero de alguna manera el resto de los participantes parecían presuponer que la religión es una reliquia del pasado, un conjunto de creencias absurdas y rayanas en la superstición, propias de gentes escasamente preparadas.  Confieso que me sentí sorprendido. Entendí que la persona que se dirigía a mí de manera tan directa, lo hacía porque había dado por sentado que yo compartía sus posiciones y trataba de encontrar una explicación para algo que se le antojaba anómalo. No quise o no pude en aquel momento entrar en profundidades y me limité a contestar que las experiencias, las lecturas y las meditaciones me habían conducido hacia el catolicismo. Pero aquello, reconozco que bastante vago, no fue suficiente. Mi interlocutora, el resto de los presentes ya se había marchado, insistió:

-Seguro que la religión hace que te sientas mejor interiormente.

-No- hube de contestar-, yo estoy bien cuando mi conciencia me dice que actúo rectamente. Durante mucho tiempo fui agnóstico y no considero que entonces me sintiera peor que ahora.

La conversación terminó ahí, pero desde entonces mi mente ha continuado ocupada en ella. De un lado, tengo claro que la religión no constituye un sedante, gracias  al cual puedo soportar las agresiones del mundo. Si lo admitiera, coincidiría con Marx en que “la religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón en un mundo sin corazón,  el espíritu en una situación carente de espíritu: la religión es el opio del pueblo.”[1] Tampoco me satisfacen mis respuestas. Comencemos por la segunda. Decir que uno se siente bien cuando obra según los dictados de la conciencia no pasa de ser una obviedad. Siempre he admirado el valor de Lutero en la Dieta de Worms, cuando, conminado a retractarse, respondió, a sabiendas de que estaba en juego su vida: “actuar contra la propia conciencia no es ni seguro ni honrado. Que Dios me ayude.”[2] Pero, ¿debe ser la conciencia nuestra guía? No podemos excluir que esté pervertida y nos conduzca hacia el mal. El mismo Lutero, tras su afirmación de rebeldía, invoca la ayuda divina. Puede que únicamente pida protección contra sus enemigos, pero me parece más verosímil que lo haga en reconocimiento de sus limitaciones; que, consciente de que puede estar equivocado, solicite al Señor que lo ilumine. La conciencia no se reduce a una convicción interior, pues en ese caso los atroces crímenes del nazismo quedarían justificados. Nada sugiere que Hitler, Himmler o tantos otros que los secundaron, sintieran que obraban mal. Al contrario, estaban convencidos de que hacían lo correcto. En este punto debemos tener presente la advertencia de Benedicto XVI: “La reducción de la conciencia a la certidumbre subjetiva significa al mismo tiempo la renuncia a la verdad.”[3] El relativismo, al negar a la verdad su carácter objetivo, justifica, en definitiva, todas las acciones, ya que, si no hay un marco universal de referencia, estas no pueden ser juzgadas más que por el propio sujeto que las ejecuta. La única exigencia es que estas sean “auténticas”, es decir, expresen una convicción personal. El hecho de que Eichmann actuara en cumplimiento de lo que consideraba  su obligación y que, por tanto, no se creyera personalmente responsable, no anula su culpabilidad. En todo caso, indica que los torturadores y asesinos no eran a menudo psicópatas o sádicos, sino funcionarios metódicos y eficientes que, tras realizar su trabajo, quizá matando a niños en las cámaras de gas, podían volver junto a su familia y, tal vez, de camino, comprar un regalo para sus hijos y luego emocionarse al abrazarlos. Pero entonces, a qué se refiere Lutero cuando expresa que la conciencia le impide la retractación. Opino que lo indica con suma claridad Benedicto XVI al comentar un episodio de la vida del cardenal Newman:

…la conciencia significa la presencia perceptible e imperiosa de la voz de la verdad dentro del sujeto mismo; la conciencia es la superación de la mera subjetividad en el encuentro entre la interioridad del hombre y la verdad procedente de Dios[4].

Queda por aclarar a qué experiencias, lecturas y meditaciones me referí de aquella manera tan vaga. Para ello, en primer lugar expondré lo que a mi juicio separa al agnóstico del creyente. Piensa el primero que eso que llamamos verdad, aunque hipotéticamente pudiéramos admitir su existencia, es incognoscible. No niega, como hace el ateo, a Dios, sino que se limita a expulsarlo del campo de la experiencia humana, la cual queda así circunscrita a la búsqueda de verdades parciales asequibles a los métodos de investigación científica. Para el creyente, en cambio, sí existe una verdad que reviste un carácter absoluto y que, además, puede ser conocida.

La primera influencia intelectual que recuerdo al pensar en la adolescencia y la juventud, es la de Bertrand Russell, cuya obra ¿Por qué no soy cristiano? leí con quince o dieciséis años. Entonces, en el Bachillerato estudiábamos solo la filosofía tomista, por lo que esta lectura me hizo sentir una bocanada de aire fresco, y me apartó para mucho tiempo del catolicismo milagrero, ñoño y amenazador de los primeros tiempos de colegio, y del nada estimulante para la inteligencia en los estudios posteriores. He de aclarar que mi padre era declaradamente hostil a la iglesia Católica y que mi madre, apenas aflojó un poco la presión social, dejó de asistir a la misa dominical, única ceremonia, salvo las de carácter marcadamente social, en la que hasta entonces participaba. No obstante, en casa teníamos una Biblia, en la edición de Bover Cantera, y desde niño me fascinó su lectura Un gusto que nunca me ha abandonado y al que no renuncié siquiera en las épocas en que fui un ateo convencido. Russell me llevó a plantear ciertas preguntas incómodas a mi profesor de Filosofía, un buen hombre muy poco cualificado para responderlas.  Poco después, al compás de los primeros y titubeantes signos de apertura perceptibles en los últimos momentos de la dictadura, fue posible la adquisición de libros de Marx y de Engels, sobre los que me lancé con auténtica avidez. En ellos, sobre todo en Engels, se percibía una cosmovisión omnicomprensiva capaz de explicar el mundo. En suma, una verdad en la que no había lugar para la trascendencia. Estaba entonces de moda la interpretación de Althusser, a menudo mediatizada por las explicaciones de su discípula Marta Harnecker.  Con ellos, el marxismo comenzó a revelárseme como una escolástica tan agobiante y esterilizadora como la metafísica aristotélica. De su presión me liberó el descubrimiento de Trotski. Todo esto ocurrió en un período muy breve, el que discurre entre el asesinato de Carrero Blanco en 1973, cuando yo tenía dieciséis años, y las elecciones a Cortes Constituyentes (1977). La necesidad de que la praxis fuera coherente con la teoría[5] o, utilizando otros términos, de seguir la voz de la conciencia, me condujo a un activismo político sobre el que no creo oportuno extenderme ahora y al que he retornado en diversas ocasiones, sin obtener otra cosa que desengaños culminados con violentas rupturas.

Trotski me abrió el camino hacia Rosa Luxemburg, Bujarin y, rotos ya los diques, hacia Kant, cuya Fundamentación de la metafísica de las costumbres, me recomendó en la universidad un profesor de Historia de la Filosofía. Este librito, que, al igual que otras obras de su autor, aún releo con gusto, tuvo el efecto, como antes el de Bertrand Russell, de mostrarme un mundo nuevo y liberarme definitivamente de esa verdad que había creído hallar en el marxismo.  Quedé por mucho tiempo prendido en un agnosticismo que, si bien negaba la posibilidad de conocer el noúmeno, en definitiva, la verdad; resultaba extremadamente riguroso en lo que atañe a la ética.

Pero también esta concepción llegó a resquebrajarse. Aparecieron en ella pequeñas fisuras que yo ni siquiera alcanzaba a percibir. Mi esposa comenzó a frecuentar la iglesia y a participar en actividades pastorales y yo, de bastante mala gana, me vi comprometido a acompañarla en algunas ocasiones. De este modo conocí a un hombre excepcional, el padre Alfonso Garrido, inteligente y cultivado, amable y generoso, amigo de la conversación y de los pequeños placeres de la vida, y, sobre todo, bueno. Nuestra amistad creció lentamente, sin que él en ningún momento, a lo largo de las innumerables charlas que mantuvimos pretendiera atraerme a sus creencias. Yo, simplemente sentía que podía comunicarle inquietudes de las que no me sentía capaz de hablar a ningún otro. Crecía en paralelo, mi admiración por Juan Pablo II, un papa que como pocos ha sabido encarnar la misión profética de la Iglesia. El catolicismo se presentaba así ante mí con un rostro que hasta entonces yo no había conocido, De esta manera superaba recelos y surgía una corriente de simpatía, pero aún estaba lejano el paso definitivo. Este vino a consecuencia de la lectura de supervivientes de la Shoá: Primo Levi, Imre Kertész, Viktor Frankl y Victor Klemperer, entre otros; y también de los testimonios del horror soviético: Soljenitsin, Evguenia Ginzburg, Vasili Grossman o Vasili Aksiónov. Pero si he de señalar un momento decisivo, he de referirme a una noche en que, ya dormidas mi esposa y mi hija, leía, capturado por unas páginas que me horrorizaban, pero que no podía abandonar, Más allá de la culpa y la expiación. En este libro, Jean Améry nos confronta como nadie lo ha hecho con la presencia del mal. Se niega a admitir que ha sido una víctima del totalitarismo, pues este es una abstracción. A él lo ha torturado hasta causarle un dolor insoportable el teniente Praust. Un ser como todos los otros con rostro. En suma, como diría Levinas, el prójimo:

…rostros comunes. Rostros del montón. Y el conocimiento espantoso de una fase posterior, que de nuevo destruye toda representación abstracta, nos pone de manifiesto como los rostros del montón se transforman finalmente en rostros de Gestapo y cómo el mal se sobrepone y supera la banalidad[6].

Rechaza Améry la interpretación de Hannah Arendt, con el argumento de que esta conocía al enemigo solo de oídas y no había padecido en su carne el horror. Continué leyendo hasta que de repente comprendí que ese era mi caso y noté como desde dentro me crecía una sensación que nunca antes había experimentado. Dejé el libro sobre la mesa y me tendí boca abajo en el suelo, presa de un llanto irrefrenable. Mi alma se rebelaba contra el lúcido dictamen de Améry.

En el torturado se acumula el terror de haber experimentado al prójimo como enemigo: sobre esta base nadie puede otear un mundo donde reine el principio de la esperanza[7].

No sé el tiempo que transcurrió así, pero poco a poco, una plegaria comenzó a vencer al desconsuelo. Recé y recé como jamás lo he hecho y mi espíritu recuperó lentamente la tranquilidad. De alguna manera que no soy capaz de describir, sentí un enorme vértigo aliviado luego por la convicción de que, por grandes que sean nuestros padecimientos, el mal nunca vencerá al bien, y de que, pese a las apariencias, solo este tiene auténtica existencia. Él es la verdad.

A la mañana siguiente escribí a Alfonso, entonces destinado en el Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid, para comunicarle mi propósito de retornar a la iglesia Católica y solicitar su orientación en el proceso.



[1] MARX, Karl, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel
[2] FEBVRE, L. Martín Lutero, Madrid, FCE, 1975. p. 169
[3] RATZINGER, Joseph, Ser cristiano en la era neopagana, Madrid, Encuentro, 1995, p. 37.
[4] Ibidem, p. 39.
[5] La filosofía de Marx es praxis, tal como este señala con toda claridad en la XI Tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. MARX, K. y ENGELS, F. Tesis sobre Feuerbach y otros escritos filosóficos, Barcelona, Grijalbo, 1974, p. 12.
[6] AMÉRY, Jean, Más allá de la culpa y la expiación, Valencia, Pre-Textos, 2004, p. 87.
[7] Ibidem, p. 107.